A Alfred le costó un poco llegar a Hill Valley. Encontró pequeñas casas o urbanizaciones alejadas de la ciudad pero hasta que halló una zona que le resultó ligeramente familiar, llegó al centro del pueblo pero todo era ligeramente diferente. Los coches eran más pequeños y tenían una forma diferente, más rectangular y carente de diseño o estética, algo diferente a los coches del 2015.

Se fijó en los carteles, los bancos, locales… todo era diferente pero aun así le sonaba, se pudo orientar y había comercios que él conocía de su Hill Valley, pero otros no. La gente llevaba ropa, para el gusto de Alfred, tremendamente hortera. Era ancha, con estampados de colores muy vivos o llamativos, calentadores en las piernas, peinados con volumen, maquillajes fuertes… de hecho, el rarito parecía él.

Pasó por delante de un local y pudo escuchar una canción tremendamente familiar pero de los años 80, The power of love, canción que le gustaba, tenía que admitirlo. En ese momento, vio que un hombre tiraba un periódico a la papelera y Alfred lo cogió casi sudando, sudor que se le congeló al igual que todas las venas cuando vio que la fecha del periódico señala el año 1985. Alfred se sentó en el bordillo sin poder creérselo, siendo casi atropellado por una bicicleta.

-¡Ey pero mira por dónde vas! –gritó el de ojos azules -¡Ve por el carril bici!

-¿Qué carril dices, idiota? –le respondió de manera furiosa el hombre que se estaba alejando. En efecto, en esa época no había carril bici ni nada parecido, y menos en un pueblecito como Hill Valley.

Alfred se levantó pensando que podía hacer. Entonces se le ocurrió la idea: Entró corriendo a un bar que, milagro, ya existía en aquella época solo que con una decoración diferente. El hombre le puso una cara extraña.

-¿Estás bien, chico? –dijo mientras le miraba el atuendo moderno que llevaba, pantalones anchos y una camiseta promocional de la trifuerza de Zelda.

-¿Qué..?

-Bueno, como llevabas esos pantalones tan bajos parecía que iban a violarte o algo-dijo el hombre riendo.

-¿Puedo usar el teléfono?

-Sí, claro… -el hombre siguió con sus labores.

Alfred cogió la guía y buscó como un loco el nombre de Eduard von Bock. Afortunadamente lo encontró, arrancó la página de la guía y se lo guardó. Se dirigió a la barra para preguntarle al hombre por la dirección cuando la alarma de su móvil comenzó a sonar, y es que para ese móvil el tiempo seguía pasando y ya era hora de levantarse para Alfred, así que cogió el teléfono corriendo y lo apagó. En ese momento el hombre se dirigió al joven.

-¿Vas a tomar algo?

-Eh… vale… deme un Aquarius de limón…

-¿Agua? ¿Solo vas a querer eso?

Alfred comprendió que en ese momento y en su pequeño pueblo todavía no había llegado esa bebida.

-Bueno pues una Pepsi max…

-¿Max? ¿Quieres algo más o qué? Qué difícil es entenderte niño…

-Pues una normal, por favor… -al rubio ya casi se le habían acabado las ganas de tomarse algo para espabilarse.

En ese momento, mientras contaba lo que le costaría su refrigerio, entró una pandilla, aunque al principio no le prestó la mínima atención hasta que gritaron algo que le llamó poderosamente la atención:

-¡Ey, Bonnefoy! – El hombre que aparentemente la lideraba era Gilbert, el malvado albino que le hacía la vida imposible a su padre en la revista en la que trabajaban, sólo que mucho más joven, sin arrugas, con más pelo y mejor cuerpo. Alfred le miró, ya que le llamaba por su apellido, pero no, fue a por un chico que estaba con una joven más o menos de su edad, aparentemente tratando de ligar -¡Te estoy hablando a ti, francés idiota!

Alfred cayó enseguida. No le había reconocido (algo imposible) sino que ese Bonnefoy no era él, era su padre, Francis. Aunque era diferente a como le había conocido de toda la vida. Ese Francis tenía un pelo rizado, sin canas y más largo de lo que solía llevarlo, una barba imperceptible y una pequeña perilla. Su ropa… bueno, si su padre la hubiese visto se habría cambiado en menos de tres segundos, era de la época aunque algo pija, sin embargo. La chica no la conocía, se apartó conforme Gilbert agarro a su padre del cuello de la camisa.

-Espero que hayas hecho ya los dibujos para la clase de arte, idiota…

-Ho-hola Gilbert, hola chicos… -dijo con una risa nerviosa que no hizo otro efecto en Alfred más que darle vergüenza ajena –claro que los he hecho bueno… los he pintado como a mí me gusta y…

-¡Idiota! –dijo Gilbert tirándole del pelo –si los pintas a tu manera el profesor se dará cuenta, me echara y no quieres eso… ¿Verdad? –Francis guardó silencio hasta que fue sacudido por Gilbert.

-¡Es verdad, Gilbert! ¡Lo siento! Mira, el sábado te los llevare con una base de color y ya los das tu a tu estilo… -se sintió aliviado cuando el matón le soltó.

-Está bien, pero no demasiado pronto que no madrugo… adiós, perdedor… -dijo mientras le daba una colleja que le metió la cabeza en el cuenco de cereales que estaba tomando.

Francis se limpió la cara como pudo. Estaba lleno de leche y migas de trigo.

Alfred se quedó mirándole con una cara de idiota mientras. Francis siguió comiendo como pudo hasta que tiró el trapo que tenía en la mano y con el que se había limpiado.

-¿Qué? –dijo mirando a Alfred con cara de hallar una respuesta.

-¡Eres mi pa-pa-apa…! –dijo Alfred balbuceando como pudo.

-¡Oye! –dijo un hombre -¿por qué dejas se metan contigo de esta manera? –le dio una ligera colleja a Francis.

-Es igual, déjame… -dijo mientras recogía sus cosas.

-No deberías ser así. Tienes un gran talento y lo desperdicias. Pues bien, yo no te voy a dejar que lo hagas…

-Sabes que solo hay una cosa que deseo… -dijo mirando de reojo a Alfred que seguía con cara de bobo -¿Y tú qué quieres? –Francis, cansado y con necesidad de darse una ducha, se fue corriendo de ese sitio.

Alfred tardó un poco en darse cuenta, pero por suerte logró seguir los pasos de la bicicleta en la que estaba huyendo. Para cuando Alfred le alcanzó a ver, Francis se había subido a lo alto de un cerro al cual siempre le había tenido manía su hijo, que veía que ya se había bajado de la bicicleta y estaba con su carpeta y unos carboncillos, pintando. Pero en ese momento un viento se levantó, llevándose los papeles de Francis cuesta abajo. Cogió su bicicleta y sin necesidad de pedalear apenas, llegó a un cruce persiguiendo sus papeles sin darse cuenta de que una moto iba contra él.

Alfred pensando que su padre se iba a matar antes de haberle tenido y peor, ni habría conocido a su padre Arthur. Corrió y le apartó con bicicleta incluida. Ambos cayeron al suelo pero Alfred no pudo evitar chocar también con la moto que iba a atropellar a Francis.

El motorista se bajó de la moto directo a atender a los jóvenes, pero Francis, que estaba perfecto en realidad, cogió sus papeles y huyó. Alfred, que se dio en la cabeza se quedó mirando desde el suelo atontado y sin poder levantar la cabeza. El reflejo del Sol le cegó y le resultó imposible ver a esa persona que se estaba quitando el casco.

El dolor de cabeza a Alfred le resultó casi inaguantable. Estaba hecho polvo, el cuerpo le dolía por el choque múltiple que había tenido. En ese momento, entre sueños, un dolor de cabeza terrible y moratones en el cuerpo, despertó debido a un trueno. Empezó a moverse en la cama y espabilar. Pudo notar que estaba en una cama y que alguien daba vueltas en una habitación. Notó un olor a porro y tabaco, así como a marihuana. Un olor que solo conocía de haberlo olido en locales o en la puerta del colegio, ya que de haberlo olido sus padres, habrían puesto el grito en el cielo, así como olor a alcohol…

-Papa… ¿Papa eres tú? –dijo Alfred atontado todavía.

-Ey, tranquilo… llevas dormido casi cuatro horas… -dijo una voz que le resultaba familiar.

-Soñaba que viajaba atrás en el tiempo y que había un coche y… -notó que un trapo de agua fresca le empapaba la frente, algo que su padre siempre le hacía cuando estaba malo y tenía fiebre.

-Bueno, tranquilo, colega… ahora estas a salvo en 1985…

-¡1985! –exclamó Alfred mientras se incorporaba a la vez que una tenue luz de una mesita se encendía, dejando vez una figura.

-¡Si, tranquilo! Creo que necesitas un porrito para calmarte… -un joven de pálida piel, ojos verdes como esmeraldas y cejas pobladas le miraba mientras estaba tumbado en un puf en el suelo.

Su pelo era verde y llevaba una camiseta rota, pantalones de cuadros rojos muy apretados y una chupa de cuero. Tenía numerosos piercings y tatuajes. Mientras, estaba liándose un cigarrillo.

-¡Eres mi pa… ma..! –Alfred estaba tremendamente confuso. Ese chico tan rebelde y punk era el vivo retrato de su padre Arthur, pero tan diferente al que había conocido… no pudo ni siquiera evitar decir "mama" que era como solía llamarle.

-Me llamo Arthur… Arthur Kirkland…

-¡Eres mi…pero no puede ser! ¡Estás tan… tan… macarra! –A Alfred no se le ocurrió otra cosa que decir, pero miró el cuarto en el que se encontraba: era oscuro, olía a cerrado, lleno de ropa sucia tirada por el suelo, posters de bandas punks, lámparas de lava y algo que le llamó la atención, un par de guitarras.

-Tranquilo, te has dado un golpe en la cabeza Cristiano…

Alfred se incorporó y se dio cuenta de que estaba en calzoncillos, los cuales eran de un color blanco con rayas doradas.

-¿Dónde están mis pantalones? –dijo dando un grito.

-Te los había quitado para que descansaras mejor, Cristiano…

-¿Pero por qué me llamas Cristiano? –dijo sin entender nada.

-Es tu nombre ¿No? Cristiano Ronaldo… lo llevas escrito en los calzoncillos… -dijo Arthur con un tono juguetón mientras le daba un tirón de la goma de la ropa interior de Alfred – ¿Qué significa el 7? ¿Es lo que te mide la..? –dijo el de ojos verdes mientras trataba de mirar el interior.

Alfred pegó un saltó, tratando de taparse la ropa interior, con tan mala suerte de que se cayó de la cama. Arthur se sentó a horcajadas sobre él partiéndose de risa.

-Tranquilo, que no muerdo… Cris~ jijiji…

-En realidad… me llaman Alfred… -dijo el joven mirando a ese chico que no era ni por asomo su educado y recatado padre.

-Encantado, Alfred… -dijo mientras le acaricia el pecho desde el ombligo –Creo que necesitas relajarte… anda, fúmate un porrito… -le ofreció el cigarrillo que se estaba liando.

-No, gracias… mi padre… no me deja…

Arthur empezó a reírse.

-No me puedo creer que un padre no te deje fumarte algo cuando te apetezca… debería dejarte más libertad... –dijo Arthur mientras le susurraba al oído.

En ese momento escucharon la voz de una mujer que les mandaba ir a cenar.

Arthur aunque tardó un poco en levantarse fue prácticamente levantado por Alfred, el cual vio en esa voz que reconoció como la de su abuela, una salvación, una luz en toda esa oscuridad.

Bajó al salón siendo escoltado por su abuela, la cual le presentó al resto de su familia, siendo para Alfred algo inusual, porque su padre Arthur no se llevaba demasiado bien con sus hermanos. Uno de ellos era rubio, como su padre, otro pelirrojo y sin olvidar a un par de gemelos, también pelirrojos y pecosos. En la cuna había otro, de un año, no mucho más ni menos de cejas tan espesas como las de su padre.

-Bueno, Alfred –dijo la madre de Arthur -¿estabas escapando de alguien? Llevabas los pantalones tan caídos…

-Solo… -Alfred se sentó discretamente al lado de Arthur, el cual prácticamente le tiró de la mano –es que me he dejado el cinturón en casa…

-Tuviste suerte de que Arthur estuviese frenando…

Alfred se atragantó.

-¿Él era el de la moto? –dijo como si le hubiesen contado la mayor locura del mundo. De toda la vida, Arthur conducía una bicicleta porque era responsable y sensato. Su padre siempre había odiado las motos, algo no cuadraba.

-Sí, es mi burra, venía de echarle sopa… -dijo el peliverde mientras se quitaba su chaqueta de cuero.

Alfred nunca imaginó que su padre usaría tal lenguaje.

-Alfred, creo que debería llamar a tu madre… tu cara me suena mucho y estarán preocupados… -dijo la madre de Arthur mientras le daba un toque en el brazo a su hijo por usar tal lenguaje.

-Eh… no están en casa… me alojo con un familiar, vive aquí… -dijo mientras le enseñaba la hoja de la guía que había arrancado -¿Cómo se llega desde aquí?

-Al final de la avenida y vete a la derecha… -dijo el padre de Arthur. A Alfred le resulto algo casi milagroso oír su voz, murió cuando era tan pequeño…

-Vieja, creo que si los padres de Alfred no están en casa deberíamos quedárnoslo… casi le mato con la moto y me siento mal… -empezó a meterle mano en ese momento a Alfred, acariciándole el muslo por debajo de la pierna.

-Es cierto Alfred, quías deberías descansar aun…

-P-puede… -el de ojos azules trato de mantenerse normal ante tal muestra de amor. Admitió que aunque no debería ponerle tal situación, en realidad llevaba tanto sin mojar que hasta le pareció gratificante. Pero Dios, que no, era su padre.

-Puede dormir en la cama hinchable. La pondré en al lado de mi cama… -dijo Arthur mientras llevaba su mano hacia partes más nobles de Alfred, presionando un poco con los dedos.

-¡Ah! Han sido todos muy amables pero no, tengo que irme… -Alfred se levantó histérico -¡Seguro que les volveré a ver! ¡Adiós! –acto seguido, se fue de casa.

-Que chico tan raro… -pensó en voz alta la señora Kirkland.

-A mí me gusta… -dijo Arthur mientras se encendía otro cigarrillo que fue apagado enseguida por su madre.

-En la mesa no se fuma…

-Ay con la vieja…

Alfred corrió por la calle buscando como un loco la casa de su querido Doc, hasta que por fin llegó a la parcela indicada. Era más grande de lo que parecía y aunque pensó en no llamar, más tarde recapacitó: no tenía otra opción.

Se llenó de valor y llamó a la puerta.


Bueeeno ha conocido a sus papis! En fin, espero que os guste este cap, me ha llevado mucho hacerlo jeje y lo subo y ya me meto en la camita que es super tarde, me queda nah para levantarme e irme a clase.

Espero vuestras reviews, que ilu me hacen, no lo imagináis! Son como un alimento para escritores!