Disclaimer: Todos los personajes y lugares que aparecen en este fic pertenecen a su creadora, J . K. Rowling. Yo únicamente me divierto con su maravillosa creación.

¡Buenas y bienvenidos! Primero de todo agradecer a aquellos que le han dado una oportunidad a este fic, o como quieran llamarlo.. ¡Este capítulo va para vosotros! Se que he tardado mucho en actualizar, pero avisé que no iba a tener prisa con este fic, publicaría y escribiría cuando tuviera ideas que valieran la pena y no sin sentido. De todos modos, tengo otro preparado para dentro de poco.

Decir también que a partir de ahora les pondré nombre a las viñetas. No suelo hacerlo, pero quiero ver como funciona. Me gusta la idea.

Cualquier pregunta o sugerencia dejen un comentario y les responderé encantada.

¡Disfruten!


II. Mucho más

El curso había comenzado hacía cerca de una semana. Las cosas, aun demasiado novedosas e imprevisibles, comenzaban a adquirir un ritmo. James y Sirius ya eran inseparables, todo el mundo creía que se conocían de fuera de la escuela desde hacía años o que eran hermanos y, cerca estaban de serlo. A Remus le costaba seguirles pues los dos niños vivían a un ritmo demasiado acelerado, llevando sus rutinas a otro nivel y buscando nuevas aventuras en cada esquina del castillo. Peter siempre iba detrás de Sirius y Remus intentando alcanzarlos, pero nunca lo conseguía. Remus, sin embargo, se mantenía a una distancia prudente evitando acercase demasiado a gente tan maravillosa que no se merecía la carga de un amigo como él.

Estaba sentado junto a Sirius en clase de Transformaciones con la Profesora McGonagall. Remus maldecía en silencio el haberse sentado a su lado pues Sirius parecía incapaz de estarse quieto y prestar atención a la explicación de la profesora. Notaba los movimientos de Sirius para hablar con James que se sentaba en el pupitre de al lado y escuchó vagamente la conversación que los dos niños mantenían.

—¿Has visto que pintas que lleva ese? —se reía James.

La profesora parecía no verles y ella, ajena a lo que esos dos tramaban, continuaba su clase.

—¿Has visto su pelo? —decía Sirius siguiéndole el royo a James.

—¿Cómo no verlo? Seguro que pasa una ráfaga de aire y no se le mueve…

—¡Que asco, James! Debe llevar sin lavárselo desde que llegó a Hogwarts.

Más risas, más alboroto y Remus sin poder escuchar a McGonagall porqué sin querer y sin haber podido evitarlo, él también había estado riéndose del pelo y del aspecto de aquel Slytherin que tanta gracia causaba a James y Sirius.

—Entiendo que llevamos una semana de curso y que no os conozco muy bien... —dijo la profesora McGonagall—. Pero no sé porqué, pero tengo la sensación de que ustedes cuatro van a darme muchos problemas.

—Perdónenos, profesora —James respondió a las palabras de McGonagall—. Es que estamos muy ilusionados de empezar y no podemos controlar los nervios…

—Pues más vale que vaya empezando a controlar sus nervios, Potter —afirmó la profesora encarando las cejas—. Así que para ponerlos en su sitio y quitarles esos nervios y tanta tontería, les brindaré como remedio un castigo.

—Pero…

—No, señor Black. Nada de protestas —afirmó—. Preséntense esta misma tarde a última hora en mi despacho, les estaré esperando gustosa y les daré algo provechoso que hacer —sonrió y les miró—. Más de una de las jaulas del final de la clase necesitan una buena limpieza. Eso les ayudará a calmar sus nervios, estoy segura de ello —dijo con resignación, sabiendo que por muchos castigos, aquellos cuatro siempre darían de hablar en las reuniones de profesores y siempre habría algún que otro expediente por abrir si ellos andaban cerca. Pero eso formaba parte del trabajo que amaba.

En salir de clase fueron juntos a través de los concurridos pasillos en lo que eran pequeños cuerpos moviéndose a través de un mar de alumnos mucho más mayores. No les importaba, pues seguían a Sirius y James que se movían con un descaro poco propio en alguien de once años. Pero aquel descaro, aquella seguridad en si mismos, les daba el valor suficiente a Peter y Remus para seguirles allá a donde iban.

—Primer castigo del año —dijo Sirius.

—Puf, y los que quedan… A este paso nos ponen un castigo cada día —añadió James con fastidió—. ¡Venga ya, si solo estábamos hablando!

—Hablando por encima del volumen de la profesora que estaba dando la clase —replicó Remus alzando las cejas y mirando a James.

—¡Además no es justo! Remus y yo solo estábamos riéndonos de lo que decíais vosotros. No hablamos en ningún momento.

—Que pena, Peter… —dijo Sirius— Pero aquí pringamos todos o no pringa ninguno.

—No es un buen método, la verdad —reafirmó Remus mirando a Sirius, este evadió su mirada.

—Que mas da… Solo es un castigo, ¿no?

Entonces Remus pensó que si seguían no iba a ser solo un castigo. Iban a ser mucho más.