"ROMANCES Y QUIMERAS"

Capítulo 2: Un evento inesperado... ¿y desafortunado?

´"Yo había decidido no creer en el amor, pero ya era demasiado tarde,

ya su sonrisa había hecho efecto en mí"

Edgar Pareja

Una tarde a mitad del verano, Hermione se encontraba pintando en el jardín de su casa cuando escuchó el trote de un par de caballos, anunciando la llegada de un carruaje. La joven levantó la vista del lienzo que dibujaba y observó a un apuesto caballero de pelo negro, ojos verdes y mirada rebelde descender del carruaje.

Al descubrirla en el jardín, el hombre inclinó la cabeza cordialmente y se quitó el sombrero. Hermione le dedicó una mirada afable y una media sonrisa, sintiéndose un poco inquieta por la presencia de aquel inesperado visitante.

-Señorita Granger -dijo el muchacho, llegando a su lado y ofreciéndole sus saludos. Ella hizo a un lado sus instrumentos de pintura y extendió su mano para recibir el acostumbrado beso.

-Buen día, señor Potter.

Harry vio a Lady McGonagall sentaba en el otro extremo del jardín, aparentando estar concentrada en las páginas de un libro, pero con los oídos alertas. El caballero le dirigió un saludo y después volvió a observar a Hermione. La dama de lecturas revolucionarias traía un curioso sombrero de ala ancha adornado con flores y cintas, su cintura estaba entallada por un vestido de falda amplia y un delantal para protegerla de las manchas de pintura. Sus ojos cafés tenían un destello cálido y sus mejillas estaban matizadas con un fino rubor a consecuencia de los rayos del sol.

"Es hermosa" -pensó Harry, obligándose a apartar los ojos de la doncella y a fijar sus pupilas en el caballete para no parecer un vulgar fisgón.

-¿Le gusta pintar? -preguntó Harry, buscando algún tema de conversación antes de pasar a la reunión de negocios que había acordado con Ben Granger algunas semanas atrás.

-Sí, me gusta mucho -admitió Hermione, sosteniendo el pincel y tomando un poco de pintura como toda una experta.

Con una sonrisa llena de escepticismo, Harry se giró para ver el lienzo, y lo que encontró allí, lo dejó totalmente sorprendido. Hermione había pintado uno de los lugares más bonitos del condado con una fidelidad asombrosa. Se trataba de un paisaje con un río de aguas apacibles y múltiples rocas delimitando su cauce, árboles y flores a los alrededores, un puente angosto de madera, y un cielo con nubes y destellos rojos a consecuencia de la caída de la tarde. La distribución de todos los elementos era armónica y los colores estaban perfectos.

-Señorita, usted tiene un talento impresionante -reconoció Harry.

Hermione no pudo evitar que sus mejillas se pusieran rojas. Inesperadamente, la opinión de aquel caballero le resultaba sumamente importante.

-¡Esta pintura es una obra de arte! –dijo Harry-. Me parece digna de una galería.

-Gracias, señor Potter, pero no he pintado con esa intención -replicó Hermione, riendo ante semejante ocurrencia.

-¿No? Entonces me gustaría enmarcar este lienzo y colgarlo en el salón de mi casa de campo… ¿Sería un atrevimiento de mi parte, pedirle que me lo venda en cuanto esté terminado?

Hermione rodó los ojos y negó con la cabeza.

-Lo siento, no puedo hacer eso.

-Perdone mi insistencia, pero realmente su trabajo me gusta mucho. Le pagaré lo que usted me pida.

-Discúlpeme, pero este paisaje es un obsequio para una de mis tías que vive en París -dijo Hermione con voz imperturbable, pero sin dejar de ser cortés.

-Comprendo, dispense mi atrevimiento y espero no haberla ofendido -dijo Harry, desistiendo completamente.

Ella le dedicó una sonrisa limpia que hizo saber al caballero que todo estaba bien.

El señor Granger salió en ese momento al jardín y estrechó la mano de Harry. Bromeó con él sobre los cuadros de Hermione, diciéndole que algunos de ellos parecían pintados de noche y sin la piadosa ayuda de la luz de las velas, y después lo invitó a pasar al interior de la casa para la reunión que tenían acordada.

Harry no tuvo más remedio que despedirse de Hermione y de McGonagall antes de seguir al señor Granger; Hermione se quedó en el jardín, dando los últimos retoques al lienzo que había pintado para Viktor Krum.

Las siguientes horas, Harry las pasó hablando de negocios con el señor Granger, y al terminar, como ya era tarde, Ben lo invitó a cenar. En otras circunstancias, Harry se hubiera negado, pero en esa ocasión aceptó, sintiendo un deseo inusual por volver a ver a la bella hija del aristócrata.


Hermione observó el panorama. No recordaba que el condado fuera tan bonito, pues desde que su madre murió, y ella fue enviada a París, no había vuelto a recorrer esos lugares. Ese día, era la primera vez que tenía la oportunidad de salir a pasear en carruaje por los diferentes sitios de la comarca, pues desde que llegó a Inglaterra, se había empeñado en visitar el mismo lugar para poder pintar su cuadro con la mayor fidelidad posible, pero ahora, gracias a que su pintura ya iba en camino a París, ella podía visitar todos aquellos lugares que tanto había añorado durante los años que vivió en Francia.

-¡Es fantástico! -dijo Hermione a Lady McGonagall-. Todo es tan diferente a mis recuerdos.

McGonagall asintió con una sonrisa de lado. No estaba del todo de acuerdo con ese paseo en carro abierto, pues las nubes comenzaban a juntarse con amenaza de lluvia.

-Me parece que es momento de regresar a casa -dijo McGonagall, dirigiéndose al cochero.

-Por favor, sólo unos minutos más -insistió Hermione, señalando un sendero con una colina al fondo-. Vamos a la cima y volvemos.

McGonagall oteó la distancia y asintió, aún había tiempo. El cochero aceleró el paso desde el pescante y los caballos trotaron más aprisa. Hermione volvió a fijar su atención en el paisaje.

Inesperadamente, el disparo de un rifle se escuchó muy cerca de allí. El pequeño grupo miró a los alrededores para saber qué estaba pasando...

...Un segundo ruido idéntico volvió a escucharse casi enseguida. Hermione y McGonagall apenas tuvieron tiempo de intercambiar una mirada de alarma antes de que los caballos que tiraban del carruaje relincharan despavoridos. El cochero intentó calmarlos, pero fue tal la fuerza que ejercieron que una de las cuerdas principales que los sujetaba y los hacía tirar del carro, se rompió irremediablemente y las vigas se soltaron.

Los caballos echaron a correr sintiéndose libres y en peligro de muerte, y el carruaje irremediablemente, comenzó a descender por la colina a toda velocidad y sin control alguno.


Harry y James iban a todo galope en una feroz carrera por saber quién era el primero en llegar a casa. Salir a cabalgar era uno de sus pasatiempos favoritos. Sirius Black quien los acompañaba de vez en cuando, se había quedado unos metros atrás, pues su caballo favorito ya no corría tan rápido como en los buenos tiempos.

Un caballo desbocado apareció en el sendero corriendo a toda velocidad. James quien iba ganando la carrera, frenó en seco, tirando de las riendas de su caballo y alcanzando a orillarse de milagro. Harry tuvo que salir del sendero y bordear por el lado contrario, para evitar chocar con su padre o con el caballo enloquecido. Sirius logró esquivar el pura sangre, pero poco le faltó para estrellarse con una cerca de madera.

-¿Están bien? -preguntó Sirius, viendo que el caballo embravecido había seguido corriendo por el sendero cual animal salvaje.

-Sí -dijo James.

-Ese caballo seguramente pertenece a un carruaje -observó Harry-. Lleva plumeros, mantas de gala y riendas.

-No alcancé a ver bien, pero me parece que en una de las mantas traía bordado el escudo de la casa de los Granger -dijo James.

Inexplicablemente, Harry sintió un pinchazo en el corazón y su primer y único pensamiento, fue la hija de Ben Granger. Su vista recorrió el paisaje agudizando sus sentidos, buscando un carruaje, un cochero o algún lacayo, pero nada se vislumbraba por ahí cerca.

-Vayamos a echar un vistazo -dijo Sirius-, no olviden que hace unos minutos escuchamos el ruido de dos disparos.

-Vamos -dijo James.

Harry asintió haciendo que su caballo fuera al frente. Un inusual sinsabor se había apoderado de su boca.

Fue al descender la colina cuando los caballeros divisaron los restos de un carruaje que se había estrellado con un entramado de árboles. Al comprobar con terror que ese carro pertenecía a los Granger, Harry aceleró el paso para ir a ofrecer toda la ayuda posible, James y Sirius lo siguieron.

Los tres llegaron hasta el carruaje, la primera persona a quien encontraron herida fue a Lady McGonagall quién al parecer se había impactado con una roca y ahora estaba tirada inconsciente con fuertes cantidades de sangre saliendo de su cabeza. El chofer estaba a unos metros de distancia, con varias magulladuras en el cuerpo que le impedían ponerse de pie. Hermione estaba consciente, pero atorada con una de las ruedas volteadas del carruaje, prensando sus piernas e impidiéndole cualquier clase de movimiento de la cintura para abajo.

Harry fue el primero en llegar a su lado.

-¡Señorita Granger! -dijo Harry, incándose junto a ella con el alma en un hilo.

-Ayúdeme, por favor -dijo una angustiada Hermione, reconociéndolo.

-Sí, no se preocupe -dijo Harry, aunque encontrarla malherida provocaba en él mismo una sensación indescriptible-. Levantaremos la rueda para que pueda salir. Todo va a estar bien.

Ella negó con la cabeza, queriendo indicarle otra cosa.

-¡Lady McGonagall! -dijo Hermione con un par de lágrimas-. La estoy llamando y no responde. No alcanzó a verla. No sé qué le pasó. Búsquela por favor, yo puedo esperar. Es ella la que necesita ayuda.

-Mi padre la está asistiendo.

-¿Y el cochero? Él si me responde, pero me dice que no puede moverse, está mal herido, por favor, ayúdelo.

-Sirius Black está con él.

Harry la miró a los ojos intentando tranquilizarla. A pesar de que la dama se encontraba herida, su prioridad eran sus acompañantes.

En medio de su angustia, Hermione soltó un gesto de alivio al saber que el cochero y Lady McGonagall estaban siendo atendidos. De alguna manera, esos intensos y hermosos ojos verdes le transmitieron paz y consuelo.

-¡Sirius! -llamó Harry.

El hombre acudió inmediatamente.

-¡Ayúdame! Tenemos que levantar la rueda.

James también tuvo que dejar un momento a Lady McGonagall para ir a auxiliarlos. Entre los tres hombres ataron las riendas a un par de caballos y tiraron del carruaje para enderezarlo. Hermione sintió que la pesada rueda que oprimía sus piernas, dejaba de ejercer presión y gracias a ello, pudo deslizarse sobre el pasto para quedar libre.

-¿Está usted bien? -preguntó Harry, arrodillándose nuevamente junto a ella.

Hermione se valoró a si misma. Le dolía todo el cuerpo, pero al parecer no tenía ningún hueso roto, sólo unos cuantos raspones en los brazos, y quizás en las piernas, pero no podía revisarse en ese momento, dada la presencia de los caballeros.

-Es como si no sintiera las piernas, pero puedo moverlas a pesar de todo -dijo Hermione, gracias a tanta enagua que traía encima había podido resistir el duro golpe y las enormes cantidades de tela de sus vestidos habían servido para amortiguar la presión que la rueda de madera había ejercido sobre sus piernas.

-Ha corrido con mucha suerte, señorita -dijo James, mientras Harry extendía su mano a Hermione para ayudarla a ponerse de pie.

-Su cochero se ha roto una pierna y un brazo -informó Sirius.

-Lady McGonagall está inconsciente y es necesario que la revise un médico -dijo James.

-Nuestra casa está muy cerca de aquí -dijo Harry, mirando a Hermione-. Podemos ir allí y llamar al médico.

Hermione asintió contrariada por el estado de salud de Lady McGonagall y el cochero.


-¡Santo cielo! ¿Qué ha pasado? -exclamó Lily en cuanto vio entrar al salón de su casa, a su marido y a un criado llevando entre sus brazos a Lady McGonagall, adormecida y con una herida en la cabeza.

Atrás, venía Harry ayudando a un pobre hombre a caminar para que apoyara el pie lo menos posible. Hermione Granger estaba junto a ellos con una cara de aflicción que conmovió a Lily.

-¡Ha sido un accidente! -explicó James, recostando a McGonagall en el sillón-. Sirius ha ido a buscar al médico.

-Pero, ¿cómo? ¿Qué ha sucedido? -preguntó Lily.

-¡Cazadores! -exclamó Harry sin poder ocultar su disgusto-. Rodolphus y Rabastan Lestrange estaban en el condado, disparando a los animales.

-¡Son unos imprudentes! -dijo James-. Pudieron haber provocado una tragedia mayor.

-¡Deberían de fusilarlos! -replicó Harry-. ¡La corona inglesa tiene prohibido cazar en estas tierras!

Lily se mordió el labio preocupada, pero enseguida, se dio cuenta de que debía ayudar lo más posible, y rápidamente ordenó a sus sirviente que llevarán vendas y agua para lavar las heridas de los accidentados.

-Lamento todas las molestias que estamos ocasionando -dijo Hermione

-No pasa nada, tranquila -dijo Lily acercándose con una sonrisa para calmarla-, todo va a estar bien.

Hermione se abrazó a ella, y Lily no dudo en devolverle el abrazo con gesto maternal. Harry curvó sus labios al contemplarlas.

-Ven -dijo Lily, acomodando los rizos desordenados de Hermione-, vamos a una recámara para que te asees y te cambies de ropa. Ordenaré que te suban agua caliente... Tengo un vestido nuevo que podría quedarte.

-Gracias, son todos ustedes muy generosos -dijo Hermione, sin saber cómo poder pagar aquel gesto.

Harry se acercó a ella con una sonrisa y le dijo:

-No hay que agradecer.

Hermione intentó devolverle el gesto, pero aún estaba tan afligida que sólo atinó a dibujar una media sonrisa. Harry trató de ocultar una risa tonta que se dibujaba en sus labios, la hija de Ben Granger le parecía tan bonita que aún en medio de la tribulación, le resultaba encantadora.

-Ven conmigo -dijo Lily, tomando la mano de Hermione y conduciéndola a una habitación para que se aseara.


Sirius no tardó en llegar con el doctor en medio de una tormenta. McGonagall fue reaccionando poco a poco, gracias a los menjurjes que el médico le dio a oler. Hubo que darle varias puntadas en la cabeza para evitar que siguiera sangrando y la recomendación final fue que guardara reposo durante varios días. Respecto al cochero, el médico no tuvo más remedio que inmovilizar la pierna y el brazo, y ofrecer un par de remedios para el dolor. Hermione fue atendida en una de las habitaciones de la enorme casa, bajo la mirada protectora de Lily y su dama de compañía. Lily misma salió a avisar que todo estaba bien con la joven dama, que solamente tenía unos raspones y varios golpes menores, pero nada de cuidado. Harry consintió tranquilo, estaba seguro de que nunca antes había sentido tanto alivio.

-Gracias por haber venido -dijo Harry al médico en cuanto la tormenta terminó, y él mismo lo acompañó hasta la entrada de su casa para despedirlo.

-Oh, no fue nada. Mi deber es ayudar.

A pesar de esas palabras, el ojiverde le ofreció una bolsa de dinero.

-¿Sabe una cosa? -dijo el doctor antes de montar en su caballo.

El moreno negó con la cabeza.

-Cuando Sirius llegó a buscarme y yo escuché el apellido Granger, pensé que había sido el viejo Ben quien se había puesto mal.

-¿Por qué? ¿Está enfermo? -preguntó Harry inquisitivamente.

-Desgraciadamente sí -confió el médico.

Harry lo miró con cierta conmoción, enseguida levantó las cejas, deseando escuchar más información, pero el doctor guardó silencio.

-Ben Granger está muy enfermo -dijo finalmente el doctor con pesar-. Desafortunadamente no hay nada que yo o cualquier otro médico pueda ofrecerle.

-¿Está usted diciendo que...

-Sí, me temo que sí -interrumpió el doctor-. No creo que al viejo le quede mucho tiempo.

Harry no pudo disimular su desconcierto y nuevamente Hermione Granger fue el centro de su pensamiento.

-Esa es la razón por la que Ben ha hecho volver a su única hija de Francia, quiere tenerla a su lado en sus últimos días.

-Pero...

-Pobre niña. No dudo que su padre quiera casarla cuanto antes para no dejarla desamparada.

Harry sintió como si un fuerte golpe oprimiera sus pulmones. La sola idea de imaginar a Hermione casada con cualquier otro hombre, le robó la paz.

-Tengo que irme, señor Potter -dijo el médico-. He abierto la boca de más, pero confío en que usted, como buen caballero, sabrá guardar el secreto.

-Cuente con ello -dijo el aristócrata-. Gracias por todo y hasta luego.

El médico se fue y Harry se quedó contemplando el horizonte. ¿Sería capaz Ben Granger de casar a su hija con un viejo calvo y regordete con tal de no dejarla sola? En la sociedad en la que vivían, la respuesta no era difícil de adivinar.

Con ese pensamiento, Harry volvió al salón de su casa, en cuanto entró, vio a McGonagall sentada en el sofá, se veía adolorida, pero por lo menos, estaba mucho más lúcida. Hermione estaba sentada a su lado, diciéndole que todo estaría bien.

Ella se incorporó al ver a Harry. Si hace un par de días, Hermione hubiera sabido toda la ayuda que iba a brindarle la familia Potter con aquel desafortunado accidente, le hubiera regalado a Harry el lienzo del río sin pensarlo dos veces.

-Envié un mozo a su casa para informar a su padre de lo ocurrido y para hacerle saber que todo está bien -dijo Harry-. Pronto caerá la noche y después de la tormenta, seguramente debe de estar muy preocupado por ustedes.

-Mil gracias por todo -dijo Hermione-, pero me parece que es hora de volver a casa.

El sonrió afable. Nunca antes se había sentido tan contento de poder ayudar.

-Pueden quedarse aquí el tiempo que sea necesario -intervino James.

-Gracias, pero es mejor volver antes de que oscurezca -dijo McGonagall incorporándose.

-Yo también creo que eso es lo más prudente -dijo Hermione, ya bastantes molestias habían ocasionado a la familia Potter.

-Si así lo quieren, ordenaré que les preparen un carruaje y pediré a mis hombres que las escolten -dijo James.

-Yo también puedo acompañarlas -dijo Harry, sorprendiendo a su padre.

James asintió y salió del gran salón, sospechando que el ofrecimiento de Harry tenía algo que ver con la bella Hermione Granger. ¿Acaso no lo había escuchado decir que después de Ginny Weasley no volvería a interesarse en nadie más? El hombre rio para sus adentros al imaginar a su hijo con la castaña... Harry no podía tener mejor gusto, ni mayor suerte.


Harry abrió la puerta del carruaje y le dio la mano a Hermione para ayudarla a bajar. Ella bajó dedicándole unas palabras de agradecimiento. Ben Granger salió corriendo a la entrada de su casa en cuanto los escuchó llegar.

-¿Hermione? ¡Hija! ¿Estás bien?

-Sí, padre -dijo ella, abrazándolo-. No me ha pasado nada.

Harry contempló el abrazo entre padre e hija. Era tan fraterno, que no tuvo ninguna duda del gran cariño los unía. El moreno no pudo evitar sentir pena por la enfermedad del patriarca. ¿Sabría Hermione que a su padre le quedaba poco tiempo de vida? ¿Estaría al tanto de su estado de salud?

-Señor Potter, no tengo palabras para agradecer lo que han hecho por mi hija el día de hoy -dijo Ben, dirigiéndose al muchacho y estrechando su mano con la mayor diplomacia posible-. ¿Cómo puedo pagarle a usted y a su familia?

-No hay nada que agradecer -dijo Harry cabalmente.

-Algún día encontraré la forma de recompensarles -dijo el viejo.

Un par de mozos ayudaron a bajar a Lady McGonagall del carruaje, Ben Granger los guió para indicarles el lugar donde debían instalarla. Otro grupo de sirvientes ayudó al cochero. Harry y Hermione se quedaron literalmente solos en la entrada de la mansión.

-El fin de semana, Cornelius Fudge ofrecerá un baile -comentó Harry de la forma más casual que le fue posible-. Me pregunto si usted irá.

-Sí, iré con mi padre.

-¿Y me hará el honor de bailar conmigo, señorita Granger? -preguntó Harry con galantería.

Ella le dedicó una sonrisa. Harry sintió que su corazón latía más a prisa de lo normal mientras esperaba la respuesta.

-Sí.

Él sonrió, la idea de volver a verla en el baile era tan tentadora, que los días que faltaban para esa noche se le antojaban repentinamente largos.

-Tengo que entrar a la casa -dijo Hermione, despidiéndose.

Él tomó su mano y depositó un beso en la suave mano que sostenía. Ella inclinó la cabeza.

-Hasta luego, Harry.

-Buenas noches, Hermione -dijo el muchacho, contento porque era la primera vez que se tuteaban. Le gustó que fuera ella quién lo hiciera, pues esa nueva confianza, le daba a su amistad un toque de calidez.

Ella cruzó la reja y se extravió en los jardines para ocultar el rubor de sus mejillas. Harry se quedó parado en la entrada hasta que la figura de Hermione se perdió de vista. Esa lectora insufrible, adicta a la pintura, era una caja llena de sorpresas.


Hermione selló con cera su carta para Viktor Krum y soltó un lamento inmediato al darse cuenta de que se había olvidado de perfumarla; sin embargo, no quiso romper el sello para remediar su descuido, pues tenía la desagradable sensación de que por primera vez tenía secretos con su futuro esposo.

La chica movió sus rizos de un lado a otro, tratando de alejar esos pensamientos, después de todo, el señor Potter no significaba nada para ella...

¿Y entonces? ¿Por qué no lo mencionó cuando le escribió sobre el accidente del carruaje? Le había descrito con lujo de detalles el percance, pero al llegar al momento de recibir ayuda, se limitó a mencionar a Sirius Black y a la familia Potter en general. En ningún punto de la carta, mencionó al apuesto aristócrata de gestos elegantes y mirada arrogante.

Tampoco era de trascendencia mencionar que para ir al baile de Cornelius Fudge se había cambiado tres veces de vestido, buscando el más adecuado para la ocasión, porque por supuesto aquel cambio de vestimenta no había tenido nada que ver con Harry Potter, sino con los caprichos del clima.

Había bailado dos veces con Harry, pero no veía la necesidad de escribir sobre ello... Además también había bailado con Seamus Finnigan y hasta con los desagradables señores Crouch. Padre e hijo eran una verdadera calamidad, un par de despotas, totalmente insufribles.

Hermione escribió la dirección de Fleur Delacour en el sobre, definitivamente no tenía ningún secreto con Viktor. Harry podía tener unos ojos verdes impresionantes y un aire inconsciente de insolencia, pero nada más. No tenía el poder de impresionarla. Ni siquiera lo había hecho cuando la vio llegar al baile y le dijo que lucía hermosa... ¡Vaya atrevimiento! ¿Cómo pudo ruborizarse por eso? ¡Oh, no! También se había ruborizado cuando bailaron juntos, y él miró sus labios de una forma tan intensa que aún podía sentir un cosquilleo sobre su espalda.

La castaña volvió a mirar su carta, las cosas realmente importantes ya las había escrito. Lady McGonagall estaba mejor, pero aún estaba en reposo. Y el cochero ya podía apoyar un poco su pierna. Su padre era muy bueno con ella, y la consentía de más, pero había algo que la inquietaba un poco, pues últimamente lo veía toser a menudo, al grado que en una ocasión, ella sugirió llamar al médico, pero su papá le mostró un par de medicinas para hacerle saber que todo estaba bajo control.


Las cosas estaban listas en casa de las hermanas Patil para la hora de la comida. Pronto llegarían las invitadas especiales: Luna Longbottom, Lavender Brown y Hermione Granger. Las damas tenían pensado pasar un rato de agradable convivencia entre suculentos bocadillos y ricos postres, porque al final de la comida, todas se congregarían en torno al piano, para demostrar quién era la mejor con dicho instrumento.

-¿Qué han sabido de la pobre Astoria? -preguntó Lavender Brown, ya una vez que todas las invitadas estuvieron reunidas en la mesa.

-Se niega a salir de su casa, no puede con la pena -dijo Parvati

-Astoria era la prometida de un caballero llamado Draco Malfoy -murmuró Luna a Hermione-, pero Draco huyo a América hace más de tres meses con una campesina. ¡Un gran escándalo!

-Quizás deberíamos visitar a Astoria -propuso Padma.

-Me parece muy buen idea -dijo Luna entusiasmada.

-Yo no quiero ir -dijo Parvati con gesto caprichoso.

-Querida hermana -dijo Padma-, me temo que pasas demasiado tiempo pensando en Harry Potter y encargando los mejores vestidos para tratar de agradarle, cuando él ni siquiera ha notado tu existencia.

Parvati la miró airada, pero sus mejillas se pusieron exageradamente rojas. Hermione miró a Parvati con severidad, sin poder entender el motivo de una repentina hostilidad hacia la joven.

-Querida Parvati, deberías olvidarte de él -dijo Padma-. Está claro que él no muestra ni el más mínimo interés en ti.

-Tú no sabes nada acerca de los sentimientos del señor Potter -exclamó Parvati.

-¿Y quién lo sabe? -repuso Padma-. Ese hombre es un misterio.

-Pues yo juraría que hace seis meses, en uno de mis paseos por las afueras del condado, lo vi acompañado de Ginny Weasley muy cerca de la finca de Sirius Black -dijo Lavender con gesto confidente-. Desafortunadamente no tengo la certeza, pues era de noche y no podía ver bien.

Hermione levantó las cejas repentinamente interesada en la plática.

-¡Santo cielo! -exclamó Parvati horrorizada-. ¿Qué cosas estás diciendo?

-¿Quién es Ginny Weasley? -se atrevió a preguntar Hermione.

-La chica que huyo con Draco Malfoy -repuso Luna.

-¿Se imaginan? ¿Harry Potter interesado en una mujer como ella? -dijo Lavender riendo-. ¿El galante aristócrata enamorado de una campesina?

Hermione sintió que comenzaba a respirar más rápido de lo normal e inútilmente movió su abanico para darse un poco de aire fresco.

-Lavender, deja de decir esas cosas -exclamó Parvati molesta-. Un hombre como Harry Potter es incapaz de permitirse sentir afecto alguno por una mujer de origen tan humilde.

-¿Por qué no? -preguntó Luna.

-Luna querida, eso sería peor que casarse con su cocinera -repuso Padma.

-¡Basta! -exclamó Hermione, mirando a las damas con severidad-. Lavender Brown, no deberías levantar un testimonio sin tener la certeza del mismo. Tú misma has dicho que no pudiste ver bien al señor Potter porque era de noche, por lo tanto, te suplicaría que dejes de hacer ese tipo de comentarios. El señor Potter no merece que hables de él sin estar presente. No me parece correcto que divulgues información que ni siquiera tú misma estás segura de haber visto.

Lavender bajó los ojos, visiblemente avergonzada. Las demás jóvenes comenzaron a prestar atención a la comida. Hermione prefirió dar un sorbo a su té, pues a pesar de sus palabras, tenía la boca repentinamente seca. La conversación no le había gustado nada y definitivamente no volvería a acudir a esas reuniones. El señor Potter se había portado muy bien con ella y no iba a retirarle el saludo por los comentarios de Lavender Brown.


Viktor Krum entró al despacho de su abogado en el centro de la hermosa ciudad parisina. Pronto iba a oscurecer, pero los negocios no podían esperar por más tiempo.

-Le tengo noticias importantes -dijo el abogado al verlo.

-¿Qué clase de noticias?

-Su señor padre lo ha mandado a llamar. Es importante que vaya a Bulgaria a hacerse cargo de los negocios familiares.

-No puedo -dijo Viktor con rudeza-. Hay una dama esperando por mí en Inglaterra. Tengo que ir allá para hablar con su padre y pedir su mano.

-Entiendo su deseo de formalizar su compromiso, pero el asunto de los negocios no puede esperar.

-¿Porque no?

-Me apena mucho decirle que su familia se encuentra al borde la ruina.

Viktor se estremeció y miró al abogado como si le estuviera jugando una mala pasada.

-No le miento, señor Krum -dijo el abogado con mirada sincera-. Las cosas están sumamente mal.

-¿Qué tan mal?

-Su familia tiene deudas y si éstas no son cubiertas a la brevedad posible, su padre podría ir a la cárcel.

El búlgaro lo miró estupefacto.

-¿Qué quiere que haga?

-Que vaya a Bulgaria a arreglar los negocios, porque de lo contrario, su familia caerá en la desgracia.

-No puedo ir a Bulgaria, no deseo posponer por más tiempo mi viaje a Inglaterra.

-¿Acaso piensa irse sin dinero, señor Krum?

-Tengo lo suficiente para el viaje.

-¿No piensa llevar algún dinero extra para todos los gastos que puedan surgir? El viaje es largo y su estancia en dicho país generará grandes costos.

-Había contado con el dinero de las remesas.

-Lamento decirle que ese dinero ya se perdió.

-De cualquier forma, con o sin dinero, iré a Inglaterra.

-Me temo que usted no está entendiendo la gravedad del asunto. Si usted no va a Bulgaria, perderán absolutamente todo.

Viktor dio vueltas alrededor del despacho, buscando alguna solución.

-Supongo que la dama con la que desea contraer matrimonio es de buena familia -dijo el abogado con gesto inquisidor

-De las mejores familias de Inglaterra.

-¿Podría decirme usted qué noble casa a su hija con el hijo de una familia que ha caído en la desgracia? ¿Qué aristócrata decide emparentar con el heredero de un convicto?

Viktor negó con la cabeza, no había pensado en eso.

-Tiene que ir a Bulgaria y salvar sus negocios antes de poder presentarse en la casa de tan distinguida señorita.

El muchacho se revolvió el poco cabello que tenía. El notario tenía razón.

-Véalo como un sacrificio que valdrá la pena. Unos meses en Bulgaria y las cosas pueden salvarse... Usted podrá mantener su fortuna y viajar a Inglaterra para casarse con su amada.

Viktor soltó un suspiro que era toda una protesta. No tenía más remedio que escribir a Hermione. Ella entendería y sabría esperarlo.