ROMANCES Y QUIMERAS
Capítulo 4: El reencuentro.
"Porque no sé si lo sabes…
Pero todos los planetas orbitamos
alrededor de una estrella.
Y tú, eres la mía"
Carlos Miguel Cortés
Hermione miró el comedor. Todo estaba dispuesto para el desayuno, desde la vajilla de porcelana inglesa hasta los suculentos platillos que la cocinera había preparado para esa mañana; sólo que había un pequeño detalle, su padre aún no había bajado a desayunar.
La chica miró el reloj que estaba en la pared, eran las nueve de la mañana, su padre ya debería estar ahí, a no ser que se hubiera quedado tan profundamente dormido que ni siquiera la luz del sol lo hubiera hecho levantarse de la cama.
-Voy por mi papá para poder empezar a desayunar -dijo Hermione alegremente a Lady McGonagall, antes de pasar a ocupar su lugar en la mesa del comedor.
La institutriz quiso decirle que le diera cinco minutos más, pero Hermione ya había salido corriendo con una risa traviesa entre dientes.
Tenía razones para estar alegre, el día anterior había recibido una carta atrasada de Viktor Krum, anunciándole que había llegado con bien a casa de sus padres, después de un largo viaje de París a Bulgaria, le contaba que al parecer los problemas no eran tan graves como él había imaginado, y pese a que aún no se atrevía a sacar conjeturas, quizás estaría en Inglaterra mucho antes de lo previsto… Y ninguna Eloise Midgen aparecía en el texto. De eso estaba totalmente segura puesto que ya había leído la carta por lo menos cinco veces.
Hermione llamó a la puerta de la habitación de su padre y lo escuchó murmurar que podía pasar. Con una sonrisa, echó un vistazo por la puerta de su dormitorio. Su padre apareció acostado boca arriba con el cuerpo hundido entre las cobijas.
-Padre, ¿se encuentra bien? -preguntó la chica cambiando su expresión al descubrir el rostro de su papá pálido y fatigado.
-Sí, cariño. Sólo me siento un poco cansado.
-Pero…
-No es nada.
No tranquila con esas palabras, Hermione se acercó y puso su mano sobre su frente. No tenía fiebre, pero su aspecto no le gustaba nada.
-Voy a llamar al médico –dijo la chica resuelta.
-No, por favor –dijo el viejo rápido-. Sólo has el favor de dejarme dormir un rato. No es necesario llamar a un doctor por una mañana de descanso ¿O sí?
Hermione lo miró indecisa.
-Te prometo que estaré bien –aseguró el patriarca.
La chica le dio un beso en la frente y le acomodó las cobijas antes de abandonar su dormitorio.
-Papá no va a bajar a desayunar –anunció Hermione, volviendo al lado de Lady McGonagall.
-Supongo que tendremos que desayunar nosotras solas.
Hermione negó con la cabeza.
-Quiero que preparen un carruaje.
-¿Por qué?
-Necesito ir a hablar con el doctor del condado.
-¡Qué alegría verlas, señorita Granger y Lady McGonagall! –saludó el doctor a las damas.
-Buen día –contestó Hermione, recibiendo el tradicional saludo en la mano.
-¿En qué puedo ayudarlas? -preguntó el hombre, invitando a las damas a tomar asiento en su consultorio-. Espero que ninguna de las dos esté enferma.
-Gracias al cielo, no se trata de ninguna de nosotras –dijo Lady McGonagall
-Se trata de mi padre –dijo Hermione mirándolo fijamente, advirtiendo una discreta tensión en el rostro de aquel hombre ante la sola mención del aristócrata-. Sé que él está enfermo y sospecho que me oculta algo, así que he venido a hablar con usted, para suplicarle que me diga la verdad. ¿Usted sabe qué tiene mi papá?
-Mi estimada dama, quizás sea el señor Granger quién tenga que decirle las cosas.
-Él se niega a hablar y yo necesito saber qué está pasando, sólo así voy a poder ayudarlo.
-Lo siento, no puedo decírselo. No soy yo el indicado.
Hermione lo miró peligrosamente.
-¡Le exijo que me lo diga! Llevó semanas viendo a mi padre toser constantemente, he advertido su rostro descolorido y su andar lento. No me pasa desapercibido su sensación de falta de aire después de hacer alguna actividad por muy leve que sea, y hasta he notado que se lleva una mano al pecho como si algo por dentro le oprimiera.
El médico sintió que se hacía pequeño, esa mujer no se iba a ir hasta no obtener la información que necesitaba.
-Por favor –pidió Hermione, modulando su voz-. Mi padre sólo me tiene a mí.
El hombre asintió, si había cometido una indiscreción con Harry Potter, también podría abrir la boca con la única hija de Ben Granger.
-Señorita Hermione, lamento informarle que desafortunadamente su padre padece de una enfermedad en el corazón.
Fue como si un madero golpeara a Hermione a la altura del pecho. Las palabras se quedaron colgadas en el aire sin que nadie hablara por varios segundos.
-Pero… ¿hay tratamiento? -preguntó Hermione débilmente.
-Me temo que no. Lamentable su padre no ha respondido a los medicamentos, y no hay nada que pueda hacerse por él. Desgraciadamente a su padre le queda muy poco tiempo de vida.
La voz se cortó en el silencio, Hermione se quedó sentada con la vista pérdida en algún punto del infinito. Lady McGonagall miró al doctor profundamente consternada.
-¿Qué puedo hacer por mi papá? -preguntó la chica al cabo de una eternidad.
-Cuidar de él, dejarlo reposar, evitarle todo tipo de disgustos y emociones fuertes, procurar que no realice esfuerzos y vigilar que tome todos sus medicamentos.
Hermione asintió aún con todo el impacto de la noticia reflejado en su rostro, tenía en el pecho aquella sensación líquida que antecede a las lágrimas.
-Mis estimadas damas, no está por demás que les diga que pueden contar conmigo. Si Ben Granger se pone mal en cualquier momento, con gusto puedo ir a verlo, no importa la hora.
-Le agradezco mucho, doctor –murmuró Hermione con los ojos húmedos.
Hermione contempló una vez más el paisaje desde lo alto de una colina llena de cedros, pronto caería una tormenta y el viento jugaba con sus rizos, moviéndolos de un lado a otro sin ningún control. No podía evitar que las lágrimas corrieran por sus mejillas a raudales. Después de su visita al consultorio del médico, había regresado a casa y visitado a su padre, encontrándolo todavía adormilado. Había insistido en que comiera y hasta lo convenció para que se diera un buen baño, pero después de eso, el hombre volvió a dormirse, sin que ella pudiera hablar con él.
A pesar de que sabía que debía pasar con su padre la mayor parte del tiempo posible, necesitaba esos minutos de soledad para reflexionar y tomar nuevas fuerzas para apoyarlo. Tenía que ordenar de alguna manera sus ideas y pensamientos, aprovechando para ello la admirable vista que le ofrecía la naturaleza.
-Buen día, Hermione.
La chica se giró sobre su espalda, Harry Potter venía subiendo la colina para llegar al sitio donde ella se encontraba.
-¿Qué haces aquí? –preguntó Hermione, sorprendida de su habilidad para encontrarla.
-Fui al pueblo y me encontré con Lady McGonagall. Tengo una debilidad que no puedo controlar y que me hace preguntar por ti. Me dijo que después de la hora de la comida, habías salido a caminar… Llevo un buen rato buscándote por los alrededores.
Hermione le sonrió, era increíble la manera en que él se preocupaba por ella y aparecía cuando más lo necesitaba.
-¿Se puede saber por qué has estado llorando? –preguntó el moreno al advertir esos ojos bonitos húmedos.
Sin contestar palabra alguna, Hermione se lanzó sobre él, rodeándolo en un efusivo abrazo.
-¡Mi papá! –murmuró Hermione entre sollozos-. ¡Papá está enfermo y no hay nada que pueda hacerse por él!
Harry comprendió todo en ese instante y la abrazó contra sí, deseando consolarla de alguna manera. Finalmente la chica se había enterado de la enfermedad de su padre.
-Hermione, sé que en estos momentos, ninguna palabra servirá de consuelo y en todo lo que yo diga, vas a encontrar frases vacías y sin sentido… Pero, ningún ser humano puede escapar del dolor. La vida, la enfermedad y la muerte forman parte de nuestra existencia.
-¡Yo no quiero perder a mi papá!
Harry rodeó su cintura con sus manos en un gesto extremadamente protector.
-Herm, la vida no nos pregunta qué es lo que queremos, a veces, simplemente nos da y nos quita.
Hermione volvió a sollozar, unas cuantas gotas de lluvia cayeron sobre sus cabezas, pero eso no los hizo romper su abrazo.
-Me siento tan inútil por no saber cómo ayudarlo –murmuró Hermione.
-Puedes hacer muchas cosas por él –dijo Harry, besando su frente-. Tienes que ser muy fuerte para apoyarlo y cuidarlo…
-Ni siquiera sé cómo abordar el tema.
-Siéntate junto a él enfrente de la chimenea, tómalo de la mano y dile lo mucho que lo quieres.
Aquellas palabras hicieron sonreír a Hermione, y por un momento interminable los dos se miraron a los ojos. Las gotas de lluvia comenzaron a caer cada vez más rápido y más fuerte, y algunas de ellas, llegaron a confundirse con las lágrimas de Hermione. Harry pasó su pulgar sobre sus mejillas rosadas, secando un par de gotas. La chica curvó sus labios en una nueva sonrisa, jamás se imaginó que una caricia pudiera transmitir tantas emociones.
Un relámpago se escuchó intensamente, su luz cubrió la colina por unos segundos y la tormenta se soltó con toda su fuerza. Harry sintió el pelo sobre su rostro y la camisa pegada a su cuerpo, y pensó que tenían que buscar un lugar para cubrirse del agua, pero sus brazos se negaban a soltar a Hermione. Ella lo miró a los ojos y le sonrió como nunca antes lo había hecho, Harry quiso devolverle el gesto, pero antes de que pudiera hacerlo, Hermione se acercó y cerró su boca con sus labios con una ternura que resultó devastadora.
El ruido de la lluvia los aisló del resto del condado y sus bocas se dejaron llevar por el torrente de emociones que sentían. Los labios de Hermione eran cándidos y sensibles. Los de Harry demandantes y apasionados. Sus besos sabían a lluvia y a tierra húmeda. A tardes de verano y a madera de cedro. A complicidad… Y a amor, tierno y recién sembrado.
La noche cayó sobre el condado y en casa de la familia Granger, la servidumbre se encargó de retirar la vajilla después de la cena. Hermione vio a su padre ir a sentarse a su sillón favorito, justo enfrente de la chimenea.
Con pasos sigilosos, Hermione entró al salón con dos tazas de chocolate caliente que ella misma había preparado, y se sentó al lado de su padre, tal y como Harry se lo había sugerido. El señor Granger miró la tez blanca de su hija, y sus ojos castaños, llenos de ternura, le hicieron saber que conocía su secreto.
Ben Granger tomó la mano de Hermione y la apretó con fuerza. La castaña se apoyó en su regazo.
-Te amo –murmuró Hermione.
-Y yo a ti –contestó el señor Granger, besando su frente-. Dios sabe que no miento al decirte que eres lo más maravilloso que me ha pasado en la vida.
Hermione besó sus ojos, luchando por contener un par de lágrimas.
-Quiero que me prometas algo- murmuró Ben Granger poniendo su mano sobre su barbilla para que ella lo mirara-. Quiero verte sonreír… No quiero que sientas tristeza por mí. Piensa que todo lo que sucede en esta vida es para bien.
-Jamás podré sonreír sin ti.
-Claro que sí. La vida te colmará de razones para ser feliz… Piensa que yo iré a reunirme con tu madre, y desde el lugar donde nos encontremos, siempre estaremos enviándote nuestras bendiciones.
Hermione apretó los ojos para no soltar sus lágrimas, y haciendo su mayor esfuerzo, le sonrió. Ben Granger la abrazó y ella apoyó su cabeza sobre su hombro. Los minutos pasaron en silencio, no era necesario decirse nada más. El tiempo que les quedará juntos, lo aprovecharían al máximo. Los dos se apretaron de las manos y se quedaron contemplando el fuego de la chimenea hasta la llegada de la madrugada.
-Por aquí, buen hombre, por este pasillo llegamos al comedor, esta es la puerta que conduce a la cocina y a la bodega, hacia allá se encuentra la escalera principal para subir a las habitaciones, y al fondo está la biblioteca.
El caballero volvió a observar la estancia, no tenía ningún reparo en aquel lugar.
-¿Y bien? ¿Qué le parece la casa? -preguntó el casero
-Perfecta, la tomaré en renta por dos meses.
-Excelente elección, caballero –dijo el anfitrión complacido-. Haré el contrato inmediatamente.
-Se lo agradezco.
El viejo casero tomó un pergamino y comenzó a escribir el contrato.
-Discúlpeme usted, pero olvidé su nombre, ¿sería tan amable de recordármelo?
El caballero hizo una mueca divertido y le dijo:
-¡Viktor Krum!
-Cierto –dijo el arrendador, ocultando un gesto olvidadizo-. Yo soy Horace Slughorn, y aparte de que seré su casero, también seré su vecino.
-Me parece bien –dijo Viktor.
-Si no es indiscreción, ¿puedo saber por qué nada más se quedará dos meses en Inglaterra?
-El plazo es tentativo, quizás me interese por su casa mucho más tiempo del que usted cree.
-¿Alguna situación en particular lo ha traído al condado?
Viktor negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír al pensar en Hermione.
-¿No tiene amistades aquí?
-Me temo que no –dijo Viktor. "Sólo una linda prometida" -pensó para si con orgullo.
-Oh, entonces tengo que tomar cartas en el asunto –dijo Slughorn entusiasmado-. Organizaré una fiesta para que usted pueda conocer a los habitantes de la comarca.
-Se lo agradezco, pero no es necesario.
-Es lo menos que puedo hacer por mi nuevo inquilino. La gente del condado tiene que conocerlo. No es falsa modestia, pero tiene que creerme cuando le digo que yo aquí conozco a la crema y nata de la sociedad inglesa. Así que no se preocupe, este fin de semana daré un baile donde tendrá la oportunidad de hacer nuevas amistades.
-Si ese es su deseo, no tengo porqué oponerme. Si gusta puede invitar a todo el condado, pero quiero pedirle un gran favor...
-Usted dirá
-¿Podría reservarme una invitación?
-Por supuesto, ¿a nombre de quién?
-Familia Granger.
Slughorn sonrió, comenzando a comprender el motivo de la visita de aquel extranjero.
-Cuente con ello, mi buen amigo.
-Gracias -dijo el caballero-. Ahora, si me disculpa, me gustaría instalarme y desempacar mis pertenencias.
-Adelante, está usted en su nueva casa.
Viktor salió a la entrada de la construcción con un par de mozos para que lo ayudarán a bajar las maletas del carruaje que había alquilado.
Los mozos rápidamente dejaron todo en las diferentes habitaciones, de acuerdo a las instrucciones de Viktor, pero en cuanto el búlgaro vio que uno de los criados sostenía uno de sus paquetes como si se tratará de cualquier baratija, corrió a quitárselo.
-¡Espere! –dijo Viktor, sosteniendo el paquete entre sus manos como si fuera un tesoro-. Este objeto es de sumo cuidado.
-Lo siento, señor –se disculpó el mozo.
-Está bien–dijo Viktor con indulgencia-. Encárguese del resto del equipaje. Yo me encargaré de este cuadro.
-Sí, señor.
Viktor sostuvo entre sus manos el lienzo que Hermione le había enviado, entró con él al salón de su nueva casa y colgó el cuadro en el muro principal.
-Señor, ha llegado un sobre de parte del señor Horace Slughorn -dijo el ama de llaves de la familia Granger al aristócrata.
-Muchas gracias, puede retirarse -dijo Ben, haciendo a un lado el periódico y recibiendo el sobre.
-¿Pasa algo malo, papá? -preguntó Hermione, soltando su libro y parándose junto a él.
-Oh, nada de eso -dijo el patriarca con voz apacible-. Simplemente se trata de una invitación para un baile que ofrece el viejo Slughorn.
Hermione recordó a un hombre de ojos azules y casi calvo, cuyo principal interés era rodearse de gente importante e influyente, organizando para ello grandes fiestas.
-El señor Slughorn es muy generoso al considerarnos sus invitados, pero no creo que sea buena idea asistir -dijo Hermione, velando por la salud de su padre.
-Ciertamente yo no puedo ir, pero no veo ningún inconveniente en que tú vayas acompañada de Lady McGonagall y bajo la protección del matrimonio Longbotton.
-No quiero dejarlo solo -dijo la chica inmediatamente.
-Me siento muy bien, y quiero que vayas a ese baile en representación mía.
-Insisto en que prefiero quedarme en casa con usted.
-¡Oh, no! No consentiré que te prives de unas cuantas horas de esparcimiento.
Hermione miró la invitación y se preguntó si la familia Potter también habría sido convocada. Lo más probable era que sí, dado que eran una de las familias más honorables del condado.
-Le diré a Lady McGonagall que mandé llamar a Madame Malkin para que te haga un vestido nuevo -dijo Ben Granger con una sonrisa socarrona.
Hermione no lo contradijo, la sola idea de volver a ver a Harry en el baile, la hizo sonreír por el resto de la tarde.
La nueva casa de Viktor Krum estaba atiborrada de risas y de gente charlando. Las mujeres vestían una gran variedad de estilos y colores, y los hombres iban de traje de etiqueta. Las risas y la música invadían el lujoso salón; y varios mozos iban de un lado para otro ofreciendo suculentos bocadillos y generosas bebidas.
Un carruaje se detuvo en la puerta de la residencia y de él descendieron dos caballeros, Sirius Black y Harry Potter.
-Slughorn sí que sabe organizar fiestas -comentó Sirius burlonamente subiendo la escalinata y observando el lugar-. No había visto tanta gente desde hace una década.
Harry apuró el paso, deseoso de encontrarse con la hija de Ben Granger para invitarla a bailar.
-Desde que ya no tengo que sacarte de las orejas para asistir a los grandes eventos sociales, me haces correr como caballo de carreras –protestó Sirius, respirando agitadamente por el esfuerzo que le causaba subir escaleras.
Harry rio contento, acomodando su pechera de jaretas mientras sus gemelos resplandecían en sus muñecas. Se sentía tan afortunado por la llegada de Hermione a su vida, que el recuerdo de Ginny no era más que una sombra lejana.
En la entrada del gran salón, el organizador y su nuevo inquilino estaban recibiendo a todos los invitados.
-Buenas noches -dijo Harry, saludando a Slughorn con un apretón de manos.
-¡Harry, qué gusto que hayan considerado mi invitación! -dijo el viejo, sonriendo alegremente.
-No nos hubiéramos perdido este baile por nada del mundo -dijo Sirius con desfachatez, saludando al noble-. Desafortunadamente, James y Lily no pudieron acompañarnos, pero te envían sus saludos.
-Gracias -dijo Slughorn con amabilidad.
Harry sonrió de lado, sus padres siempre guardaban un espacio para ellos, y ese fin de semana, habían salido a su casa de Kent.
-Ahora caballeros, permítanme presentarles al señor Viktor Krum –dijo el casero-. Viktor, ellos son los señores Sirius Black y Harry Potter.
-Mucho gusto -dijo Harry, intercambiando un apretón de manos con él.
-Encantado de conocerlo -repuso el búlgaro.
-Viktor es mi nuevo inquilino -dijo Slughorn con voz ladina, mientras Sirius y Viktor se saludaban-. Nos hace el honor de visitarnos desde Bulgaria.
Harry miró al extranjero y por alguna misteriosa razón sintió una inexplicable y franca antipatía hacia él.
-El señor Viktor tiene negocios en París, sobresale en esas actividades raras que la gente llama deportes, y es un gran conocedor del arte -continuó Slughorn-. Resulta que él mismo se encargó de decorar el salón con algunas pinturas que trajo directamente de Francia.
Sólo por no parecer grosero, Harry miró los muros del salón, observando rápidamente los cuadros que decoraban las paredes, si bien eran bonitos, ninguno de ellos resaltaba realmente… Ninguno salvo uno… Un lienzo que tenía plasmado un río con varias rocas delimitando su cauce, árboles y flores a los alrededores, un puente de madera, y un cielo con nubes y destellos rojos.
Harry hubiera reconocido ese cuadro entre mil. Sabía perfectamente bien quién lo había pintado. Y hasta podía afirmar sin temor a equivocarse, dónde y cuándo había sido pintado… No necesitaba acercarse para ver la firma, porque sabía de sobra que ese cuadro pertenecía a Hermione Jane Granger…
…Y la primera pregunta que cruzó su pensamiento fue qué hacía ese intruso con aquella magnífica pintura. ¿Cómo había llegado hasta él?
-Lindo cuadro -comentó Harry con la boca seca.
Viktor esbozo una sonrisa tonta entre los labios, y Harry sintió que la sangre que corría por sus venas se paralizaba.
-Oh, fue un regalo muy especial -murmuró Viktor.
-Ya veo –dijo Harry, su usual amabilidad se perdió de súbito.
Viktor lo miró preguntándose si había dicho o hecho algo malo. Harry apretó los puños con coraje y no quiso hacer más comentarios. No quería que el nombre de Hermione saliera a relucir.
-¿Y tu distinguida prima, Sirius? -preguntó Slughorn al notar el ambiente tenso-. ¿Crees que Bellatrix nos haga el honor de acompañarnos esta noche?
-¡No! -dijo Sirius-. Afortunadamente, "mi prima" se ha ido con un hombre del condado vecino y ahora tengo el gusto de no verla a menudo… El hecho de que finalmente esa mujer haya dejado al imbécil de su marido, ha sido una bendición para mí.
-He escuchado que la noticia devastó a Rodolphus -insistió Slughorn.
-Sólo por unos días, después encontró consuelo en algunas mujeres de dudosa reputación.
-Celebro oírlo -dijo Horace con una sonora carcajada.
-Jóvenes caballeros -dijo Sirius, mirando a Harry y a Krum alternativamente-. Aquí hay una lección que tienen que aprender: "los cuernos son como los dientes, duelen mucho al salir, pero después ayudan a comer".
-Si me disculpan, iré por una bebida -dijo Harry con brusquedad, apartándose con toda la intención de buscar a Hermione entre los invitados; sin embargo, su pesquiza resultó infructuosa porque ella no había llegado todavía.
Con uno de los vestidos más bonitos y elegantes de la noche, Hermione llegó a la entrada de la residencia de Slughorn, subió la escalera y vislumbró el gran salón. Lady McGonagall iba siguiéndole los pasos, reprendiéndola por no haber llevado un abrigo o una capa esa noche. Hermione se defendió diciendo que hacía un clima maravilloso. Además llevaba un collar con dije de zafiro que había heredado de su madre y deseaba lucir aquella joya como una forma de guardar su memoria. Lady McGonagall soltó un suspiro mientras Hermione acomodaba unos cuantos rizos que caían sobre sus hombros.
-¡Bienvenida, señorita Granger! -dijo una voz a sus espaldas.
La chica sintió un temblor en su labio inferior al reconocer la voz de Viktor Krum. Lentamente se giró y sus ojos se encontraron con los ojos del búlgaro, caminando con una enorme sonrisa hacia ella.
-¿Viktor?
-Soy el hombre más afortunado del mundo por volver a verte –dijo el muchacho, tomando su mano entre las suyas e inclinándose para ofrecerle el acostumbrado beso.
Hermione inclinó la cabeza tratando de mantener la mayor serenidad posible, pero sus ojos reflejaban todas las emociones que estaban estallando dentro de ella. Ni siquiera en su más desacertado sueño, hubiera podido imaginar que se encontraría con Viktor en ese baile.
-No puedo creer que estés aquí –murmuró Hermione finalmente.
Él le sonrió feliz.
-Llegué esta semana. Mi viejo casero insistió en organizar este baile y a mí me pareció el pretexto perfecto para reencontrarme contigo.
Ella curvó sus labios sonriendo. McGonagall se aclaró la garganta para indicarle a Hermione que ella estaba ahí, o por lo menos para hacer que Hermione volviera a tocar el suelo con los pies y dejara de mirar a ese desconocido como si no existiera nadie más alrededor.
Slughorn se acercó para dar la bienvenida a la hija de Ben Granger, y después de un saludo cordial, presentó a su inquilino con Hermione, sin saber que ambos jóvenes ya se conocían de antaño. Acto seguido Slughorn se retiró para charlar con Madame Pomfrey.
-Lady McGonagall, Viktor es un viejo amigo de París –informó Hermione-. Viktor, ella es mi institutriz.
La vieja dama le dirigió una mirada seria al tiempo que Viktor se inclinaba y besaba su mano con caballerosidad.
-Un gusto conocerla, Lady McGonagall.
-Igualmente -dijo la mujer con una sonrisa que no cubrió todo su rostro.
Hermione tuvo la incómoda sensación de estar siendo vigilada por alguien y miró hacia la pista, buscando entre la concurrencia al observador, pero todos los invitados parecían estar atentos a la música y al baile.
-Lady McGonagall, ¿me permitiría bailar con la señorita Granger? -dijo Viktor con su tono más educado, dirigiéndose a la vieja dama pero mirando a Hermione.
-Si ella acepta –contestó McGonagall, lanzándole una mirada de pocos amigos.
Hermione sonrió contrariada y miró a su alrededor, buscando un par de ojos verdes en medio del tumulto. Viktor observó que Hermione había vacilado con su propuesta, y por un momento, pensó que ella iba a rechazar su invitación, sin embargo, la chica le extendió su mano en el último segundo, y los dos se dirigieron al centro de la pista al tiempo que la orquesta volvía a tocar.
-¡Estás resplandeciente esta noche! – comentó Viktor sin poder ocultar su admiración por ella.
-Gracias, tú también luces muy bien -dijo Hermione para corresponder a su cumplido, pero la realidad era que no estaba mintiendo.
-Fue un viaje muy largo, pero valió la pena -atinó a decir Viktor con una sonrisa, sosteniendo a Hermione entre sus brazos lleno de júbilo.
-Nunca me imaginé encontrarte aquí -admitió ella.
-¿Estás sorprendida?
-Mucho.
-He atravesado cientos de millas en el menor tiempo posible con tal de verte.
-Tenía tantos días sin saber de ti...
-Lamento no haber escrito a menudo en las últimas semanas, pero eso no quiere decir que hayas estado lejos de mis pensamientos un solo día.
Hermione sonrió, pero su cabeza era un torbellino de dudas. Quería saber tantas cosas relacionadas con su viaje a Bulgaria.
-¿Le rentaste a Horace Slughorn esta casa? -preguntó Hermione con serenidad, tratando de ir aclarando punto por punto.
-Sí, el precio ha sido un poco excesivo, pero dada la cercanía de nuestra boda, no puedo ofrecerte menos. He pagado el alquiler de dos meses, pero Horace sabe que puedo quedarme por más tiempo y no tiene reparo en ello.
Una extraña sensación de incomodidad invadió a Hermione, por un segundo, le pareció que Viktor estaba adelantando muchas cosas.
-¿Has observado que decoré la estancia? -dijo Viktor, señalando uno de los muros.
Hermione siguió el ritmo de la música y discretamente se volvió para mirar el lugar donde Viktor había señalado. El lienzo que ella había pintado yacía en una de las paredes a la vista de todos los invitados.
La chica rodó los ojos. El recuerdo de Harry Potter queriendo comprar ese cuadro vino a su mente, y por un fugaz instante, Hermione deseo desaparecer de la faz de la tierra.
-Ha sido un regalo magnífico, Hermione. Mil gracias por pintarlo.
Ella asintió afable.
-¿Cómo está tu familia? -preguntó Hermione con toda la intención de cambiar el tema.
-Bien -contestó Viktor sin poder evitar una mueca de disgusto ante la simple mención de sus parientes, un gesto que a Hermione no le pasó desapercibido.
-¿Y los negocios?
-Ya todo está en orden.
Hermione clavó sus ojos en él, esas palabras estaban mucho muy lejos de poder tranquilizarla.
-Viktor, sé que algo ha pasado y necesito saber qué es -dijo la chica, recordando la conversación de Igor Karkarov en casa de los Longbotton.
-¿A qué te refieres, Hermione?
-¡A Eloise Midgen! -soltó Hermione, mirándolo seriamente.
Viktor pareció turbado y hasta la lengua se le trabó antes de poder decir sus siguientes palabras:
-¿Eloise Midgen? ¿De dónde sacaste ese nombre?
-¿De verdad, existe?
-Es la hija de un noble -respondió finalmente Viktor.
Hermione quiso soltarse y parar de bailar, pero ella misma no era la viva imagen de la rectitud y también tenía una historia bien guardada que en algún día cercano tendría que confesar.
-Te daré una explicación -dijo Viktor, reteniéndola entre sus brazos.
Hermione volvió a moverse siguiendo la música y con los ojos le hizo una seña a Viktor para que comenzará a hablar.
-Fue una trampa, Hermione -dijo el búlgaro-. No quise tocar el tema en nuestras cartas debido a la delicadeza del asunto… Mis padres querían que fuera a Bulgaria para comprometerme con la señorita Midgen. Buscaron varios pretextos para hacerme viajar de Francia a mi país, pero como en aquel entonces, tú estabas en París, yo siempre me negué a ir. Poco tiempo después de que volviste a Inglaterra, ellos inventaron que estaban al borde de la ruina para obligarme a volver. Hasta fueron capaces de decir que mi padre estaba enfermo y que podría ir a la cárcel si no pagaba sus deudas.
-Entonces, ¿no están en bancarrota?
Viktor negó con la cabeza como si se avergonzará de la clase de familia que tenía.
-Cuando llegué a Bulgaria me di cuenta de que todo era un engaño, pero mis padres ya habían hecho las negociaciones con la familia Midgen para el compromiso. El rumor se corrió por toda la sociedad y el mundo entero dio por hecho que me casaría con ella.
Hermione frunció el entrecejo, no podía creer lo que estaba escuchando.
-Viktor, ¿has peleado con tu familia?
El búlgaro asintió, mirándola con fervor.
-Desafié a mis padres por ti.
Hermione se mordió el labio y un sentimiento de culpa la invadió.
-¿Le diste la espalda a tu familia? -preguntó Hermione deseando escuchar un "no" por repuesta.
-Sí, tomé la herencia que me dejo mi abuelo y rompí con mis padres para poder viajar hasta aquí.
-¡No puedes hacer eso! ¡Ellos son tu familia! Son los seres que te dieron la vida. No tenías que dejarlos por mí.
-Hermione, mi corazón es tuyo, no de Eloise Midgen. Si mis padres no quieren entenderlo, no me importa.
-Pero, no puedes enojarte con ellos.
-¿Crees que no tengo razones para estar disgustado? Ellos inventaron una situación desesperada, quisieron comprometerme con Eloise Midgen y trataron de impedir mi viaje a Inglaterra… La única justificación que encuentro para estos actos tan viles es que no te conocen, y que por esa simple razón han actuado así, porque si te conocieran estarían más que complacidos con nuestra boda.
Fue como si una nube negra se posara sobre Hermione porque la palabra boda se quedó flotando en el aire.
-No quiero que mi familia te robé el sueño -dijo Viktor al observar la falta de entusiasmo de Hermione-. Estoy seguro que en cuanto te conozcan, te van a aceptar y te van querer tanto como yo.
-Es que no podemos casarnos en estas circunstancias.
-En lo que a mí respecta, no necesito de la bendición de mi padre para convertirte en mi esposa.
Hermione pasó saliva, quizás eran todas las emociones de la noche, pero no alcanzaba a verse como la compañera de Viktor Krum.
-¿Cuándo puedo ir a hablar con tu padre para pedirle tu mano? –preguntó Viktor.
-Espera unos días -dijo Hermione sorprendida por la rapidez con la que Viktor estaba llevando las cosas-. Mi papá no sabe nada de ti.
-¿Aún no lo has preparado? -preguntó Viktor contrariado.
-Decidí esperar a que estuvieras aquí.
-Entonces, no veo razón alguna para seguir esperando. ¿Por qué no me presentas con él?
-Dame tiempo para hablar con él, está muy enfermo del corazón y no puede recibir emociones fuertes.
Viktor la miró conmocionado por la noticia. Hermione se sentía como si estuviera en el centro de un laberinto buscando una salida.
¿Cómo iba a hacer para presentar a Viktor con su padre? ¿Realmente ella deseaba que ambos se conocieran? ¿El verdadero motivo por el que estaba pidiendo unos días era por la enfermedad de su padre o había algo más relacionado con ella?
Harry lo había visto todo desde un rincón apartado. Desde que Hermione entró al salón, saludó a Viktor y él la sacó a bailar, él no les había quitado los ojos de encima. Era más que obvio que esa pareja se conocía de tiempo atrás y además se entendían. Su forma de bailar y su manera de conversar daban a entender que eran más que un par de viejos conocidos... Y por si eso fuera poco, estaba la existencia del cuadro… Aquel cuadro que Hermione había pintado y que él ingenuamente había intentado comprar, era uno de los tesoros de Viktor Krum.
Harry dio de vueltas, debatiéndose si debía ir a hablar con Hermione y matar a ese intruso, o debía marcharse de ahí cuánto antes.
-¿Qué soy para ella? –se preguntó Harry, revolviéndose el cabello-. ¿Es que Hermione todo este tiempo solamente ha estado jugando conmigo? ¿Cómo es posible que ella esté prendada de ese infeliz, mientras que yo estoy enamorado de ella hasta la médula de los huesos? ¿Acaso no significo nada para ella? ¿Qué hay de ese adorable rubor en sus mejillas ante mis galanterías? ¿Y esa sonrisa preciosa que ella me dedicaba cada vez que nuestras miradas se cruzaban? ¿Y su manera de preocuparse por mí cuando brinqué por su ventana? ¿Y ese abrazo interminable debajo de la lluvia? ¿Y nuestros besos? Si bien varias veces le robé un beso, otros fueron dados de buen gusto… Entonces, ¿qué hace ella bailando con Viktor Krum sin siquiera advertir mi presencia? ¡No! Ella no se va a salir con la suya... Las cosas no se van a quedar así. ¡Exijo una explicación!
-¡Quiero hablar con usted! -dijo Harry, llegando hasta el lugar donde Lady McGonagall se encontraba vigilando el baile de Hermione y Viktor.
-¡Señor Potter! -exclamó la dama, sorprendida por su arrebato.
-¡Venga conmigo! -exigió Harry, tomándola del brazo y alejándola del resto de los invitados.
Lady McGonagall lo siguió hasta un balcón apartado.
-Señor Potter, ¿quiere decirme que le ocurre?
-¿Y usted me lo pregunta? -exclamó Harry loco de celos-. ¿Cree que no me doy cuenta de con quién está bailando Hermione? ¿Quiere explicarme qué hay entre ella y ese hombre que acaba de llegar al condado?
-No lo sé -dijo McGonagall, guardando para sí, la expresión "no lo sé con certeza".
-¡Quiero hablar con Hermione! -ordenó Harry-. Tiene que hacer que se deshaga de ese extranjero y que vaya a la fuente en cinco minutos. Allí estaré esperándola.
-¿Acaso está usted loco? -preguntó Minerva escandalizada.
-¡De remate! -exclamó Harry con una voz que era todo un rugido-. Y si no lleva a Hermione a la fuente en menos de cinco minutos, le juro que armaré el escándalo del siglo.
McGonagall se quedó con la boca abierta viendo a Harry alejarse a zancadas.
-¡Señor Krum! –dijo McGonagall, llegando veloz hasta donde el búlgaro se encontraba hablando con Hermione.
-Lady McGonagall, ¿dónde se había metido? –preguntó Viktor-. Hermione y yo acabamos de saludar al matrimonio Longbotton.
-Si me disculpa, tengo que llevarme a Hermione un momento.
La chica la miró contrariada. Lady McGonagall le lanzó una mirada de advertencia indicándole que ni siquiera se le ocurriera contradecirla.
-¿Nos das un minuto, Viktor? –pidió Hermione, disculpándose.
-Por supuesto.
Hermione tomó sus faldas con las manos y siguió a Lady McGonagall, alejándose del bullicio del baile.
-¿Me puede explicar qué ocurre? –preguntó Hermione, siguiéndole los pasos.
-Hay alguien que quiere hablar contigo –dijo McGonagall con voz severa.
-¿Quién?
-¡Potter!
Hermione tragó grueso presintiendo la tormenta que se avecinaba.
-Le debes una explicación a ese muchacho y vas a ir a dársela en este momento –exclamó McGonagall.
-No puedo hablar con él –dijo Hermione deteniéndose, sintiendo que sus piernas comenzaban a flaquear.
-Por supuesto que vas a ir a darle la cara –gritó McGonagall, jalándola del brazo-. ¡Por todos los cielos, Hermione Granger! ¿Qué es eso de tener dos novios? ¿Es que acaso la semana tiene ocho días?
-Harry no es mi novio…
-¡A otra con ese cuento! -exclamó McGonagall, perdiendo la paciencia-. Mira nada más qué colección de caballeros te guardas: Potter, Krum y Crouch… Nadie en nuestra sociedad ve con buenos ojos que una mujer tenga más de una pareja… Si esto llega a saberse, te vas a quedar como flor de pantano: sola y enlodada.
-Lady McGonagall, yo no planeé esto –dijo la dama, dándose cuenta del desastre que había provocado-. Viktor desapareció y Harry fue tan galante y persistente que…
-¡Será mejor que guardes tus explicaciones para Harry Potter! -profirió McGonagall, arrastrando a Hermione hasta la fuente.
-¡Cinco minutos! –dijo Mcgonagall llegando con Hermione hasta la fuente desierta y encontrando a Harry allí, caminando en círculo-. ¡Les daré cinco minutos! Ni uno más.
McGonagall se apartó una distancia prudente. Las miradas de Harry y Hermione se encontraron. Él tenía hielo en los ojos y la miró de tal forma que Hermione bajó la vista por un breve segundo, jamás se había sentido tan avergonzada.
-Acabo de ver el cuadro de "tu tía" colgado en el muro de la nueva casa de Viktor Krum y no he dejado de preguntarme cómo llegó ahí –dijo Harry haciendo énfasis en cada palabra, mientras daba una vuelta alrededor de ella.
-En realidad ese cuadro lo pinté para Viktor –dijo Hermione tratando de ser lo más honesta posible, a pesar de que sabía que era demasiado tarde para ello-. Cuando intentaste comprarme el cuadro, Lady McGonagall estaba escuchándonos, yo no podía decirte la verdad delante de ella y por eso te dije que el cuadro era para mi tía.
Él la miró duramente, se sentía increíblemente traicionado.
-¿Acaso te complace jugar con los sentimientos de ese hombre al grado de hacerle emotivos regalos?
-Yo jamás podría jugar con los sentimientos de Viktor –se defendió la dama, encarando al ojiverde.
-Entonces… ¿has estado jugando con los míos, Hermione Granger?
-¡No! – dijo ella, sin poder entender cómo había permitido que las cosas llegaran hasta ese punto.
-Pues eso no es lo que parece, señorita.
-Yo quise contarte la verdad y ser honesta contigo, pero el día que intenté hablarte de Viktor, tú ni siquiera me creíste.
"Mi padre no lo sabe, pero yo estoy enamorada de un hombre al que conocí en París y con quien pienso casarme". El recuerdo de aquellas palabras solamente caló más hondo en el corazón de Harry. Para ser justos, ella sí había intentado aclarar las cosas, y él había sido tan imbécil que creyó que todo se trataba de una pequeña mentira para ahuyentarlo.
Harry se pasó las manos por el cabello, deseando despertar de aquel mal sueño. ¿Por qué justo cuando pensaba que su siguiente paso con Hermione era formalizar su relación, aparecía ese hombre?
-Por favor, escúchame -pidió Hermione, mirándolo a los ojos-. Yo nunca quise jugar contigo. Conocí a Viktor en París en casa de una amiga llamada Fleur Delacour, mantuvimos una amistad secreta a base de cartas y antes de partir a Inglaterra, él me pidió que me casará con él.
-¿Y aceptaste? -preguntó Harry con una rabieta casi infantil.
Hermione vaciló antes de poder contestar, los ojos de él estaban fijos en ella.
-Sí –dijo Hermione, deseando que el mundo terminara en el siguiente segundo.
El joven aristócrata se quedó perplejo por unos instantes, quería matar a Viktor por haber puesto sus ojos en la mujer que amaba, sin importarle siquiera que Viktor la hubiera conocido primero.
-¿Y cuándo vas a decirle a Krum que no podrás cumplir con tu palabra, porque mientras él estaba en Francia, tú y yo nos conocimos y nos enamoramos? -preguntó Harry, organizando sus pensamientos y tratando de ejercer el poco autocontrol que tenía de sí mismo.
Hermione pasó saliva al escuchar esas palabras. Harry no podía estar hablando en serio. A pesar de que sentía una corriente de energía cada vez que veía al ojiverde, ella no podía estar enamorada de él, siendo la novia de Viktor.
-No puedo hacer lo que tú me pides –murmuró la dama.
-¿Por qué?
-Entiende que le he dado mi palabra -dijo Hermione con un nudo en la garganta-. La promesa de matrimonio ya está hecha.
-¡Hermione Granger, tú no lo amas! ¡Tienes que retractarte!
-Él desafió a su familia por mí, viajó cientos de millas con tal de verme y rentó esta casa para poder vivir en el condado. Yo no puedo romper con él.
-Lo que estás diciendo no es justo para nadie -dijo Harry acercándose a su cara peligrosamente-. Estás confundiendo el sentido del deber con el amor.
-No trates de ordenar mis sentimientos. Viktor es el hombre con quien compartiré mi vida.
-¿Y qué he sido yo para ti? -exclamó Harry sin poder ocultar su disgusto -. ¿Fui el entretenimiento de este verano? ¿Un pañuelo de lágrimas? ¿Un premio de consolación mientras esperabas la llegada de tu novio?
Hermione negó con la cabeza, no había palabras para definir todo lo que él significaba para ella.
-Por supuesto, callas porque está claro que no he sido más que el juguete de una niña rica -dijo Harry con una mezcla de coraje y resentimiento.
-No es así, Harry. Has sido un apoyo incondicional, un amigo en quién aprendí a confiar, la mano generosa que siempre me ha brindado su ayuda, y…
Hermione guardó silencio, había estado a punto de decirle algo que ni siquiera a si misma se había confesado.
-¿Y? -preguntó Harry, alzando las cejas y colocando sus manos en la estilizada cintura de la chica-. ¿Por qué no eres capaz de admitir que estás enamorada de mí? ¿Por qué no aceptas que mis sentimientos son totalmente correspondidos?
-No digas más -pidió Hermione, tratando de librarse de su abrazo. Era en vano excavar más profundo dentro de su corazón, aquella relación jamás podría pasar de una amistad-. Por favor, Harry, entiende que tengo la obligación de casarme con Viktor.
-¡Sobre mi tumba! -gritó Harry, atrapándola entre sus brazos.
-¡Suéltame! –dijo Hermione, tratando de apartarlo, pues sería totalmente impropio si alguno de los invitados los viera de esa manera.
En vez de hacer lo que ella le pedía, Harry se inclinó y apretó sus labios contra los de Hermione, besándola con pasión. Contrario a todas las normas de comportamiento de la sociedad inglesa, Hermione cerró los ojos y se dejó llevar por los labios de Harry. A pesar de que él tenía razones de sobra para estar disgustado con ella, en ese momento, la besaba con tal intensidad que parecía que para eso había nacido... Y ella le correspondió con toda su ternura, sin querer detenerse a pensar en todas las cosas que los rodeaban.
Lady McGonagall contempló desde la distancia a Harry besando a Hermione, y decidió no intervenir en ello. No había nadie más cerca de la fuente como para que la reputación de los jóvenes estuviera en riesgo. Y Hermione tenía que descubrir un poco de las caricias propias de una pareja para poder definir sus sentimientos.
-¿Ha visto a Hermione? -preguntó una voz gruesa detrás de ella.
La dama volvió la cabeza asustada. Viktor Krum estaba parado por un lado de ella.
-¿Cómo?
-Le pregunté si ha visto a Hermione, creí que estaba con usted...
Las palabras de Viktor quedaron suspendidas en el aire, ante sus ojos tuvo la visión de una fuente y de una pareja besándose con poco decoro… Lo primero que Viktor identificó en aquella oscuridad fue un vestido azul y unos hermosos rizos que caían como cascada sobre la delicada espalda femenina. Lo segundo que identificó lo dejo sin aliento: un rostro bien definido que no podía ser otro que el de Hermione Granger... Y junto a ella, estaba precisamente aquel caballero que había elogiado el cuadro que ella misma había pintado... Viktor se llevó las manos a sus ojos, deseando haber visto mal, aquella imagen no podía ser cierta. Hermione Granger no podía estar ahí, besándose con otro hombre.
-Señor Viktor…
-Pensé que usted era la institutriz de Hermione, pero ahora me doy cuenta de que no es más que una alcahueta –la interrumpió Viktor con rudeza.
La dama abrió la boca asombrada, nunca antes alguien la había llamado así. Viktor caminó resuelto hasta la fuente, deseando intervenir en esa escena, pero Lady McGonagall corrió a detenerlo.
-Espere, señor Krum. Por favor, no haga un escándalo.
Viktor pateó el pasto y aventó unas ramas caídas de los árboles. Todo su ser se negaba a aceptar lo que estaba pasando. Y quizás lo único que lo hizo desistir de su deseo de ir a exigir justicia, fue el brazo de la vieja dama aferrándose a él.
-Se lo suplico -murmuró McGonagall.
-Dígale a Hermione que ahora comprendo el motivo por el que no puedo ir a hablar con su padre para pedir su mano -dijo Viktor alejándose con una mirada de total decepción.
McGonagall se llevó las manos a la cabeza apesadumbrada. Vaya lío que había armado esa cría.
-Te amo -murmuró Harry en cuanto sus labios se separaron.
Hermione no pudo ocultar la sonrisa que se formó en sus labios. Harry volvió a besarla, sintiendo cómo toda su tensión disminuía al apretar los labios de esa niña contra los suyos. No mentía al decirle lo que sentía.
-No voy a perderte, Hermione.
Ella negó con la cabeza. Se sentía tan confundida por todas las emociones que Harry le hacía sentir con sus besos.
-Vas a tener que definir qué es lo que sientes –dijo Harry, besando su frente-. Una relación a base de cartas no es amor. No puedes decir que estás enamorada de Viktor, si nunca has tenido la oportunidad de tratarlo realmente. No puedes quedarte con él por miedo a lastimarlo o porque sientas la obligación de cumplir una promesa. Y mucho menos puedes darle la espalda a todo lo que sentimos el uno por el otro.
-No quiero lastimarte, Harry –murmuró la chica, buscando sus ojos verdes-. Tampoco quiero lastimarlo a él. Yo nunca quise que nada de esto pasará.
-Sólo tú puedes decidir, toma tiempo para definir qué es lo que sientes –dijo Harry, tomando su mano entre las suyas y depositando un beso-, lo único que te pido es que seas honesta contigo misma.
Hermione asintió, aquellas palabras eran más de lo que se merecía.
-Gracias, Harry.
-La próxima vez que te vea, tendrás que confesarme que me amas –dijo Harry, lanzándole una última mirada antes de abandonar la fuente.
Hermione volvió al lado de Lady McGonagall, le debía una explicación por los besos de Harry.
-Lamento mucho la imagen que vio -se disculpó la chica.
McGonagall negó con la cabeza.
-Me gustaría decirte que fui la única que te vio, pero no fue así.
-¿Qué está diciendo?
-El señor Krum se acercó a la fuente justo cuando Potter te estaba besando.
-¡Dios mío, Viktor! –exclamó Hermione a punto de irse de espaldas.
-Se fue muy molesto.
-¡Viktor! ¿Qué estará pensando? Tengo que ir a hablar con él.
-¡Espera, Hermione! No cometas más locuras -dijo McGonagall, siguiéndole los pasos.
-¡Viktor! -dijo Hermione al encontrar al búlgaro entre la multitud.
Toscamente él se volvió para verla. El disgusto se había apoderado de él por completo.
-¿Te has despedido de Potter? –preguntó Viktor, fulminándola con la mirada.
-Por favor, déjame hablar contigo -pidió Hermione, señalando un balcón donde Lady McGonagall ya estaba esperándolos para evitar suspicacias.
Krum caminó con pasos decididos hacia aquel lugar, estaba deseoso de encontrar algún motivo para esa conducta tan poco decorosa.
-Viktor, estoy profundamente apenada por mi comportamiento –comenzó a decir Hermione.
Él la encaró con brusquedad:
-¡Le di la espalda a mi familia por ti! ¡Me rehusé a aceptar un matrimonio ventajoso por ti! ¡Viajé como loco día y noche con tal de volver a verte, y mira cómo me has pagado! Y pensar que me reclamaste por Eloise Midgen cuando entre ella y yo no hubo más que un falso rumor, mientras que tú…
Viktor guardó silencio, ni siquiera encontraba las palabras suficientes para definir su proceder.
-Perdóname -murmuró Hermione con el alma en un hilo-. Aunque suene difícil de creer, yo jamás he querido lastimarte… Tú desapareciste y yo pasé semanas preguntándome qué habría pasado contigo, y sin saber si los rumores de Eloise Midgen eran ciertos… Ni siquiera tenía la certeza de que algún día te aparecieras aquí para pedir mi mano.
-Pues ya estoy aquí y necesito saber qué es lo que sientes por Potter y por mí.
Hermione guardó silencio y escondió sus ojos.
-¿Lo amas? –preguntó el hombre, buscando su mirada.
Ella apretó sus labios, no quería lastimarlo.
-Dado tu silencio, será mejor que no nos veamos hasta que tengas claro qué es lo que sientes -dijo Viktor, abandonando el balcón.
Hermione no lo detuvo, él necesitaba su espacio y ella necesitaba tiempo.
Hermione contempló las flores que Harry le había enviado esa mañana. Después del desastre del baile, no había vuelto a verlo, pero él le había enviado un detalle diferente todos los días, como si con esos pequeños regalos, quisiera hacerle saber que él estaba ahí, esperando por ella.
Viktor tampoco había desaparecido del condado, después de aquella plática en el balcón, Hermione llegó a temer que él empacaría sus cosas y volvería a París o a Bulgaria, pero el hombre no había hecho nada de eso. Todo lo contrario, inesperadamente le había enviado una carta diciéndole que la quería y que si ella lo aceptaba, estaba dispuesto a olvidar lo sucedido.
Afortunadamente, su padre no sabía nada de lo ocurrido en el baile, pues de sólo haberlo sospechado, se hubiera muerto de la vergüenza... Y aparentemente, Harry y Viktor habían sido discretos, puesto que tampoco había rumores en la comarca. "Una verdadera bendición" decía McGonagall cada que se acordaba de su "impropio proceder".
Hermione volvió a mirar su hermoso ramo. Extrañaba a Harry y deseaba hablar con él. Aunque aún no pudiera darle una respuesta respecto a sus sentimientos, necesitaba verlo… Sólo que había un pequeño problema...
Gracias a que Viktor la había llamado alcahueta, Lady McGonagall estaba más al pendiente de ella y ya no la dejaba salir a caminar a menos que fuera bajo su supervisión. Y aún en su propia casa, bajo el cuidado de su padre, no la dejaba en paz ni a sol ni a sombra.
La chica observó su ventana sintiéndose cautiva. Sonrió al recordar a Harry subiendo hasta su balcón. El sabor de sus besos en aquel cuarto, la hizo estremecer. Por todos los cielos, iba a enloquecer si no encontraba alguna manera de comunicarse con él.
¡Un momento! Si Harry había logrado brincar hasta su ventana, ella también podría descender por el muro y salir de su casa sin que los demás se dieran cuenta. ¿Qué tenía de malo salir para verlo un instante? Si regresaba antes de la hora de la cena, nadie notaría su ausencia.
Con una nueva resolución, Hermione recogió sus faldas y valoró el peligro. Haciendo a un lado el temor, pasó un pie a través del barandal y aferró sus brazos al muro.
-¡Santo cielo! —exclamó Lady McGonagall, llegando inesperadamente y asomándose por la ventana.
Hermione casi se deja caer al vacío de la pura impresión. ¿En qué momento Lady McGonagall había entrado a su habitación?
-¿Se puede saber qué estás haciendo? –gritó McGonagall-. ¿Acaso planeas terminar con tu vida?
Sin más remedio, Hermione regresó al balcón y entró a su habitación, tenía las mejillas totalmente sonrojadas.
-¿Intentando escapar? ¡No puedo creerlo! ¿Es qué nunca vas a dejar de darme sorpresas y sobresaltos?
-Lo siento mucho -se disculpó Hermione.
-¿Qué es aquello tan urgente o tan grave que te impide salir por la puerta como cualquier persona educada? -la reprendió McGonagall.
-Yo simplemente quería…
-Escapar para ir a ver a alguno de tus dos pretendientes -interrumpió McGonagall, mirando a Hermione severamente.
-Lady McGonagall, yo…
-¿A cuál de los dos? -repuso McGonagall clavando sus ojos en Hermione.
-A Harry -admitió la chica.
Hermione vio la expresión de McGonagall relajarse un poco al escuchar el nombre del ojiverde.
-Necesito verlo -dijo la chica, mirando a su institutriz con gesto suplicante.
McGonagall le dedicó una sonrisa cómplice.
-Ve a hablar con él, pero no te tardes. Te cubriré con tu padre por una hora en lo que vas y vienes, no más.
La chica sonrió sin poder creer el permiso que estaba recibiendo.
-Gracias -dijo Hermione, lanzándole los brazos al cuello.
-Vete antes de que me arrepienta, pero has el favor de salir por la puerta principal. ¡No eres un chango para trepar por las ventanas!
Harry miró los libros de administración de sus negocios por quinta vez, no podía concentrarse. Esa castaña de ojos bonitos le había robado totalmente el sueño. Había esperado pacientemente una respuesta de parte de ella, pero ya habían pasado algunos días, y ella seguía indecisa.
El temor de que su corazón estuviera con Viktor Krum le hacía querer dar su brazo a torcer y buscarla, pero tenía que recordarse a sí mismo que ella necesitaba tiempo para decidir.
-¡Señor Potter! –dijo un mozo llamando a su puerta.
-Adelante –murmuró el aristócrata.
-He traído un mensaje para usted -anunció el hombre con voz solemne.
Harry dejo de prestar atención a los libros y se volvió para escuchar al mozo.
-¿De qué se trata?
El hombre se acercó con un aura de misterio.
-Una dama me pidió que le informara que lo espera en el granero de la mansión abandonada de los Riddle.
-¿Una dama? –preguntó Harry alcanzando las cejas.
El mozo asintió con una sonrisa cómplice, y Harry sintió que el alma le volvía al cuerpo al pensar en Hermione.
-¿Cómo es ella? –preguntó Harry.
-Muy bonita, señor.
-¿Y qué más?
-Inteligente y simpática.
Harry curvó sus labios en una sonrisa. Hermione deseaba verlo.
Hermione divisó desde la colina la casa de los Potter, si se daba prisa estaría ahí en menos de diez minutos. No tenía ni idea de cómo iba a hacer para entrevistarse con Harry, pero ya encontraría la manera de hablar con él.
El ruido de un carruaje se escuchó a sus espaldas. Ella detuvo su paso y se giró para ver quién conducía aquel carro. Un lacayo con dos mozos vestidos de negro eran los custodios.
Sorpresivamente, el carruaje se detuvo al llegar junto a ella, y un caballero descendió de la cabina.
-¿Dando un paseo, señorita Granger? No me parece muy correcto que salga a caminar sola -murmuró Bartemius Crouch, hijo, acercándose a Hermione.
-Usted no es nadie para decirme qué es correcto o no -dijo Hermione, intentando seguir su camino.
-¿Qué no soy nadie? -repuso Barty, mirando a Hermione con fiereza-. ¡Soy tu futuro esposo, por si eso te parece poco!
-Jamás me desposaré con usted -repusó la dama, mirándolo fijamente.
Barty Crouch soltó una risa que era todo un bufido mientras recorría a Hermione de arriba abajo con una mirada llena de lujuria.
-Mocosa insolente, ya es hora de que sepas que yo siempre obtengo todo lo que deseo -dijo Barty, estirando su mano para aprisionar la muñeca derecha de la joven dama.
-¡Suélteme! -gritó Hermione, jalando su mano e intentando librarse de su amarre.
-De ninguna manera, escuintla malcriada -dijo Barty Crouch con un tono de voz que a Hermione le heló la sangre-. Vas a venir conmigo a mi mansión.
-¡No!
-Por supuesto que sí -dijo Barty, quemando con su aliento la nuca de Hermione-. Veamos si tu viejo y decrépito padre se sigue negando a nuestra boda después de ver a su bella hija manchada de deshonra.
El pánico cruzó el rostro de Hermione. Con una risa cruel entre los labios, Barty Crouch la aprisionó por completo y la obligó a subir a su carruaje, a pesar de los pobres e inútiles esfuerzos que Hermione hizo por escapar de él.
Harry llegó a la vieja y abandonada mansión Riddle. Bajó de su caballo, cruzó el jardín cubierto de ortigas y entró en el granero. Estaba empezando a oscurecer, y alguien, seguramente Hermione, había encendido una vela en el interior de la estancia.
Una silueta femenina se dibujaba a través de la luz de la vela, un vestido de manta envolvía la piel clara de una hermosa y sensual mujer, cuyos cabellos rojizos caían libremente sobre su espalda.
-¡Dichosos los ojos que te ven, Harry! -saludó la mujer.
-¿Ginevra Weasley? -exclamó el aristócrata.
-¿Acaso esperabas a alguien más?
Hola,
Primero que nada, quiero agradecerles el tiempo que dedican a la lectura de este fanfic y los minutos que destinan a dejar un comentario. Me han hecho muy feliz con todos sus reviews, pues desde que actualicé por última vez, no he dejado de tener muestras de apoyo.
Espero que este capítulo les haya gustado porque dado todas las cosas que pasaron, me he demorado mucho en escribirlo, queriendo que cada fragmento saliera lo mejor posible.
Estaré de vuelta con el último capítulo, pero tengan un poco de paciencia porque aún no lo tengo escrito.
Ojala puedan echarme porras con mis escritos. Todo review es bienvenido.
Me despido, cuídense mucho y saludos a todos.
Liz
