DISCLAIMER: Rowling es la dueña, ama y señora de todo lo conocido aquí. Literalmente hablando.
Aviso: Este fic participa en la «Dramione Week 2016» del foro «El mapa del mortífago»
Prompt: Noche
Capítulo III.
Una noche inolvidable
COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA Y HECHICERÍA
Señorita
Hermione Jean Granger
Número 7 de Abbey Road
Londres, Inglaterra
Reciba usted un saludo cordial y nuestros más grandes deseos de que se encuentre bien. En la presente nos permitimos invitarla a la «Gala de Antiguos Alumnos» que se llevará a cabo el 10 de diciembre a partir de las 9:00 p.m. en las instalaciones del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
Esperamos contar con su presencia.
Atentamente,
Minerva McGonagall
Directora
La invitación estaba puesta sobre la mesa, muy cerca de donde se apilaban algunos libros de medicina mágica y muggle que la castaña llevaba varios días revisando. Recién había empezado a cursar su primer año de especialización en maldiciones y hechizos irreversibles y ya sentía que llevaba mil años estudiando.
Recibir clases en la escuela no era nada comparado con tener que trabajar y estudiar al mismo tiempo, y a pesar de que el señor Aldrich les recordaba a cada instante, que antes de ser sanadores y estudiantes, eran seres humanos; su sentido de la responsabilidad era igual o más elevado que en antaño.
Por ello, cuando la elegante lechuza blanca de McGonagall le entregó la invitación y a pesar de que el gesto le había parecido grato, no estaba segura de si deseaba asistir o no al evento. Tenía mucho trabajo, el suficiente como para pasar quinientos años en cautiverio y aunque sabía que era sano parar de vez en cuando, ella inevitablemente continuaba siendo la sabelotodo insufrible de los viejos tiempos.
La sabelotodo insufrible, como la había bautizado él.
Draco Malfoy estaba convencido de una sola cosa en su vida: Ninguna circunstancia ocurre de la manera en que se espera.
Siempre pensó que seguiría los pasos de su padre y que tal vez —si lograba sortear la guerra— se convertiría en un hombre de negocios o en un alquimista que se preocuparía por llenar de dinero su bóveda en Gringotts. Sin embargo, los planes del destino eran otros y ahora que se había formado para ser auror, se había dado cuenta de las enormes ironías de la vida.
En su nueva ocupación había encontrado más de un tropiezo. Algunos de ellos como producto de su irremediable y oscuro legado, pero con todo y eso había terminado por convencerse de que rendirse nunca es una opción. Sabía que no era suerte que se le hubiera declarado inocente de los cargos que se le imputaron en aquel entonces, y por ello vio en la academia de aurores, la oportunidad de redimirse.
Pero no había sido sencillo.
Fueron días de pruebas interminables —dada su condición de exmortífago— y de momentos en los que quiso mandar todo a la mierda. Nada quedaba de la altivez con que un día presumió ser el hijo de un legado mágico sin mancha porque había aprendido la lección de la humildad, empezando por fin a comprender la importancia de ganarse las cosas a pulso.
Pero no todo fue esfuerzo. Sus excelentes notas durante su tiempo de escuela fueron su mayor carta de presentación, y la oportunidad que le había otorgado la ley mágica que ahora permitía la reinserción de los arrepentidos. El camino había sido largo, eso sí, pero había tenido ayudas extras y debía reconocer —muy a su pesar—, que Harry Potter tenía un papel importante en todo aquello.
Odiaba deberle algo y no precisamente porque continuara cultivando el resentimiento que de niño lo había acompañado, sino más bien porque se había dicho a sí mismo que intentaría siempre ganarse las cosas por mérito propio y no por obra de otros.
Y eso era lo que había hecho hasta el momento.
Con excepción de ella.
—Bienvenidos, antiguos alumnos y alumnas de nuestra amada escuela —Minerva Mcgonagall estaba de pie en la parte alta del Gran Comedor, desde donde saludaba con evidente alegría a todo el auditorio que a su vez, se mostraba emocionado de volver a estar allí—. Extiendo a ustedes un fraternal saludo y me complazco mucho en volver a tenerlos en casa.
Habían pasado años desde la guerra y aunque el castillo aún guardaba en sus rincones, los recuerdos de aquellos momentos de dolor que habían tenido lugar en sus pasillos, su reconstrucción era sinónimo del renacimiento del mundo mágico desde sus cimientos, de la misma manera como el ave fénix lo hacía de sus cenizas.
Era grato estar allí y para algunos estudiantes que no habían pisado el castillo desde el momento en que terminaron su formación mágica, el sentimiento de emoción y nostalgia era enorme.
Hermione había pensado hasta última hora que prescindiría de la invitación, pero Ginny Weasley podía ser bastante persuasiva cuando se lo proponía y luego de casi una hora de enumerarle las ventajas de volver a ver a sus antiguos compañeros, logró convencerla de enfundarse en un vestido de gala e incluso, de aplicarse algo de sleekeazy en el cabello.
Y ahí estaba, entre una enorme multitud que vestía sus mejores galas y que sonreía al reencontrarse con viejos amigos de escuela y con antiguos amores de adolescencia.
Cerca de la mesa de los bocadillos se veía a Blaise Zabini, hablando animadamente con Theodore Nott y Pansy Parkinson. Había oído decir que ambos chicos se convirtieron en expertos de las leyes mágicas, mientras la pelinegra era ahora un peso pesado en la industria de la confección de prendas de vestir.
En el otro extremo del lugar podía verse al profesor Longbottom platicando animadamente con Luna Lovegood, que ahora era una de las reporteras estrellas de El Profeta, y con Seamus Finnigan, dueño de una fábrica de pirotecnia que se encargaba de surtir de sus productos a Sortilegios Weasley.
Hermione se sentía complacida al ver como todos sus conocidos había progresado y esperó con ansias la llegada de sus amigos que ahora eran famosos en el mundo mágico, no sólo por las hazañas que protagonizaron en la guerra, sino también por destacar dentro del departamento de aurores y en el mundo del quidditch —en el caso de Ginny.
—… espero que disfruten la velada —terminó de decir McGonagall, siendo precedida por una cortina de aplausos que dejaron tras su paso, una animada música de fiesta. Hermione decidió juntarse con el grupo donde estaba Neville y justo cuando caminó hacia ellos, pudo divisar a Harry, a Ginny y a Ron, que estaban acompañados por Draco Malfoy.
Draco Malfoy.
La castaña también sabía de él pues Harry le había contado de sus progresos en la academia de aurores y ahora, en el cuartel general.
De todas las personas que estaban en la sala, él era uno de los que más admiraba y no por sus logros, sino por el hecho de saber que había sido el único de todos en tener que cambiar totalmente sus convicciones y empezar de cero.
Había sido muy valiente en realidad, y esa era sólo una razón más por la que de vez en cuando pensaba en él.
Draco no estaba seguro de que hubiera sido buena idea asistir a la fiesta, pero Potter —su jefe—, lo había persuadido de hacerlo. En realidad, era incómodo andar a la par de él todo el tiempo, pues aunque ya eran maduros y las circunstancias eran diferentes, entre los muros de Hogwarts, la historia se había escrito de otra manera y estar del mismo lado, se sentía como una traición a las tradiciones.
Era una tontería en realidad, pero Draco sentía que lo correcto era estar con sus amigos, y en su antigua casa podía darse el lujo. Sin embargo, aquello habría tenido lugar de no haber sido porque la había visto a ella.
Esa noche estaba radiante y el rubio inevitablemente recordó el baile de navidad del torneo de los tres —cuatro— magos.
La que aquella vez caminaba del brazo de un gorila búlgaro, ahora iba sola y cada vez se acercaba más a él. Draco sabía que lo hacía por los Weasley y por Potter pero no le importaba pues la sensación que recorrió su cuerpo, fue aún más fuerte. Pocos lo sabían, pero la mayor razón por la cual siempre se ensañó con Hermione Granger era que con el pasar de los años, había desarrollado sentimientos románticos por ella.
Hermione estaba nerviosa.
Las palmas de las manos le sudaban y a medida que sus pasos la acercaban más a su grupo de amigos, la sensación en su estómago se intensificaba aún más.
Draco se veía bastante bien. En su traje de gala y con su cabello rubio un poco revuelto, lucía como el tipo de hombre que siempre le había gustado observar. Sus facciones ya no eran afiladas pues los golpes de la vida, las habían suavizado. La piel pálida, ahora estaba un poco coloreada por el sol y el rostro que siempre cargaba una mueca de desdén, ahora era más amable.
—¡Hermione! —la pelirroja saludó efusivamente, al tiempo que Hermione se unió completamente a ellos— creí que te habías arrepentido.
—Hola chicos —saludó la castaña dedicándole una mirada a cada uno.
—Hermione, te ves muy bonita —le dijo Harry, y fue inevitable que ella se sonrojara. No había podido acostumbrarse a los cumplidos y menos si había alguien más que la estuviera observando.
Porque sus ojos grises estaban puestos en ella.
—Gracias Harry, ustedes también lucen muy bien.
—¿Me pregunto, a qué hora servirán el banquete? —expresó Ron y la chica puso los ojos en blanco. Ron Weasley seguía siendo el mismo de siempre.
En aquel instante, una canción bastante pegajosa llenó la estancia, haciendo que la mayoría se dirigiera a la pista de baile, incluidos Harry y Ron, el primero siendo arrastrado por Ginny —aún cuando ella sabía que lo suyo no era el baile— y el segundo por Parvati Patil, a quien había saludado efusivamente hacía un rato.
Hermione se puso aún más nerviosa al comprender que se había quedado sola con Malfoy y eso la hizo sentirse muy estúpida. Era una mujer adulta y en lugar de eso, se sentía como la niña de once años que acababa de recibir su carta de aceptación al colegio.
—Una buena fiesta —fue lo único que se le ocurrió decir, aunque de inmediato pensó que el comentario había sonado muy tonto.
—Eso creo —contestó él, fijando su mirada en cualquier parte. Ella lo ponía nervioso. Llevaba rato sin verla en persona, a pesar de conocer hasta el último detalle de su vida y sus rutinas.
—¿Qué tal el departamento de aurores? —preguntó ella pensando en un mejor tema de conversación.
—Muy bien. Es mucho mejor de lo que esperaba —respondió él, devanándose los sesos a la vez, con el fin de encontrar un buen tema para hablar. Ya no era el chico confiado del pasado— ¿Qué tal la vida como sanadora?
—Es buena, no me puedo quejar. Muchos pacientes, mucho que aprender.
Un incómodo silencio se instaló entre ellos, haciendo que ambos se removieran en su lugar. Era más sencillo cuando sólo pensaban en el otro sin tener que idear una manera de interactuar en la vida real.
—¿Quieres bailar? —preguntó él de pronto y Hermione supo que se sentía igual que ella. Era extraño pero su primera interacción real en años, estaba costando más trabajo del que alguna vez había imaginado. Sin embargo, era su decisión darle un rumbo distinto a la cosas.
Y eso fue lo que hizo.
—Me encantaría —le dijo sonriendo.
Y así comenzó todo.
Y bailaron una pieza y luego otra. Y hablaron con sus compañeros sobre sus vidas. Y rieron como no lo habían hecho en años. Y luego bailaron una vez más a la luz de las velas mágicas que poco a poco se consumieron, igual que la vergüenza y los sentimientos negativos que alguna vez tuvieron lugar en el corazón de cada uno.
Aquella noche, Hermione Granger descubrió cuanto había perdonado a aquellos que le hicieron daño, al tiempo que encontró las piezas faltantes de su vida. Comprendió que su profesión era maravillosa pero que podía darse más oportunidades fuera de sus libros y las paredes de san Mungo, de la misma manera en que lo hizo él.
Estaba siendo una noche maravillosa y cuando Draco volvió a verla, comprendió cuanto había cambiado su manera de mirar el mundo. Se perdonó a sí mismo y se dio cuenta de que había algo que subsistía en el fondo de su alma. Algo que exploraría, que dejaría salir, porque aquella noche inolvidable era sólo el comienzo de algo mucho más grande.
¡Muchas gracias a todos por leer!
Quiero saludar especialmente a AreRojasDH, SallyElizabethHR, CoposdeHielo, Yaro Alex y a Doristarazona.
Agradezco infinitamente sus comentarios.
Besos,
Gizz.
