Nota: Tal como les comenté en mi perfil, es hora de mejorar las publicaciones hechas en mi adolescencia. Debido a la publicación de Ouroboros, y a que no tiene sentido trabajar doble, he decidido dejar Historias de una Slytherin como su versión previa y desarrollar la complejidad del arco argumental en Ouroboros.

Sin embargo, si quiero editar sintaxis, ortografía y gramática de esta historia, por lo que se harán pequeños cambios de redacción en los capítulos, así como mejoras en su desarrollo. También es posible que aumente el número de capítulos ya que esta versión no está completa: la publicación de la historia en Potterfics tiene 72 capítulos, mientras que aquí sólo aparecen 68.

Si tienen dudas, pueden mandarme MP.

Disclaimer: Los personajes de Harry Potter son de JK. Rowling. Esta historia es mía en su totalidad (exceptuando los pedazos de la saga que añadí en alguna parte y que señalaré para que puedan reconocerlos) y no autorizo su distribución parcial ni total. Sin más, disfruten del capitulo.

Capítulo 1: Compras en el Callejón Diagon.

La niña caminaba con parsimonia por las aceras del Callejón, mirando cada local y cada persona con una atención que llevaba a pensar, a quien la veía, que quería grabar permanentemente lo que fuera que estuviera observando.

Su curiosidad resultaba atrayente para los que la llegaban a atisbar, incluso más que su aspecto o su soledad, porque daba la impresión de que ella era alguien que nadie conocía. Sin embargo, los recuerdos pueden llegar a ser vagos y ellos no tenían forma de saber que, en realidad, no era la primera visita por su parte.

Era una bruja, igual que el resto de los viandantes y no necesitaba ayuda para orientarse de ninguna manera, porque paseó por ahí en diversas ocasiones, en compañía de su abuelo.

Y no tenía un aspecto anodino, al contrario, pero no la reconocían por la sencilla razón de que su abuelo era tan célebre, que cualquiera pasaba desapercibido a su lado. A él lo notaban incluso aunque no lo deseara, aún así, al escrutinio despiadado de los otros, la niña no era muy importante.

Debido a esta circunstancia, la brujita se sentía contenta, más de lo que hubiera admitido en voz alta. Sus pequeños zapatos de charol resonaban de forma entusiasta en el empedrado y sus ojos verdes, tan verdes que parecían adularias, le relucían de interés mientras las manos jugueteaban con la pequeña bolsa que resguardaba bajo la capa oscura de terciopelo negro que llevaba.

Era desusado que alguien tan joven, y más teniendo en cuenta que era una señorita, anduviera sola por allí, aunque los principales peligros de la Sociedad Mágica se hubieran esfumado hace varios años.

Pudiera ser que ya no existieran magos oscuros dignos de ese nombre, pero los depredadores siempre encuentran formas de subsistir y más de uno tenía la mirada puesta en aquellos que parecían vulnerables. Por supuesto, ella notaba las miradas, tanto de los que querrían algo de ella y los que simplemente se preocupaban, empáticos, pero no les otorgó ninguna importancia. Observaba todo a su paso, sí, aún así no se detenía en ningún lado y cuidaba mucho que ninguna otra persona estuviera demasiado cerca de su persona.

No era ingenua y tampoco tonta: esta precaución por sí sola no resultaba suficiente, estaba al corriente, pero también tomaba en cuenta al collar color púrpura que traía en el cuello, cuyas pequeñas amatistas estaban provistas de una poderosa magia protectora que, al contrario de lo que otros pudieran pensar, sí la hacía invulnerable.

Ninguna magia es totalmente indestructible pero se podía conceder cierto mérito a la gargantilla: después de todo, la energía poderosa que la envolvía había sido elaborada por el mago más poderoso de todos los tiempos... después de Merlín, por supuesto.

No existían razones para preocuparse. Después de todo, éste era su día. Finalmente, tenía la edad suficiente para asistir al Colegio y la carta de la subdirectora había llegado a casa con la carta en color crema y el escudo de Hogwarts, mientras ella trabajaba en el jardín.

Había conseguido, además, que su abuelo le dejara conservar la lista de los materiales que necesitaba para poderlos comprar por sí misma e incluso logró que él accediera a que ella comprara su varita sin que él la acompañase. ¿Cuál preocupación podría opacar su sensación de triunfo?

Una sonrisa incontenible se desbordó por fin de sus labios infantiles y, sin hacer caso de la mirada oscura de un hombre vendiendo collares de la suerte fuera del lugar, la niña se echó a la espalda su larga cabellera castaña y entró en Flourish y Blotts.

El aroma de los libros nuevos y viejos la llenó, mezclado con el considerable número de personas que se condensaban allí en aquellas fechas, como todos los años. Amaba aquella librería, que visitó en muchas ocasiones para elegir uno o dos tomos cuando su abuelo tenía que ir, él proponiéndole nuevos títulos para la biblioteca familiar y ella tomando decisiones y forjando sus propios gustos literarios. Él siempre se quedaba inmerso en una lectura mientras la observaba de reojo dar saltitos en busca de nuevos libros y ella siempre le sonreía cuando captaba su mirada penetrante.

Florish y Blotts sin su abuelo no era lo mismo pero justamente lo que buscaba: Quería ver el mundo por sí misma, quería tener un poco de independencia aunque sólo fuera en una pequeña salida. Echó un vistazo discreto a la multitud, esta vez en busca de algo diferente: en aquellas fechas, todos los magos que tenían once años o iban a cumplirlos visitaban el lugar con sus padres para adquirir los libros de su primer año en Hogwarts y ella deseaba conocerlos, tal vez hablar con alguno o alguna. Vivir en el Valle de Godric no era tan divertido o interesante como otros pensaban: No había niños o niñas con quién jugar.

Así pues, atisbó, buscó, escaneó, observó en cada rincón de aquella librería tratando de hallar a los que sin duda se convertirían en sus compañeros de colegio pero no vio a nadie que hubiese oído mencionar, lo que le hizo arrancar un suspiro.

Muchos magos de "sangre pura" se conocían desde que eran muy pequeños y las amistades plantaban raíces a partir de ese momento, por lo que la niña todavía tenía la esperanza de que, si viajaba a los lugares pertinentes, encontraría a alguien. Hasta ahora no había tenido suerte porque su abuelo, a pesar de su trabajo, no convivía mucho con los demás. ¿Qué era lo que tenía que hacer entonces? ¿Adónde tendría que ir? ¿Debería esperar a llegar al Colegio?

Al final el ruido de los clientes pidiendo sus libros al dependiente la hizo volver a la realidad y, resuelta, se adentró entre los estantes para tomar los libros que necesitaba y, de paso, curiosear por algún otro tomo que pedir después. Su abuelo no estaba con ella, pero eso era mejor, porque podría escoger más libremente y con más calma.

Mientras iba acordándose de lo que necesitaba, ya que en realidad no necesitaba una lista cuyo contenido ya había memorizado, tomó distraídamente el primero de los libros encontrado "Mil Hierbas Mágicas y Hongos" de Phyllida Spore y registró su precio. El mismo proceso se repitió con los demás tomos que necesitaba, haciendo la cuenta mental de la cantidad de galeones que gastaría hasta que terminó de adquirir lo que necesitaba.

Entonces dudó ante la presencia de un tomo en blanco y se preguntó si debía comprar un diario también. Había una costumbre entre su abuelo y ella que consistía en pensar todo el año un regalo extra al que su abuelo le diese en su cumpleaños y aquel presente podía ser dado en cualquier momento, siempre y cuando fuera sólo uno. En aquel momento se preguntó si podía hacer uso de esa costumbre.

Tras unos segundos, meneó la cabeza para sí misma, dejó el tomo y se dirigió a la fila de los clientes que aguardaban para pagar los libros que se llevaban.

Mientras esperaba, su vista se perdió en los alrededores. Le encantaba registrar todo lo que estuviera al alcance y de repente notó que la librería tenía dos pisos, algo que, sorprendentemente, hasta ese momento no había descubierto. Sus ojos subieron por la escalera y entonces reparó en la presencia de un chico pálido de ojos y cabellos oscuros en la planta superior, mirando hacia abajo con un semblante ausente que cambió cuando la advirtió.

Al intercambiar miradas, ella sintió una pequeña chispa dentro de sí misma, como si algo en ella hubiese despertado y tuvo la sensación de que también había provocado algo en aquella figura, empero, no pudo prolongar el contacto, ya que el carraspeo del dependiente de la librería reclamó su atención, avisándole que era su turno.

- Bien Señorita- dijo- ¿Qué libros pretende llevarse?-

Ella se volvió hacía él y puso la pila de tomos en el mostrador con cierto esfuerzo por el peso y añadió un puñado de monedas, el equivalente justo del pago. El dependiente mostró una sonrisa al comprobar que la cuenta era exacta y el intercambio fue hecho sin más problemas.

La bruja, al verse librada de ese menester, quiso ir en busca del chico de ojos oscuros sólo para descubrir que éste ya no estaba. Se sintió extrañada por semejante descubrimiento y se preguntó si más bien lo había soñado o si, simplemente, se imaginó esa sensación tan peculiar.

Un tanto decepcionada, la chica volvió a salir al Callejón, con los libros comprados ya seguros en la bolsa hechizada para no abultar ni pesar a su pequeña figura.

Tratando de volver a su realidad, volvió a andar sobre los adoquines, preguntándose si iría por el uniforme o por el resto del equipo primero.

Se decidió por el equipo al recordar la fascinación que siempre experimentaba cuando acompañaba a su abuelo por las droguerías y sitios semejantes, donde él compraba sus materiales. Ya antes de recibir su carta estaba segura que su materia favorita en el Colegio sería Pociones porque, aunque su abuelo no le hubiese permitido intentar hacer una todavía, cuando él hacía Pociones ella le asistía y era muy emocionante. Así que no le costó nada elegir el caldero de peltre, el juego de viales (al final comprando 2 juegos y no uno como sugería la lista) y el telescopio.

Tuvo una pequeña discusión con el vendedor de la balanza de latón, que quería venderla más cara de lo que valía. Ella pudo comprobarlo porque escuchó el precio que le dio a un mago que estaba dos lugares delante de la fila. Ambos discutieron un rato y al final ella se salió con la suya, diciendo con indiferencia que entonces compraría la balanza en otra parte. No debió caerle bien al dueño ser vencido por una mocosa, así que suspiró y fingió que lo había convencido por su inocente persona. Ella sonrió ladinamente y le dijo que aquello no era justo, ya que el precio era el mismo y en ello no existía ninguna gentileza.

El resultado fue que le hicieron un pequeño descuento sobre el precio real lo que la hizo sonreír otra vez mientras se encaminaba a la tienda de Madame Malkin para comprar las túnicas, el sombrero, la capa y los guantes que usaría en Hogwarts.

En el lugar la dama se mostró encantada de ayudarle, sin dejar de comentar lo bonita que se veía la chiquilla con los modelos que mejor le quedaban. La niña se armó de paciencia al ver que le tomaban medidas, le enseñaban colores y texturas y la aconsejaban sobre la capa y el tamaño de los guantes. No le molestaba excesivamente tomar decisiones sobre el tema - después de todo, sabía cómo le gustaban las telas y cómo le gustaba que le quedaran, aquella no era la primera vez que iba a comprar ropa- pero si le hacía sentir algo incómoda estar allí parada sobre el banquillo, en una postura solemne y sin poder moverse para que la modista no se equivocara en sus cálculos y moldes.

Al final dio su dirección a Madame Malkin para que le enviara el juego de ropa y salió aliviada al frío de la calle para adquirir los pergaminos, las plumas y el tintero, divirtiéndose mucho conociendo distintos modelos y precios y al final adquiriendo tinta que, según el vendedor, cambiaba de color asumiendo la personalidad del dueño.

La niña estaba inmersa en sus reflexiones mientras caminaba y ya no se ocupaba de observar todo como hacía antes. Estaba pensando qué color la definiría, si el físico tenía algo que ver o sólo era la manera de pensar, de ser y siguió pensando hasta que llegó, un tanto fatigada, a la heladería de Florean Fortescue.

Él si sabía quién era ella, y se sintió encantado de servirle uno de sus acostumbrados postres: helado de chocolate y vainilla con nueces.

Florean estuvo un rato platicando. Desde que la niña lo había conocido, notaba que siempre hablaba muchísimo, y que tenía un carácter jovial y amable. Uno no podía decir mucho en su presencia, porque siempre tenía algo que responder y anécdotas que contar y por lo general eso era algo muy bueno, pero aquel día no tenía el tiempo ni el suficiente interés.

Consiguió detenerlo pagando por el helado que ya había terminado, y fue entonces cuando advirtió que, entre los pocos clientes de esa fría tarde, había una señora de cabello rubio platino vestida muy elegantemente hablando con el que, probablemente, era su hijo, un chico con el mismo tono de cabello y facciones níveas de líneas puntiagudas y sonrisa altanera.

Los ojos del niño eran grises y se perdían en los alrededores, como en busca de algo interesante. Él la miró por un instante antes de que su madre exigiera marcharse pero no hubo más interacción y ella decidió no acercarse, aunque notó que llevaba un paquete bajo el brazo.

Se quedó allí durante un rato, pensativa y acabándose el segundo helado que le proporcionó Fortescue, cortesía de la casa.

En otro momento no lo hubiese aceptado, porque no era éste su modo de ser, pero pensó que, en aquel momento, podía permitírselo. A pesar de que quería mucho al dependiente de helados, no era el momento para oír de más a Florean y estaba satisfecha porque uno de sus amigos entró en aquel lugar y había robado su atención. Ella podía entonces sumergirse en sus reflexiones y centrarse en lo prioritario.

Estaba haciendo tiempo para la última de sus compras y la que le parecía la más importante y no quería que nadie más que el vendedor y ella misma fueran los testigos de la ocasión, por lo que no le quedaba más remedio que esperar.

Así que dejó que el manto del atardecer cubriera el día y retrasó la despedida de la jornada lo más que pudo hasta que supo que ya no podía esperar más. Después, se levantó y se encaminó con paso vivo hacía el local de Ollivander, el famoso fabricante de varitas británicas.

Sabía que no podía extender la experiencia mucho más, ya que prometió llegar temprano a casa, así que se echó a correr hacía el local y sólo se detuvo ya en el umbral, las mejillas arreboladas y el aliento ligeramente entrecortado.

Uno de los momentos más importantes en la vida de un mago o una bruja es, siempre, comprar su varita mágica y ella se detuvo un momento con la mano en el picaporte de la puerta sólo para disfrutar de la sensación de su corazón, que latía más rápido ante la perspectiva y recobrar su tranquilidad, porque no llegaría ansiosamente a enfrentar el reto.

Respiró profundamente antes de girar la perilla de la puerta acristalada y abrir, lo que provocó el tañido de una campana que, sin duda, le anunciaría al hacedor de varitas de su presencia.

Entró ella, pues y cerró la puerta tras de sí, encontrando el local desierto tal y como se había propuesto en un principio.

Se sentó en el banco alargado y aguardó. Por alguna razón, mientras sus manos se aferraban furiosamente una a la otra, el vendedor tardaba. No le gustaba ese sentimiento: no sabía qué presagiaba.

Ollivander seguramente sabía que una cliente le aguardaba, pero no atendió inmediatamente a su llamada. Sólo minutos después hizo su aparición en el pasillo vacío, entre los polvorientos estuches de las paredes y se le quedó mirando con los orbes pálidos sin pronunciar una palabra mientras limpiaba un frasco de vidrio.

Aquella visita no era ninguna sorpresa, sobre todo porque se le mandó un mensaje indicando del horario al cual acudiría la chica, cuyo rostro él jamás olvidaría, ni siquiera si no tuviera su prodigiosa memoria. Y aún así, la miraba como si nunca antes la hubiese contemplado.

Largo tiempo estuvo la niña y el hacedor de varitas entablando conversación sin decir una palabra y al final él se sentó junto a ella en el banco alargado y sacó una cinta métrica del bolsillo, parecida a la de Madame Malkin, pero con diferentes valores en su superficie, valores que no tenían que ver con los centímetros o metros que calculaba la cinta de la modista.

- Así que vino por su varita esta vez, ¿Verdad, señorita? A pesar de su mensaje, pensé que vendría ayer, pero no importa. Quizá llegó en el momento preciso.-

Ella tenía una expresión medio divertida y medio desafiante en la cara. Sabía por qué él la esperaba antes, ya que nunca se destacó por su paciencia ante la espera y era muy fácil simplemente no responderle, pero lo hizo, de todas formas. Le dijo suavemente, mientras extendía su brazo derecho:

- Nunca hago lo que se espera de mí, ¿O sí?-

Ollivander se limitó a sonreír ante esta afirmación y dejó que la cinta métrica tomara medidas mientras él iba al escritorio frente a los estuches en los estantes y sacaba dos cajas impolutas para ofrecérselas a su clienta.

- El hecho de que esta vez si pudiera esperar al momento preciso, me ha permitido tener el tiempo de pensar qué clase de varita decidiría ser suya, señorita Blackmoon. La felicito por eso. Ahora, he pensado en estas tres candidatas… ¿Me hace el favor?-

Extendió la primera caja, abierta. La sonrisa de la niña vaciló un poco. Debía tomarse el momento con la debida seriedad.

-Varita de veintisiete centímetros de largo, madera de cerezo, elástica, ideal para Encantamientos, centro de pluma de unicornio- explicó mientras la niña la tomaba con timidez y la agitaba. Ella se sintió ridícula cuando nada pasó, porque la varita era hermosa y delicada, en cambio Ollivander la observó detenidamente mientras le ofrecía la segunda elección.

- Varita de veinticinco centímetros de largo, madera de caoba, rígida, ideal para Transformaciones, centro de pluma de Unicornio- la voz del anciano inundó la habitación y esta vez, sin vacilar, la niña agitó la varita. Nuevamente, nada ocurrió lo que la hizo morderse el labio inferior con nerviosismo; el mago hizo a un lado las cajas sin realizar comentarios.

La tercera caja era más larga que las otras dos y la varita era completamente diferente, ella se dio cuenta. Los ojos del Hacedor de Varitas y de la niña volvieron a encontrarse cuando la varita llegó a sus dedos. . Blackmoon ni siquiera tuvo que agitarla, pues sintió el poder de su propia magia engarzando la magia en la que estaba envuelta la varita mágica, un torrente de vida y agua cristalina dentro de sí misma. Mientras sentía su ser revitalizarse, comprendió que la Búsqueda había finalizado.

- Treinta y seis centímetros de largo, madera de ébano, centro de pluma de fénix, lisa y ligeramente elástica, aplicada tanto para Encantamientos como para Transformaciones- recitó el anciano, poniéndose en pie y arreglando el poco desorden de su local, dándole espacio para acostumbrarse a su nueva esencia. Tras un par de minutos, le preguntó:

- ¿Está usted contenta con la elección?-

Ella miró su varita antes de responder, maravillada ante el modo en que la madera parecía adherirse amorosamente a sus dedos. Esa varita no tenía la belleza de la varita de cerezo ni tampoco la sobriedad de la de caoba, pero la madera de ébano tenía brillo propio y aunque no hablaba de naturaleza, tenía algo más. Lo comprendió tras un instante: Su varita tenía poder. Para dar y para avanzar.

- ¿Usted no?- replicó entonces, con calma, sosteniendo la varita en su mano derecha mientras la izquierda buscaba el pago de su tesoro y sin apartar su mirada de la del Hacedor de Varitas.

- ¿Yo?- Parecía que a aquel mago le sorprendía que a ella le preocupara su punto de vista.- Sabe usted mi opinión al respecto, señorita Blackmoon, sin que yo le diga nada. Aunque debo añadir, que creo que estará llena muy pronto, de algunas sorpresas, señorita Blackmoon- Las palabras fueron pronunciadas con sencillez y también fue tranquila y cortés la despedida, recibiendo los galeones que costaba la varita con mucho tacto.

Ambos se separaron sin decir más y ella salió otra vez al frío de la tarde que cambiaría a la noche en poco tiempo.

Ya que ella se encontró en el Callejón Diagon, se permitió pensar en la mirada de Ollivander.

Sí a ella le sorprendía el tipo de varita que la había elegido, estaba claro que a él no. Y eso le preocupaba porque no necesitaba tener los largos años de su abuelo ni su experta sabiduría para entender, a sus once años, que eso quizá no fuera muy bueno. Tal vez no pudiera dilucidar la razón -porque sólo era una niña- aún así no dudaba de su intuición.

Trató de quitarse ese pensamiento de encima recorriendo el callejón en absoluto silencio, hasta llegar a la Chimenea Pública donde todos podían usar los Polvos Flu.