Capítulo 2: Hogar, Dulce Hogar.
Los polvos flu no tardaron en trasladar a la niña a su hogar. Ella aterrizó en la alfombra con la gracia que sólo puede dar la práctica y se quedó contemplando durante un instante las llamas verdes hasta que éstas cambiaron a su natural color dorado, lo que hizo que se despojara de la capa de viaje y la colgara sobre el perchero, poniendo su bolsa junto a la chimenea y cambiándose de zapatos.
No perdió mucho tiempo observando un entorno que ya conocía decidiendo que era mejor ir afuera donde un hombre envuelto en una túnica color púrpura parecía hundido en hondas reflexiones en el porche. Su pequeña mano acarició la puerta y su voz fue suave al anunciar su presencia:
-Abuelo, ya estoy en casa- dijo y esperó. El aludido volteó y la taladró aparentando severidad bajo las gafas de media luna.
-Has tardado en llegar- observó- He tenido que pedirle a Bathilda que nos hiciera la cena. En fin, ¿Conseguiste lo que necesitabas?-
La niña asintió, sin comentar nada acerca del porqué de su retraso, aunque le hizo gracia reconocer, no por vez primera, lo inútil que era su brillante abuelo en el campo de la cocina. Él solía contarle, cuando estaba de buen humor, que se pasó muchos años de su vida en restaurantes muggle por su incapacidad para cocinar y rememoraba con una sonrisa los apuros por los que pasó cuando ella nació y toda su infancia hasta apenas el año anterior, en el que su nieta decidió aprender a cocinar por ambos y que se ocupaba de esa actividad desde entonces. De allí que Dumbledore fingiera que era por eso que le había pedido llegar temprano, aunque su nieta sabía que eso nada tenía que ver: estaba preocupado por su salida y en su interior, ella lo agradecía.
Sin duda, tendría que agradecer también a Bathilda Bagshot su amabilidad antes de que acabara el día. Antes, no obstante, se permitió entrar de nuevo en la casa sin decir una palabra más, siguiendo la regla no escrita de no comenzar la conversación hasta que los dos estuvieran sentados a la mesa, comiendo.
El Director de Hogwarts, por su parte, se levantó sin ninguna dificultad de sus meditaciones y la siguió, observando como la niña disponía los platos y los cubiertos en la pequeña mesa de madera, ponía el asado sobre una tabla rectangular en el centro y llenaba los vasos con aguamiel. Se sentó en su sillón de respaldo recto y esperó a que su nieta lo imitara.
Luego, cuando todo estuvo listo, apuntó con el tenedor al bulto junto a la chimenea.
-Así que- comenzó a hablar- ¿Cómo es tu varita?-
La bruja sazonó su cena y la probó antes de decir nada. Luego limpió cuidadosamente sus dedos con un trapo y extendió el estuche hacía su abuelo del mismo modo en el que Ollivander se lo había ofrecido a ella.
-Treinta seis centímetros, ébano, elástica y con una pluma de fénix en el centro- dijo con una sonrisa satisfecha- Bonita, ¿No?-
Albus Dumbledore la tomó con delicadeza, observándola con esos ojos a los que no parecía escapárseles nada.
-Desde luego- respondió- Y de buena calidad, lo que es más importante. Espero que no salgan de ella más que hechizos saludables.-
-Eso no lo sé- bromeó la propietaria- ¿Cómo distingo?-
-Hablo en serio- observó el anciano- Por cierto, ¿Ya has pensado en qué casa te gustaría estar en Hogwarts?-
Ella se tensó disimuladamente y lo ocultó con una bravata:
-¿Quieres decir, para que puedas convencer al Sombrero de ponerme en ella?-
El mago no contestó a la provocación pero su mirada se clavó en la de su pariente, afilada. La niña sacudió la cabeza, dejando el tenedor en el plato.
- No lo he pensado- reconoció- Gryffindor no me convence. Hufflepuff no está en mi lista. Quizá Ravenclaw. Slytherin… bueno, eso no te gustaría, ¿Verdad?-
El mago no respondió, al principio. Luego, habló pausadamente.
-Es cierto que es una vieja costumbre en nuestra familia pertenecer a Gryffindor pero no voy a imponerte algo tan antiguo. Tienes elección en este asunto, así que no diré nada hasta que seas elegida, ¿De acuerdo? Por lo demás, no creo que sea malo admitir que tengo expectativas sobre lo que hagas en el Colegio independientemente de la casa en la que estés, Victoria, ya lo sabes.-
La aludida asintió y sonrió, ligeramente más relajada.
-Fuiste tú un buen alumno cuando estabas en Hogwarts, hace mil años, ¿verdad, abuelo?-
El hombre resopló.
-No fue hace tanto tiempo… pero sí, lo fui. Uno de los mejores, si me permites la falta de modestia. Y por supuesto, un engreído también. Espero que esa no sea tu actitud con los demás, aunque no guardo muchas esperanzas.-
Victoria se río esta vez.
-Bueno- repuso- Lo único que tengo que hacer es batir todos tus récords.-
El ambiente, tenso aunque no lo pareciera a otro espectador, se relajó casi inmediatamente.
…
Después de cenar, Victoria se retiró a su habitación dejando a su abuelo trabajando en unas cartas que tenía que mandar al Ministro por la mañana, sintiéndose inusualmente pensativa a la par que inquieta.
No se suponía que se sintiera así, con toda la vorágine de emoción que debería experimentar al poder, finalmente, unirse a los estudiantes del Colegio de Magia y Hechicería pero no podía remediarlo. De vez en cuando y sobre todo últimamente, sorprendía esa mirada nostálgica en su abuelo, como si a través de ella viera a alguien que ya no estaba allí. Eso la hacía sentir incómoda y enfadada, sobre todo porque él siempre se negaba a compartir esos recuerdos con ella, como debería ser.
Vasiliki Victoria Blackmoon Dumbledore era la primera y única nieta de Albus Percival Wulfric Brian Dumbledore y además, huérfana en sus primeros días de nacimiento. Ella no sabía el nombre de sus padres, ni siquiera el por qué su abuelo había tenido una hija. Siempre había tenido la sensación - aunque no podría definir el por qué- de que a su abuelo no le gustaban las mujeres, al menos no en la manera en la que se puede querer a una esposa o a una amada. Pero lo cierto es que, incluso aunque a veces lo dudaba, lo único verdaderamente cierto es que si estaba ligada por sangre al famoso mago que había vencido a Gellert Grindelwald. Con frecuencia, desde que tenía seis años y las preguntas inevitables sobre su origen habían sobrevenido, había leído ansiosa los libros que pudo sobre el pasado de su familia e incluso algunos números viejos del Profeta, en busca de la información que tanto anhelaba.
Pero era en vano. De hecho, sólo conservaba una foto de sus padres muertos por el diario del Profeta que había publicado su panegírico y en ella se veía a ambos en el día de su boda en la foto móvil en blanco y negro. Cuando la encontró y se la enseñó a su abuelo, lo único que pudo sacar de él es que siempre se pareció más a su padre que a su madre aunque veía mucho de su hija en los movimientos de su nieta. El por qué había sido asesinada la pareja o qué significaba eso de que "te pareces más a tu padre que a tu madre" nunca le fue revelado. Y desde que la persona más cercana a ella le escondía tantos secretos, Victoria misma se había vuelto más reservada y era por eso que nunca le contó a su abuelo sobre la primera vez que una serpiente le había hablado o que su color favorito era el verde.
Simplemente, eran cosas que no podía decirle. Y, a pesar de que le tenía muchísimo aprecio y en su interior sabía que él también la quería a ella, la inquietud prevalecía. Era como si una barrera se hubiera levantado entre ambos, no importando si la nieta velaba del abuelo, existían entre ellos aquellas pequeñas cosas que siempre "parecían" escapar del enorme intelecto del anciano e, incluso si el abuelo protegía a la nieta hablándole de cosas importantes y ocupándose de ella en todos los sentidos, había veces, como la aparentemente insustancial conversación en aquella cena, donde sus palabras siempre parecían esconder más de lo que querían decir.
Pensando en ello, Victoria permaneció horas en la oscuridad de su habitación, callada y sin poder dormir, mucho tiempo después de que hubiese ordenado su baúl con sus pertenencias y hubiera dado brillo a su varita.
Debajo de su almohada, junto a la misma varita, estaba la fotografía ajada de sus padres.
