Ceremonia de Selección.

Les dio la bienvenida la que era la subdirectora de Hogwarts, Minerva McGonagall. Victoria sabía algunas cosas de ella ya que su abuelo había accedido a contarle pequeños detalles de su vida en el Colegio, algunas generalidades sobre la personalidad de la que era su colega más cercana.

Ahora que la niña tenía la ocasión de verla le pareció que no había mucha diferencia entre la descripción de su abuelo y la realidad.

No la sorprendió demasiado, después de todo Albus Dumbledore era muy bueno en adivinar la naturaleza de las personas y en lograr captarlas para los demás. De todos los profesores, Victoria pensaba que era ella la más estricta y también a la que más le gustaba su trabajo.

La profesora los condujo a una pequeña habitación fuera del vestíbulo y Victoria advirtió el modo impecable en que estaba peinada, las líneas severas de su rostro al que podía considerar inteligente y sabio pero no inmensamente atractivo aunque sí llamativo por su carácter y la manera digna en la que caminaba.

"Alguien que está acostumbrada a dictar instrucciones y verlas cumplirse."

Pensó ella. En realidad estaba interesándose en esas cuestiones más para distraerse de lo que estaba a punto de ocurrir que por verdadera necesidad. Era una niña solitaria y alguien que solía observar cuidadosamente a su alrededor, pero no estaba acostumbrada a las multitudes y la atmósfera creada en aquel salón era demasiado para ella.

Por ello ocupó un sitio apartado en la salita, no queriendo todavía entremezclarse en la muchedumbre de recién llegados que parloteaban alegre y entusiastamente sobre el Castillo.

Para su sorpresa, Theo no estaba muy lejos de allí, como si a él también le incomodara la presencia de tanta gente. Pero ninguno de los dos se acercó al otro en ese momento, pues la profesora les estaba explicando la dinámica que los ocuparía mientras su estadía en Hogwarts se prolongara. Victoria escuchó su descripción de las casas y del sistema de puntaje de Hogwarts y nuevamente se preguntó qué casa la acogería.

Más importante que todo eso, ¿En qué casa deseaba estar?

Gryffindor, Ravenclaw, Hufflepuff... y Slytherin.

¿Realmente quería ser una serpiente?

Su nerviosismo y su impaciencia crecían mientras esperaban y al final los condujeron de nuevo al vestíbulo del Colegio y después a las Puertas Dobles que daban al Gran Comedor.

Ella entró, más o menos a la mitad del grupo y sintiendo el calor que todos irradiaban. Pensó que era imposible concentrarse en muchas cosas con tanto ruido a su alrededor pero de todas maneras se sintió decididamente impresionada con el aspecto espléndido de la habitación. Le encantó el detalle del techo encantado para hacer parecer que era el cielo nocturno, la hacía sentir como si el Comedor fuera todavía más enorme de lo que era en realidad.

Las velas flotantes, las luces radiantes, las cuatro mesas repletas de estudiantes de diferentes edades era suficiente para marear y maravillar a cualquiera pero pronto no tuvo ojos más que para el raído Sombrero que les adjudicaría su casa.

Oyó la canción y aplaudió cuando ésta acabó pero parecía que algo frío se hubiera deslizado a su estómago al pronunciar la profesora McGonagall los nombres de cada uno para que subieran al banquillo y les pusieran el Sombrero en la cabeza.

Ahora sólo era cuestión de esperar. Cerró los ojos, mientras los demás eran llamados sabiendo que, por su apellido, no tardaría en ser llamada.

Pero Bullstrode Millicent fue la última en la letra B en ser seleccionada y una sensación de pánico ascendió hasta su cuello. Victoria abrió los ojos, creyendo no haber oído bien cuando empezaron con los estudiantes de apellido con C y sintió que la habitación daba vueltas a su alrededor. ¿Habría sido saltada? ¿Padecería la vergüenza de tener que revelarlo a la profesora que sostenía el pergamino entre las manos?

Para calmarse, Vasiliki dejó que sus dedos alcanzaran la varita en el bolsillo de la capa. Su tacto le recordó que, en efecto, ella era una bruja y no tenía nada que temer. El Sombrero le asignaría casa, nadie la excluiría de ello.

Entonces la profesora empezó a enumerar los estudiantes cuyo apellido comenzaba con la letra D y el miedo fue transmutado en enfado cuando oyó, casi sin podérselo creer:

-¡Dumbledore, Victoria!-

Confundida oyó como los murmullos empezaban a desatarse entre la multitud y como le abrían paso cuando ella empezaba a avanzar. Sentía sus mejillas arreboladas de rubor, su abuelo y ella lo habían hablado y le había pedido que no hablara de su parentesco.

Porque quería que ellos no lo supieran hasta que ella se hubiese labrado su propio nombre.

Y él la había engañado.

Como en un sueño miró hasta la mesa de los profesores, al fondo de la sala, donde su abuelo la observaba sin dar muestras de turbación mientras ella llegaba al banquillo y se sentaba. Sintió la tela de la túnica de terciopelo verde de McGonagall rozarla brevemente al acercarse para colocarle el sombrero y toda la habitación desapareció al cubrir el sombrero sus ojos y darle en cambio una vista polvosa y una voz interesante.

-Ah, sí, una mente prodigiosa, sí señor. Tienes numerosos talentos que guardas en secreto, niña Dumbledore, así como una voluntad fuerte y un orgullo que te proporciona ambición. No hay duda de dónde tendría que ponerte, ¿Verdad? Pero tienes miedo de lo que pudieran decir de ti si te pusiera en Slytherin, ¿Quieres pues, que te ponga en Ravenclaw?-

Victoria había querido estar en la casa de Slytherin desde que tenía siete años, cuando descubrió que podía hablar con las serpientes en un terrario de un vecino del Valle de Godric. Sentía una especie de fascinación por esta casa y toda su vida había temido la reacción de su abuelo al enterarse.

Pero él no parecía importarle nada de ella.

Así que le dijo al Sombrero lo que tenía que decirle para proclamar la verdad.

Lo oyó proclamar su casa ya sin sentir mareo.

-¡SLYTHERIN!-un breve silencio acompañó a su declaración y la niña se levantó de un salto del banco, devolviendo el sombrero y acudiendo a su mesa sin vacilar, ni mirar atrás y ya sin importarle lo que pensaran los demás.

La mesa de Slytherin la recibió también en silencio y ella se sentó mirándolos a todos con sus ojos verdes. Al final unos cuantos entablaron conversación y ella les contestó brevemente antes de seguir viendo la Selección, pues le interesaba ver en qué casa quedaba Theodore Nott… y Harry Potter.

La profesora McGonagall siguió enumerando nombres y el Sombrero asignando casas. Al final resultó que tendría que compartir casa con Malfoy quien le dirigió una sonrisa altanera y se sentó junto a estudiantes mayores. Ella no le prestó atención y esperó hasta que el nombre de Nott fue dicho.

Contuvo la respiración cuando el Sombrero le fue puesto en la cabeza. Y de pronto, pese al deseo del propio muchacho, deseó que no lo pusieran en Ravenclaw.

Y, tal como si alguien hubiera respondido a su petición, Nott fue nombrado Slytherin.

Theodore caminó hacía la mesa de las serpientes donde Draco lo saludó con un apretón de manos y los demás lo saludaron animados. Él saludó con cierta reserva.

Sólo miraba a Vasiliki.

A ella le parecía, por alguna razón, que sólo ellos estaban en la habitación, mientras la miraba. El tiempo pareció detenerse un minuto.

Victoria le sonrió. Y el semblante de Theodore pareció relajarse de pronto.

Y se sentó junto a ella.

Ya no quedaban muchas personas por ser escogidas. Y pronto, McGonagall pronunció, con voz alta y clara:

-¡Potter Harry!- los murmullos estallaron en todo el Gran Comedor y todos miraban con curiosidad al pasillo para ver quién era el que se adelantaría en respuesta a un nombre tan famoso. Vasiliki miró con tanto interés como los demás al chico bajo y delgado de cabello desordenado y azabache con gafas, que se sentó en el banco.

Y, con un respingo, antes de que le pusieran el Sombrero, Victoria advirtió que los ojos verdes esmeralda del chico eran muy parecidos a los suyos. Se estremeció y entonces aguardó, igual que todos los demás.

El Sombrero Seleccionador gritó Gryffindor.

Victoria dirigió una mirada al plato de oro que estaba frente a ella y entonces oyó la voz de Theo:

-Ya está, entonces. Bueno, no me sorprende. Era impensable que lo pusieran en nuestra casa, ¿verdad?-

-No lo sé-repuso Vasiliki, sin mirarlo. No estaba pensando en Potter, ya no, cuando la verdad, después del largo viaje, tenía hambre y tenía mucho en qué pensar. No miró a la mesa de los profesores. Sabía que su abuelo querría hablar con ella más tarde.

Entretanto, tuvo que responder las preguntas del chico a su lado.

-¿Por qué no me lo dijiste? Tu nombre, quiero decir. ¿Acaso te inventaste el primer nombre que se te vino a la cabeza para que no me enterara que eres pariente del Director?-

La chica lo miró a los ojos. Estaba empezando a acostumbrarse a la intensidad de su mirada y ahora él la miraba de forma profunda y seria. No sabía por qué, pero ella empezaba a confiar en él, aunque acababa de conocerlo. Así que se lo dijo.

-Mi nombre si es Vasiliki Blackmoon-aseguró- Victoria Vasiliki Blackmoon... Dumbledore. Albus Dumbledore es mi abuelo. Y yo no quería que él lo dijera. Su fama no es la mía.

Él la miró por largos instantes. Y, asintió, diciendo sin palabras que la entendía.

Mientras tanto el Director se puso en pie y empezó a hablar.

-¡Bienvenidos!-dijo- ¡Bienvenidos a un nuevo año en Hogwarts! Antes de comenzar nuestro banquete, quiero decir unas pocas palabras. Y aquí están, ¡Papanatas! ¡Llorones! ¡Baratijas! ¡Pellizco!... ¡Muchas gracias!-

Incluso los de Slytherin rieron y vitorearon y se pusieron a comer igual que los demás. Vasiliki no se río, ya que, aunque siempre la habían gustado las excentricidades (no del todo inconscientes) de su abuelo, en ese momento estaba demasiado confundida y enfadada como para disfrutarlas de verdad.

Le parecían una farsa muy bien hecha. Él era divertido fuera de casa y comprensivo, sabio y brillante.

Pero debajo de toda esa superficie radiante, había secretos y cosas que sólo se reservaba para él.

Victoria se preguntó entonces qué pensaría de verdad acerca de que estuviera en Slytherin y si realmente fueron verdad las palabras que le dijo en aquella cena hace ya muchos días.

Trató de no pensar en ello mientras comía. Theodore, en ese sentido, no le fue de ninguna ayuda: él era muy callado y no la distrajo.