Sigue en proceso la edición de esta historia, aunque sea en partes superfluas. Este capítulo ya ha sido editado y agregué un par de cositas. ¡Buen día!

La Casa de las Serpientes.

Al finalizar el Banquete, todos se pusieron en pie para abandonar el Gran Comedor. Los prefectos – incluida Farley- instaban a los alumnos de primero a situarse en dos filas para avanzar por delante de los demás y hubo un par de gemidos ahogados cuando el Barón Sanguinario traspasó a los alumnos con el objetivo de unirse a los prefectos como guía.

Se pusieron en marcha y Vasiliki notó que las cuatro casas marchaban en direcciones totalmente opuestas. Sabía, por lo poco que su abuelo quiso decirle, que cada Casa tenía sus habitaciones separadas pero la ubicación de cada una sólo se le daba a aquellos que pertenecían al lugar en cuestión. Mucho tiempo antes de su Selección, Vasiliki ya había tratado por todos los medios de hacer que Albus Dumbledore le revelara dónde se encontraban las cuatro Casas, (o por lo menos dos, porque Vasiliki era buena negociando).

Sin embargo, aunque le daban curiosidad todos los secretos de Hogwarts, y por eso leyó el libro de Bathilda, el dato no estaba revelado y al final ella optó por desistir de buscar ese conocimiento. Todo lo que su abuelo le dijo es que sabría y aprendería más de la Casa en la que estuviera que de cualquier otra y así debía ser.

Por primera vez, Victoria pensó si Gryffindor, Slytherin, Ravenclaw y Hufflepuff eran tan distintas entre sí. Nunca había esperado realmente ser Hufflepuff y Gryffindor también le importaba muy poco, pero ella pensaba que Ravenclaw y Slytherin podían tener mucho en común, más allá de sus lealtades políticas. De hecho no le había molestado pensar en Ravenclaw como una opción si el Sombrero decidía que eso era lo mejor para ella, pero tuvo la oportunidad de elegir y no pudo resistir a la tentación de tomar lo que deseaba.

¿Eso en que la convertía? Pensó en ello mientras acompañaba a sus nueve compañeros de Slytherin; fueron guiados por laberínticos corredores, descendiendo cada vez más y al ser sus pasos los únicos que escuchaban, casi se quedaron dormidos para cuando Gemma se detuvo.

Todos parpadearon, medio soñolientos y confundidos. No parecía existir nada enfrente de ellos más que la misma continuación del pasillo de pared de piedra siendo sólo la humedad en la parte alta del muro lo que constituía alguna diferencia. Vasiliki parpadeó, tratando de encontrar algo que le permitiese reconocer aquel punto importante y sin encontrar demasiadas señales. Por un momento pensó que quizá Gemma jugaba con ellos pero ella susurró "Por Merlín y Salazar" y una puerta se abrió, dejando paso a la Sala Común de Slytherin, una estancia muy larga, semi-subterránea que, a juzgar por los hipnóticos colores que la cruzaban de cuando en cuando, debía estar justo debajo del Lago.

Farley la cruzó veloz y determinadamente y Vasiliki observó lo que pudo, porque la prefecta iba muy veloz y ella ya se sentía muy cansada.

Había una enorme chimenea de piedra oscura, con un fuego verde chisporroteando entre las ramas que parecían haberse obtenido de un enorme y viejo roble. Las llamas danzaban creando extrañas imágenes en los muros de las estancias pero lámparas de cristal y piedras verdes armonizaban el escenario añadiendo también brillo y armonía, como si el fuego los llevara a una pasión imaginaria y la luz los alcanzara para darle dirección a ese deseo.

En el otro extremo de aquella sala, se encontraban dos puertas cuyo único adorno era una aldaba en forma de serpiente mordiéndose la cola. En la puerta de la derecha, donde el ofidio era verde oscuro y estaba bordeado de plateado, se encontraban los dormitorios de los chicos y tras ella desaparecieron éstos con su prefecto, dejando a Gemma y las chicas la portezuela de la izquierda cuya sílfide era plateada y bordeada de verde.

Vasiliki siguió a las demás observando los detalles con todo el interés posible. Más allá del umbral del dormitorio estaba un cuarto circular, donde, dentro de su circunferencia, se hallaban las camas de cortinas también verdes con bordados argénteos, dosel de madera oscura y una mesita de noche donde una vela iluminaba la penumbra.

Había un hueco libre donde quedaba el acceso a las duchas, según les informó la prefecta. Luego las miró con una taimada sonrisa y las dejó acomodarse, señalando que su baúl, rodeado de una cinta con su nombre, les indicaba su lugar. La muchacha salió en silencio al empezar las demás a buscar su cama, parloteando todavía.

Victoria, mirando a sus compañeras de curso, tuvo ganas de salir a observar mejor la Sala, pues le parecía más misteriosa que el Dormitorio. Pero no tuvo ni ocasión ni suficiente voluntad. En ese momento, Pansy Parkinson se dirigió a ella:

-Dumbledore, tu cama es justo la que está junto a la puerta del Dormitorio. ¿Me la cambiarías? La mía se encuentra al lado de las regaderas…-

Medio ausente, la niña evalúo los rasgos duros de la chica que le hablaba. Contestó, terminada su indagación:

-Es Blackmoon, Parkinson. Pero puedes llamarme Victoria, si quieres. Y si, ¿Por qué no? Te cambio la cama.-

Ambas se miraron y la otra niña acertó a sonreír, suavizando su expresión. Victoria sintió como una barrera invisible se aflojaba y se relajó.

-Muy bien, Victoria-dijo Parkinson- Gracias. Y llámame Pansy.-

Así fue como las dos cambiaron sus baúles de sitio, siendo imitadas por Bullstrode y Greengrass. Más, una vez que Vasiliki se hubo asegurado de tener todo en orden en su cama, y olvidada toda idea de aventura por el cansancio que ahora la vencía se sentó en el borde del camastro y cerró las cortinas, sin cambiarse aún.

Qué extraño se sentía, reflexionó la niña, estar rodeada de tantas personas, cuando su hábito era la soledad y tenía una habitación propia. Tras un instante, descubrió que el cambio no le acababa de gustar y le agradó haber quedado al fondo del cuarto, disimulada, "protegida" de miradas curiosas.

Y otra vez volvió la pregunta.

¿Quién era ella para acabar en Slytherin? ¿Quién era ella para desafiar lo que otros querían decidir en su nombre?

Sonrió para sí misma, apagando la vela y desvistiéndose para acostarse. Interiormente sabía la respuesta a tal pregunta y por ello guardaba esa imagen en lo más profundo de su corazón.

Estaba acostumbrada a los secretos. Su abuelo era Albus Dumbledore, después de todo.

Sin dejar de sonreír, Vasiliki dejó que los susurros de sus compañeras la arrullaran a un sueño profundo y pacífico.

Al día siguiente fue despertada por el sonido del agua corriendo, los quedos pasos, las risitas.

Vasiliki abrió los ojos, contemplando el techo de piedra con el nerviosismo y la emoción peleando por el dominio de su estómago. Se quedó allí bajo las sábanas, oyendo la vida del dormitorio durante unos segundos para proceder a levantarse, percibiendo el frío del sueño en sus pies descalzos y el hambre que aguijoneaba su abdomen.

Caminó hacía las regaderas, donde por lo menos dos de sus compañeras ya se aseaban, a juzgar por la vista de sus coronillas y atisbó que cada compartimiento de baño tenía una puertecilla corrediza con el nombre de cada una de ellas grabado mágicamente como filigrana en el extremo superior.

En plena búsqueda de su espacio, Victoria anduvo, pues, en pos de la inscripción de su nombre. Lo encontró al final del baño, en el último compartimiento, que abrió sin hacer ruido, introduciéndose en un espacio cuadrado donde figuraba un espejo frente a ella, un pequeño perchero y una toalla pulcramente doblada en un sitial a su derecha. Alzó la vista en busca del mecanismo del agua y sólo vio un maneral de metal del lado izquierdo, arriba.

Retrocedió a su cama para buscar en el baúl las cosas de baño y regresó a su compartimiento de aseo donde, tras cerrar la puerta, se quedó un par de segundos contemplando su reflejo.

Existía algo distinto, decidió la niña, en la Vasiliki que le devolvía la mirada ahora y la que había abandonado el Valle de Godric. El cabello castaño ligeramente más largo y cayendo en ondas quizá la hacía verse más grande y los ojos verdes le relucían de felicidad y orgullo, haciendo juego con la sonrisa de los labios pícaros. Hasta se sintió más ligera y cuando se despojó finalmente de la ropa, creyó verse y sentirse de un modo diferente.

De todas formas, se recordó, nunca había habido un espejo de cuerpo completo en casa.

Ella se quitó rápidamente los chanclos que su abuelo le había regalado la navidad pasada, se acercó al grifo y lo abrió, preguntándose cómo funcionaría. Lo descubrió un momento más tarde cuándo, de la nada, un chorro de agua caliente cayó sobre ella, un poco por encima de la temperatura adecuada.

Perfecto. Vasiliki dejó que sus reticencias y miedos se fundieran con el agua y se bañó, preparándose para el desayuno, donde sin duda les dirían cuál era su primera clase y cosas parecidas.

Ya vestida, no pudo evitar mirar con orgullo el emblema de su Casa en la túnica del Colegio y anudarse la corbata verde con toda la determinación de quien está preparado para todo.