Clases II
La torre de Astronomía estaba llena de esas escaleras de detalles pequeños que uno no podía dejar de apreciar, tales como el escalón que debía saltarse, la piedra desgastada en una determinada imagen, la escalera que conducía a otro pasaje que los llevaba a una zona incorrecta y por tanto, evitable, las piedras que no se podían tocar por riesgo a abrir secretos que todavía no se podían desvelar. Los retratos que adornaban el interior de la torre contenían pocos personajes y más bien se enfocaban a mapas lunares, imágenes estelares o incluso alguna pintura del mar. Ellas cuatro, Daphne, Anne, Pansy y Victoria eran las últimas en llegar a la clase y tuvieron oportunidad de observar las puertas entornadas que dejaban a su paso hasta llegar al último rellano que era el observatorio donde se daba la clase de la profesora Sinistra. Aquel era el pináculo más alto del Castillo y, por tanto, el que contaba con la menor vista, dando vértigo y emoción ante la altura, desde donde se podían contemplar tanto los Terrenos del Colegio con la cabaña del guardabosques igual que una mota café entre el verde de la vegetación, el sombrío y místico Bosque Prohibido, el despejado cielo nocturno, incluso se podía atisbar un tanto a lo lejos, el rastro de agua que los había conducido a Hogwarts la primera noche.
No había sillas más había algunas mesitas donde los materiales adicionales al telescopio que se les pidió en la lista esperaban para ser utilizados y brillaban con el clásico brillo del conjuro recién realizado. Al parecer, aquel alto espacio parecía haber sido agrandado pues toda la clase cabía con facilidad y aún sobraba espacio.
En medio de la multitud, las esperaba una severa profesora de Astronomía con un monóculo en el ojo izquierdo. Su túnica era negra como la de sus alumnos, el cabello rubio recogido en una pulcra trenza y los inteligentes ojos azul pálido observaban a las recién llegadas con severidad no disimulada. Un solo gesto les indicó su lugar y las niñas, telescopio en mano, se permitieron a sí mismas acomodarse en un silencio lleno de tácita complicidad.
La profesora ya se había presentado y ahora les hablaba a su nueva generación de lo que harían en la clase, el material que necesitarían, la importancia de la asignatura.
Sinistra les habló de cómo Astronomía auxiliaba a Pociones, cuando algunos de los ingredientes y pociones debían ser preparados bajo la determinada luz o preponderancia de algún astro, les contó someramente como algunas varitas funcionaban mejor bajo la bóveda celeste en pleno esplendor nocturno, diurno o vespertino e incluso como algunas plantas crecían mejor bajo la luz de la luna o sin su ayuda, cosa que les sería de ayuda en Herbología. Mientras charlaba, su voz grave y potente trascendiendo con claridad el frío aire de la noche, se encargaba de distribuir el largo pergamino vacío que sería su mapa particular del cielo que se les presentaba, magnífico y poblado de luceros. Si estudiaban, dijo la profesora, serían capaces de localizar inmediatamente cualquier tipo de constelación, planeta, estrella o punto en el espacio y utilizarlo en su favor.
Por tanto, concluyó ella, sería mejor que prestaran atención. Todos querían empezar a atisbar más allá de su horizonte inmediato pero aquella clase aprenderían lo más básico: cómo usar su recién adquirido telescopio y de qué modo apuntar a las estrellas.
Durante toda la clase, sólo hubo silencio mientras cada estudiante, cada uno con su letra particular, escribía las instrucciones teóricas que debería recordar cada vez que subiera a ese sitio.
Y mientras Victoria firmaba con infantil elegancia su mapa (con tinta negra tiznada de verde, tal y como el tintero marcó según su personalidad) pensó que de todos los lugares, la torre de Astronomía, con su encanto y peculiar aislamiento mientras estaba solitaria, se convertiría en su lugar favorito.
En realidad, hasta mucho después no supo qué tan cierta sería su presunción.
…
A partir del segundo día que los estudiantes nuevos pasaron en el Colegio, una expectante determinación cubrió el ambiente. Slytherin compartió con Ravenclaw Herbología y atendió con idéntica atención las palabras de la regordeta pero amable Pomona Sprout.
Resultó que el aspecto del Invernadero que conocieron en su primera clase tenía muchas más clases de plantas que cualquiera hubiera podido imaginar. Ni siquiera un estudiante recientemente aficionado a las plantas podía prever totalmente sus alcances y ramificaciones y era divertido y a la vez cansado y sucio estudiar cada una de las propiedades de los vegetales, estimular con las manos enfundadas en los guantes de piel de dragón los tallos y raíces y luego anotar las disposiciones mágicas de cada racimo y porción de las especies que se aprendían. Todo era fantástico, extraño, salvaje y desconcertante. La profesora siempre estaba llena de tierra y tenía un aire ligeramente silvestre, como el de las plantas como las que acostumbraba a tratar pero explicaba tan bien como todos los demás y llamaba al orden cuando era necesario con la firmeza necesaria.
Era asombroso verla manejar todo con tal facilidad y como los otros profesores, despertaba en los niños el deseo de hacerlo todo rápidamente. Pero sus comienzos en Herbología, como en todo lo demás, fueron torpes y lentos y hubo muchas bromas y túnicas ensuciadas, sorpresas más o menos agradables y bromas agridulces acerca de las propiedades de las plantas.
El único voto unánime es que la hora libre después de Herbología la ocuparían los Slytherin para darse un merecido baño y descargar el cansancio, los arañazos y el barro que hacían sus descubrimientos al revelarse al ser expuestos.
…
Pociones, a pesar de ser afín con algunas cosas de Herbología y Astronomía, resultó ser una clase totalmente distinta y esperada. En primera, porque las mazmorras donde se impartía la materia quedaban muy cerca de su Sala Común pero además, porque la clase del Profesor Snape, el Jefe de su Casa, era la primera que compartían con sus eternos rivales, los rojos Gryffindor.
Victoria y sus amigas se descubrieron curiosas e impacientes esperando en la entrada del Calabozo, primeras en la fila de los alumnos que fueron llegando para conocer al mago que les enseñaría a mezclar ingredientes en su caldero de peltre para producir fusiones decentes. Había que reconocer que las chicas estaban bastante nerviosas: todo mundo decía que Severus Snape se quedaba con la primera impresión del alumno al que enseñase y aunque favorecía a su casa, le exigía mucho a cambio en compensación. Así que ellas y ellos esperaban, aparentando seguridad pero en el fondo, preguntándose lo mismo que los Gryffindor, que esperaban separados del grupo de las serpientes, como si odiaran la idea de mezclarse.
A la hora en punto se abrieron las puertas de la Mazmorra y el hombre de lacio y largo cabello negro y ojos negros como túneles vacíos y oscuros los miró antes de dejarlos pasar a su clase. Todo estaba en orden, los ingredientes en el lugar justo del asiento indicado, un pasillo que daba al escritorio del profesor y la pizarra dividía los diez asientos que contaba cada lado, marcando así que Severus Snape no toleraría mezclas entre las Casas. Todos ocuparon los asientos que quisieron sin su acostumbrada cháchara y antes de que pudiera ver donde se sentaban las otras, automáticamente Victoria se sentó al principio de la clase, acompañada por Theodore Nott.
Sorprendida, vio que sus amigas se sentaban más atrás y le dirigían vacilantes sonrisas. Sentían temor, comprendió ella, al contrario que su propio entusiasmo, ya que aquella era la materia que más le había interesado desde antes de llegar al Castillo. No dijo nada, ni miró a su compañero de asiento sino que observó al hombre que, de pie y delante de todos sus alumnos, iba pasando lista, mientras todos se acomodaban.
Cuando finalmente todos ocuparon un lugar, él empezó a hablar de verdad. Su voz era un susurro que se deslizaba por cada recoveco, llenando cada uno y quedándose en todos. Su discurso fue desdeñoso a la vez que fascinante, así como tenebrosos y tétricos eran los frascos llenos de cosas indefinidas en los estantes y el frío impropio en aquella parte del Castillo.
- Ustedes están aquí para aprender la sutil ciencia y el arte exacto de hacer Pociones- dijo aquella persona tan particular- Aquí habrá muy poco de estúpidos movimientos de varita y muchos de ustedes dudarán que esto sea magia. No espero que lleguen a entender la belleza de un caldero hirviendo suavemente, con sus vapores relucientes, el delicado poder de los líquidos que se deslizan a través de las venas humanas, hechizando la mente, engañando los sentidos. Puedo enseñarles cómo embotellar la fama, preparar la gloria, hasta detener la muerte… si son algo más que los alcornoques a los que habitualmente tengo que enseñar.
Ya no importaba que entre los Gryffindor hubiera quien quisiera demostrar lo contrario, o si sus amigas no se habían sentado con ella. Vasiliki Blackmoon sintió entonces el mismo río de emociones que cuando el Sombrero Seleccionador fue colocado en su cabeza y contuvo la respiración al tiempo que miraba al hombre que se atrevía a hablar en semejantes términos. El encanto se vio cruelmente subyugado cuando el profesor empezó a humillar a Potter, que pareció no alcanzar ninguna de las expectativas que Severus Snape parecía haber esperado de alguien de su fama.
Era la demostración de algún punto aunque cuál en específico, ella no lo sabía. Y no le importaba.
Quería aprender. Y sabía, por el brillo en los ojos de Malfoy, Zabini, Nott y Greengrass, que no era la única.
Ellos callaron y escucharon. Su primera poción era una cosa sencilla, para curar forúnculos. Pero había que ser pacientes y metódicos con los ingredientes, seguir las instrucciones paso a paso. No era cosa solamente de observación, como Astronomía, ni de esfuerzo, como Herbología y Transformaciones. Era cierto que la varita se agitaba poco e importaba menos el cómo se ejecutara el movimiento, tal que Encantamientos y no había nada que memorizar realmente, como Historia de la Magia.
Se trataba de una cosa de precisión y tiempo y ritmo y algo parecido a una intuición, un saber del punto exacto. En eso Draco parecía un poco más adelantado que los demás pero los otros se esforzaron en corregir aquello que el profesor empezó a criticar y, al menos en aquella primera clase, poco les importó lo que les dijeran a los Gryffindor.
Aquella clase merecía que prestaran atención a su propio caldero y a su propio desarrollo.
Si Potter y su grupo eran mediocres o no… al menos a ella, en aquel instante, no le importó nada.
No fue hasta que un alumno fue llevado a la Enfermería que Vasiliki alzó la vista de su poción para mirar a su profesor.
Y descubrió con sorpresa que él la estaba mirando, como recordando algo. No apartó la mirada durante un instante.
Ella sintió, aunque era imposible, que él la conocía y también, que vio algo más de lo que esperaba.
No sonrió pero levantó su frasco con la poción terminada. Él asintió una sola vez y alargó la mano para tomar la muestra.
Y luego, cuando se acabó el tiempo, salieron todos de las mazmorras.
"La más difícil" pensó la niña "Transformaciones es también complicada pero no tan fascinante… ¿Cómo será embotellar la fama, hechizar los sentidos y engañar a la mente… detener la muerte?"
Caminó pensando sobre ello mientras iba al Gran Comedor.
