El primero de Septiembre de aquel año fue un día nublado pero claro, al menos por la mañana. Vasiliki tenía ya todo listo en su baúl y había comprado una vivienda pequeña para transportar a Iris, que se quedó dormida mientras Albus Dumbledore tomaba de la mano a su nieta y se aparecían en un lugar donde no había transeúntes. El anciano mago esperó a que ella terminara de revisar que todo estuviera en orden y una vez que consiguieron un carrito para que ella transportara sus cosas, la miró seriamente.

¿No se te olvida nada?-preguntó él.

Aparte de despedirme, nada- contestó, satisfecha, la niña. Pero luego lo pensó y devolvió la mirada inquisitiva al profesor.

Oye, no tuve oportunidad de preguntarte, ¿Cómo es que Iris puede hacer viajes tan largos en tan poco tiempo y sin cansarse? Al principio pensé que tardaría milenios en regresar a casa pero… no se pierde y es bastante rápida. ¿Cómo lo hace si no tiene alas y esas cosas?

El Director de Hogwarts sonrió.

Iris es un prototipo novedoso de mensajera, Victoria. Te lo dije desde la primera vez. Tiene características de las que los gatos domésticos muggles carecen y no necesita lo mismo que ellos. Has notado más diferencias, ¿No? Es mejor que no te preocupes. Ella es fiable, tanto o más que una lechuza. Una pista: sabe aparecerse, como si fuera un mago, así que no necesita volar. Ahora, me despediré y espero que tengas un buen curso.

El mago se arregló la túnica y, concluyendo, la abrazó con fuerza, siendo bien correspondido. Luego la niña se secó un par de lágrimas casi inadvertidas y repuso con tono ligero:

Seguro, te avisaré de todo lo que no veas, sabelotodo-le guiñó un ojo a su abuelo y se encaminó hacía la estación de King ´s Cross sin mirar atrás.

De haberlo hecho, habría apreciado la curiosa, impávida expresión de su abuelo.

La Slytherin subió al Expreso Rojo sintiéndose mucho más segura que en su primer viaje. Todo parecía distinto en aquella ocasión, incluso ella, pero el miedo y la emoción parecían haber desaparecido. Experimentaba más bien una especie de alivio, como regresar a un lugar al que pertenecía, por lo menos en esos tiempos. Sonrío a algunos de los que encontró en los pasillos y empezó a buscar un compartimiento, sus pertenencias ya puestas a buen recaudo y llevando a Iris en su vivienda con cuidado de no perturbarla.

De pronto, mientras revisaba el paisaje por una ventana y oía el silbido del tren, una mano se apoderó de su brazo izquierdo. Inquieta, estuvo a punto de lanzar una maldición, cuando advirtió que era Theodore quien, posando un dedo en sus labios para hacerla guardar silencio, señaló su propio compartimiento, vacío.

Ella, extrañada pero ya acostumbrada a esas extravagancias en el comportamiento de su amigo, entró en el lugar y lo vio cerrarlo cuidadosamente.

Vasiliki se acomodó en uno de los asientos, despojándose de la capa de viaje y observó a Theo tan cuidadosamente como la primera vez que habían viajado juntos, en aquel mismo tren y sin conocerse para nada.

Él había crecido un poco, en todos los sentidos. El cabello oscuro, de ligeros bucles, le rozaba la base del cuello y le caía, sedoso, sobre la túnica del Colegio. Los rasgos melancólicos se habían afilado y hasta adelgazado, los ojos negros tenían una mirada más penetrante aún, si cabe. Seguía siendo más alto que ella, en todo caso y las elegantes manos del chico tenían arañazos.

Victoria guardó silencio mientras Theo cerraba las cortinas que daban a los pasillos y se sentaba frente a ella. Sabía que su presencia así, serena y aún así bullente, solía inquietarle a algunos otros, pero, igual que la primera vez que lo vio, no podía asustarse. La chica se limitó a retirarse la cabellera plateada del rostro y afrontó su mirada, esperando.

Al fin Theodore sonrió, una de sus amargas, apenas perceptibles sonrisas. Eso la enfadó: ¿Silencio todo el verano y él la miraba como si estuviera contento de verla?

Pero así parecía. Guardaron silencio un rato más y después él, mirando despreocupado por la ventana, empezó a charlar:

-¿Cómo fue tu verano?-

-Ya lo sabes, Theo-suspiró la chica, comprendiendo que no habría explicaciones, otra vez- Te lo dije en mis cartas, las que no contestaste, ¿Recuerdas?-

-Oh sí-él hizo como si estuviera recordándolo- Hablaste un poco de ello, ciertamente.-

-¿Y tú?-intentó Victoria de todas maneras, quebrar la superficie reservada del hermético interlocutor.

-Ocupado-respondió él, lacónico- Cansado.-

-¿Herido?-inquirió Victoria, sin quitarle la vista de encima.

-También- asintió Theodore, sacando un frasco de esencia de díctamo del bolsillo de la túnica- ¿Ayudarías?-

-¿Tengo elección?-sonrió Victoria, tensa, pero mordaz aún.

Quizás- respondió él, inexpresivo, alargándole el frasco. La chica lo tomó y él ascendió la túnica, descubriendo su espalda que, como ya había descubierto antes Vasiliki, parecía haber sido flagelada con látigos y cosas peores.

-Esto debe doler- comentó Vasiliki, en el tono más natural posible- ¿Cómo aguantaste durante el verano?-

-Dormía boca abajo-respondió Theo, mientras la chica empezaba a derramar gotas de la sustancia en las peores heridas y advertía como iban cerrándose.

-Encantador- ironizó Vasiliki, combinando ahora los hechizos aprendidos del niño con el díctamo- ¿Y tendré que seguir pretendiendo que esto es normal?-

-Cotidiano-la corrigió Theo- Pero al menos sabrás por qué me estás curando cada vez que te lo pido.-

Theo se acomodó de nuevo la túnica y tomó asiento. Victoria lo miró, más o menos incrédula: el año pasado, lo único que él dijo fue que era parte del entrenamiento de su padre, ni más, ni menos. No una buena explicación, por supuesto, pero ese era Theo, igual que su abuelo: lo que callaba era más importante que lo que decía.

-¿Entonces?-preguntó Victoria, llamando su atención.- ¿Preparado para decirme?-

Nott no apartó los ojos de la ventana.

-En mi familia, tendemos a creer que ser magos es un don, pero no lo único que puede lograr un ser humano. Durante años, los Nott se han entrenado por alcanzar un nivel superior al que ya tienen. Somos ambiciosos: anhelamos todo lo que esta vida puede darnos. Dinero, poder, amor, fuerza, resistencia, salud, paz, astucia, sabiduría… todo lo que tiene algo de valor, es tomado por mi familia como un objetivo. Mi padre es un fiel creyente de este credo, por eso se unió a los mortífagos cuando el Señor Tenebroso se lo pidió.

La expresión de Victoria se volvió seria. De pronto, comprendía demasiado bien lo que Theodore estaba confiándole. Pero no añadió ninguna palabra, esperando, escuchando atentamente. La voz de él era cada vez más baja, sin emoción.

-Desafortunadamente para él, sus propios límites lo han hecho desear más y conseguir menos: mi padre no es lo que solía ser. Pero todavía sabe cómo convencerme de entrenarme para superar mis propios límites. Soy joven y él tiene las armas para convertirme en alguien "mejor". Entonces, cada verano el entrenamiento se vuelve más duro, las pruebas más difíciles. Mis notas en Hogwarts deben ser perfectas, no debo fallar en ningún hechizo. No sé qué pienses al respecto, ni siquiera recuerdo si yo mismo alguna vez tuve una opinión, pero ¿Sabes? Después de un tiempo te acostumbras tanto que hasta continúas por ti mismo. De hecho, es la razón por la que has estado ayudándome con mis heridas el año pasado… no pude parar de intentar cosas nuevas.

El muchacho miró a su compañera, pero ahora era ella la que miraba por la ventana.

-Que extraño-dijo la voz femenina- Las expectativas de aquellos que dicen amarnos. ¿Podríamos fallar alguna vez?

-No en mi caso-respondió el chico- Pero ya me acostumbré.-

Vasiliki pensó en su abuelo, en la manera en que solía mirarla de cuando en cuando. No solía presionarla, no del modo controlador en el que había oído que eran presionados sus compañeros de casa para conseguir ciertas cosas. Pero ella siempre había oído ese tono de decepción en su voz cuando ella se equivocaba, como si, de algún modo, una prueba no fuese superada. La única excepción a esto fue lo de la maldición de la biblioteca, pero, pensó Vasiliki, eso fue porque ella había sobrevivido.

-Gracias por ser honesto, Theodore-dijo Victoria, en otro tono- Confieso que esa idea no cruzó por mi mente. Yo sólo… no supuse que todo esto tuviera algún propósito.

El chico asintió, como si lo entendiese y guardaron silencio. El tren había avanzado bastante, así como el clima, que era de pronto lluvioso y poco acogedor. La mujer del carrito de dulces pasó a tocarles para preguntarles si querían algo y Theo compró un par de cosas mientras Victoria liberaba a su gata, que cayó en su regazo, ronroneando.

-¿Quieres?-le llamó la atención su compañero, extendiéndole una rana de chocolate. Vasiliki alzó una ceja blanca, sorprendida. En la Sala Común de Slytherin, no era un secreto que esa era su golosina preferida… para los que convivían con ella. ¿Cómo sabía eso el moreno?

-El que no te hable no significa que no te observe, Vasiliki Blackmoon- respondió Theo a su mirada- Tú también lo haces, así que no te quejes.

Ella lo pensó un poco y luego aceptó la rana, dándole una mitad a Iris y comiéndose el resto.

-¿Por qué no respondiste mis cartas, entonces?-preguntó cuando su rana se esfumó y ella guardó el cromo que contenía (Circe).

¿Qué podía decirte?- replicó Theo- "Hola Vic, espero que estés bien. Estoy sometido a una fuerte presión ahora mismo pero excelente verano, gracias." No suena muy bien, ¿No crees?

-Suena mejor que el silencio-opinó ella y él suspiró.

-Muy bien-concedió- Me disculpo. ¿Podemos cambiar el tema?-

-De acuerdo. ¿Qué opinas de que haya un prisionero de Azkaban suelto por allí?

-Oh, tengo mis teorías pero…

Siguieron conversando durante otro rato, hasta que de pronto el tren se detuvo y la lluvia pareció llegar a los mismos compartimientos, así como el murmullo confuso de los pasillos. La expresión relajada de Theodore se esfumó como había aparecido y se acercó a la puerta del compartimiento, que había quedado abierta cuando pasó la dama de los dulces.

Hacía frío, uno diferente al del invierno que se acostumbraba en Inglaterra. Vasiliki experimentó una debilidad que no recordaba desde los finales de su primer año en Hogwarts y una especie de miedo, una premonición.

-Theo…-alcanzó a decir, aferrándose a su gata, que parecía erizada y alerta.

-Ya sé- respondió el chico y aseguró la puerta del compartimiento, retrocediendo entonces a la mitad de éste.- Quédate quieta y callada.

Ambos experimentaron el mismo miedo y expectación, de pie y esperando. Victoria sostenía a Iris con una mano y la varita con la otra, aunque sabía que no sería rival de algo demasiado peligroso. Theodore estaba igualmente preparado pero aún más tenso y los dos sintieron como si les arrancaran algo cuando una sombra negra pasó por el vidrio de la puerta. Era un ser encapuchado, infecto…

Pareció mirarlos y se detuvo, como en un intento de penetrar en el compartimiento, con aquellos dos niños pálidos y distintos.

Pero se siguió de largo, dejando la estela de esa sensación horrible, vacía, abismal…

Victoria se dejó caer, lentamente, en su asiento, acariciando el pelaje de su gata, tan frío como ella misma se sentía. Theo no la imitó pero le alargó otra rana de chocolate que ella consumió, agradecida, con los labios pálidos.

De pronto, sólo quería que iniciara el banquete: estaba hambrienta y se sentía exhausta.

-¿Qué era eso?-alcanzó a preguntar trémulamente a su compañero, que estaba extremadamente pálido pero no intranquilo.

-Supongo que un dementor- respondió él- Cálmate, ya se ha ido.-

Vasiliki echó mano de una de sus reservas de poción vigorizante y se la tomó de un trago largo. Luego empezó a respirar con suavidad, mientras el tren proseguía su marcha y todo volvió a la normalidad.

-Bueno al menos ya sé por qué mi abuelo odiaba la posibilidad de ver a esos seres en su Colegio-comentó la niña al final- Son espantosos.

-Azkaban es un lugar lóbrego-fue todo lo que dijo Theo y ya no hablaron hasta que carruajes los llevaron al Gran Comedor y el Banquete y la Ceremonia de Selección comenzaron.

Lo único que oían, además de sus propios pensamientos, eran las burlas de Draco acerca de Potter.

Al parecer, el chico se había desmayado