Prologo: Lo que paso.

Astrid:

No podía creerlo.

Por fin estaba aquí:

La isla de Berk se miraba lejana, el viento frío golpeaba la cara como si te lanzaran una piedra a ella; el rosáceo anochecer estaba cerca de darle paso a la noche, los escasos rayos del sol le daban un brillo importante a la gran y majestuosa estatua de Estoico el vasto, el gran jefe de Berk.

Miraba todo esto desde mi no-escondite, seguía negándome el estar escondida por una tontería.

Si bien, si la isla de Berk se miraba grande desde donde estaba, era apenas un grano en el mundo; la comida no era ni por mínimo la más buena, el frío hacía que las cosechas no crecieran por meses, incluso podía sentirla en este momento, a pesar de estar alejada algunos kilómetros.

Los dragones volaban por última vez antes de la hora de dormir; los aldeanos podían observarse corriendo de un lado a otro, controlándolos para que no causaran destrozos para la gran fiesta que se celebraría en la noche; barcos de pueblos vecinos rodeaban la pequeña isla, acompañando y felicitando al nuevo jefe por su gran boda, que por cierto, seria al día siguiente.

Si, los dragones habían cambiado a Berk, pero su prosperidad era también causa de los grandes jefes que siempre había poseído; Estoico lideró siempre con mano justa, siempre protegió a los suyos hasta al final de su vida; Su sucesor, Hipo Horrendo Abadejo III era un joven de cabello caoba rojizo, ojos verdes que con el pasar del tiempo había seguido los pasos de su padre junto con su mejor amigo Chimuelo, el alfa de los dragones, ambos habían conseguido liderar y proteger al pueblo; incluso aun después de su accidente.

Años atrás, un enemigo al que llamaban Drago había vuelto a la aldea con intenciones de romper el tratado de paz que se había impartido.

Drago exigió tres cosas: El pueblo, a Chimuelo y a mí.

Especulaba que, al no tener las cosas que Hipo más amaba podía verlo derrotado. Sin embargo, Hipo termino acabando por su vida, una amenaza menos para Berk; pero todo mal no puede acabar tan simple, el había dejado algo más grave que solo destrozos en el pueblo, lanzando al precipicio a Hipo logro dejar a una isla, un jefe sin memoria, sin recuerdo alguno de su pasado.

Esto no debía ser un problema; era su esposa, tenía la suficiente paciencia, amor para los dos, pero él había vuelto a enamorarse. Él decía que Heather era todo para él. Se había enamorado de ella porque no lo veía por lo que era antes, sino por lo que era ahora. Había dicho que intento recuperar sus sentimientos hacia a mí, pero no podía dejar de notar que yo buscaba al viejo Hipo, uno que quizás nunca volvería.

Una tarde, hizo aviso del divorcio; no me negué, después de días de llorar por fin había aceptado que ya no era mío y un mes después hacía entrega de mi antigua casa a la pareja de recién casados: Patán y Brutilda. Su boda había sido cosa de improviso y aunque todos nos sorprendimos por la repentina pareja, aceptamos el hecho de que un par de amigos querían ser felices juntos y la boda no tardo en celebrarse.

Me fui dos meses después del accidente, al día siguiente de la boda de mis amigos para ser exactos, no tenía nada más que me atara en este lugar. Mis padres habían muerto desde hace ya mucho y la única persona que más me importaba me había olvidado. Mis amigos, a pesar de que sabía que contaría con ellos siempre, estaban haciendo su vida y no pensaba en ser una molestia para nadie.

Me fui con intenciones de no volver y así como de inesperado fue lo que dije, de la misma manera ya me encontraba aquí; algunos metros cerca de la tierra que jure no volver.

Por mi parte, lo que me había impulsado a regresar a este lugar tenía que ver con la carta que había sido enviada hace algunos días a la botánica donde me estaba hospedando y aunque al principio me negué a la, ahora me encontraba en este lugar a pocos metros de la gran Berk, mirando cómo los últimos rayos del sol le daban la bienvenida al anochecer y como la música empezaba a sonar, el sonido se escuchaba a lo lejos desde donde me encontraba, pero sonaba y el motivo de la celebración era lo que más podía llegar a doler.

Como toda ruptura pensaba que, al irme, podía olvidarlo y aunque lo había sacado de mi cabeza no podía imaginarme ni en mis más grandes pesadillas que llegaría a estar en su boda para ver como perdía, oficialmente, al que siempre seria el amor de mi vida.

Observe el lugar donde me estaba ocultando; Si bien, el risco no era lo suficientemente grande en lo ancho si lo era de altura, había construido una pequeña cueva destruyendo algunas rocas con la ayuda de Tormenta; esta se encontraba dormida dentro de ella con las alas extendidas, protegiendo al pequeño bulto que había traído conmigo, aquel que arruinaría las cosas al día siguiente.

Entre a la cueva, Tormenta sintiendo mi presencia levanto la cabeza al verme levanto el ala para dejar ver a la pequeña niña de hermosos cabellos dorados, si bien a pesar de que tenía 3 meses su cabello crecía a montones y la hacían parecerse a su padre más de lo que podía recordar. Era la copia idéntica, perfecta de Hipo. Tenía sus fracciones, su nariz, sus ojos color esmeralda que era lo que más me lo recordaba; de mí solo había sacado el cabello y la forma de los ojos.

Ignorando el dolor en el pecho que dolía cada vez que suspiraba me recosté junto con mis dos chicas, Tormenta nos abrigo bajo su ala y poco a poco deje que los brazos de Morfeo me abrigaran.

Mañana seria otro día.

¡Hola!
Gracias por pasarse a leer. :3
Ojalá les guste la historia tanto como a mí me está gustando redactarla xD
¿Qué les parece? ¿Alguna sugerencia?

Hasta pronto...

Nota 2:

¡Hola! Para los que apenas están leyendo, estoy editando la historia.

-MirnaDV