Después del incidente de los dementores en el partido de Quidditch y la entrada de Sirius Black al castillo con el posterior temor colectivo, Victoria estaba segura que su abuelo tomaría cartas en el asunto. Nunca lo había visto tan enfadado que como cuando había detenido la caída de Harry Potter (mortal sin ayuda de la magia) y lo había llevado a la enfermería. Realmente, en aquel momento había aparecido como el mago que Voldemort temía, un hombre poderoso y helado que se había contenido sólo por no dar un espectáculo en presencia de otros. Pero ella aprendió que su abuelo realmente detestaba a los dementores y que sólo un criminal del calibre de Sirius Black había sido una razón clara para dejarlos entrar al Castillo que él apreciaba tanto, con todo y sus alumnos.
Seguro había otras razones, Albus Dumbledore nunca hacía las cosas por cuestiones tan sencillas y menos si eran así de importantes pero incluso su nieta desconocía muchas cosas de su pariente y, por consiguiente, se sorprendió cuando, próximo al tercer fin de semana para ir a Hogsmeade, fue llamada a su despacho.
Ella acudió, cargando a Iris por simple placer y pronunció la contraseña que le había sido dada para abrir la gárgola de piedra.
Al llegar, todo estaba tal y como la última vez que había estado allí, con la diferencia de que su abuelo estaba inusitadamente serio y silencioso. Él le señaló la silla enfrente suyo y Vasiliki pensó que raras veces lo había visto tan preocupado.
- ¿Qué sucede?- preguntó ella tras sentarse y sumirse el ambiente en una pausa insoportable, en la cual ella se enfocó en mimar a su mascota, esperando que su abuelo diese cuenta de lo que se disponía a pedirle, reprocharle o lo que fuera a decir.
- Sabes que tenemos una situación… llamémosle complicada, en relación al prófugo de Azkaban, ¿Cierto?
Su abuelo esperó a que ella asintiera, cosa que hizo. Luego, entrelazados lo dedos, la miró con sus penetrantes ojos azules.
- Lo que quizá no sabes es por qué razón Sirius Black se arriesgaría a presentarse en el Castillo, donde todos estamos alerta.
- No, no lo sé- reconoció Vasiliki, confusa. ¿Qué tenía que ver ella en todo aquel asunto?
- Sirius Black va por Harry Potter. Me temo que tu compañero corre un grave peligro que sólo podemos tratar de solventar. Lo que nos lleva a la causa por la que te he llamado.
Vasiliki alzó la cabeza, medio incrédula, medio exasperada. Era de esperarse que Potter estuviera inmiscuido en las irregularidades siempre lo estaba. Pero, ¿Qué podía hacer ella? ¿Enviarle una carta para pedirle que dejara de meterse en problemas? ¿Lamentarlo por él? A menos que…
- Ya eres lo suficientemente grande para comprender que no todo puede estar bajo control. Una persona con muchos recursos puede fallar y cada falla hace más peligroso el que Harry esté expuesto a la amenaza de un asesino. ¿Lo entiendes?
- Sí, pero, ¿Qué tengo que ver yo en eso?
- He pedido a los profesores que se muestren lo más cautelosos posible en relación a cualquier incidente. Naturalmente, no lo pueden hacer todo el tiempo y su reducido tiempo con el muchacho hace que la vigilancia resulte poco más que insatisfactoria.
- ¿Y qué sugieres? ¿Qué me vuelva su sombra?- había un deje de sarcasmo en la voz de la niña.
- Precisamente. Tienes su edad y va en tu curso. Lo único que pido es que me informes de cualquier cosa rara que adviertas, algo mucho más fácil para alguien que tiene horarios tan parecidos, lo suficientemente para que me ayudes sin descuidar tus clases.
- Pero… No lo conozco. No es de mi casa.
- No necesitas entablar una conversación ni te estoy pidiendo que me reveles los secretos del chico, Victoria. Simplemente, tener un ojo puesto en él no te hará ningún daño.
- Puede que no me quiera cerca. Sabes que los Slytherin y los Gryffindor no nos llevamos nada bien.
- No tienes que ponerte en contacto con él.
Vasiliki suspiró. La acorralaba y ella se quedaba sin argumentos.
- ¿Por qué yo? Seguro que cualquiera de sus amigos sería más adecuado.
- Porque eres mi nieta. Porque quiero discreción y no me interesa que el chico se sienta acorralado, sabemos que tiende a comportarse impulsivamente. Y porque confío en ti.
Ella se lo pensó. Distraída, acariciaba a su gata mientras la mirada se perdía en un punto indefinido.
De pronto sonrió. Fría e incómodamente.
- Supongo que no tengo opción, ¿Eh?
Su abuelo no añadió más, aunque siguió mirándola. Al comprender que no diría más, la chica se puso en pie.
- No puedo prometer nada- advirtió- Más haré lo que pueda, mientras pueda.
Al salir, Victoria contuvo las ganas de maldecir. ¿Cómo iba a explicarle eso a sus compañeros de casa?
Iba a tener que ser muy, muy cuidadosa.
