El lunes primero de febrero fue un día especialmente soleado y fresco, muy diferente de días anteriores. Para celebrarlo, Harry recogió su saeta de fuego y bajó al campo de Quidditch, sintiendo que le vendría muy bien entrenar.
Se había sentido bastante confundido durante las últimas dos semanas, incapaz de dilucidar lo que debía o quería hacer. Al final, no le había contado a nadie sobre Victoria Dumbledore – o Vasiliki, como él la llamaba en su mente- y tampoco se había vuelvo a comunicar con ella, incluso a pesar de que, ahora que la había conocido, parecía verla a cada momento, en el Gran Comedor o en los pasillos. Harry se preguntaba cómo es que no había reparado en su presencia anteriormente, cuando la mayoría de los estudiantes parecía evitarla y una expresión de incertidumbre se instalaba en sus ojos cuando ella estaba cerca. Esto lo hizo rememorar su segundo año y una sensación de solidaridad lo llenó prontamente.
Pese a que su simpatía inicial por la chica no había menguado, la constante compañía serpentina de Vasiliki no ayudaba a sus propósitos de hablarle. En las ocasiones en las que hollaba los concurridos pasillos del Colegio, la muchacha tenía siempre un séquito a su alrededor, de chicos y chicas de diferentes edades pero todos con una desafiante expresión que hacía pensar a los demás que no convenía meterse con ellos. De este modo, la chica estaba protegida del alcance de comentarios o preguntas maliciosas, a pesar de que no parecía necesitarlo. Su expresión solía ser distante y un tanto inquietante incluso, muy diferente de la actitud natural que había mostrado con el Gryffindor o con sus otros compañeros de casa.
Con todo esto, Harry sólo se la había cruzado una vez, de camino a Herbología. Ella estaba acompañada de Nott y Zabini pero miró al Gryffindor a los ojos y una leve chispa amistosa brillaba en sus orbes esmeralda y, aunque después de ello se alejó, era en esa mirada en lo que estaba pensando Harry mientras bajaba al campo.
¿Por qué la gente parecía temerla tanto como a Sirius Black? ¿Por qué Vasiliki parecía querer hacer tan poco para evitarlo?
Harry se sacudió el cabello azabache, ligeramente molesto. Desde que la había conocido, Victoria Dumbledore sólo había representado misterio.
Subió, pues, a su escoba y resolvió no pensar más en ello.
En cambio, tenía las gratas emociones de estar en movimiento. El viento revolvía sus ropas, el sol calentaba su entumecido cuerpo, tocado por el invierno y la sensación de fluidez y compenetración con su saeta de fuego lo llenaba de alegría. Estuvo disfrutando de esa libertad por varias horas hasta que un gruñido en su estómago le recordó que era hora de regresar.
Cambió de dirección y subió la velocidad, de camino al Castillo. Sus gafas percibían el asalto de la brisa y una sonrisa flameó en sus labios ante la vista del despejado campo. De pronto, un rayo de sol lo deslumbró un instante y él desvió la vista hacía el Bosque Prohibido, evitando la excesiva cantidad de luz.
Entonces, algo llamó su atención. Una alta figura de cabellos plateados y vestida con la túnica del colegio bordeaba el linde del bosque. Desde tan lejos, él no tenía forma de advertir su identidad, pero tenía un presentimiento….
Como una flecha, el Buscador bajó en picada hacía la figura, igual que si hubiera visto la Snitch Dorada. Él era ligero y rápido, la figura, apaciblemente lenta.
La alcanzó en pocos minutos, situándose detrás de ella con habilidad. Entonces reconoció la cabellera de Vasiliki y, satisfecho por su acertada intuición, aminoró la velocidad.
¿Victoria? ¿Victoria Dumbledore?
La muchacha se movió con sorprendente gracia, rotando y apuntándole con la varita. Harry se detuvo inmediatamente, asombrado por su reacción y entonces los ojos verdes parecieron reconocerle.
Ah, eres tú-dijo ella con tono tranquilo y bajando la varita- Pensé que eras alguien más.
¿Cómo quién? –quiso saber Harry mientras bajaba de su escoba y caminaba junto a ella. Una irónica sonrisa apareció en el pálido semblante de ella.
Cualquiera que no sea de Slytherin- respondió- Todos los de mi casa me conocen como Vasiliki.
¿Es por eso que no me dijiste tu nombre?-preguntó entonces el chico reduciendo la acusación de su voz al mínimo, en atención a las circunstancias.
En parte- admitió Vasiliki, guardando la varita- Pero en realidad no quería que supieras quien era.
¿Y eso? ¿Qué hay de malo en que seas nieta del director?
No tiene nada de particular, al menos para mí. Pero la fama de mi abuelo es grande y se vuelve oscura o eso parece, si uno de sus familiares está en la casa donde más magos oscuros ha habido. ¿No has oído los rumores? ¡Corre, Harry Potter! No seas contaminado por la brillante y peligrosa Victoria Dumbledore.
Al final, la voz femenina estaba llena de amargura y el joven se detuvo. Apretó la escoba entre sus dedos y preguntó:
Si tanto te molesta, ¿Por qué no haces nada por cambiarlo?
Ambos se miraron. La expresión de Harry expresaba desconcierto e insatisfacción. La de Victoria, nada que su interlocutor pudiera interpretar.
¿Eso piensas? ¿Y cómo qué podría hacer, según tú? La única cosa que parecería calmar sus temores e la única que no puedo ni quiero hacer: pedirle al Sombrero Seleccionador que me cambie de casa.
Harry se sentía discutidor. La situación, le parecía a él, no tenía nada de razonable.
Debe haber algo más-insistió- Te he visto caminar por los pasillos, tu actitud no ayuda a tu reputación… ¡Les das todas las armas para temerte! Y las compañías que frecuentas deben dar a la gente qué pensar. Si sólo fueses más abierta…
El gryffindor no sabía muy bien por qué estaba diciendo aquellas cosas cuando él mejor que nadie entendía lo tozudos e irracionales que podían volverse sus compañeros cuando oían y veían algo que no les gustaba. Y, en aquellos tiempos, al estar todo el tiempo ahogado por el miedo a personas como Sirius Black, sería difícil adaptarlos a un punto de vista más ecuánime. No importaba que Vasiliki no hubiese hecho nada destacable, para ellos lo que contaban eran las apariencias, lo que podía ser.
Y aún así, Harry le estaba diciendo aquello… no se hubiese sorprendido mucho si Vasiliki lo hubiese enviado lejos.
Pero ella no hizo tal cosa. Se limitó a echar la cabeza hacía atrás y soltó una carcajada.
Ah-dijo- Hablas igual que mi abuelo. "´´¿Por qué no buscas otro tipo de compañía, los puntos de vista de otras casas?" o "Ellos nunca se quitarán esas ideas sobre ti si no ayudas a desmentir la imagen que tienen de ti"
Ella se puso en marcha de nuevo, sin dejar de hablar. Harry la siguió, sin replicar.
Pareciera que mi caso es diferente a los demás-Vasiliki suspiró- Lo que ninguno de ustedes comprende es que "esas compañías" como ustedes las llaman, son mis amigos. Mientras Gryffindor y Ravenclaw se han limitado a esparcir y oír los rumores sobre mí y Hufflepuff simplemente ha seguido sus pasos, la Casa Verde me apoya. Además, ¿Por qué habría de disculparme por ser lo que soy? Siempre he portado el escudo de Salazar con orgullo ¿Por qué debería cambiar eso? ¿Acaso tú renunciarías a tu Casa? ¿Abandonarías a tus amigos?
Los ojos de ella taladraron los suyos y Harry descubrió entonces de dónde había sacado esa penetrante manera de mirar. Albus Dumbledore lo había mirado de la misma manera a finales del primer año. Sin embargo, la pasión era exclusivamente de la chica y a Harry le costó sostenerle la mirada.
No-respondió entretanto- Pero, ¿Acaso estás de acuerdo con esas ideas sobre la pureza de la sangre y la superioridad de los magos por sobre los muggles?
Era más fácil mirarla si él era el que hacía las preguntas. No había olvidado el desprecio de Draco Malfoy y sus palabras mordaces a Hermione Granger el año pasado así que no era algo que pudiese pasar por alto o aceptar.
Vasiliki respondió a esto con seguridad.
No soy partidaria de Voldemort, Potter. Ni creo en la pureza de la sangre, que no explica los squibs entre magos de "sangre limpia" y los brujos que nacen en familias muggles. Creo que la magia es un regalo y una gran oportunidad pero las criaturas mágicas gozan de ella más que nosotros y eso no me hace ni inferior ni superior a nadie.
Harry se relajó. Eso le facilitaba las cosas.
Y entonces, ¿Qué es lo que te hace sentir cómoda entre los Slytherin si no compartes sus ideales?
Vasiliki habló con suavidad.
No todas las serpientes estamos en Slytherin por creer en esos sofismas y no todos los otros magos están libres de prejuicios, Potter.
Habiendo aclarado lo más importante, a Harry le costaba formular la siguiente pregunta:
¿Y Draco Malfoy y sus seguidores? Ellos no tienen ideas parecidas a las tuyas.
La chica sonrió y enarcó una ceja.
¿Qué te hace pensar que simpatizo con Malfoy? Puede que le haya cubierto las espaldas en la biblioteca, pero eso no lo hace mi amigo.
A esto Harry no sabía muy bien qué agregar.
Supuse…
¿Qué todos los Slytherin somos amigos y nos caemos bien? ¿Acaso te agradan todos tus compañeros de casa por igual?
Vasiliki sonrió.
Es un error fácil de cometer, nuestra casa es la más cohesionada de todas, le pese a quien le pese. Pero… una cosa es apoyar a Draco y otra muy diferente no notar cómo es él. Aún así, no creo que sea esto de lo que realmente quieres hablar, ¿Por qué me has seguido, Potter? No le conté a nadie hacía dónde iba.
Harry-intervino el chico con voz ronca. La Slytherin entrecerró los ojos.
¿Disculpa?
Mi nombre es Harry-aclaró el pelinegro- Si puedo llamarte Vasiliki, puedes dejar de llamarme Potter. Y no te seguí. Simplemente volaba por el campo y te divisé…
Ignoraba que podía reconocerse a la gente a esa altura-interrumpió Vasiliki conservando su sonrisa.
Harry le sonrió a su vez.
No estaba tan arriba ¿Por qué no me dejas enseñarte?
La sonrisa de ella esta vez si se apagó un poco.
Ya te dije que tengo prohíbido volar… Harry.
El chico extendió una mano.
¿No crees que podrías evitar el regaño si dices que es culpa mía? Yo te obligué a volar.
Harry advirtió que el ofrecimiento la tentaba. Sin darle tiempo a pensarlo más, volvió a montar la escoba.
¿Vienes o no?-preguntó, aún extendiendo la mano. Vasiliki dudó un segundo. Luego, un extraño brillo iluminó sus ojos verdes.
Vamos- dijo y subió con él a la saeta que se alzó en el aire, sin parecer abrumada por el peso de ambos.
Se alzaron, a muy gran altura. El Buscador lo prefería así, ya que eso le proporcionaba una grandiosa vista. Estuvo largos minutos arriba, de nuevo, aunque esta vez sentía los brazos de la niña alrededor de su cintura, sujetándose, sin temor, simplemente de forma precavida.
¿Acaso no te encanta?-preguntó Harry- ¿La forma en que te deslizas en el aire, la adrenalina de caer?
Descendió entonces en picada. Ella no gritó.
Alcanzaron el suelo con suavidad. El brillo seguía en su mirada.
Sí-dijo ella finalmente- Es maravilloso.
Y entonces, sin hacer ruido, se desplomó, inconsciente.
