El tiempo no cura toda herida
Estoy en el balcón del departamento en el que he vivido por estos últimos años. Puedo ver la quietud con la que la capital de Japón despierta en un nuevo día de sobrevivencia. El sol va iluminando con esos destellos cada rincón de la ciudad, las nubes se disipan después de días completos de lluvia. Hoy es un nuevo día para preferir que no haya un mañana.
Escucho a mi espalda que alguien abre la puerta corrediza, su aroma apenas se dispersa por el fresco aire matutino sé que se trata de mi novia. Me abraza por detrás, envolviéndome en sus delicados brazos, ese simple acto me hace sentir seguro. Ni toda la presencia de la guardia nacional en la ciudad logra lo que estos brazos, es tan placentero que no puedo evitar sonreír.
— ¿Por qué tan temprano despierto, amor?
— Hoy es el día en que tengo que ir por la despensa.
El gobiernos nos controla en nuestra provisiones, los mercados son cosa del pasado, hoy día es ir al centro de atención más cercano, presentar nuestra tarjeta de ciudadanía y recoger unas pequeñas cajas donde viene lo esencial para sobrevivir en dos semanas. Todo es raquítico, calculado para comer lo justo… los excesos ya no son permitidos.
— Sabes cómo se pone, quiero ser de los primeros.
— Deja te acompaño.
— Me encantaría, pero sabes que se puede poner peligroso.
No miento, el centro de atención es un punto donde la gente suele mostrar su inconformidad. Y no se diga cuando las provisiones no son lo que esperamos o es menos, como paso la vez pasada. En vez de recibir las tres pequeñas cajas solo nos han dado dos, esto ha desatado la molestia en la población. Todos estábamos acostumbrados a desperdiciar, y ahora que no podemos sentimos que se nos ha quitado algo preciado.
En un principio yo era igual, me molestaba porque me controlaran sobre las provisiones, pero después de que lo analice me di cuenta que estas porciones es lo que siempre debió ser. Consumir más de lo que en realidad necesitamos era un acto reprochable, por la mente me paso la gente pobre, esa que no tenía que comer. Si esta medida se usara antes quizás ellos podrían recibir algo de alimento, y no sufrirían. Como sea, son asunto que a mí en estos momentos ya no me deben quitar el tiempo.
— Te veo cuando vuelva — me giro y le doy un fugaz beso en los labios.
— Cuídate.
Salgo del edificio donde vivimos, el panorama es muy radical, militares por donde voltee recorren las calles; vehículos militares y helicópteros dan el soporte. Ya no existe la policía, todos fueron acondicionados con equipamiento y entrenamiento militar, lo que hace dudar sobre las palabras del presidente de ayer. No veo que el mundo este yendo por un buen camino, no creo que las otras ciudades estén prosperando… no estoy seguro si aún siguen existiendo, pero si puedo estar seguro que no están en un campo de rosas.
Camino hacia la parada del autobús que nos conducirá el centro de atención, ya hay varias personas en ese lugar. Saludo a una señora regordeta, es mi vecina, la señora Akira, es agradable. No entablamos mucha conversación, la presencia de los soldados nos cohíbe. Entorno la mirada para ver como esta solitaria la calle, aun cuando hay toque de queda casi todo el día, hoy es uno especial por lo que se levanta temprano y la gente puede dar un paseo si lo desea. No mucho les apetece la idea.
— ¿Me permite su pase? — me solicita un soldado.
— Por supuesto.
Le entrego una tarjeta blanca con decoraciones del gobierno japonés. Mientras el hombre de verde verifica mi pase, veo sobre su hombro que el autobús ya viene en camino. Solo pasan tres, y siempre el primero es el que menos personas transporta. Me devuelve la tarjeta al tiempo que el autobús se detiene y abre su puerta para darme el pase. Soy el primer en abordar, paso mi tarjeta por un lector y me introduzco al pasillo con asientos a sus costados. Siendo casi el inicio de la ruta solo hay unas pocas personas ya ocupando algunos asientos, yo busco uno donde los dos asientos estén libres; aunque sé que se llenara.
Tomo mi asiento, veo por la ventanilla que dos soldados discuten algo con uno de los que esperábamos el autobús. Por el rostro del sujeto sé que no podrá venir con nosotros por el alimento, es algo común en estos días. Las personas deben reactivar la tarjeta un par de días antes de estas fechas, de no hacerlo tendrás que hacerlo el mismo día, pero te quedas sin provisiones hasta la siguiente vez.
Me siento mal por el hombre que dejamos atrás, sé que le mandaran algo de provisiones a lo que quede luego de entregar todas las despensas, pero, claro, será muy poco lo que reciba. No creo que eso le alcance para las próximas dos semanas. Vivimos en un nuevo mundo dominado por la desesperación.
Una vez llegamos a la plaza Bara puedo divisar como ya hay bastante gente formándose para recibir lo que les calmara el hambre por los próximos días. Voy a mi lugar detrás de una señora muy atractiva, calculo que delante de mí hay unas cincuenta personas, es bueno saber que seré de los primeros y evitare el borlote de más tarde.
— Hoy hace algo de frío — comenta la señora delante de mío.
Solo asiento, en estos tiempos es extraño que las personas entablen alguna conversación banal como la señora delante de mí. Por mi parte prefiero mantener la distancia, no quiero involucrarme con nadie eso solo empeoraría las cosas en caso de que todo se vaya a la borda. No sé, tal vez soy un paranoico y todo mejore. En verdad eso espero.
La fila avanza paso por minuto, un buen ritmo si contamos las veces anteriores. En poco menos de la hora es mi turno, me acerco a una mesa donde me esperan unos soldados que solicitan de inmediato mi credencial actualizada. Debo de calmarme internamente ante el comportamiento prepotente de estos hombres. Revisan mi único documento, lo pasan por un escáner, luego me piden mi mano derecha a la cual entierra una aguja que me saca unos mililitros de sangre. Verifican que esté limpio. Lo estoy.
Me dan paso al siguiente filtro, otros soldados me esperan con una caja de cartón rehusado, el sujeto se ve agradable. Me pide la nota que me dieron sus colegas en el módulo, lo revisa y me entrega mis cajas. Las tomo de una pequeña agarradera de plástico duro. Pesan, pero solo las tengo que cargar hasta el autobús. Estoy por emprender el camino hacia el transporte que devolverá a casa cuando una voz familiar me detiene.
— Takuya — lo saludo al verificar que es él.
— Cuanto tiempo.
— Un par de meses, creo.
El castaño me sonríe y se acerca para estrecharme la mano, me retraigo ante el gesto y el se detiene; hoy día el contacto físico quedo en el pasado.
— Cierto, hay que ser cuidadoso.
— Lo siento, es que…
— No tienes por qué disculparte — el castaño de traje fino junta sus manos, por su voz sé que no se molestó por mi desplante —, está muy bien que lleves las debidas precauciones.
Yo no digo nada, apenas y asiento, en ocasiones creo que ya no soy el mismo. Takuya me indica que lo acompañe, me ofrece ayuda con mis cajas y yo le acepto; le entrego la que mi brazo está más cansado. Caminamos alejándonos de las personas que hacen fila para recibir sus despensas. En el trayecto solo hablamos de trivialidades, del como esta Mimi y asuntos como de que es el encargado de que todas las personas reciban alimento. Llegamos a una parte donde se ubican unas bancas, todas desocupadas, las personas están más ocupadas por recibir su despensa.
Nos sentamos en unas que nos permite ver la parte central de la plaza, la gente va llegando y cada vez hay más. Me alegro por venir temprano. Colocó mi caja entre mis pies, Takuya deja la suya entre su pierna un la mía.
— ¿Cómo va el mundo? — pregunto para terminar con el silencio que se produjo minutos atrás.
— Sigue igual de podrido.
Algo en la voz del castaño ha cambiado, se tornó sombría, como si algo supiera de lo que sucedía en otras partes del planeta. Eso me inquieta de una manera que no sentía desde hace un tiempo hacia acá. Siempre me he sentido preocupado por la situación, la falta de información, pero no me inquietaba al saber que, de cierta manera, estábamos protegidos.
— ¿Crees que pueda pasar a cenar en su departamento esta noche?
Esa pregunta me toma de sorpresa, no porque sea Takuya, después de los eventos de Odaiba nos llevamos bien con el castaño; puedo decir que es el único amigo que tenemos. La razón va por el lado de la manera tan espontanea de pedirlo, él no es alguien que pida ser invitado, es un sujeto educado y eso no formaba parte de sí. Que me esté pidiendo cenar juntos, después de meses sin vernos, solo quiere decir una cosa. Algo malo está ocurriendo en el mundo.
¡Noveno Capítulo!
He vuelto con un nuevo capítulo. ¿Qué tal les ha parecido? Estamos en el primer capítulo de lo que es el segundo arco argumental, que como ven es una continuación del anterior. Van hilados, por eso no cree otro apartado y sigo publicando en Pandemia.
Estamos por conocer más de la situación que está ocurriendo en el mundo, y prometo que se avecinan emociones fuertes hahaha. No digo más y disfruten de lo que está por venir n.n
Sin más por decir
Au Revoir.
