Mundo putrefacto

Estoy tan nervioso que no he conseguido conciliar el sueño, lo que estamos viviendo es tan irreal que mi cerebro no logra aun digerirlo. Estoy en el balcón observando el sol comenzar salir del horizonte. Sé que Mimi tampoco ha logrado dormir, pero nos permitimos este tiempo de soledad para cada uno analizar todo lo que nos está sucediendo.

La luz avanza iluminando la ciudad, y no puedo evitar pensar en todas estas personas que estamos por dejar atrás. ¿Acaso soy un egoísta? ¿Debo morir con ellos? Las respuestas no llegan a mí por temor a lo que pueda ser lo correcto.

Nuestra supervivencia siempre se sobre pondrá a la de otros, y el egoísmo se convierte en algo diferente.

A mi espalda siento como mi novia está preparando algo en la cocina, estoy seguro que no lo hace por complacer nuestro apetito, esta ocasión es una manera de distracción. Estando a un par de horas de salir rumbo a nuestro destino, los nervios se incrementan.

En estos momentos desearía, como anoche, un buen cigarro para desahogarme. No lo tengo y me lo aguanto.

Me levanto de mi silla que se no volveré a usar, tan fiel, mi compañera de desvelos por problemas de trabajo o escolares. Observo nuestro departamento que hemos ocupado por ya bastante tiempo, ya nada de esto lo volveremos a ver. Me inquieto al pensar cómo será aquellas ciudad-fortaleza que ha mencionado Takuya, y el cómo viviremos.

—¿Preparada?

—Nerviosa.

Me acerco a mi novia para envolverla en mis brazos. Sentirla es mi vida completa, la razón del porque aun sigo de pie.

—Todo estará bien —me muestro seguro—. Estaremos por fin en un lugar seguro.

—Me preocupan más las personas que se quedaran.

—A mi también.

Nuestro abrazo se fortalece ante nuestras inquietudes. Nos sentimos perversos, malvados por dejar que otros sean los castigados por los pecados que hemos cometidos. En estos momentos nadie en el planeta, salvo pocos, son merecedores de la salvación.

La espera a que el reloj de manecillas en la sala marque las ocho se nos figuran eternas. Nuestras pocas pertenencias que cargaremos con nosotros, un par de maletas, ya están en el lobby cerca de la puerta.

Sentados uno al lado del otro vemos como la manecilla grande esta en el doce y la pequeña en el ocho. La hora de partir ha llegado y con ella una explosión de nervios irrumpe nuestros corazones.

Nos dirigimos a la entrada y yo cargo con las dos pequeñas maletas mientras mi novia abre la puerta. Al salir estamos quebrantando el toque de queda, por lo que todo el pasillo del piso está solo. Supongo que muchos aun siguen durmiendo sin imaginar que los están abandonando a su suerte.

—Venga, debemos ir rápido.

No quiero detenerme a seguir pensando en todo esto, me enfoco en lo que sigue que es viajar a un punto donde nos encontraremos con unos militares.

Salir del edificio no resulta complicado, estando todo desolado cruzar los pasillos y bajar por el elevador resulta cómodo. Y al salir del edificio un aire fresco nos eriza la piel.

—¿A dónde, amor?

—Por acá.

Sigo las instrucciones de la credencial holográfica que me ha dado nuestro amigo del gobierno. El punto donde los militares nos esperaran esta a varias cuadras por lo que aprieto el paso, mi novia trata de seguirme está muy inquieta. Es como si estuviéramos huyendo de nosotros mismos, de nuestros pesares y de la moral que amenaza con hacernos quedar en la ciudad.

Doblamos un par de esquinas y nos encontramos con un convoy pequeño, un par de jeeps con torretas en la parte trasera y un camión de pasaje.

Los recuerdos bombardean mis ojos proyectando frente a mi aquella noche en Odaiba. Aun puedo escuchar los gritos, disparos a la lejanía resonando por los edificios, niños llorando. La muerte de la madre de mi novia.

No necesito verla para percibir que ella al igual que yo está teniendo esos recuerdos tan aterradores y dolorosos. Su mirada perdida, los dientes apretados, la piel pálida son indicios de lo que sé y quiero protegerla.

—Vamos —le sujeto de la mano y la conduzco hacia un oficial.

El hombre impone respeto, y apenas nos ve venir nos mira con cautela y, quizás, con desprecio. Pero lo que más me preocupa es su uniforme, son militares no cabe duda alguna, pero están vestidos como aquellos hombres y mujeres que nos sacaron de Odaiba.

No me gusta estar donde ellos.

—Identifíquense —ordena el soldado con pistola en mano.

—Tranquilo —digo, levanto mis manos y en con una dejo ver el holograma.

Agradezco que no traiga consigo ese casco con visor obscuro, ver su rostro me permite apreciar su gesto incrédulo.

—Síganme —nos da la espalda y susurra algo que percibo como "malditos suertudos".

El soldado nos guía hasta el camión, ordena a un subordinado que custodia la puerta trasera del carguero que la abra. Dentro vemos que nos seremos los únicos, hay por lo menos un par de docenas dentro.

—Salimos en cinco —dicho esto nos abandona el soldado.

—Adentro —ordena el custodio.

Nos adentramos a la zona de carga, las personas ya adentro ni nos dedican una mirada. Se notan perdidos en sus problemas y pensamientos, y no los culpo.

Veo porque la insistencia de Takuya al que fuéramos temprano. Solo quedaban un par de asientos, uno frente del otro, por lo que ya iba completo el camión.

Separados por unos centímetros veo a mi novia perturbada, inquieta, deseosa de estar en otro lugar mejor. Mi mira con esos enormes ojos marrones, no encuentro signos de su antigua personalidad. Lamento eso.

—Que Dios nos perdone —susurra un hombre a mi lado.

Dios no tiene nada que ver en esto, el nos dejo libres en este mundo y nosotros nos encargamos de convertirlo en un infierno.

El camión se echa andar, y no han pasado ni tres minutos. Seguro que al tener lleno el camión no hay porque esperar más genta. A lo que me pregunto, ¿todos aquí tienen influencias en el gobierno? Y si no, ¿Qué influye en que unos sean salvados y otros no? La respuesta solo la tiene una persona de confianza, y pienso preguntarle mis inquietudes.

Observo a cada persona en la cabina de carga, solo iluminada por esas luces opacas en rojo. Los rostros parecen desfigurados por las sombras y los matices apagados, sus horas de desvelos y la actual preocupación y miedo no ayudan a mejorar sus aspectos.

Todos somos tan diferentes. Hay un par de ancianos, la mayoría personas entre los treinta y solo una familia completa. No veo un patrón a seguir para que estemos aquí con la oportunidad de ser salvados.

La culpa me corroe mis entrañas ante tales pensamientos. Me alegro de que no haya ventanas aquí, no me ayudaría poder ver las calles que vamos dejando atrás, los edificios con tantas personas sin conocimiento de lo que se avecina.

—Matt.

Su voz me devuelve a la cruda realidad.

—Ten, cariño.

Mimi me extiende su brazo derecho con su puño cerrado. Por mi parte extiendo mi brazo para alcanzar el suyo, y, una vez logrado me deja caer una cajita negra en mis manos.

—Casi lo olvidabas.

—Gracias —digo con sinceridad.

Me siento un desgraciado al casi perder una de mis pertenencias más preciadas. Dentro sé que hay en la caja, y jamás me hubiera perdonado haberla dejado atrás.

No sé cuánto tiempo llevamos de viaje, pero cuando me lo pregunto el camión se detiene en un par de ocasiones en intervalos de minutos. Se escuchan unas voces, no suenan alegres. Y vuelve andar el vehiculó unos minutos para volver a detenerse.

—¡Rápido, bajen! —ordenan un par de soldados apenas abren la puerta.

Temerosos obedecemos, yo me acerco enseguida a mi novia y la sujeto de la mano con fuerza; no quiero que se me separe.

—Todos, sigan a la cadete.

En línea seguimos a una mujer de una cabellera tan roja como una rosa. Nos guía por lo que parece ser un campamento improvisado, y por los edificios a mi izquierda me doy cuenta que estamos en las periferias de la ciudad.

El lugar está lleno de helicópteros, y vehículos de combate. Unas cuantas casas de campaña se irguen por todo el lugar, y militares y hombres trajeados van de un lado a otro.

—Su helicóptero sale en veinte —anuncia la cadete al detenerse frente de una carpa blanca— Esperen aquí mientras tanto.

Algo en su voz me perturba, es como si supiese algo que nosotros desconocemos y estoy seguro que nada bueno.

—Su rostro no me inspira confianza —suelta Mimi.

—Tranquila, no es nada.

La quiero tranquilizar, pero ni yo mismo me puedo contener ante la inquietud. Que mi novia se percatara de lo mismo no es de ayuda, en verdad está sucediendo algo y necesito saber.

A lo lejos puedo observar a Takuya caminar con varios hombres y mujeres de sacos negros y grises, andan a paso apretado como si se les hiciera tarde llegar a una junta. Y, verlo, hace que en mi la curiosidad gane.

—Espérame aquí —le digo a mi novia.

—¿Dónde vas?

—Ver a Takuya.

No dejo que me diga nada, aprovecho que nadie nos está viendo y me pierdo por entre unos vehículos. Debo ser sumamente sigiloso por lo que me quedo un momento entre los vehículos para ver a donde va Takuya; al que no le he quitado el ojo de encima.

El castaño y sus compañeros se adentran a una de las carpas de al fondo del campamento, lo que me da la oportunidad de poder ir sin ser visto. Aquel lugar no tiene mucha presencia humana, la mayoría está ocupada en alistar los helicópteros o trasladar gente.

No tengo mucho tiempo para distracciones, me la juego y salgo de mi escondite. Voy casi en cuclillas a paso firme y largo para poder llegar hacia un camión que está cerca de la casa de campaña donde vi entrar a mi amigo.

Cruzo con éxito la explanada sin ser visto, puedo percibir una gota de sudor fría recorrer mi frente.

Pasó por el largo del vehiculó hasta llegar a mi destino. Me acerco a una ventana y puedo escuchar y ver un poco lo que sucede en la casa de campaña. Este punto es ideal para enterarme de lo que están hablando allí dentro.

Llego justo cuando están pasando unas imágenes en un proyector tridimensional. Alcanzo solo a ver imágenes de Berlín, Londres, México y creo que Estados Unidos. El mundo está en completo caos, las imágenes no son alentadores en especial la ultima. Hombres y mujeres infectados atacando a los aun sanos.

—Ya no hay salvación, los rabiosos están avanzando —escucho a una mujer—. La situación se ha salido de control, Tokio mañana caerá.

—Creo que todos sabemos que la situación se salió de nuestras manos hace meses —un hombre que no logro poner rostro habla con autoridad—. El virus ha ganado terreno, nos ha ganado —su voz se entrecorta—. Nos ha obligado a encerrarnos, nos acorralo.

Nadie dice nada, el silencio es tan sepulcral como la vida actual.

—Me duele que nuestra última ciudad en pie sea destruida —una nueva voz rompe el silencio.

Un golpe arremete en la reunión, estoy seguro que alguien con su puño golpe una mesa. Por el ruido muy cerca de donde estoy ubicado.

—Es que me da rabia lo estúpido que hemos sido —la voz de Takuya se hace presente—. Sabíamos que esto sucedería, nunca tuvimos oportunidad contra el virus… —calla por unos segundos— Por eso construimos las fortalezas, y aun así no aceptaron mi propuesta.

—Ya te hemos explicado la razón —la voz autoritaria replica las palabras de mi amigo—. Ya no hay recursos para tanto, la mejor y única opción viable es la Exterminación.

No puedo quedarme más tiempo aun cuando lo deseo para enterarme de todo. Dejo la conversación de esos hombres y regreso a la carpa de la misma manera en como llegue aquí.

Mimi me ve y se apresura abrazarme con fuerza, como si fuesen años los que estuvimos separados. No digo nada y solo la abrazo, la aferro a mí con una intensidad sin precedente. Me controlo por no temblar ante lo que me he enterado, por lo que el mundo es ahora. Y, al fin de cuentas, imaginarse cómo está la situación mundial no se compara a corroborar que en verdad estamos viviendo en un mundo putrefacto.


Como he prometido no tarde en traer un nuevo capitulo jejeje, aunque no fue tan rápido como me hubiera gustado. En verdad que estado muy ocupado, pero ante tan buena recepción del capitulo pasado no podía defraudarlos y dejarlos esperando. Me da gusto poder leer antiguas lectoras que hace tiempo no nos leíamos, y ver que muchos no se olvidaron de mi historia. Les prometo responder a sus reviews como se merecen.

Gracias por leerme, y espero que disfruten de este nuevo capitulo.

Sin más por decir

Au Revoir.