Amnesia
Un chillido en mis oídos molesta a tal grado que abro mis ojos, pero la luz del día me ciega y me impide ver donde estoy. Me asusto cuando mi sentido del tacto capta que estoy sobre un terreno arenoso, lo que dispara la alarma de que algo no anda bien.
Quiero incorporarme pero no lo consigo, un dolor en mis costillas me doblega y regresa a la arena. Mis ojos se acostumbran al día y el chillido en mis oídos desaparece, y me arrepiento que mis sentidos hayan regresado al escuchar gritos y disparos.
Alzó mi cabeza y veo a los soldados de blanco disparando a diestra y siniestra, y a muchas personas huyendo por toda la playa. Mi cabeza no lo capta enseguida, y me toma procesar lo que mis ojos captan unos minutos.
¡Estamos en una playa, y estamos siendo atacados!
Escucho un sonido gutural a mi derecha y observo a una de esas cosas venir hacia mí. Mi cuerpo se queda inmóvil, quiero salir corriendo e huir de aquella criatura que amenaza con convertirme en uno de ellos o matarme. Cualquiera de las dos opciones me aterra.
Cuando lo veo a unos pasos un sonido estridente seco pega en forma de bala en la frente de la criatura. El cuerpo deforme y con piel parecida a un leproso cae a centímetros de donde stoy, y no puedo más que ver el rostro sin vida del rabioso como son llamados.
—Idiota, ¿muévete o quieres que te maten?
Uno de los soldados de blanco se me acerca y me toma de un brazo jalándome en el proceso. Me obliga a levantarme, es fuerte, y como puedo me mantengo en pie sobre mis piernas que tiemblan.
—No los abandonare, diles que regresen —sé que el soldado no me habla a mí, esta hablando con alguien en su comunicador—. ¡Es una orden!
El solado me jala del brazo, y con ello zarandea mi cerebro que capta que no estoy completo. Sé que no me falta alguna extremidad, no me preocupa las pertenencias que haya perdido. La sensación proviene de mi mano que le siento vacía, sola.
—¡Mimi!
Soy jalado por el soldado, pero mis ojos están desubicados viendo de un lado a otro buscándola. Mi corazón se acelera por las ideas de que mi cerebro procesa en estos instantes, mi piel se eriza y suda con ese miedo de que la he perdido.
—¡Mimi! —grito con desesperación.
Quiero zafarme del agarre del soldado que me sigue llevando lejos de la playa y de los rabiosos que devoran los cadáveres de otras personas que no conozco. Estoy débil, y mis piernas no responden para oponerme. Mi cerebro no recuerda como he llegado a esta playa, que sucedió antes, solo está enfocada en buscar a mi novia.
Sigo gritando pero mi voz se pierde entre todo el bullicio de gritos de temor y demenciales, disparos y ordenes.
La busco y no la encuentro, lo que me hace desesperar y que mi cabeza duela por tratar de recordar porque no está conmigo.
Los rabiosos que nos rodean son pocos, y están con su atención en los cadáveres sobre la arena teñida de carmesí. Y por doloroso que sea la busco en ese punto de la playa, mis ojos pasan por los cadáveres. Titubeo al pasar de uno a otro, no quiero verla allí siendo destrizada por los dementes infectados.
No la veo lo que me da esperanza, alejo las ideas negativas como que mis ojos me engañaron y por eso no la distinguí.
Cuando nos alejamos de la playa lo suficiente me dejo caer bajo un árbol, no se con quien ni cuantos estoy. Mi mente está en mi castaña, en sus ojos marrones. Tiemblo ante la idea de que haya caído victima de algún rabioso.
—¿Puedes correr?
Escucho que me hablan con insistencia, pero estoy ensimismado en mis pensamientos. En mi temor, y en la perdida que acabo de tener.
—¡Hey! —el soldado se coloca enfrente mía— ¿Me escuchas?
—¡Mimi! —logró pronunciar.
El hombre enfrente de mi carece de expresión, el casco que tiene puesto me impide ver cuál es su reacción ante mi falta de colaboración.
—Puede que esté viva —dice el soldado—. Pero dime, ¿puedes caminar?
—¿Cómo que puede estar viva?
El soldado suspira, lo que provoca un sonido metálico opaco. Estos hombres y mujeres parecen más maquinas que seres humanos. ¿Acaso ya se han extinto?
—No hay tiempo —dice, frustrado—. Hay un grupo al norte, allí hay más sobrevivientes.
La noticia me hace reaccionar.
—Bien, ¿puedes andar por tu pie?
—Ya déjalo, Yagami —dice un soldado a su espalda.
—Calla, no dejaremos a nadie.
La esperanza de que Mimi este con vida en el otro grupo, y esa determinación del soldado frente suya de no abandonar a nadie me hacen regenerar fuerzas. Me levanto y asiento al soldado de apellido Yagami.
—Excelente —me imagino que ha sonreído—. Andando todos, que esos rabiosos se aburrirán pronto de los caídos en la playa.
Cuando nos ponemos en marcha veo que somos pocos. Unos veinte, y aunque no recuerde nada de antes a esta mañana siento que deberíamos ser muchos más.
Del grupo solo veo que poco más de la mitad son civiles, el resto soldados de blanco. Aunque veo que algunos de los civiles tienen armas que sujetan temblorosas entre sus manos. Me pregunto cómo es que llegamos a esta situación.
En el grupo distingo cinco niños muy asustados, y un par de adolecentes. Los demás son personas de edad madura, rondando los treinta años. Un par de mujeres son las que tratan de tranquilizar a los pequeños
Mi mente se hace muchas preguntas, pero la que más me inquieta, la que ronda mi cabeza con insistencia es porque me he separado de mi novia. Observo mi mano derecha con la que se que sujetaba la suya, con la que le transmitía que todo estaría bien. Que la protegería.
Una punzada en mi cien me hace detener y apretar los dientes. Un par de imágenes se proyectan entre la obscuridad de mi mente. Veo personas corriendo por unos pasillos angostos, y después todo se vuelve sangre y fuego.
—¿Te encuentras bien? —la voz es del soldado que me ha salvado.
—Mi cabeza, duele —digo observando el visor negro, atinando donde están sus ojos.
—Jou, botiquín.
Un soldado con una inicial en cruz roja sobre sus hombreras se nos acerca. Su mochila es más grande que la de los demás, y por tal luce más pesada. Le veo pasarla hacia delante, sobre su pecho, y saca de un compartimento pequeño una pastilla amarilla.
—Trágala —me lanza la pastilla.
—¿Traes agua?
—Preferiría guardarla.
Comprendo lo que me dice, y no le culpo. Es mejor mantener hidratado al grupo y no gastar el agua solo para pasar una pastilla. Por fortuna soy bueno y no necesito de agua, aunque no me incomoda tener un vaso.
Me trago la pastilla con la ilusión de que me aclare la mente. Reconocí la pastilla desde el momento en que me la pasó, y es un relajante y aspirina. Sé que pronto mis preocupaciones se irán, y serenara mi mente.
La idea de que pronto mis preocupaciones se irán por unos minutos no me agrada, no quiero dejar de sentir esta presión en mi pecho por encontrar a mi novia.
—¿Mejor?
El soldado que me salvo, y que es el líder de los suyos, se me acerca después de un rato de caminata.
—Sí, gracias.
—Se nota —dice en burla.
No me puedo ver el rostro, pero sospecho que estoy tan relajado que mi cara lo deja en claro. Desearía tener un espejo en este momento, pero sé que eso es imposible por lo que me quedo con el comentario como reflejo a mi expresión actual.
—No me gusta sentirme bien.
—No te preocupes, estoy seguro que tu esposa esta con bien.
—¿Mi esposa?
—Amigo, si que te diste una buena en tu cabeza.
El soldado apunta son su mano, que sostienen un rifle de asalto, a mi mano izquierda. Y por primera vez la veo, no entiendo porque no la vi o sentí antes, pero allí esta. Rodeando mi dedo anular una argolla de matrimonio descansa como una promesa de amor sincera y pura.
Si no fuese por la pastilla me sentiría desesperado por comprender porque la llevo en mi dedo; evita que me sienta vacio y fatal por olvidar algo tan esperado por mi y por mi novia.
—Nos casamos.
—Imagino que sí.
—No lo recuerdo.
—Eso es malo, si logramos salir de esta y llegar al campamento te llevare a que te vean tu cabeza.
—¿Cómo llegam…
No logro formular mi pregunta, escuchamos a lo lejos esos sonidos guturales que tanto nos aterran.
—Señor, rabiosos alrededor —una voz de mujer sale del casco de la soldado que se acerca— ¿Qué hacemos?
—Sigan caminando —ordena el soldado—. Que los muchachos formen un perímetro alrededor de los civiles.
—Entendido.
—Asuna, y al pendiente de cualquier momento.
Con un asentir de su cabeza la soldado se retira y pasa la orden de su líder.
—Ve al centro del grupo —me ordena.
—Pero…
—Haz lo que te digo.
No me queda más que unirme al grupo que se forma en el centro del perímetro que forman alrededor los soldados.
El camino es un constante terreno de estrés y miedo que eriza la piel. De vez en cuando escuchamos los sonidos de los rabiosos, pero conforme avanzamos se van alejando lo que nos hace suspirar de alivio.
En nuestro camino veo a dos adolecentes, de unos diecisiete años, que caminan a unos pasos de mí. El joven de cabellera castaña lleva de la mano a una niña de unos doce años mientras su amiga camina a su lado sosteniendo un arma.
No entiendo porque le han dado aquella pistola a una adolecente, pero en este nuevo mundo ya nada es coherente. La ética y la moral se van desvaneciendo, son enterradas en la tierra infértil en que el mundo se está convirtiendo.
Me les acercó, creo que en ellos puedo saber que ha ocurrido para que estemos en este bosque.
—Hola —saludo con una sonrisa.
—Que hay —contesta el adolecente.
—Soy Matt.
—Henry, y esta pequeña es Suzie.
La pequeña con sus ojos rojizos por llorar me mira, y trata de saludar sin conseguirlo.
—Un gusto, pequeñita —le extiendo la mano y esta me lo estrecha—. ¿Tu amiga?
—Rika —dice la joven con expresión dura.
—Me disculpo por mi amiga, es un poco… ruda.
—No hay problema.
Seguimos caminando en silencio. De vez en cuando pregunto algo y me contesta el joven, no hay mucho como para entablar una conversación amena. Y aunque quiero aclarar mis dudas, callo.
Recordar malos momentos en momentos malos como este nunca es grato, y lo mejor es guardar silencio.
De pronto, el grupo se detiene en seco por orden del soldado líder. Un par de solados se adelanta y se pierden entre la maleza del bosque. Tardan en regresar, y entablan una breve plática con su líder. Al terminar, se vuelven hacia nosotros.
—Hemos llegado con nuestros amigos —dice con entusiasmo.
Una energía me rodeado; fluye por mi cuerpo. Quiero verla con vida, y a su vez un temor me embarga. ¿Y si no está con ese grupo? ¿Si la perdí? La respuesta está a unos pasos, tras las columnas de troncos que tenemos enfrente.
Hey, ¿que decían que me olvide de este fic? Pues noooooo. Regrese y espero que disfruten de este giro en la historia, y no se preocupen no durara mucho esta incertidumbre de que sucedió. Nos leemos pronto.
Au Revoir.
