El juicio fue tan corto y ridículo y Narcisa Malfoy estaba tan seria y pálida que Draco pensó que su madre se desmayaría en cualquier momento. No sucedió así pero la ignominia de tener que comparecer en el Tribunal Mágico para ver enjuiciado a su marido no podía ser buena señal. De algún modo, siempre creyó que su madre sería el eterno pilar de valor incalculable que mantenía todo estable y unido pero todo tiene un límite. Después de todo, ni siquiera el dinero, el lujo o el porte de Lucius Malfoy podían ayudarlo esta vez, aunque es verdad que prometió vengarse.
Pero, a pesar de que todo el asunto era un absoluta parodia, había algo de real en la sentencia a años en Azkaban por crímenes todavía no bien definidos. El propio Ministro de Magia había precedido la sesión y por vez primera en muchos años, el señor Nott, Lucius Malfoy y otros tantos comparecían en un lugar, no precisamente para conversar. El muchacho se pasó toda la lectura de cargos observando los anillos de los Nott, quienes parecían tan serenos que nadie diría, el padre de Theo estaba siendo apresado.
Pero claro, era él, quien nunca le tuvo mucho afecto a su viejo. Y además contaba con el apoyo moral de Blaise, que no debería estar allí, pero estaba, todo su semblante oscuro lleno de esa vacía arrogancia que nunca lo caracterizó más que para ocasiones especiales.
Todo terminó y al salir observaron a los periodistas del Profeta para hacer uno de esos ridículos reportajes que no incluirían ni una nota de verdad. Pero su madre lo obligó a presentar cara digna y entre todos esquivaron el aluvión de preguntas para refugiarse en un café cercano, donde esperaban su tía Bellatrix y su padrino Severus Snape, aunque no parecían cómodos el uno con el otro.
Quien sabía lo que su antiguo profesor de Pociones había hablado con el señor Tenebroso para que éste se apresurase a perdonarlo y quién sabía lo que Bellatrix le había obligado a responder, pero al menos ella no parecía decidida a sacarle los ojos con un hechizo. De todas maneras, ella no era de su agrado, admitió Draco para si mismo y desayunó sin apetito mientras se preparaba para la iniciación.
Años atrás, podría haber dicho que aquel era el día más feliz de su vida. Si su padre no estuviera pagando el craso error cometido en todo el asunto del Ministerio, sin duda sería una ocasión más feliz, una oportunidad para hacer crecer a su familia. Pero las cosas eran muy distintas y, mientras aguardaban, Draco pensaba sin duda en la tarea que el señor Tenebroso le había encomendado.
Pocos podían jactarse de ser iniciados del señor Oscuro a tan temprana edad y es cierto que él recibiría la marca primero que Theodore, incluso, pero lo que estaba obligado a hacer quizá estuviera más lejano de sus posibilidades de lo que su arrogante cabeza quería admitir. En cualquier caso, no admitiría sus miedos y su mente estaba totalmente dispuesta a relajarse para hacer lo que tenía que hacer.
Miró disimuladamente a la que todavía era su amiga y compañera en Hogwarts, Victoria Dumbledore... no, Victoria Nott ahora y se preguntó qué podría estar pensando. Resultaba duro saber que tenía que matar al abuelo de aquella, cuando tanto trabajo les había costado a ambos reconstruir su relación, pero cuando ella se enteró, no pareció ni siquiera alterada. Era evidente que había escogido bien sus lealtades y que no resultaría una traidora pero Draco se preguntaba cómo reaccionaría él mismo si los papeles estuvieran intercambiados y Victoria tuviera que matar a... su padre, por ejemplo.
¿Podría perdonarla tan fácilmente? Supuso que no, quizá habría gato encerrado, pero nada que pudiera leer en sus tranquilas facciones mientras tomaba café.
Los que faltaban no tardaron en llegar. Vincent y Gregory parecían muy molestos por la acusación hacía sus padres, aunque, ¿Qué podían esperar? Toda la evolución del Departamento de Misterios había estado mal de principio a fin. Millicent, en cambio, comía con su habitual entusiasmo y Daphne estaba perfectamente arreglada. Draco deseó que ella hubiera podido traer a su hermana, pero incluso ella era demasiado pequeña para la labor y tampoco podía estar forzando tanto las cosas.
Hablaron de naderías mientras aguardaban y exactamente a las cuatro de la tarde, cuando el local estaba ya casi vacío, se levantaron al unísono para aparecerse en un pueblo cercano. No valía la pena esconderse ahora que todos sabían del regreso de Voldemort pero aún así si que debían tener precauciones, al menos si esperaban regresar.
El círculo ya estaba hecho, de cualquier forma y sería Draco el primero en hacer honor a la ceremonia. Miró cada lugar y cada máscara, sintiendo un vacío por todos aquellos que faltaban y se preguntó si esto era en verdad un premio por ser quien era.
Todo era debatible pero, ¿Cómo podía escapar ahora que sabía que estaba atrapado? El cebo siempre estuvo allí, la diferencia es que apenas se daba cuenta de lo duras que eran las circunstancias en la que estaba entrometido. Aún así, su madre se permitió estrecharle un hombro, fuerte y dedicarle una sonrisa. Sí, Draco sólo tenía dieciséis años, pero no sería el único iniciado y no estaba solo.
Al centro de aquel círculo en la arboleda, estaba el protagonista de todas sus pesadillas. Vistiendo túnica oscura, con un rostro difícilmente humano y la varita en alto, parecía tan satisfecho y sus ojos rojos tan refulgentes, que ninguno se atrevió a decir ninguna palabra que pudiera ser usada en su contra.
- Bienvenidos, mis amigos- dijo con esa voz fría e inteligente, ese rasgo de ente maligno que nada podía soslayar- Parece que estamos listos para recibir a nuevo novicio. O a varios.
Todos parecían vestidos de luto y tan graves que no semejaba que la ocasión pudiera ser satisfactoria. Pero Draco hizo caso omiso de su alrededor y se adelantó, los caros zapatos haciendo ningún ruido en la lisa superficie de un círculo en forma de serpiente enroscada.
- Vienes aquí, Draco Malfoy, en solitario, para pedir la merced del Señor Tenebroso y ocupar un lugar en sus filas. ¿Estás preparado?- parecía más una salmodia que una pregunta y, por un momento, a pesar de todas sus aspiraciones, quiso decir que no, incluso aunque esa no era una posibilidad.
- Estoy listo.- señaló casi serenamente y un hálito de regocijo sacudió a las filas de mortífagos.
- Extiende tu brazo- dijo la voz fría y aquella mirada carmesí lo atravesó, apoderándose de todos sus miedos, sus deseos, sus debilidades y fortalezas. Él se sintió como una marioneta azotada por el viento y sólo el apretón de su madre le ayudó a recuperar entereza. Extendió la mano y expuso la carne lisa.
El tatuaje le quemó más que cualquier fuego, pero no se quejó. Una especie de nostalgia por tiempos en los que corría con alegría por su casa lo llenó y muchas cosas fueron motivo de arrepentimiento entonces. Pero el fuego ascendía, chisporroteaba y se apoderaba de él y ya no podía pensar en nada.
- Ya eres uno de los nuestros- dijo casi dulcemente aquel ser terrible- Siempre que cumplas con tu cometido.
Un rumor rápidamente acallado sacudió a cada uno de los presentes. ¿Matar a Albus Dumbledore? ¿Existía tarea más complicada para un joven muchacho?
Pero la atención de Voldemort ya se había desviado y Draco no podía recordar cuándo fue que desocupó el círculo. Ahora estaba allí Theodore y sus ojos oscuros eran tan impenetrables y su porte tan gallardo que nadie podría haber discutido que no tenía miedo.
- Theodore Nott. Has venido a presentar tus respetos a tu señor y a formar parte de sus filas. ¿Estás preparado?
- Lo estoy- su voz era clara y límpida, hizo restallar el viento amenazante en el valle. No tuvieron que pedirle que extendiera el brazo, ya lo tenía así para la ocasión. Una casi imperceptible sonrisa se señaló en ese rostro de serpiente mientras el tatuaje de la marca tenebrosa era hecho, señalándolo para siempre uno de los suyos.
Theo también abandonó el círculo para ir con los demás magos y el guapo Blaise ocupó su lugar. Su rostro estaba distendido en esa expresión concentrada y arrogante que lo hacía parecer más altanero de lo que realmente era y se limitó a asentir cuando le preguntaron que si estaba listo. Era el primer Zabini en la lista oscura y su madre no le había dado permiso para abandonar la neutralidad, pero Blaise nunca se había ocupado de seguir las reglas. Su iniciación fue ejecutada sin más percances.
Millicent y Daphne, Vincent y Gregory pasaron juntos y ya sólo quedaba la nieta de Dumbledore, tan pálida y frágil que parecía una presa de cuya trampa no podía escapar. Empero, no rehúyo la mirada de Voldemort mientras éste la sondeaba.
- Dí tu verdadero nombre- le ordenó Voldemort apretándole el antebrazo. Ella apenas podía respirar, pero su voz se oyó por encima del viento:
- Mi nombre es Myrdayr Victoria Grindelwald Dumbledore.
- ¿Cuáles son los nombres de tus padres?
- Thomas Grindelwald, hijo de Gellert Grindelwald y Antara Dumbledore, hija de Albus Dumbledore.
El murmullo entre la concurrencia se hizo más fuerte y Draco se vio abiertamente sorprendido. ¿Victoria, vástago de Grindelwald hijo? ¿Cuándo sucedió aquello? Molesto, el señor Tenebroso hizo acallar a sus fieles partidarios y obligó a la muchacha a arrodillarse.
Por alguna morbosa razón, Draco pensó que estaba presenciando una ejecución, pero no era así. Una serpiente de plata estaba rodeando los cabellos también plateados de Victoria y estaba apretando tanto que podían ver las gotas de sangre. Le temblaban los labios rojos y estaba aún más pálida, pero tampoco se quejó.
- Ninguna marca podría ser considerada como un gesto gentil para ti. ¿A qué has venido, hija de Grindelwald?
- A unirme a los partidarios del señor Tenebroso y cumplir con sus directrices.
- ¿Nos juras lealtad?- la serpiente apretaba cada vez más.
- ¡Sí!- era más un jadeo que una palabra, pero resultó suficiente. La presión menguó y la chica pudo levantarse. Los ojos de Voldemort parecían de fuego y la obligaron a retroceder hasta que Theodore la tomó de la mano.
La ceremonia había concluido. Draco temió que hubiera un juramento de sangre de por medio, pero sólo la palabra y el tatuaje parecían razón suficiente para atarlos. En realidad, no debería haberlo sorprendido.
Pero por todos los cielos, debía hablar con su madre.
Los murmullos del valle parecieron acallarse mientras lo hacía.
...
Había acabado. Todavía no podía creer que tantos de sus secretos hubieran sido revelados. El profesor Snape la había instruido para hacer frente a la Legeremancia de su señor, pero fue mucho más doloroso de lo que jamás creyó, igual que ser expuesta desnuda a espinas de rosa. Él la había obligado a relatarle todo para hacer frente al vacío de lo que realmente importaba, pero no pudo esconder el intenso amor que Theo le inspirara y la amenaza por la vida de ambos era algo esperado, pero no por ello calmante.
Y ahora ya tenían asignadas tareas, misiones por hacer, mucho más sencillas que las de Draco. Ser espía parecía un oficio natural e incluso Theo parecía más tranquilo, ya que habían superado lo más difícil. Debían volver a Hogwarts, por el momento y buscar la manera de liberar a los prisioneros de Azkaban.
También sucedía que iban a interrogar a los últimos presos en busca de información útil y Mydayr debía sondear a su abuelo. No omitió que se habían distanciado en los últimos tiempos, ni las razones sobre ello, pero prometió hacer lo que pudiera, mientras pudiera.
Dio la poca información que tenía sobre Harry y sus amigos e incluso le fue imposible esconder su asociación con el Ejército de Dumbledore.
Blaise, a su lado, estaba pálido, como si lo que le habían dicho no resultara de su agrado, pero se repuso rápidamente. Vincent y Gregory parecían los mismos lugartenientes de siempre, Daphne todavía no tenía nada que hacer y Millicent estaba tan hosca que resultaba imposible hablar con ella.
Era natural. El frío se hacía cada vez más intenso.
Pasaron la noche mirándose mutuamente y al final decidieron comprar sus cosas rutinariamente en el Callejón Diagon sin más dificultades. El señor Tenebroso quería que se prepararan lo mejor posible y a veces ellos pensaban que eran como sus niños, criaturas entorpecidas por su juventud que eran obligadas a ocupar su verdadero lugar.
No cabía duda que no había marcha atrás. No sería igual nunca más.
...
Ahora sólo faltaba subir al Expreso de Hogwarts para un año más. Pero todos y cada uno de los nuevos mortífagos llevaban los brazos izquierdos vendados.
