Recuerdos Rojos
Parte 1
48 horas antes de la playa.
Las hélices del helicóptero irrumpen en el aire produciendo un estruendoso ruido que dificultaba la comunicación entre los pasajeros. Observo a mi castaña que reposa su cabeza en mi hombro mientras me sujeta con fuerza la mano. Puedo sentir ese miedo que recorre su cuerpo, esa culpa que venimos arrastrando desde que salimos de nuestro departamento. En este momento es cuando me alegro de no haberle contado todo lo que vi de aquella reunión de los dirigentes de Japón.
Nos dijeron que el viaje no sería muy largo, que nos llevarían a una costa donde nos esperaría una embarcación. A palabras del soldado que nos condujo a este helicóptero, somos de los pocos afortunados que tendrán el privilegio de ver un nuevo amanecer.
Cuando escuche eso no supe cómo reaccionar, tenía muy presente aquellas imágenes del holograma. Pero mi cabeza no tardo en armar el rompecabezas, el gobierno había tomado la decisión de erradicar a los rabiosos de la manera más detestable y ruin que pudieran haber tenido en cuenta. Una escalofrió recorre mi espalda ante la idea de los millones que morirán por los hombres que juraron protegerlos de este virus mortal.
No me percato de que estoy apretando mi mano tan fuerte que comienzo a lastimar a mi novia, quien no duda en preguntarme si todo está bien. No quiero darle un pesar más a su conflicto interno, finjo una gran sonrisa que se está de más en estos tiempos y le aseguro que me encuentro bien. Sé que no me cree ni una sola palabra o algún gesto mío, la conozco tan bien como para saber que ella me conoce a la perfección. Esta por preguntarme algo cuando el sonido de las hélices se multiplica impidiendo por completo la comunicación.
Los siete pasajeros y nosotros dirigimos nuestras miradas atravesó de las ventanas para observar decenas de otros helicópteros que se nos han unido. Me atrevo a decir son unos veinticinco sin contarnos, y si sacó la cuenta que en cada uno caben hasta diez personas somos un total de doscientas sesenta. Demasiado pocas a comparación de los millones que hemos dejado atrás, lo que me resulta alarmante.
—Todos vamos a donde mismo —consigo leer los labios a Mimi.
—Sí.
Sé que decir más solo sería una pérdida de tiempo, nuestras voces no se escuchan y leer los labios no es nuestra especialidad.
Delante de nosotros va una pareja con su hijo, mi mente viaja aquellas almas sin culpa que veía jugar en los parques de camino a la universidad, me deja helado pensar en que pronto ese futuro de la humanidad se verá bajo un mar de muerte. Niego con la cabeza y me concentro en un punto donde el pequeño apunta con su dedo índice. Estamos llegando a un puerto donde nos esperan un par de embarcaciones. Por el estilo puedo decir que parecen ser cruceros ligeros, esos que usan para vacacionar los turistas.
Los helicópteros descienden uno por uno en los diferentes helipuertos ubicados por toda el área. Antes de que el nuestro baje a tierra firme echo un vistazo al terreno circundante para cerciorarme de que no tendremos complicaciones con los infectados. El terreno es un páramo lo que me permite observar a varios kilómetros de distancia la soledad en la que nos encontramos. Lo que me llama la atención es el terreno negruzco a la lejanía, luce como si cientos de bombas hubieran sido lanzadas en ese punto. Limito a mi imaginación, no deseo hacerme teorías locas que pueden estar fuera de lugar.
—Rápido, bajen, no hay mucho tiempo.
Un solado nos abre la puerta y ayuda a bajar, la velocidad con la que desea que nos movamos es alarmante. Ninguno lo pasa desapercibido, incluso mi castaña que no se me despega ni un segundo. Temó por el que algo malo este por suceder, o que hayan detectado rabiosos a la redonda; lo que descarto de inmediato al no ver rastro alguno de ellos cuando descendimos.
El puerto está repleto de personas, al parecer han traído gente de otras ciudades; quizás de las pocas que aún quedan de pie. Nos están acarreando los soldados como si fuésemos ovejas, hay centenas de ellos por todo el lugar lo que no sé si me hace sentir protegido o más nervioso.
—Quiero salir ya de este lugar.
—Tranquila, amor, pronto estaremos en camino a un lugar mejor.
No me gusto como sonó lo que dije, pero no hago nada para que mi castaña entienda el doble sentido que puede tener mis palabras.
—Cuando menos lo esperes estaremos en esa ciudad-fortaleza que nos mencionó Takuya.
—Me siento tan mal.
—¿Por qué?
—No me siento a gusto con la idea de que nosotros estemos yendo a un lugar protegido y dejar a tantos a su suerte en la ciudad.
—No te sientas mal —la miro a los ojos—. En estos momentos ya no hay porque sentirnos mal.
Mis palabras salen sin pensar como si las hubiera tenido allí guardadas esperando ser libres, no me siento mal por lo que digo ya que no quiero que Mimi se siga afligiendo por lo que ya no podemos cambiar. Y eso mismo me lo repito. Nuestro mundo actual es un lugar podrido, donde sentirse mal por lo que le pueda pasar al de a lado ya no debe importar. Vivimos en un mundo donde solo debes ver por los tuyos y por ti mismo, ya no hay moral ni ética.
—Estas equivocado —me mira severa, eso no me agrada—. No podemos dejar que todo esto nos cambie, no es correcto, no debemos permitirlo.
Mimi llena de lágrimas sus ojos y me siento culpable por sé el detonante de su dolor. Mi corazón se estruja al ver lo fuerte que en realidad es mi chica, mientras yo pensando que todo está podrido, y me dejaba pudrir, mi novia se mantiene firme en lo que es ella.
—Amor, no te dejes corromper —sus ojos se clavan en los míos—. Pase lo que pase no te dejes cambiar, porque si lo permites entonces no seremos diferentes de lo que estamos huyendo… déjate sentir la culpa, yo estaré contigo hasta el final compartiéndola.
Sus palabras me tocan muy profundo y me hacen temblar como si la pisada de un gigante sobre el suelo se tratará. Mi interior se quiere quebrar, puedo percibir las lágrimas acumularse en mis ojos, me mantengo firme.
—Amigos.
La voz de Takuya nos hace desviar nuestras miradas del otro, y vemos como el castaño se nos une con una sonrisa de oreja a oreja. Ver esa sonrisa es como estar frente a un espejo, puedo notar a lo que se refería mi novia. El castaño se había dejado corromper y ahora no parecía estar afligido por lo que él y su gente planeaban hacer. La exterminación. Por mis adentros siento un alivio por tener a mi castaña, la que jamás me hará perderme en este nuevo camino.
—Me alegro de que estén ya aquí —nos da un fuerte abrazo. Me transmite un último vestigio de lo que este hombre fue una vez, pero que seguramente con la última reunión de los dirigentes se corrompió—. Esperó disfruten este crucero mientras nos conduce a nuestra salvación.
—No creo que lo disfrutemos.
—En definitiva —me apoya mi castaña.
Takuya abre los ojos y permanece quieto como una escultura, parece que nuestra actitud lo ha dejado anonadado como si estuviese frente al último vestigio de humanidad en el planeta. Después de unos segundos su sonrisa se borra y asiente con pesadez, nos entiende y se ve avergonzado por sus palabras. Mi empiezo a sentir incomodo por su cambio de actitud, no deseo que eso lo eche para abajo; no en estos momentos.
—¿Nos guiaras a nuestro crucero?
—Sí, irán en el mismo que el mío y Zoey.
—No alegra.
Dibuja una media sonrisa y nos indica el camino hacia el navío que nos espera como un guardián. Nos abrimos paso para abordar, y una vez arriba del navío Takuya nos guio hasta el que será nuestro camarote. Se disculpa y nos deja para que nos instalemos, no es que traigamos muchas cosas, pero estar solos en ese espacio tan reducido nos cae de maravilla.
Nos echamos en la cama de debajo de la litera, paso mis brazos por el delgado cuerpo de mi amada. Ella me recibe con su calidez y nos perdemos en la esencia del otro, deseamos permanecer de ese modo por la eternidad. Deseamos cerrar los ojos y que al despertar nos encontremos en la casa de verano de sus padres, pasando las vacaciones de verano junto a nuestras familiar. Pero todo se reduce a cenizas cuando escuchamos que golpean la puerta de nuestro camarote, me levanto y me dirijo atender el constante golpeteo metálico.
—Nombres —es lo primero que me dice el hombre detrás de la puerta.
—Yamato Ishida, Mimi Tachikawa —respondo.
—Salgan un momento.
Me doy media vuelta solo para ver a mi castaña caminar a donde nosotros, me pasa y sale por la puerta. Una vez afuera dos soldados, con esas armaduras blancas que los hacen parecer robots, se nos acercan para hacer lo mismo que antes de llegar aquí. Nos ponen el detector de retina a cada uno para determinar si no estamos contagiados de la rabia, lo que me parece una locura. Como si en esta hora nos hubiésemos contagiado.
Lo que sigue me deja pensando, nos piden que extendamos nuestro brazo derecho y nos pinchan el dedo índice con un aparato alargado. El tubo cubierto de una coraza plática blanca se llena con nuestra sangre. Quiero preguntar que se trata todo eso, pero se me adelantan y nos devuelven a nuestro camarote. Nos piden que nos quedemos dentro hasta que zarpemos.
—¿Para qué crees que nos sacaron muestra de sangre?
—No sé, pero cuando vea a Takuya le preguntare.
Volvemos a la cama para no pensar en nada, estamos hartos de lo que la vida se convirtió y preferimos dormir. Pero yo no logro conciliar el sueño, mi mente vaga en rostros y paisajes de un pasado que siento distante. Mimi por su parte no tarda en caer dormida, quiero pensar que se siente protegida por mí; lo que me aterra en ocasiones. Mi miedo radica en la idea de fallarle, de que en algún momento no la pueda proteger y que algo malo le suceda. Me aterra pensar que no pueda ser capaz de mantener a salvo a mi castaña, lo único que me queda en este planeta infestado y moribundo.
Necesito despejar mi mente, y con el movimiento del barco hace minutos y el bullicio de afuera, decido salir del camarote sin despertar a mi castaña. Una vez afuera veo como hay algunos niños jugando y platicando, sus padres a unos metros sin despegar los ojos de ellos los cuidan. Camino por el pasillo para ir a la cubierta amplia que vi cuando arribábamos en el helicóptero. Quiero un espacio amplio donde no me sienta atrapado, asfixiado por mis preocupaciones.
—¿Estirando las piernas?
—En verdad lo necesitaba.
Takuya saca un paquete de cigarrillos, me ofrece uno pero yo me niego. Nunca me ha gustado fumar, es como contaminar mi cuerpo y eso lo detesto.
—¿Qué hay de las muestras de sangre?
—Ah, solo es para estar al cien por ciento seguros de que estén sanos.
No me creo esa explicación vaga y sin mucho fundamento, pero decido dejarlo pasar por el rostro decaído del castaño.
—¿Cómo se encuentra Mimi?
—Esta… agotada.
—No es la única, estos días han sido muy difíciles para todos.
Estado tan concentrado en nosotros dos que no me había puesto a pensar que este cansancio lo padecían todos a nuestro alrededor. El miedo nos afecta de una manera psicológica que nos mantiene en un estado de alerta las veinticuatro horas del día, lo que hace que al tener algo de tranquilidad nos desahoguemos.
—¿Qué dice Zoey?
—Está ayudando a organizar a las personas en sus camarotes.
—Es muy amable de su parte.
—Lo es.
Esa sonrisa dibujada en los labios de Takuya por la memoria de su amada me hace ver lo que en realidad significa. Zoey es para mi compañero lo que mi castaña para mí, luz en un mundo de obscuridad, paz en un mundo de guerra, vida en un mundo moribundo. Imito aquella sonrisa porque no soy el único que comparte esa esperanza, por no ser el único que lucha por una razón de amor.
Takuya juega con el anillo de compromiso en su dedo anular, y una idea brota desde lo profundo de mi corazón. Una simple idea que puede ser la más grande que jamás pudiera haber imaginado. Puedo sentir como todo se limita a una mirada, percibo como mi alrededor se reduce a una sola sonrisa, y me lleno de valor para hacer mi más bella locura.
—Takuya, ¿me podrías hacer un enorme favor?
Después de una ausencia de varias semanas he vuelto con un nuevo capitulo. Creo que luego de lo acontecido los capítulos pasados era momento de algo más tranquilo, porque lo que se viene es de infarto jajaja. En este nuevo capitulo ya vamos conociendo lo que sucedió antes de la playa, pero todo tendrá más sentido en la segunda parte. Me da gusto como vamos ya avanzando en esta recta final, y espero que les guste lo que se viene para el cierre.
Sin más por decir
Au Revoir.
