Caída.

¿Dónde está el deseo de gloria, las luces brillantes del candil del mañana? ¿Dónde la suave inocencia del primer amor, un efímero diamante en la oscuridad? ¿Existe un momento de descanso en esta eterna carrera por la libertad?

¿Dónde quedan las antiguas promesas, los lazos establecidos en susurros?

Todo ha sido engullido por las tinieblas.

Absolutamente todo.

Sentado en un sillón de su Sala Común, Draco Malfoy mira su reloj exactamente cada dos minutos. Hoy es el día en que todo se definirá y sus heridas han cicatrizado, lo han hecho más fuerte. Espera tan sólo al momento exacto, no va a clases, está en eterna espera. Frente a él, Victoria aviva el fuego, nerviosa, Theo está leyendo y Blaise lo mira con su particular intensidad al otro lado de la habitación. Certeros cómplices, ávidos del mañana, excluyen a Crabbe, Goyle, Pansy, Daphne, todos los que podrían resultar un problema, todos los que no quieren escapar.

Finalmente, el reloj marca las seis en punto y Malfoy se pone en pie tan bruscamente que se marea. Aguarda a que el episodio pase y luego hace un gesto hacía sus acompañantes, que lo siguen a través de los pasillos hacía la Sala de los Menesteres.

Han pasado suficientes minutos para que todo esté listo. Tan sólo hace falta lo más importante, los mortífagos a través de los cuales Draco se escude para poder realizar la más difícil tarea de sus dieciséis años de vida.

Tiene miedo, terror y angustia entremezclados en su pecho como una bestia que quiere derrumbarlo, pero ¿Qué puede hacer? ¿Bajar la varita y pugnar por casa? Imposible.

Se lo repite a si mismo mientras se ajusta la corbata. A su lado, Theodore le pone una mano en el hombro y su mirada serena es todo lo que Draco necesita para completar sus acciones. Alza la manga de su túnica negra y aprieta como un carbón helado la varita en contra del tatuaje de la marca.

Inmediatamente, el armario negro empieza a temblar, señal de que empiezan a llegar los tan esperados lugartenientes de Voldemort. Draco mira a Blaise, quien hace un gesto tranquilizador y el rubio sale disparado al despacho de Dumbledore, donde sabe que llegará en cualquier momento. Es la parte más difícil, porque nadie lo acompaña, nadie le dice que todo saldrá bien, quizá nadie lo piensa así.

En el camino mira a su alrededor. No está desierto el lugar, tal como pensó, sino que hay guardianes y protectores que hacen lo que pueden para salvaguardar su hogar. En el camino se cruza con la profesora Mcgonagall y la esquiva, no tiene tiempo, no tiene ganas de hechizar a nadie mientras no sea imprescindible. Llega sin contratiempos a su destino, averiguar la contraseña del despacho del director fue más fácil de lo que pensó, asciende como en un sueño y empuña la varita, escudriñando cada esquina en busca de su presa, cual pitón sagaz y silencioso.

No hay nadie, todo está oscuro. Prende las luces con presteza, no quiere ser engullido también por la negrura y espera, como un soldadito de plomo en dulce guardia. Carece de paciencia, ignora como respirar suavemente y tranquilizar su alocado corazón aún así traga saliva y escucha como el barullo empieza a formarse en Hogwarts.

Él, se dice, es la causa de la enfermedad que ahora infecta cada pasillo, ha vuelto el lugar más seguro de Inglaterra un caudal de ratas, escoria, personas con las que nunca pensó confraternizar. Cuando inició el día estaba seguro de estar preparado, pero lo peor de aguardar es que ese tiempo suspendido te arrebata las fuerzas, consume tu voluntad igual que un sediento traga el agua que le dan.

Se apoya en una pared en la azotea y conjura la marca tenebrosa, que reluce como un canto de victoria anticipado, fría y espectral. La contempla ondear durante varios minutos, grabándose en su mente la imagen y siente arder la homónima de su brazo izquierdo.

Por un momento desea que sus amigos estén allí, aunque no hagan nada, sería reconfortante saberse apoyado. Pero en realidad si que le han demostrado que están ahí y rememora sus palabras lo suficiente para calentar su espíritu.

Pasan los minutos, pasa una hora. Hace frío allí y Draco desearía ser un pájaro para poder volar, escapar, fundirse en las nubes y la niebla hasta desaparecer. No tiene tiempo, de pronto su presa está allí y su corazón es como un tambor de vudú.

Esperaba encontrarse al mago más poderoso de todos los tiempos erguido y desafiante, los ojos azules brillando inteligencia con esa expresión que hacía que todos le dijeran la verdad. Esperaba verlo sorprendido y desdeñoso, para alimentarse con su incredulidad y demostrarle cuán errado se encontraba en su perspectiva. Pero lo único que ve es un viejo cansado, un espectáculo lamentable que apenas puede ponerse en pie. Draco alza la varita, es ahora o nunca.

Pero no puede. Siente en su pecho una presión que ahoga sus palabras, una sensación terrible que ha soportado todo el año y que ya no puede más estar allí.

Dumbledore lo saluda con mucha calma. Hablan. Y una luz se abre en la oscuridad al oír que el director está dispuesto a ayudarlo. Baja la varita, muy despacio, con mucho miedo...

Pero no, no va a librarse tan fácilmente. Se oyen pasos en la escalera y cuatro mortífagos penetran en el lugar. La radiante esperanza se desvanece, sigue con un pie en el abismo. Y nunca ha estado tan aterrorizado en su vida.

Se dicen palabras, muchas, él no las entiende. Sabe lo que debe hacer, lo ha sabido todo el tiempo, pero se muestra incapaz de terminar. De pronto comprende que no quiere ver la vida apagarse en los ojos del viejo, encontrar la valía de él cuando su corazón deje de latir. Está dispuesto a pedir ayuda, a quien sea.

Y como si su ruego hubiera sido escuchado, llega Snape, como una sombra que repta, se arrastra, se yergue, pálida, alta, de cabellos cenicientos. Lo aparta, todos lo hacen. ¿Es que es menos que esa escoria, un desecho mágico sin futuro?

En el fondo, se siente aliviado. No matará, no corromperá su alma ni la venderá, será él mismo y nada más. Respira hondo, una, dos, tres veces, lo suficiente para que Dumby suplique y Severus lo mate.

Y aunque Draco no empuñó la varita ni susurró las palabras, siente el peso de la culpabilidad en el fondo de su estómago. Él dejó entrar a los monstruos, traicionó a su colegio, llevado por la ruina, miedo, dolor.

Ve como la víctima de su perdición flota un instante mientras el cuerpo va cayendo por la ley de la gravedad hacía abajo y allí está, el rictus de la muerte, la luz de la vida apagándose como una vela...

Draco no tiene tiempo ni de asimilarlo. Una mano insistente lo arrastra, lo conduce más allá de sus emociones. Sin reflexionar echa a correr, instintivamente esquiva todo obstáculo, toda señal de acción, sintiendo a Snape detrás suyo, obligándose a seguir adelante, a dejar el sufrimiento para más tarde.

Potter los viene persiguiendo, no sabe de dónde sale, ignora que advirtió su naturaleza. Salen del Colegio apresurándose hacía los terrenos, allí estan los demás, encapuchados, esperándolo. No han conseguido reducir al guardabosques ni a sus criaturas, quizá no les interesa, tal vez sólo quieran acabar todo rápido. Una mano más amable que la de Snape lo toma y siente el hechizo de Aparición Conjunta funcionar.

Su mente se desvanece por unos segundos, alcanza a ver como Severus se encarga de Potter. Le tiemblan las manos, se pregunta por qué, hay un aterrizaje doloroso.

Están en un lugar seguro y familiar, un sitio que tiene tiempo de no visitar. Su casa, las rejas, y una imponente oscuridad que es la obsesión de su mundo. Se derrumba, está cansado, la tensión es demasiada. Sus amigos se sientan junto a él, por fin identifica la mano que lo sostiene como la de Myrdayr.

La mira casi sin reconocerla y de pronto ve las lágrimas brillar en esos ojos verdes, tan conocidos, tan humanos.

- ¿Lo hiciste?- le pregunta- ¿Está muerto?

Parece una pregunta y no lo es en lo absoluto. Draco quiere respirar, quiere borrar lo sucedido, pero es curioso porque ya que ha sucedido todo, no hay dolor, ni frío, ni angustia.

Suspira.

- No logré hacerlo- se sincera, dándole una esperanza que dura dos impecables segundos- Lo mató Snape.
Cree que ella se pondrá a llorar y Theo también, porque le aprieta la mano. Pero, sorprendentemente, ella sonríe y los insta a ponerse de pie, a respetar las reglas, a seguir adelante.

La reja es como niebla porque tienen la marca. Se apresuran por el jardín hacía la enorme puerta, donde un elfo doméstico les hace una exagerada reverencia. Ellos no tienen tiempo, lo apartan y entran justo en el preciso momento en que los pasos de su ex-profesor de Pociones resuenan detrás de ellos. Siguen caminando, en el Comedor están todos reunidos, expectantes, hambrientos.

En la cabecera de la mesa está Voldemort y oh cielos, allí están los padres de Draco, los dos. Lucius lo mira ávida, preocupadamente, Draco esquiva su mirada, son demasiados sentimientos, demasiadas verdades veladas. En cambio, su madre parece aliviada, tensa sólo en los hombros, se siente más como casa, como lo que fue y ya no será.

Saludan y oyen como Severus habla de lo que sucedió. Ensalza a Draco, le da crédito por haber facilitado la misión y menciona el invento de los armarios evanescentes que, de todas maneras, ellos ya sabían. No menciona que el chico no pudo matar a Dumbledore, dice que él llegó antes para acabar con todo. Voldemort lo mira con sus ojos carmesíes, no le cree del todo, pero no discute.

Menciona los lugares de cada uno en la mesa, por ser primerizos deben sentarse al final de la mesa, pero Draco se une a su familia, sin querer hacerlo realmente. Quiere estar con Blaise, quiere que se burle de él, que le recuerde que hay algo que vale la pena.

Ya nadie trae sus capuchas, todos están por grupos. Conoce el nombre de la mitad de ellos y no quiere conocer a ninguno. Empieza la reunión, animada, oscura, envuelta en esplendores de triunfo.

Cierra los ojos. No quiere oír nada.

¿Dónde está el deseo de gloria, las luces brillantes del candil del mañana? ¿Dónde la suave inocencia del primer amor, un efímero diamante en la oscuridad? ¿Existe un momento de descanso en esta eterna carrera por la libertad?

No, se dice Draco. En la caída, es sólo el silencio el que te recibe solemnemente.