4. La Carrera.

Cuando el disparo inicial sonó, el público dentro del Sambódromo hizo un alboroto generalizado entre aplausos, gritos, banderas y música que sonaba a todo parlante, mientras una cámara de televisión filmaba la salida de los competidores junto a la línea de partida. 45 hombres salieron a todo lo que daban sus piernas hacia adelante, saliendo del recinto cerrado y llegando rápidamente hacia la calle principal. En menos de cinco minutos, los primeros dos kilómetros y un poco más ya habían sido cubiertos. Sherlock iba dentro de los diez primeros corredores, manteniendo un ritmo constante, mientras que John iba detrás de él, en el grupo de los veinte primeros corredores, junto con un mexicano y un estadounidense. Corría tranquilo, el día estaba despejado, y aunque el sudor ya le corría por la frente, se sentía fresco pues corría una suave brisa. Cerca del kilómetro cinco pasaron por la primera parada donde les daban agua y bebidas isotónicas, y dos kilómetros después, encontraron regaderas suspendidas en medio del camino para sofocar un poco el calor. John agradeció el agua que le cayó en la nuca entonces y en tanto salía de esa estación, buscó a Sherlock con la mirada. Seguía en el grupo de los diez primeros corredores.

Mantener la buena postura, levantar las rodillas para no agotar tan rápido los músculos de las pantorillas, mover los brazos suavemente para mantener el equilibrio y la velocidad. John se repetía a sí mismo los consejos de Lestrade, pero no obviaba para nada la sensación de libertad que tenía con cada inspiración profunda que daba a medida que avanzaba y acortaba la distancia para llegar a la meta. A John nunca le habían importado tanto las medallas, como la sensación de terminar una carrera y saber que había vencido sobre sí mismo una vez más, llevando su cuerpo y su mente a romper nuevas barreras. Eso le parecía más gratificante que todo lo demás. Pasaban ya el kilómetro diez luego de media hora corriendo, y John redujo un poco la velocidad, para poder retomar su ritmo normal hacia el kilómetro once sin agotarse demasiado. Después de todo, aún quedaban más de 30 kilómetro por delante. Las incansables cámaras de televisión le seguían sin sacarle la pista de encima.

Luego de correr en línea recta, la ruta tomaba la salida hacia la costa y los sectores turísticos de Río y Pan de Azúcar, donde el público apostado a los lados de la calle era mayor. Además de que durante todo el trayecto, un servicio de emergencias iba detrás de ellos por si alguno de los maratonistas tenía un accidente. John no debía desconcentrarse, pero vio a mucha gente saludándolo y tomándole fotografías. Sonrío para sí mismo y siguió corriendo, con la mirada al frente detrás de sus gafas de sol, superando al atleta chileno que entonces iba delante de él. Aún así, John iba en el grupo de al medio, mientras que los diez primeros seguían al menos unos 700 metros delante de donde se hallaba.

Dentro de aquel grupo, estaba Sherlock. Corría mientras el sudor le caía por el cabello ondulado por la nuca, manteniendo la velocidad y su lugar dentro del maratón. Sabía que esta era una prueba de largo aliento, por lo cual cada vez que pasaban por una estación de bebidas isotónicas, disminuía un poco el ritmo, pero no se detenía por nada del mundo. El canadiense que iba junto a él lo había hecho, se detuvo durante un momento, y luego no pudo recuperar su posición, quedándose atrás. Sherlock tenía ganas de mirar a sus espaldas a veces, por si veía a John cerca de él, pero no debía hacerlo. Cuando se mira atrás en una carrera y se ve a todos los que vienen sobre uno, la ansiedad a veces invade a los corredores, o dan la vuelta para recuperar al enfoque hacia adelante, perdiendo tiempo en una fase de mareo y re- ajuste al camino. Así que Sherlock simplemente seguía hacia adelante, seguro de que John le seguía el paso de cerca, y que si no era así, sacaría fuerzas de flaqueza para alcanzarlo los últimos dos kilómetros. Lo que le preocupaba realmente era el keniata: allá, lejos. Corriendo solo, sin nadie que le diera pelea. Pero Sherlock prefería seguir donde estaba. Las cámaras de televisión y los drones desde el cielo seguían cada uno de sus movimientos y la gente que se había juntado en las calles los vitoreaba. Sherlock pasaba ignorándolos a todos, manteniendo su vista fija en el camino. Esta era su oportunidad de demostrar que efectivamente, él era el mejor de todos los que iban corriendo ahí.

Los siguientes kilómetros comenzaron a dificultar un poco la competencia. Varios corredores habían disminuido la velocidad de su carrera, otros braseaban al aire, intentando calmar los músculos de sus hombros o buscando llenar sus pulmones de aire, mientras que otro grupo sencillamente se detenía y mantenía una caminata rápida con sus rostros sonrojados de calor, clamando por aire o por hidratación. John no había querido detenerse una sola vez pasada la mitad de la carrera. Faltaba poco para iniciar la vuelta de retorno, y aunque sentía deseos de detenerse, no estaba dispuesto a hacerlo. Podía ver la cabellera azabache de Sherlock delante de él, más o menos a unos 800 metros de distancia, mientras el pavimento comenzaba a hacer ese contraste húmedo contra el sol que había en Río a las 10am. John no sabía la temperatura actual, pero sentía mucho calor y cuando pasó por el siguiente punto de hidratación, tomó un vaso de agua que se echó directamente en la cara, y luego otro vaso de bebida azul que se tomó de un solo trago. Siguió corriendo, y comenzaba a sentir el dolor en el hombro izquierdo. Se apoyó la mano derecha sobre él a fin de calmar un poco la molestia, y más o menos lo logró. Los músculos de los muslos le comenzaban a molestar, pero no se detendría por nada. Debía seguir adelante.

El público que los observaba por la ruta iba aumentando una vez pasado el kilómetro 30, John calculaba que le faltaba unos treinta o treinta y cinco minutos para llegar a la meta, y ya habían comenzado el camino de retorno, perdiendo de vista las playas de Río que le habían acompañado durante gran parte del trayecto, dejando esta a sus espaldas. Sherlock seguía delante de él, solo que parecía haber aumentado la velocidad.

Claro que lo había hecho, Sherlock corría ahora un poco más rápido, levantando aún más las rodillas, dando casi zancadas en vez de pasos, y haciendo respiraciones más profundas a fin de alcanzar al keniata, que seguía solo a unos 400 mts delante de él. Pasaron del kilómetro 35, ya no quedaba nada y el keniata comenzó a disminuir un poco la velocidad, acto que animó al inglés a aumentar la velocidad para alcanzarlo. Aún así, no lo lograba del todo. Sí que era rápido su contrincante, pensó enrabiado Sherlock. Kilómetro 37 y Sherlock tomó el último vaso de bebida isotónica que le alcanzaron, para rematar los últimos cinco kilómetros de carrera, que se traducían a tan solo quince minutos más corriendo, aproximadamente. Sentía los músculos de las pantorrillas algo contraídas, pero ignoró la sensación. Se había preparado años para esto, sabía que su cuerpo, su transporte, sabría responder bien a los requerimientos de su cabeza. Estaba entrenado para eso.

Estaba mentalizado en el camino, corriendo a todo lo que las piernas le daban, haciendo caso omiso del dolor que comenzaba a subirle por los muslos cuando dio un paso en falso, y perdió el equilibrio. Su rodilla derecha rozó el pavimento, alcanzando a rasmillarse un poco y a hacer sangre. Hizo una mueca de disgusto ante la reacción de su transporte y siguió. El público apostado a los lados de la calle le dio una ovación que ignoró. Ya había pasado al norteamericano, dejándolo relegado a un tercer lugar. Estaba cerca, tan solo el último impulso llegando al kilómetro 39 y…

Sherlock cayó. Las piernas no supieron responder a las órdenes de su mente, y volvió a perder el equilibrio, cayendo hacia un lado y haciéndose una herida aún mayor en la rodilla derecha, y ahora también pasando a llevar la izquierda contra el pavimento, llevándose además un dolor terrible en el tobillo. Los otros corredores seguían pasando junto a él. Sherlock simplemente, se puso en posición fetal y pegó la frente al pavimento, sintiéndose humillado, respirando agitadamente. Realmente, las piernas no le respondían, además sentía que la caída le podría haber provocado un esguince en el tobillo izquierdo, pues al evitar tocar el suelo, echó toda la fuerza de su cuerpo sobre su pie izquierdo que había sido el primero en dar contra el pavimento de Río. Faltaban tan solo tres malditos kilómetros, y ahora todos los otros corredores pasaban por encima de él. Todos, excepto uno.

-¡Sherlock! demonios… - John se acercó a él, quitándose las gafas de sol, dejándolas caer en su cuello y mirando preocupado a su amigo. Estaba colorado y sudaba por todos lados.

-¡John, no, sigue! – Sherlock levantó la cabeza y le dio un manotazo en el hombro derecho al rubio, echándolo de su lado.

-No. ¿Qué te duele? – le llevó la contraria su amigo.

-No puedo seguir –argumentó Sherlock- sigue tú, John. Debes subirte al podio, por favor, vete. El equipo de emergencias debe venir ya, vete.

-No. – gritó con determinación el rubio- Los dos entrenamos para terminar esto, no para dejarlo a medias…

-John, no… -pero ya era tarde.

El rubio, aún siendo más bajo que Sherlock, era más robusto, en tanto que su mejor amigo al mismo tiempo era alto y delgado. Sin mayores problemas, se lo echó en la espalda, pasando las piernas de Sherlock por ambos costados de su cintura.

-Estás demente. –masculló Sherlock.

John solamente sonrió y echó a correr, con su amigo en sus espaldas. El público entonces pareció enloquecer en gritos de ánimo y admiración, sacando sus teléfonos móviles para registrar el momento. Todas las cámaras, todos los ojos, y todos los flashes, de pronto estaban sobre Sherlock Holmes y John Watson, que acarreaba a su accidentado amigo a sus espaldas, mientras aún un grupo de corredores pasaba junto a él.

-¿Si sabes que es una estupidez lo que estás haciendo, no?

- Justo las palabras de ánimo que necesito, demonios. Tus huesos pesan, cállate. –gruñó John mientras levantaba sus piernas para ganar velocidad, alargando los pasos que daba. Los muslos tampoco le daban para más, pero sentía el deber moral de tener que llegar con Sherlock a la meta. Debía ser como siempre había sido, ambos juntos. Con todos los ojos y bocas sobre ellos inventando historias. A John la verdad, le importaba poco en ese momento todo lo que pudieran inventar sobre ellos. Él siempre había cruzado la meta con Sherlock, esta ocasión no sería diferente.

-Ahora sí que van a hablar de nosotros, John.

-Cállate, te dije. –John tomó el último impulso para correr los últimos 500 metros dentro del Sambódromo, donde estaba la línea de meta. Iban solos, los primeros quince corredores ya habían cruzado la línea de meta y detrás de ellos venía otro grupo. El público se puso de pie, gritando el nombre de John y aplaudiendo mientras otros tomaban fotos o grababan. Lestrade se tapó la cara cuando los vio pasar desde el otro lado de la valla que los separaba, sin saber si sentirse emocionado o avergonzado por lo que John acababa de hacer. El rubio echó la cabeza hacia adelante, por lo cual técnicamente, él pasó primero que Sherlock la línea de meta, con un tiempo de 2 horas, treinta y ocho minutos y cincuenta segundos. El público gritaba sus nombres enardecidos, y todas las cámaras de televisión estaban sobre ellos. Sus piernas finalmente colapsaron y cayó con Sherlock a sus espaldas, quien salió del agarre de John como pudo. El rubio se volteó entonces hacia él, sudoroso y apenas poniéndose de pie para mantener un poco la compostura frente a los millones de ojos que miraban entonces. Sherlock solamente lo miraba desde el piso. El rubio se agachó, manteniendo sus piernas estiradas y acercando sus manos a sus muslos entonces inoperantes, buscando hablarle a Sherlock, pero su amigo se lanzó sobre sus brazos.

-Gracias… -murmuró con la voz quebrada.

-No te quiero solamente para miraditas, o para enrollarme contigo una vez Sherlock, eres demasiado especial para mí como para hacerte eso –le susurró al oído en tanto las cámaras se acercaban a ellos para tener un mejor plano de lo que estaba ocurriendo.

-¿puedo besarte? –Sherlock no esperó respuesta y besó la sien sudorosa de John, justo cuando los equipos de primeros auxilios llegaban por él. Le inmovilizaron el tobillo con hielo, pues comenzaba a hincharse. Agradeció internamente el frío en la zona afectada. Lestrade ya estaba junto a él, haciéndole todo tipo de preguntas que él respondió solo con monosílabos. Finalmente, lo subieron a una de las ambulancias dispuestas la salida del Sambódromo. Salió entre aplausos del público, sintiéndose verdaderamente incómodo con ello. Lo llevaron a una clínica cercana, donde luego de realizarle los exámenes de rutina, terminó con una férula en el pie, inmovilizando este. Debería mantenerse así durante una semana, y por supuesto, nada de correr durante al menos las próximas tres semanas. Le dieron el alta médica esa misma tarde. Lestrade lo acompañó durante toda su estadía médica, ya que Donovan podía hacerse cargo de la recuperación de John, y de dar respuestas satisfactorias a la prensa que más que nunca, especulaba una relación sentimental entre ellos. Esa tarde, luego de que John se dio una ducha, comió y se recuperó, revisó las noticas en su laptop mientras esperaba que Sherlock volviera al cuarto del hotel. Habían salido en diversos medios de prensa, que destacaban su gesto de compañerismo, y pese a quedar ambos en los lugares 16 y 17 de la maratón, habían dado una lección al mundo, etcétera. Otros medios como The Sun postulaban en grandes letras negras de su página web "¿Se confirma así la relación de JohnLock?" Demonios, hasta nombre de pareja les tenían. Cerró la tapa de su laptop, y dejó su móvil en silencio, quizás cuando volviera a Londres daría mayores explicaciones y subiría alguna imagen contando lo sucedido. Pero entonces, John solo quería dormir una larga siesta mientras esperaba que su amigo volviera.

"Amigo" se quedó mirando el techo. Durante esas tres semanas en Río, Sherlock se había portado diferente, se había mostrado a John como era con lo que sentía. John lo conocía tosco, inexpresivo sentimentalmente, sin embargo durante esos días, todo había fluido tan natural como si el final de ambos fuera obvio. Y Sherlock tenía razón en lo que esperaba de John. Él ya no quería enrollarse con el primer chico o chica que pillara. Sherlock Holmes tenía básicamente, todo lo que John necesitaba en aquel entonces. Se quedó dormido, y como solía ocurrir, pasó una larga y profunda siesta de dos horas, hasta que finalmente, fue el mismo Sherlock quien lo despertó. Venía con unos shorts y una camiseta con el logo de "nike" encima. Tenía solo una zapatilla puesta, pues en la otra llevaba la bota. Estaba sentado a los pies de su cama.

-Sherlock…¿Te sientes bien? Lo siento yo… me dormí… diablos, ¿qué hora es?

-Casi las seis. - John asintió en silencio- es un esguince, debo cuidarme durante tres semanas. Lestrade no sabe como sentirse al respecto, pero está feliz de que no me haya fracturado. Dice que por televisión la caída fue realmente horrible.

-¿Quieres…? –John seguía algo adormilado. Se hizo a un lado en la cama, esperando que Sherlock comprendiera la indirecta. Este comprendió y se recostó un poco junto a él.

- Me alegro de que estés bien… quizás cuando volvamos a Londres debamos sacar la alfombra de la sala para que no tengas otra caída…

-Nah, estaré bien. Gracias. –se hizo un silencio- John… respecto a volver a Londres… y todo lo que hemos conversado… u omitido estos días… ¿Qué haremos?

John le dio una media sonrisa.

-Sé lo que siento por ti, Sherlock. Me gustas, aunque suene raro. No te trataré como a los otros chicos con los que me has visto, yo… - John apretó los labios, sentía que se sonrojaba- lo haré lo mejor posible para que te sientas cómodo y feliz a mi lado…

- Bien… ¿y la prensa? –Sherlock acomodó su cabeza en la almohada y le miró fijamente.

-Ya lo saben… hace años que lo saben. –soltó una risita- solo que ahora nos verán de la mano caminando en las canchas…

-¿Por qué de la mano? –Sherlock se acomodó mejor en la cama, logrando acomodar su entablillada pierna

-Así van las personas que son pareja… -Sherlock frunció el ceño- bien, tú eres diferente, lo siento…

- Por mí está bien –informó Sherlock.

-¿Lo está? –John se acomodó un poco, apoyando su cabeza en su brazo, mirando a Sherlock que ya se había acostado a lo largo de toda la cama.

El pelinegro acortó la distancia entre ellos, y besó tímidamente los labios de John.

-Sí, está todo bien.

Y profundizó aún más el contacto de sus labios sobre los suyos.