Capítulo

2

Mi recuperación, de la borrachera en la noche pasada, fue rápida en relación a la de John. Sin embargo en ciertos momentos del largo día siguiente me pregunté como John podía haber superado tan rápido lo ocurrido entre ambos. Luego, con una punzada en mi pecho, sintiendo que me faltaba el aire lo recordaba: él lo había olvidado todo.

Lo peor fue que apenas si lo vi esa mañana. Pasó todo el día durmiendo en su habitación, aquella fortaleza impenetrable que ya no me atrevería a cruzar.

Permanecí toda la mañana en mi sofá, viendo como el sol delineaba los edificios, se reflejaba en las gotas de llovizna atrapadas en los cristales, y daba un toque de fuego a los colores matinales. Fingí estar en mi palacio mental cuando la Señora Hudson apareció, cuando en realidad mi mente era incapaz de maquinar otra idea que no fuese: John.

Esa parte mía, el lado humano, al cual traté de sepultar hace tantos años, había regresado. Extrañamente ahora no sabía cómo apagarlo. Lo intenté durante horas, inútilmente. Pues cada que cerraba los ojos imaginaba los ojos azules oceánicos de John mirándome con intensidad, su cabello sedoso cabello entre mis dedos, sus labios tibios deslizándose sobre los míos y esas dos malditas palabras "Te amo" que se habían convertido en polvo.

Abría los ojos tratando de evitar esos pensamientos punzantes. Entonces me atacaba una oleada de recuerdos. Al ver su sofá, podía imaginármelo a él allí, ebrio, sonriéndome, escuchándome. Y pequeños rastros de su aroma llegaban a mi nariz, provocándome cosquilleos en todo mi cuerpo.

A pesar de que mi lógica gritaba que dejara de ser un imbécil enamorado. Los latidos desbocados de mi corazón me ordenaban subir esas malditas escaleras, abrir la puerta de la habitación de John y decírselo. Decirle lo que habíamos vivido anoche y besarlo hasta que todo se fuese al diablo.

De pronto me hube levantado, y sin darme cuenta estaba en el primer escalón de la escalera. Pero no me atreví a subir. John no era gay, siempre lo decía. Al ver su puerta cerrada y recordarlo tan perfecto supe que destrozaría toda su vida si se lo decía.

Descubrí mi cobardía cuando di media vuelta, tomé mi abrigo y bufanda de tras la puerta y abandoné el apartamento.

Una vez en la calle, todo se sentía lento. Incluso mi insufrible mente, pues John, su solo pensamiento, era un sosiego delicioso, una paz infinita en mi eterno infierno.

Caminé sin rumbo. El sol pasó sobre mí, y el cielo tomó tonalidades grisáceas asemejándose a un cuadro al óleo sin terminar.

Merodeaba el Támesis, pasando mi mano enguantada sobre el húmedo barandal de piedra sintiendo como la lluvia derramaba sus primeras gotas sobre su rostro. Cuando decidí que lo mejor sería dejar a John en paz.

Él era feliz como era, si lo amaba, y si el amor real era como todos dicen debía hacer lo que fuera mejor para mi John así eso me doliera.

Me encontré estático frente al Támesis, detenido ante el pulular del mundo, de la ciudad y la normalidad, contemplándola. Pensando en lo que casi ocurre ayer por la noche, y deseando internamente haberlo dejado ir más lejos. Entonces un ruidillo infernal me arrancó de mis cavilaciones.

Saqué mi teléfono. Un mensaje…

Mi corazón se detuvo, creí que podía ser de John. Lo revisé, era de Lestrade.

Un caso interesante había surgido al otro lado de Londres en una zona residencial de buen prestigio, y me necesitaban. Observé en dirección a la calle Baker. Sería mejor estar alejado por un tiempo más hasta calmar mi mente y eso llamado sentimientos. No arruinaría la vida de John por un arrebato de amor.

Guardé mi celular tras responder un escueto: "Voy para allá. SH-"

Encontrar un taxi fue sencillo. Estar pegado a la ventana durante hora y media observando todo y sintiéndome vacío fue la parte difícil.

Al llegar a la escena me recibió el imbécil de Anderson que no paró de advertirme que no arruinase sus evidencias. Lestrade me puso al corriente del caso: dos mujeres y un hombre habían encontrados en la sala de una hermosa residencia victoriana. El té estaba servido en la mesa de centro, cuando los tres habían muerto súbitamente.

Eso me mantuvo entretenido hasta altas horas de la noche. Perdí la noción del tiempo. Descubrí que una taza de té había sido bebida y también que, la mujer quién la había bebido, era claramente NO fumadora. Lo cual no encajaba ya que tenía una inexplicable caja de cigarros en su bolso. Pregunté al ama de llaves de la casa y confirmó mis sospechas: la mujer, dueña de casa, jamás fumaba, pero últimamente la había visto llevar esa caja a todas partes.

La abrí, y descubrí unas pequeñas bolsitas de plástico tamaño de una diminuta píldora. Examinaron el compuesto. Cianuro. Lo había administrado en pequeñas cantidades a su esposo, y amiga (amante de éste) hasta que finalmente hizo efecto sin dejar un rastro reconocible en los cadáveres y sangre de los difuntos.

Ella por otro lado se había suicidado, bebiendo en el té una gran cantidad del mismo compuesto.

Lestrade se ocuparía de todo el papeleo. Agradeció mi participación y con su clásica efusividad amistosa se despidió de mí. Traté de devolverle el gesto de agrado, con una sonrisa demasiado tiesa. Me despedí. De verdad trataba de ser abierto con ciertas personas, pero no era fácil.

Hice caso omiso al grito de "¡Adiós fenómeno!" por parte de Donovan. Me importaba un bledo sus palabras. Siempre recordaría las palabras de John: "fantástico" "Maravilloso" eso era suficiente para mí.

Tomé otro taxi. Hacía frío incluso trayendo mi abrigo puesto, así que tirité durante las siguientes dos horas hasta que finalmente estuve frente a la puerta de 221B. Sonreí al ver la luz encendida en la sala. Ese tenue destello dorado, apacible del fuego en la chimenea, me recordó que a pesar de no tener a John como lo deseaba; él estaría allí como mi amigo.

Deshice esa sonrisa idiota de mi rostro. Y subí dando zancadas largas. Por alguna razón me sentí como un niño, con el corazón latiéndome a prisa, mi rostro ardiendo. Quería contarle a John sobre mi reciente caso y que él me observara intrigado. Dispuesto a subir aquello en su blog.

Él era la única persona a quién yo y mis rarezas le eran interesantes, pensé.

Él me aceptaba.

Atravesé el umbral de la puerta de nuestro apartamento al borde de saltar de alegría, pero lo que encontré me petrificó. Mi boca se secó sin explicación, mi corazón se detuvo y sentí un frío atroz recorrer mis venas. Debo haber palidecido, porque al levantar la vista lo primero que dijo John al verme fue:

-¿Sherlock, estás bien?- dejando la copa de vino de su mano en la mesa, y saltando.

A su lado estaba una despampanante mujer de cabellos color caoba, rizados, labios gruesos, ojos miel y tez blanca. No sabía de donde había salido, pero estaba consciente de que bebía vino con MI John, y le había estado acariciando el brazo mientras le sonreía como una maldita zorra.

-Sí…yo estoy…realmente bien… de hecho…solo vine- tartamudeé. Tuve que hacer gran uso de mi autocontrol para no estallar con un "Ayer me dijiste que me amabas y ahora estás con ella"- Vine por un par de cosas, tengo un caso muy importante y necesito…- dije retrocediendo camino a mi habitación.

-¿Quieres que te acompañe?- dijo John.

-No, no hace falta-. Y desaparecí en el pasillo.

No tardé demasiado, aunque me tomé mi tiempo para respirar profundamente, en la habitación. Salí, con mi máscara de hielo, de insensibilidad pegada al rostro. Descubriendo que John estaba despidiéndose en la puerta de aquella mujer.

Me dolió verlo besarla en los labios, tan intensamente como a mí la noche anterior. Desvié la mirada, controlando mi indignación.

John cerró la puerta. Acto seguido tomó su chaqueta, dedicándome una sonrisa jovial. No reaccioné.

-¿Qué tienes?- me preguntó.

-Ella es tu novia…-dije, las palabras solo saltaron de mi boca.

John ladeó la cabeza y apretó los labios. Respiró profundo, antes de encogerse de hombros y asentir.

-El caso- señaló, recordándomelo.- vamos-

-Iré solo- espeté, hosco, moviéndome hacia la cocina fingiendo buscar algo.

John me siguió, aturdido, hasta la cocina.

-Sherlock, te ocurre algo.- empezó. Y de todos los sermones que podía soportar, ese no fue el indicado- Es evidente. No soy observador como tú, pero estás pálido. Desapareciste todo el día, y supongo que no has comido nada. Entraste como un fantasma y ahora finges que buscas algo ¡Maldición ¿Qué te ocurre?!- exclamó plantándose frente a mí.

-Cierra la boca- dije, intentando esquivarlo. Me retuvo.

-Sherlock-.

-Iré solo-

Logré escabullirme, pero John se interpuso entre mí y la puerta. Deslizándose entre la madera y mi cuerpo, tan cerca de mí. Cerré los ojos. Sabía que lo veía no podría contenerme.

-Sherlock…-susurró, y su voz gruesa fue un llamado a mirarlo.

Lo hice. Y no tengo idea de si era el color de sus ojos, o su rostro, o sencillamente su embriagador aroma el que me hizo agacharme un poco tomarlo por los hombros y plantarle un beso justo cuando estaba a punto de decir:

-parece que te hubiesen dado un balazo-.

-Cierra la boca- espeté, y al instante siguiente devoraba sus labios con avidez.

Lo empujé sobre la puerta, moviendo mis labios sobre los de él y abriéndome paso en su boca con mi lengua. Escuché un gemido mientras mi lengua entraba y salía entre sus labios. Sus labios que no respondieron.

Sus manos estaban pegadas a mi pecho, no atrayéndome o acariciándome. Me apartaban. Desesperadamente me hacían hacia atrás. Y tuve que retroceder, jadeando desesperado.

-¡¿Qué demonios crees que haces?!- bramó John, una vena le latía en su sien y el miedo deformaba sus facciones.

Así fue como me di cuenta. Uní todas las piezas. John era gay, era tan gay que necesitaba estar saliendo con tantas mujeres como pudiera para taparlo. Era homosexual y debido a su educación militar, a su familia y quizá a que era tan susceptible a lo que pensara la gente la aterraba el aceptarlo.

-Lo recuerdas- acusé, sintiendo como me escocían los ojos. –Recuerdas lo de ayer pero no quieres aceptar que el alcohol te hizo revelar al verdadero tú…

Me sentí traicionado por la única persona en que había confiado, y eso dolió como mil espadas atravesando mi corazón.

-Sherlock, lo de ayer….- John se apartó de mí, dando vueltas en la sala con ambas manos en su cabello y los ojos apretados.

-¿Me amas?- grité, desesperado, siguiéndolo con la mirada.

-No puedo-.

-No pregunté eso ¡¿Me amas?!- repetí, mi voz rompiéndose.

John se detuvo frente a la ventana, y pude ver en su rostro rodar dos lágrimas. Temblé. John abrazó su cuerpo con sus brazos, y deseé ser yo quién lo rodeara.

-¿Me amas? ¿Amas a este pedazo de mierda?…- dije en un sollozo estrangulado.

Volteó mirándome a los ojos, como buen soldado, para clavarme el cuchillo de frente. Siempre tan honorable.

-No, Sherlock. No te amo-.

Fui incapaz de derrumbarme. Porque en el fondo no había tenido esperanzas. Di media vuelta y salí por la puerta, azotándola en el camino. Tomé un taxi diciendo una dirección que no había brotado de mi boca desde hace años, desde que dejé mis adicciones. Cuando el vehículo arrancó, dirigí una mirada a las ventanas del apartamento, sabiendo que John me veía…sabiendo que John Watson no me amaba.

Pero había cosas que Sherlock desconocía. Como las razones por las que John hacía eso.

En el 221B una vez solo, John se derrumbó en el sofá. Escondió su rostro entre las rodillas, cubriendo su cabeza entre ambas manos. Lloró en silencio, deseando poder amar a Sherlock como lo merecía.

Desde que lo conoció lo había adorado. Sin embargo existían cosas de su pasado que le impedían amar a un hombre.

Cerró los ojos recordando a un amigo muy cercano de su infancia. Ambos habían estado profundamente enamorados toda la vida. Al cumplir los 18, habían declarado su homosexualidad ante su familia. Los padres de John los habían aceptado, como lo hicieron con Harriet hace unos años. Pero los padres del otro muchacho: Caleb, lo habían repudiado.

Tal fue la ira de los padres de Caleb que su padre prohibió que se encontrase con John. Días después, a hurtadillas, John se escabulló hasta la casa de Caleb, al otro lado del pueblo donde habían crecido.

En un arrebato de pasión, le había dicho que escapasen juntos. No tomó sino dos horas de la madrugada en que Caleb tomase sus cosas, fueran por las de John y tomasen el primer bus hacia algún lugar.

John recordó que no le importó a donde fuesen. Amaba a Caleb con su alma, eran jóvenes y sería difícil salir adelante, pero esa mirada verde, dulce, y esos cabellos castaños de Caleb fueron suficientes para John.

Al menos durante dos días. Los dos más hermosos días que pasaron en una villa apartada, en una bonita habitación de hotel que costearon con sus pocos ahorros. Se amaron como nunca. Pero todo se volvió una desgracia cuando a media noche del segundo día, un escándalo en la recepción llamó la atención de todos.

Ingenuamente John, tomado de la mano de Caleb, bajaron a ver qué ocurría. La dueña del hotel era una mujer anciana y ambos muchachos decidieron que la defenderían de cualquier imbécil que estuviera armando tal escándalo.

-¡Allí están!- era el padre de Caleb, rojo de ira, quién los recibió, señalando a su hijo como si fuera un engendro.-Prefiero un hijo muerto que marica- gritó levantando un revolver.

No habían demasiados huéspedes, y los pocos que salieron a causa del escándalo apenas tuvieron tiempo de reaccionar. John se interpuso entre Caleb y aquel hombre loco de rabia.

-Tendrá que pasar sobre mí- exclamó, apretando la mano de Caleb.

El padre del muchacho no dudó en disparar a John en la pierna. El rubio se dobló de dolor. La gente gritó. Y un segundo balazo llegó conjuntamente con la exclamación de terror. La segunda bala dio en el cráneo de Caleb. Y John contempló como el cuerpo inerte del muchacho caía sin una gota de esa resplandeciente alegría que tanto él amaba.

Después de pasar semanas en el hospital, afectado por la pérdida de Caleb más que por la bala en su pierna, John escuchó la noticia de que el padre de Caleb, tras huir se había suicidado. Lloró. Para tras ser dado de alta, enlistarse en el ejército.

Los años volaron, estaba en Londres. Pero en su subconsciente aún vivía ese temor espantoso a perder a quién amaba.

Y con toda el alma, los pedazos de su vida, y su corazón amaba a Sherlock. Lo amaba desesperadamente. Por ello no podía, porque existían personas en el mundo que detestaban a personas como ellos: diferentes. Y encontrarían la manera de hacerles daños.

Dos lágrimas rodaron en su rostro a la luz de la chimenea.

-Sherlock…-sollozó temblando.

Continuará…