Otro cap. Me costó escribirlo, pero al final aquí está.

ADVERTENCIA: Este capítulo contiene escenas de violación hombre/hombre explícitas, sadismo e ingestión de drogas. ¡HAN SIDO AVISADOS!

Si les gusta, o lo detestan, o tienen alguna crítica ¡Por favor dejen REVIEWS!

Capítulo

3

Cuando el taxi detuvo su andar frente al deteriorado edificio mi mente había volado lejos. Mis ojos estaban fijos en la lejana franja que formaba el Támesis, delineado por la hermosura de las luces. El centro de Londres, incluyendo a la calle Baker, ahora eran tan lejano como las vagas ilusiones que mantuve al besar a John.

Si lo pensaba, ese lado humano mío, tan traicionero, deseó que él correspondiera el beso. Y aún más. Quise, siendo sincero, que sus manos acariciaran mi cuerpo, y durante ésta noche y todas las siguientes ser suyo, enteramente suyo.

Pero las esperanzas se quiebran, al igual que las promesas. Pagué el taxi y bajé, mis piernas temblaban. Apenas recorrí con mi mirada el lóbrego edificio frente a mí, recordé la promesa hecha a mí mismo. Jamás regresaría a aquel lugar, dije alguna vez.

Un paso tras otro, y rompí mi promesa casi en tantos pedazos como lo estaba mi corazón.

Una angosta puerta era la única entrada a ese lugar. Las paredes de ladrillo resultaban impenetrables, y en los tres pisos de altura no existía ni una sola ventana que no hubiese sido cegada con tablones. Golpee tres veces la plancha metálica que produjo un ruido estridente. Una portezuela diminuta se abrió, un ojo verde inspeccionó mi rostro.

-¿William?- dijo una voz sorprendida y extrañada. Sonreí de medio lado.

-Hola, Víctor- saludé cortés. El tipo en cuestión jamás me había agradado, pero desde que lo conocí en la universidad y con ese grupo de gilipollas me acarreó hasta este lugar supe sería necesario entablar una "amistad" cada que deseara perderme en este antro.

La puerta se abrió con un chasquido, y tan pronto me di cuenta hube abandonado el callejón lúgubre a mis espaldas, ingresando en una oscuridad total. Sentí una mano en mi hombro, y mis ojos no tardaron en acostumbrarse a esa espesura negra.

-Han sido tres años ¡Por el amor de Dios, William! Nos has hecho falta, de verdad. Y éste lugar sí que ha crecido- exclamaba Víctor arrastrándome por el brazo por un angosto pasillo extenso de paredes cubiertas por planchas de espuma negra. Al final de pasillo una pesada cortina dejaba entrever varios destellos azules parpadeantes.

Entorno los ojos, observando detenidamente a Víctor. Sigue manteniendo ese mismo corte de cabello elegante que traía en la universidad. Su porte arrogante es el mismo. Y esa jovialidad obscena no ha desaparecido de sus ojos verdes.

Desde la universidad, cuando su grupillo de amigos solían utilizarme como monstruo de feria para deducir a todo aquel que se cruzaba en su camino, Víctor había tratado de "hacerme parte del mundo". Caí en el juego con respecto a las drogas, pero cuando me aparté de éste antro del cual Víctor es dueño, fue porque supe que se traía algo más entre manos.

Por su sonrisa de victoria sé que llevará a cabo ésta noche alguna de sus jugarretas llenas de burlas, venganza o quién sabe qué. Recuerdo esa mueca de desprecio y alteración en el rostro de John. No me importa lo que sea de mí.

Tan pronto como cruzamos la cortina, el pasado de aviva en mi memoria.

-Debo decir que has mejorado este sitio- exclamo en dirección a Víctor, pues la música está a tan alto volumen que apenas puedo escuchar mi propia voz.

Observo cada detalle del lugar. Las luces azules parpadean en la oscuridad que dura segundos, al ritmo de la música. Con cada destello diferencio una escena distinta montada por los "clientes" de ese lugar. Hay una pareja en una de las esquinas apartadas, ella lleva una falda demasiado corta, y sentada sobre los pantalones abiertos del hombre que mueve sus caderas jadeando; es evidente lo que hacen. Hay muchos ebrios y drogados bailando descontrolados en el centro, pero otros pasean alrededor del bar, con las manos pegadas al tapiz desgastado de las paredes. Vomitan. Gritan. Pelean hasta que alguno queda inconsciente.

En las escaleras de madera apolillada junto a la barra de vez en cuando termina un muchacho o muchacha lo suficientemente drogado que alguien lo arrastra al segundo piso. Allí se escuchan gritos, o gemidos, o la mescla de ambos.

-¡Miren quién ha vuelto!- grita Víctor presentándome a un grupo de que bebe en la barra.

Los reconozco al instante. Quien sirve las bebidas es Tom, un rubio que disfrutaba de despedazar mis libros de química; una voluptuosa chica ríe con sus pechos colocados insinuantes sobre la barra, muerde sus labios como siempre lo ha hecho. Recuerdo su nombre apenas: Caroline. El tercero es a alguien que no esperaba ver allí: Sebastián.

-Supuse que por tu empleo en el banco de Inglaterra, ya no concurrías a éste lugar- digo sonriendo mordaz.

Todos estallan en risas, como si yo fuese un mono dispuesto a hacer reír con cada respiro.

-¡William! Tanto tiempo- dice Caroline, abrazándome por los hombros para acercarme a la barra.

Me sirven un vodka, un gigantesco vaso de ron, una mescla de ron y otros licores. Mi garganta arde y mi boca pierde la capacidad de diferenciar los sabores mientras la gente baila alrededor y la música destroza mis tímpanos.

A los treinta minutos y tres botellas mi cabeza da vueltas. A los cuarenta minutos y tres fumadas beso a Caroline. Ella devora mis labios, yo muerdo su lengua, y descontrolo mis manos en su culo.

A la hora la música cambia y Seb saca unas pastillas metálicas envueltas en papel aluminio. Bebo más y tomo una de esas cosas. Luego aparecen unas jeringas, clavo las agujas en mi brazo sin pensar en nada.

O quizá si pienso. En John y en que por su felicidad deberé destruirme. No podría resistir verlo, sin besarlo, sin amarlo; así que concluyo: si no existo, no fastidiaré su vida.

La cabeza que antes me daba vueltas ahora late. Las luces cambian de color, mis ojos las percibes describiendo curvas, siendo naranjas, amarillas, verdes y de colores imposibles. Los rostros de Seb, Tom, Caro y Víctor se deforman.

La música cambia otra vez. Lo hace mil veces. Siento mi cuerpo flaquear. Me tambaleo sujetándome de la barra. Se por mis manos que estoy pálido. Y ellos ríen.

-Antes resistía más- declaro. Había probado esas pastillas antes, mezclándolas con inyectables y alcohol.

Caroline ríe, tomando mi rostro. Su cabello rojo forma una cortina a un costado de mis ojos.

-Lo siento cariño- sonríe maliciosa- ¿Recuerdas cuando nos llamaste idiotas por tener sexo entre nosotros?- muerde sus labios-Eres un maldito asexuado, virgen o yo que sé. Pero la cosa es- se aparta tomando la botella de vodka vacía, entre sus manos huesudas. La agita frente a mis ojos.-que quien la hace la paga-

-Yo no lo decía enserio- trato de defenderme, mi voz tiembla.

Siento que Víctor y Sebastian me toman por los brazos. Trato de zafarme, inútilmente.

-Pues parecía que sí. Así que maldito asexuado, fenómeno- grita Tom posándose frente a mi. Toma la botella de las manos de Caroline, lamiendo su rostro, y ella gime. –Y tómalo del mejor lado. Somos tus amigos, y lo hacemos por tu bien. Así serás más normal-.

-¡Suéltenme!- lucho, pero mis fuerzas flaquean hasta que apenas puedo hacer uso de mi voz.

Víctor y Sebastian me arrastran hasta las escaleras, donde intento sujetarme de los barandales.

-Nos la debes, Holmes. Siempre fuiste un maldito arrogante. Ahora es nuestro turno de deducir. Deduciremos cuanto sufres, Holmes. Si somos unos imbéciles como decías, podemos equivocarnos, y gritaras toda la noche- canturrea Tom. Levanta la botella en alto, y antes de que yo pueda gritar un golpe sordo desciende sobre mi cabeza.

Siento la tibia sangre correr por mi frente. Luego todo es oscuridad.

…..

Del otro lado de Londres la noche tenía un tranquilo silencio malicioso.

John, con el frío carcomiendo hasta la médula de sus huesos, había preparado té. Inconscientemente dos tazas. Cuando las vio en la charola y notó el sofá frente al suyo vacío, una punzada atravesó su pecho.

Encendió la Tv, reproduciendo un programa al que en realidad no atendía. Rodeó la taza con ambas manos, y dando sorbo tras sorbo sus pensamientos lo invadieron. Su pasado fue lo primero que lo atacó. Posterior a ello lo recientemente ocurrido.

Apretó los ojos en el intento de no derramar lágrimas. Terminó haciéndolo. Había perdido a Sherlock, como un imbécil; y no le estaba haciendo ningún bien. Terminó el té, y se puso a andar de lado a lado en la sala.

No tenía idea de que hacer. En un arranque de frustración golpeó con ambos puños la delgada pared que separaba la chimenea de la repisa de libros. Hizo que la segunda se tambaleara apenas. Y un libro colocado en lo más alto cayera secamente al suelo.

Exasperado lo recogió, pero al reconocerlo lo apretó entre ambas manos ocupando el sofá de Sherlock antes de que las rodillas le fallasen. Abrazó el libro contra su pecho. Y los labios le temblaron.

John Watson jamás había sido un hombre supersticioso, pero en ese instante quiso creer en las señales del universo. Esa novela era "Canción de Navidad" de Charles Dickens, un regalo que le hizo Caleb en su primera navidad juntos, como pareja, a los 17 años; cuando escaparon a un lugar apartado del pueblo para devorarse a besos bajo un viejo roble.

John quería creer que esa era una señal de Caleb. Un grito de "No seas idiota". Un empujón hacia la felicidad.

La valentía del soldado se apoderó poco a poco de John. En especial cuando abrió la última página del libro. Y leyó:

"Para John. Mi único amor.

Att. C."

Él habría querido que John encontrase la felicidad.

Con Sherlock no habría un padre desquiciado que prefiriera a su hijo muerto que con una orientación sexual diferente. Con Sherlock podrían amarse cuanto quisieran. E incluso tendrían amigos que apoyarían aquel amor. Sería complicado, pero no imposible.

John apretó los puños y marcó el celular de Sherlock. Sonó durante varios minutos, sin respuestas. Él lo volvió a intentar, y fue durante el cuarto intento que contestaron.

Lo que escuchó heló su sangre. Risas mescladas con gritos de una voz desesperada que no tardó en reconocer. Seguida por un alarido ahogado. Era Sherlock.

Con manos temblorosas marcó el número de Mycroft. Contestaron al instante, y antes de que pudiera decir algo la voz gélida del mayor de los Holmes dijo:

-Regresó con viejos hábitos a donde viejos amigos. Baje ahora de su piso, Doctor Watson, si quiere acompañar a la policía a buscar a mi hermano-. El rubio asomó sus azules ojos llorosos a la ventana, y entendió que por policía Mycroft quería decir Servicio Secreto.

Un auto negro a toda velocidad se detuvo a raya frente al 221B de Baker Street. John bajó corriendo como una exhalación. Tenía que ir por Sherlock.

El sonido estaba embotado. Llegó a mis oídos como algo lejano y difuminado. El único golpeteo claro que aporreó contra mis oídos haciendo que mi cabeza doliera horrores, fue el de mi corazón. El pulso en mi cuerpo estaba desbocado, sentía la piel arder, y la boca seca.

Intenté moverme, a pesar de sentirme agarrotado. No reconocía nada a mi alrededor, excepto por la superficie blanda y áspera bajo mi espalda. Pero supe reconocer las ataduras que rodeaban mis muñecas con fuerza al descubrir que mis manos y pies habían sido atados.

Estaba preso con cuerdas. Mi vista aclaró, y distinguí que mi lecho era una cama de mullidas sábanas. Todo estaba iluminado con una estrambótica luz roja.

Traté de hablar, ni una palabra salió de mis labios. Una mordaza de cuero me lo impedía.

-Hola, virgen- canturreó Caroline, quién con su melena roja se contoneaba frente a mí, al pie de la cama. Desnuda, y sujetando una fusta de cuero en su mano derecha. A sus lados estaban Tom y Seb.

Me sacudí, al ver que ambos traían apenas ropa interior, dejando a vista unas enormes erecciones. Forcejeé en desespero, consiguiendo que las cuerdas me hicieran daño.

Una mano sujetó mi muñeca izquierda. Allí estaba Víctor, a un costado de la cama. Le supliqué con la mirada. Pasado el efecto de las drogas y con los residuos del alcohol, mi mente supo al instante que no quería esto. No de esa manera.

-¿Cómo prefieres que empecemos?- sonrió Víctor. Grité- ¡Oh, lo siento!- rió, aflojando la mordaza de mi boca.

-Libérenme- ordené con cierta dificultad.

Caroline sonrió, y con movimientos felinos recorrió el contorno de la cama hasta posarse a un lado de Víctor.

-¿Sabes que es gracioso? Que ahora puedes deducir lo que sea. Incluso quién se acostó con quién, porque al final de todas tus deducciones siempre te incluirán.- curvó esos carnosos labios en una sonrisa maligna.-Vamos a disfrutarlo todos aquí, William. Solo depende de cómo lo veas-

Esa mujer era el demonio. Y con sus palabras cargadas de odio empezó la danza infernal.

Primero Tom se arrastró sobre mí, lamiendo morbosamente mis piernas. Jadeé luchando. Las cuerdas fueron más fuertes que yo. Sus manos tomaron mis caderas firmemente, levantándolas un poco. Caroline retiró su bóxer, propinando un azote con la fusta en la espalda de Tom. Este jadeó, acto seguido me penetró sin dilación.

Habría gritado con todas mis fuerzas. La sensación fue horrible, traté de zafarme pero solo conseguí abrirme varios surcos en las muñecas y tobillos.

Tom empezó a moverse dentro de mí. Las lágrimas de súplica rodaban por mis mejillas descontroladamente. Gemía de dolor, pero él disfrutaba del placer sádico de penetrarme en contra de mi voluntad, provocándome un espantoso sufrimiento.

Pasaron quizá siglos, cuando los gemidos de Tom fueron interrumpidos por Caroline.

-Ahora es tu turno, Víctor- canturreó, azotando mi pierna con su fusta. Dolió, pero no tanto como Tom aun moviéndose salvajemente.

Víctor, a quién había perdido de vista, apareció con una vela roja en mano. Retiró con su mano libre la mordaza.

-Quiero escucharte gritar- sonrió, dejando que la cera hirviendo cayera sobre mi pecho.

Tom siguió sus movimientos, mientras Caroline gritaba:

-¡Sí, sí! – y mis alaridos musicalizaban esa deplorable habitación.

La cera y los movimientos de Tom de pronto cesaron. Víctor y Caroline desataron mis piernas. Para evitar que luchase Tom movió brutalmente su miembro duro dentro de mí desgarrándome internamente. Grité y mis piernas fueron atadas junto a mis muñecas, dejándome a la entera disposición de aquellos tres, y las ideas retorcidas de Caroline.

-Tu turno, Seb.-dijo esa maldita puta.

Y él le hizo caso. Supe lo que iba a hacer ya demasiada tarde.

-Por favor, no. ¡No!- grité desesperado al ver los bóxer de Seb volar, y su miembro alinearse junto al de Tom. No soportaría ese dolor.

-Tranquilo. –Susurró Seb en mi oído.-Cuando esto termine, serás menos fenómeno. Maldito monstruo de porquería- y en un parpadeo estaba dentro de mí.

El dolor fue alucinante, sentí que mucha sangre se escurrió entre mis piernas, y perdí el sentido de todo. Cerré los ojos con fuerza para ingresar en mi palacio mental, mas fue inútil. Los jadeos, gemidos, y sonidos obscenos de las pieles chocando fueron el fondo perfecto para mis gritos.

Perdí la noción de todo. Incluso de cuando soltaron mis muñecas, me dieron la vuelta colocándome a cuatro y Caroline y Víctor empezaron a repartir azotes y a colocar cera hirviendo en mi piel.

Tom se corrió primero. Seb observó el dolor en mí para llegar al orgasmo. Pero nada acabó como supuse.

Terminó con un chasquido abrupto de la puerta siendo tumbada, la iluminación roja siendo apagada, y una luz incandescentemente blanca apuntando directamente hacia la cama. Tom y Seb retrocedieron alterados. Lo que escuché fue a varios oficiales ordenándoles a mis cuatro verdugos que se vistieran y sacándolos a rastras de allí.

Yací en la cama durando lo que parecieron horas. Todo mi cuerpo dolía, así que no pude evitar rodear mis piernas con ambos brazos convirtiéndome en un tembloroso ovillo sobre las sábanas. Vi un rastro significativo de sangre en mis piernas, y las magulladuras en mis tobillos.

Apreté los párpados, deseando nunca abrirlos más. Pero un grito despejó esos pensamientos de mi cabeza.

-¿Dónde está? ¡Déjenme verlo!- ese tono desesperado. -¡Soy médico! ¡Puedo atenderlo!- gritó, y escuché sus pasos sobre el suelo de madera de la habitación.

Entreabrí los ojos, encontrándome con la visión de John al pie de la cama. Sus cabellos rubios desordenados, su mirada destrozada a causa del escenario ante el cual se encontraba: mi destrucción. Y sus manos, temblando…temblando por querer abrazarme.

-Sherl- pronunció antes de arrojarse sobre mí, recogiendo al paso mi abrigo del suelo y cubriéndome con este. Me aferré al abrigo. Y los protectores brazos de John me rodearon por la espalda. -¡Oh, Sherlock! Sherlock ¿Qué has hecho? ¿Qué te han hecho?- repetía mi nombre, acariciando mis cabellos.

Solo supe hundir mi rostro en el hueco de su cuello y llorar en silencio.

Continuará…