Gracias por leer y estar al pendiente...

Capítulo 2

Emma emergió de la oscuridad que la rodeaba. Gradualmente, fue consciente de unas voces: la voz de Granny se alzaba en una urgente plegaria; la voz de Gail, llena de pesar mientras le rogaba a Emma que volviera, que por favor volviera.

La voz de un hombre, sonando alarmado mientras exclamaba:

¡Esta volviendo en sí!

La voz de una mujer, llena de incredulidad.

¡Es un milagro!

¿Señorita Swan? ¿Emma? ¿Puede escucharme? —dijo el hombre mientras se inclinaba sobre ella.

Ella trató de hablar, pero ni una palabra pasó más allá de sus labios. Trató de asentir con la cabeza, pero parecía no poder moverse. Así que miró parpadeando al hombre de bata blanca que estaba inclinado sobre ella.

¿Emma? —Gail se deslizó por debajo del brazo del doctor y agarró la mano de su hermana—. Emma, ¡estas despierta!

¿G… Gail?

Su hermana asintió vigorosamente con la cabeza.

Sabía que no me dejarías. ¡Lo sabía!

Hazte a un lado Gail —dijo el doctor. Sacando una linterna de su bolsillo, examinó los ojos de Emma, notando su respuesta a la luz—. ¿Sabes tu nombre? —le preguntó.

Emma Swan.

¿Sabes en qué año estamos?

2011.

¿Sabes dónde estás?

¿El hospital?

El doctor asintió. Levantando la pierna derecha de Emma, pasó su pulgar a lo largo de la planta del pie, gruñendo suavemente al ver que los dedos se encogían.

Bueno, hay que hacer más exámenes, por supuesto —dijo, volviendo a cubrir con la sábana la pierna de Emma—. Pero creo que se va a poner bien.

Gracias a Dios —murmuró Granny—. Gracias a Dios.

Cuando Emma se despertó nuevamente, estaba oscuro y ella estaba sola. Cuatro días, había dicho Granny. Había estado en coma durante cuatro días. ¿Dónde había estado durante todo aquel tiempo? A menudo se había preguntado a dónde iba el espíritu de una persona cuando el cuerpo estaba en coma. ¿Se tendía a descansar dentro de cuerpo? ¿Vagaba por la tierra como un alma perdida? Por más que trataba, Emma no podía recordar nada en absoluto, excepto…

Se giró hacia a la ventana y se quedó mirando la oscuridad de la noche. Le parecía recordar a una mujer, una mujer alta y morena que había aparentado ser más sombra que sustancia mientras permanecía inmóvil al lado de su cama. Pero seguramente sólo había sido un sueño causado por la fiebre, una invención de su imaginación. Ningúna Mujer de carne y hueso podría tener ojos tan oscuros, con tal aire de eternidad. Tan angustiados. Ningúna mujere sobre la tierra podría moverse con tan silenciosa gracia.

Y su voz, profunda y resonante, llena de sufrimiento. Su voz, diciendo su nombre, comunicándose con su alma.

Sí sólo había sido un sueño, era un sueño al cual ella daría la bienvenida cada noche de su vida.

Vuelve a mí —susurró—. Vuelve a mí, mi ángel de la oscuridad.

La cabeza de Regina se alzó bruscamente mientras una débil voz era susurrada en su mente. Ella supo que era la de Emma a pesar de nunca haberla oído.

Emma—su nombre se deslizó por entre sus labios sin querer—. ¿Qué he hecho?

Como si no tuviera voluntad propia, se encontró a sí misma levantándose de su silla, caminando hacia fuera en la noche, siguiendo el estrecho y retorcido camino que llevaba a la ciudad.

Las criaturas nocturnas quedaban en silencio a su paso. Ella era una sombra entre las sombras. Una oscuridad más profunda que la noche.

Se paró en la acera al otro lado de la calle del hospital, mirando hacia la ventana que sabía era la de ella. Ella la había convocado allí, el débil señuelo de su voz, era más poderoso que su propia voluntad de resistir.

Logró pasar el puesto de la enfermera de guardia usando la misma estratagema que la noche anterior.

Dentro de la habitación de Emma, se detuvo al lado de la estrecha cama, observando el constante subir y bajar de su pecho mientras dormía. Había un esbozó de color en sus mejillas ahora. Sus labios parecían suaves y dóciles, su color como el de unas rosas rosa pálido. Sus pestañas eran gruesas y oscuras.

Tan hermosa —musitó—. Tan frágil…

Delicadamente, siguió la curva de su mejilla con su dedo índice.

Ella sonrió ante su toque, girando la cabeza hacia su mano, como invitando sus caricias.

Con una maldición retiró su mano.

Ella despertó entre un respiro y el siguiente, y Regina se encontró a sí misma mirando fijamente a un par de somnolientos ojos verde-azulados. Se miraron el uno al otro por un largo momento.

¿Cómo se siente, Srta. Swan? —preguntó Regina.

Mejor —ella le miró forzando la vista, tratando de verla más claramente en la tenue luz del cuarto—. ¿Es usted una de mis doctoras?

Ella titubeó sólo un momento antes de contestar:

Sí.

Usted me salvó la vida.

Eso podría parecer.

Emma frunció el ceño, deseando poder ver su rostro mejor. Ella le resultaba tan familiar…

Debe usted descansar ahora, Srta. Swan —dijo Regina.

Dio un paso hacia atrás, ocultándose en la oscuridad. Su sangre la había salvado. Lo sabía con tanta certeza como que el sol saldría por el este.

Ante sus palabras, ella se sintió abrumada por un repentino cansancio.

Espere, quiero saber su nombre...

Se le cerraron los párpados mientras el sueño la reclamaba.

Emma volvió la cabeza mientras el Dr. Petersen examinaba los puntos en su pierna.

¿Dónde está la otra doctora?

¿ la otra doctora?

La que vino a verme anoche.

¿Cuál era su nombre?

No lo sé. Era alta, con largo cabello negro. Ella... tenía una voz profunda.

No hay nadie del personal que responda a esa descripción —el Dr. Petersen sonrió indulgente—. Sin duda estabas soñando.

¡Pero no fue un sueño! —Emma miró a Granny y a Gail—. La vi. Le hablé.

Ya, ya —dijo el doctor Petersen, dándole palmaditas en la mano—. No hay necesidad de alterarse.

No estoy alterada. Yo sólo...

Emma se volvió a recostar contra las almohadas. Tal vez ella lo había soñado todo.

Me pasaré a verte mañana —comentó el doctor. Se detuvo en la puerta y miró por encima de su hombro—. No sé quede mucho tiempo, Granny. Ella necesita descansar.

Entiendo —replicó Granny.

No lo imaginé —insistió Emma una vez el doctor dejó la habitación.

Vamos, Emma, si el doctor dijo que no hay nadie del personal con esa descripción, estoy segura que está en lo correcto—. Granny miró alrededor, sus perspicaces ojos azules reparando en cada detalle—. Es una bonita habitación —decidió.

Debe serlo, con lo que esta costando —se quejó Emma—. ¿Dijeron cuando puedo irme a casa?

No por un buen número de días.

Pero el Dr. Petersen dijo que estaba haciendo un extraordinario progreso.

De hecho, cada doctor en el hospital había encontrado una excusa para pasar a ver al paciente milagroso cuyas heridas internas habían sanado de la noche a la mañana.

Eso es cierto —se mostró de acuerdo Granny—. Pero tenías un buen chichón en la cabeza. El Dr. Petersen quiere vigilarte por uno o dos días más —Granny tomó la mano de Emma entre las suyas y la apretó fuerte—. Casi te perdemos, criatura.

Lo sé —era aterrador pensar cuan cerca había estado de la muerte. Era algo sobre lo que no le gustaba pensar, y rápidamente cambió de tema—. Gail, ¿como te está yendo en la escuela? ¿Aprobaste tu examen de historia?

Notable alto —replicó Gail presumidamente—. Cherise sacó un suficiente bajo y Stephanie un insuficiente.

No te regodees —la reprendió Emma.

Deberíamos irnos —dijo Granny, poniéndose en pie—. No queremos cansarte.

Pero me siento bien.

El doctor dijo que deberías descansar, así que descansa—. Granny besó la mejilla de Emma—. Es un milagro —murmuró, reprimiendo una lágrima—. Un milagro —le dio unas palmadas al hombro de Emma—. ¿Puedo traerte algo mañana? ¿Un libro, tal vez?

Emma asintió.

Algo para leer estaría bien. ¿Y tal vez una malteada de fresa de la tienda?

Granny sonrió.

Ahora sé que te estás sintiendo mejor. Vamos Gail.

Voy en un minuto —dijo Gail—. Necesito decirle algo a Emma.

Está bien, pero apúrate.

¿Qué pasa, Gail? —preguntó Emma con una sonrisa—. ¿Tienes un secreto que contarme?

Gail asintió mientras cerraba la puerta.

Esa mujer que vino a verte anoche. Suena como a la mujer que fui a ver.

¿Qué mujer? —Emma miró a su hermana alarmada.

Te vas a reír.

Dímelo de todas maneras.

Fui a la vieja Mansión.

¡La vieja Mansióna! ¿Gail, has perdido la cabeza? ¿Qué te hizo ir allí?

Gail cogió una esquina del cubrecama de algodón y comenzó doblarla y desdoblarla.

Bueno, todo el mundo dice que una vampiro vive allí y...

¡Una vampiro! Oh Gail.

Pensé que si una vampiro realmente vivía allí y te mordía, te pondrías mejor y vivirías para siempre.

Emma meneó la cabeza.

Gail, no existen tales cosas como vampiros. U hombres lobos. O monstruos marinos, extraterrestres o sirenas.

Gail se cruzó de brazos con expresión rebelde.

Sí que los hay.

Emma suspiró. Habían tenido la misma discusión muchas veces en los últimos dos años y medio.

¿Estas diciendo que la mujer de cabello negro era una vampiro y que vino aquí a morderme?

Gail asintió.

Bueno, debe haber cambiado de opinión. No tengo ansia de sangre, y no tengo ningún mordisco en el cuello. Y es de día, y estoy bien despierta —Emma tomó la mano de su hermana en la suya—. Fueron tus plegarias las que me salvaron, Gail. Las tuyas y las de Granny. Mejor vete ya, te está esperando. Te veré mañana, ¿de acuerdo?

De acuerdo.

Emma no pudo evitar sonreír mientras observaba a su hermana dejar la habitación. Vampiros, ¡sí, claro! El mundo de Gail estaba poblado con toda clase de monstruos: Pie Grande y Nessie, extraterrestres, Drácula y el Hombre Lobo. Gail los adoraba a todos.

Con un suspiro, Emma cerró los ojos. Quizá ella la había soñado, había soñado con aquella alta, morena y misteriosa extraña que había venido a ella en la quietud de la noche.

Pero no lo creía así.

Regina se detuvo, sus dedos descansando ligeramente sobre el teclado de la computadora. Emma estaba pensando en ella. Podía oír sus pensamientos en su mente, tan alto y claro como si ella estuviera hablándole directamente.

Estaba confusa, preguntándose si ella había sido real o meramente una figura fantasmal conjurada desde las profundidades de su subconsciente.

Mientras avanzaba la noche, ella sintió su soledad, y escuchó la silenciosa llamada de sus lágrimas.

Incapaz de resistirse, salió de la casa para convertirse en una con la noche. Sus negras vestiduras se fundían con la oscuridad mientras ella se movía rápida y silenciosamente por el camino que conducía a la ciudad.

El hospital apareció frente a ella, el gran edificio blanco destellando contra el telón de fondo de la noche. Por una vez, la enfermera de noche no se encontraba en su escritorio. Sigilosamente, echó a andar por el corredor que llevaba a la habitación de Emma. Un momento después, estaba parada al lado de su cama.

Se la veía mucho mejor esa noche. La mayoría de los tubos habían sido retirados, su color era mejor, su respiración menos trabajosa. Su cabello, recientemente lavado, estaba desparramado sobre la almohada como una salpicadura de oro molido.

Pensó que ella era una parte de su ser ahora, y que ella era parte de Ema de una manera que ningúna otra mujer podría jamás serlo. Al mezclar su sangre con la de ella, Regina había recreado un antiguo y sagrado lazo, un vínculo viviente entre ellas que no podría ser roto. Sus pensamientos eran tan claros para Regina como los suyos propios, su necesidad de confianza y confort imposibles de ignorar.

Se puso tensa al comprender que Emma ya no estaba dormida, sino despierta y mirándola a través de aquellos vívidos ojos Verdes.

¿Quién es usted? —su voz sonaba estremecida de miedo… miedo a lo desconocido, miedo de su respuesta.

Una donante de sangre —replicó ella—. Escuché que te estabas recuperando, y quería verlo por mi misma.

Pero… yo pensé… anoche usted dijo…

¿Anoche?

¿No estuvo usted aquí anoche?

Regina negó con la cabeza, incapaz de decir la mentira en voz alta.

Emma frunció el ceño.

Tal vez fue sólo un sueño, entonces.

Seguramente. Buenas noches, Srta. Swan. Que duerma bien.

Su nombre. Dígame su nombre.

Regina Mills —saludó inclinando la cabeza—. Y ahora debo irme.

Quédese, por favor. Yo… tengo miedo.

¿Miedo? —preguntó ella—. ¿De qué?

Habían pasado siglos desde que ella le había temido a algo excepto por el descubrimiento de lo que ella era.

De estar sola —ella sonrió cohibida—. De la oscuridad.

Había temido a la oscuridad desde que tenía memoria, aunque no había una explicación lógica para ello.

La oscuridad no puede hacerle daño, Srta. Swan —dijo ella tranquilamente.

Lo sé —racionalmente, ella lo sabía, pero la temía igualmente—. Por favor quédese, no tengo tanto miedo estando usted aquí.

Ah, muchacha tonta —pensó Regina—, tenerle miedo a la oscuridad, pero no a la desconocida escondiéndose en sus sombras.

¿Quiere que encienda la luz?

No. La oscuridad no parece tan tenebrosa estando usted aquí.

Había una cierta emoción en compartir la oscuridad con esta mujer que era una extraña, una intimidad que no sería posible con las luces encendidas.

¿No esta cansada?

No. Parece como si lo único que he hecho estos dos últimos días sea dormir.

Muy bien —consintió Regina con una ligera sonrisa—. ¿Querría hablarme acerca de usted misma?

No hay mucho que contar.

Por favor.

Regina se sentó en la silla al lado de su cama, con cuidado de mantenerse en las sombras.

¿Qué quiere saber?

Todo

Emma rió.

Bueno, nací en Denver. Mi hermana, Gail, nació cuando yo tenía diez y ocho años. Pocos meses después, mis padres se divorciaron —ella se encogió de hombros. Incluso después de todos esos años, todavía le dolía. Siempre se había preguntado si el divorcio había sido de algún modo culpa suya—. Supongo que pensaron que otro bebé salvaría el matrimonio —continuó—, pero no funcionó. Mi mamá nos trajo a vivir con Nana Granny… mi abuela. Cuando yo tenía veintidos años, mamá se fugó con un conductor de camiones y nunca volvimos a saber de ella. No habíamos sabido nada de mi papá desde el divorcio, así que Granny decidió que Gail y yo debíamos quedarnos con ella. Ella ha sido madre y padre para nosotras desde que mi madre se fue. Fui a la universidad por un par de años, y ahora soy asesora en Arias —se encogió de hombros—. Eso es todo.

¿Quién o qué es Arias?

Arias Interiors. Es una firma de diseño de interiores.

Comprendo.

¿Qué hace usted?

¿Hacer? Ah, ¿mi trabajo, quiere decir? Escribo.

¿Se refiere a escribir libros?

Regina asintió.

¿Qué escribe?

Historias de terror, mayormente.

¿Como Stephen King?

Más o menos.

Emma frunció el ceño.

¿Tiene algo publicado?

Unas cuantas cosas. Escribo bajo el seudónimo de A. Lucard.

¡A. Lucard! Él era el más exitoso y más prolífico escritor en el mercado. Sus libros estaban sistemáticamente en la lista de Best Seller del New York Times. Personalmente, a Emma no le atraía leer terror. Por curiosidad, para ver a qué venía tanto jaleo, había leído uno de sus libros. La mantuvo despierta toda la noche. Jamás imaginó que era el seudónimo de una mujer tan... misteriosa.

Leí uno de tus libros —comentó ella francamente—. Me provocó las peores pesadillas de toda mi vida.

Mis disculpas.

¿En que esta trabajando ahora?

Más de lo mismo, me temo.

A mi hermanita le encantaría leer uno de tus libros. Pero Granny no la dejaría.

¿Ah, sí? No pensé que su hermana estuviese interesada en mi trabajo.

¿Esta bromeando? Gail adora los monstruos.

¿Y usted? ¿Qué piensa de...los monstruos?

No creo en ellos.

Entonces espero que nunca conozca a uno —miro hacía la ventana. Podía sentir el cercano amanecer, sentir el prometido calor del sol—. Debo irme.

Gracias por quedarse, Sra. Mills

Regina.

Regina —ella podía verle un poco más claramente ahora, una alta figura de piel morena en contraste con el verde pálido de la pared. Ella vestía un suéter negro y unos jeans también negros. Deseó poder ver su rostro, el color de sus ojos, la forma de su boca. Ella tenía un acento de lo más inusual, uno que ella no podía terminar de ubicar—. ¿Vendrás mañana?

No lo sé.

Me gustaría que lo hicieras —apretó los labios, reacia a pedir un favor, pero incapaz de resistirse a hacerlo—. ¿Me traerías uno de tus libros?

Por supuesto. Pero pensé que no te interesaban las historias de monstruos.

Bueno, no me interesaban pero ahora que te he conocido... bueno, me gustaría darles a tus libros otra oportunidad.

Entonces me encargaré de que recibas uno. Buenas noches, Emma.

Buenas noches.

Observó la puerta cerrarse tras ella, deseando, inexplicablemente, que le hubiera dado un beso de despedida.

Regina merodeó por las calles oscuras, consciente, siempre consciente, de la cercanía del amanecer, de la necesidad de volver a casa antes de que fuese demasiado tarde. Y, aún así, necesitaba estar fuera, sentir la oscuridad que se había vuelto tan parte de ella como de sus brazos y piernas.

Se movió a través de la ciudad, impulsada por una horrible sensación de soledad, de separación. Añoraba una mujer con la que compartir su vida, pero no se atrevería a correr el riesgo de divulgar la verdad de lo que ella era. Sólo podía imaginar el pánico que causaría.

Sintió el calor del sol en su espalda. Pronto, las calles estarían llenas de gente, gente que vivía y trabajaba, amaba y reía, que daba por sentado su mundo y todo lo que en él había.

Con un grito angustiado, corrió velozmente a casa, buscando la seguridad de habitaciones aisladas.

Echó el cerrojo a la puerta detrás de ella. La casa estaba fría y tenuemente iluminada, un refugio de los abrasadores rayos del sol.

Protegida por la oscuridad, subió las escaleras hasta su habitación y cerró la puerta.

Su primer pensamiento, al levantarse, fue para Emma. Lo alejó, determinada a olvidar a la joven mujer de cabello del color del oro batido y verdes ojos de ensueño. Emma era una niña comparada con ella, una niña con toda una vida por delante. Una criatura de la luz que no necesitaba una mujer que vestía la oscuridad como un manto, una mujer que no era como las otras mujeres.

Vagó incesantemente a través de las habitaciones vacías de su casa, incapaz de concentrarse en una tarea, sus pensamientos constantemente regresando a Emma.

Dejando la casa, se mezcló con las sombras de la noche. Murmurando un juramento, comenzó a correr, incansablemente, sin esfuerzo. Milla tras milla ella corrió, sus pies apenas tocando el suelo. Pero no importaba cuan lejos corriera, no podía librarse de los deseos de su corazón. Regresó a casa con el tiempo suficiente para cambiarse la ropa y envolver uno de sus libros. Segura de que estaba cometiendo un error, pero incapaz de resistir la tentación de volver a verla, salió de su casa.

En el exterior, cerró sus ojos y envió sus pensamientos a Emma. Su hermana y su abuela habían estado allí temprano, pero ahora se habían ido, y ella estaba sola. Y solitaria.

Y pensando en ella.

Ya voy, Emma.

Instó a sus pensamientos a quedarse en la mente de ella. Poco tiempo después, Regina estaba en el hospital, en su habitación.

Su sonrisa de bienvenida, calida y genuina, le llenó el corazón… , el alma misma… de luz de sol.

Buenas tardes, Emma.

Hola.

Se te ve mucho mejor.

Me siento mucho mejor.

Metiendo la mano dentro de su abrigo, ella sacó un paquete envuelto en papel blanco.

Espero que éste no te de pesadillas.

¡Te acordaste! Gracias —ella arrancó el papel y miró la portada. Ésta representaba a una mujer con el cabello del color de ala de cuervo inclinado sobre el delgado cuello de otra mujer; la luz de una luna llena destellaba en sus colmillos—. El Hambre —dijo ella, leyendo el titulo en voz alta—. Suena un poco horrible.

No tan mal como otros que he escrito.

¿Lo autografiarías para mí?

Por supuesto.

Ella le tendió el libro y un bolígrafo, luego observó mientras lo abría por la página del título.

Ella escribió durante un momento, luego cerró el libro y se lo devolvió . —Tal vez no deberías leerlo por la noche.

Así de aterrador, ¿eh?

Me han dicho que mi estilo es siniestro y difícil de manejar.

Emma frunció el ceño, recordando el otro libro que había leído.

Bueno, tu estilo es definitivamente siniestro —estuvo de acuerdo—, pero no pensé que fuera difícil de manejar. En realidad, pensé que el libro que había leído era muy bueno. Me refiero a que supuestamente tiene que asustar, y a mí ciertamente me asustó.

¿Cuál de ellos leíste?

La Doncella y el Loco.

Uno de mis primeros libros. Creo que encontrarás El Hambre muchísimo menos grotesco.

Esta portada es un poco diferente a las otras.

Regina asintió.

En realidad, es más una historia de amor que otra cosa.

¿En serio?

Ella se encogió de hombros.

Una aberración, te aseguro. El argumento de mi próximo libro está tan lleno de asesinato y caos como para satisfacer a los más sanguinarios de mis lectores.

¿Te importaría si no lo compro?

No, para nada.

Emma la miró a los ojos y olvidó todo lo demás. Había escuchado del amor a primera vista… ¿quién no? Pero nunca había creído en semejante cosa. Había conocido a otros hombres y mujeres apuestos y sentido diferentes grados de atracción, pero nada igual a lo que sentía ahora, una atracción que era casi espiritual, como si su alma estuviese estirándose para alcanzar a la de Regina. ¿Lo sentiría ella también? Nunca antes había entendido cómo una mujer podía dejarlo todo por el amor de un hombre o una mujer en este caso, pero tenía el repentino e inquebrantable presentimiento de que si Regina le pidiera que la siguiera al otro confín del mundo, ella diría que sí sin pensarlo dos veces. Eso era algo muy desconcertante y atemorizante.

Con un esfuerzo, apartó la mirada de la de ella.

¿Cuánto tiempo te lleva escribir un libro?

No mucho, tres meses, a veces cuatro.

¿Cuánto hace que escribes?

Cerca de doce años —Regina le sonrió como si supiera que ella estaba haciendo esas preguntas porque temía otro persistente silencio entre ellas—. Basta de hablar de mí, ¿te marcharás a casa pronto?

No por unos cuántos días más. Y luego no podré volver trabajar enseguida.

¿Cómo te sientes?

Bien.

Me alegro. Debería irme ya. Necesitas descansar.

Eso es lo que todo el mundo dice.

Entonces debe ser verdad.

Ella se puso en pie, sabiendo que debía irse, pero reacia a dejarla. Emma era como un faro de luz, resplandeciente y brillante, no tocada por la oscuridad o la maldad. Regina sabía que la oscuridad que la rodeaba parecería más negra todavía cuando la dejase. Pero dejarla era lo que debía hacer.

Buenas noches, Emma.

Buenas noches, Regina. Gracias por el libro.

Ella le sonrió, y luego salió del cuarto. No debía y no podía verla de nuevo.

Emma le observó ir durante un momento, luego abrió el libro por la página que le había autografiado.

A Emma… que tu fé te mantenga a salvo de los monstruos del mundo.

Y a continuación su firma, escrita en un garabato en negrita:

Regina Mills.

Y debajo:

A. Lucard.

Ella no supo qué la hizo leer el seudónimo al revés, pero cuando lo hizo, un escalofrío corrió por su espina.

D…R…A…C…U…L…A.

Drácula.

Emma dijo la palabra en voz alta, y luego se río. Un nombre que encajaba, ciertamente, con una mujer que escribía la clase de libros escritos por Regina Mills.

Se pone interesante no?!