Capítulo 7
Regina telefoneó al hotel de nuevo a las ocho, y a las nueve, y otra vez a las diez. Y siempre el mensaje era el mismo: ni la señorita Swan ni su abuela se habían registrado allí.
Ahora preocupada, Regina dejó la casa. Abriendo la puerta del garaje, sacó del bolsillo las llaves de su coche y se deslizó detrás del volante de su Mercedes Benz. Metió la llave en el contacto y la giró, escuchando apreciativamente cómo el motor cobraba vida. Retrocediendo por el camino de acceso, enfiló hacia Boston.
El Mercedes Benz voló por la autopista. Ella había llegado a amar el sentido de libertad que experimentaba detrás del volante Se sentía en armonía con el coche, casi una parte de ella misma.
Llegó a Boston en tiempo récord. Dejando el Mercedes en el aparcamiento del motel, cerró con llave la puerta del coche y luego cruzó el negro asfalto hasta el hotel.
Y nuevamente el mensaje era el mismo: la señorita Swan no se había registrado allí.
Con un seco asentimiento, Regina abandonó el Hotel. De pie en las sombras, dejó que su mente se expandiese. ¿Emma, dónde estás? Esperó, escuchando, y, cuando no sintió réplica alguna, condujo hasta el hospital. Condujo a través del aparcamiento, experimentando un ridículo sentido de alivio cuando vio el coche de Emma.
Aparcó el Mercedes junto al Sedan Amarillo, luego entró en el hospital, determinada a averiguar qué estaba pasando.
La enfermera de noche le escuchó pacientemente, luego meneó la cabeza.
—Lo lamento, señora —dijo—. La señorita Swan se encuentra en una unidad de aislamiento. No le está permitido recibir ningún visitante en estos momentos.
—Quiero ver a su médico.
—Me temo que se ha marchado ya. Debería estar de regreso a primera hora de la mañana, si quiere llamar entonces.
—¿Puede decirme si ella está bien?
—¿Es usted familiar, señora?
—No. Maldita sea, tiene que dejarme verla.
La enfermera miró a uno y otro lado del pasillo, luego se inclinó hacia adelante y bajó la voz.
—No debería decirle esto, pero la señorita Swan está bien. Sólo la mantienen aquí por esta noche mientras aguardan los resultados de sus pruebas. Estaba un poco alterada y su médico le dió un sedante para ayudarla a dormir.
—¿Está usted segura de que se encuentra bien?
—Sí señora. Estoy segura de que podrá usted verla mañana.
—No puedo esperar hasta entonces.
—Bueno, podría esperar aquí un rato si quiere. Yo podría avisarle si me entero de cualquier cosa.
—Gracias.
Ella le sonrió.
—De nada, señora.
Tomó asiento en una de las duras sillas de plástico, consciente de que la enfermera miraba repetidamente en su dirección.
Demasiado preocupada para sentarse quieta por mucho tiempo, paseó por el pasillo durante un rato, sopesando la sabiduría de intentar encontrar a Emma por sí misma.
Con el pretexto de ir a la cafetería, recorrió los silenciosos pasillos del hospital. Un cartel anunciaba que el Ala de Aislamiento estaba localizada en el cuarto piso.
Usando las escaleras, subió hasta el piso cuarto y atravesó las puertas dobles marcadas como UNIDAD DE AISLAMIENTO. NO SE PERMITEN VISITANTES MÁS ALLÁ DE ESTE PUNTO.
Un guardia se sentaba ante un pequeño escritorio justo al otro lado de las puertas. Se puso de pie cuando Regina entró en la sala.
—Lo siento, señora —dijo—. No se permite a nadie aquí sin autorización.
Regina asintió.
—Lo siento, supongo que tome un giro equivocado —inspiró profundamente, sintiendo una oleada de alivio cuando captó la esencia de Emma. Ella estaba allí. Profundamente dormida—. Estoy buscando Cuidados Intensivos.
—Eso está en el quinto piso, señora.
—Gracias.
Por un momento, consideró intentar someter al guardia. Pero el hombre medía más de metro ochenta y tenía la constitución física de un alero del equipo de rugby de Minnesota. Al final, parecía más sabio irse a casa que arriesgarse a causar una escena, al menos por ahora. Si no dejaban ir a Emma por la mañana, pensaría alguna forma de sacarla de allí a como diese lugar.
Dejando el hospital, Regina tomó una profunda inspiración. Una mirada al cielo le dijo que el alba se estaba aproximando rápidamente.
Era por la mañana temprano cuando alcanzó su hogar. Cerró de un golpe la puerta del coche y salió a zancadas del garaje, entrando en la casa con el deseo de haber seguido sus instintos y hecho lo que hubiese sido necesario para traer a Emma a casa.
Despertó tarde esa tarde, instantáneamente consciente de que alguien había invadido la casa. Levantándose, se puso un par de jeans y una sudadera, luego bajó descalza las escaleras hasta la cocina.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Gail se giro abruptamente, con los ojos muy abiertos.
—He estado esperándote.
—¿Cómo entraste?
—Yo… la puerta de atrás no estaba cerrada con llave.
Regina frunció el entrecejo. En su preocupación por Emma, y la necesidad de descansar y recobrar sus energías, aparentemente había olvidado echar el cerrojo a la puerta.
Gail se aclaró la garganta nerviosamente.
—Necesito tu ayuda.
Ella enarcó una ceja.
—¿Y eso?
—Estoy preocupada por Emma.
—¿Por qué? ¿Ocurre algo malo?
—Fuimos a verla esta mañana, pero nos dijeron que no podíamos hacerlo, que algo está mal y que ella tiene que quedarse para que le hagan más pruebas. Nana dijo que quería que Emma volviese a casa, pero la enfermera nos dijo que el papel que Nana firmó les autorizaba a mantener a Emma allí tanto tiempo como fuese necesario. Tengo miedo de que le haya pasado algo y ellos no quieran decírnoslo.
Regina dio un golpe con la mano sobre la mesa. Pensó con enojo que ella lo había sabido desde el principio, había sabido que algo no estaba bien.
Viendo la oscura mirada en sus ojos, Gail chilló y retrocedió.
Regina tomó una profunda inspiración. Maldita sea. No había querido asustar a la niña.
—Sigue.
—Eso es todo. Nana pidió ver al doctor Whale...
—¿Quien es ese?
—El doctor que admitió a Emma en el hospital. Pero nos dijeron que no podían dar con él. Así que Nana vino a casa y telefoneó al doctor Peterson. Él dijo que se pondría en contacto con el doctor Whale y averiguaría qué estaba pasando, sólo que yo no le creí. Quiero ver a mi hermana —Gail parpadeó, tratando de mantener a raya las lágrimas. No quería llorar delante de esta mujer, no quería que creyese que ella no era más que una niña quejica—. ¿Qué crees que le ocurre a Emma?
Regina pronunció una muy antigua y muy oscura maldición.
—No lo sé, Gail, pero lo averiguaré. Eso te lo prometo. Ten —dijo, ofreciéndole una toallita de papel— sécate las lágrimas. ¿Sabe tu abuela que estás aquí?
—No. Está tan alterada que ha tenido que meterse en cama. La señora Zimmermann se está quedando con ella —Gail se sonó la nariz y se secó los ojos—. ¿Realmente crees que serás capaz de averiguar lo que está pasando con Emma? Yo sé que es algo horrible, o nos lo habrían dicho.
—Averiguaré qué está pasando —dijo Regina—. No lo dudes ni por un minuto.
Gail sorbió por la nariz, luego sonrió.
—Te creo.
—Bien. Mejor te vas a casa corriendo ahora. No querrás inquietar a tu abuela. Ya tiene bastante por lo que preocuparse.
—De acuerdo. ¿Llamarás tan pronto como averigües lo que sucede con Emma?
—Lo haré.
Impulsivamente, Gail le pasó los brazos en torno a la cintura y la abrazó.
Sorprendida, Regina sólo pudo mirarla. En doscientos años, ningún niño la había abrazado nunca. Esto despertó viejos sentimientos, sentimientos familiares que pertenecían a otra vida, a otro tiempo. Se sintió extrañamente vacía cuando ella la dejó ir.
Dedicándole una tímida sonrisa, Gail salió corriendo de la casa.
Regina miró por la ventana. Emma estaba siendo mantenida en aislamiento. Meditó ese hecho, y supo que la culpa era suya.
Ella le había dado a Emma su sangre sin considerar las consecuencias. Mezclar su sangre con la de ella debía de haber causado alguna clase de desequilibrio químico. Sin duda a los doctores que la tenían bajo su cargo se les había comentado la anormalidad, y, cuando no pudieron encontrar a qué achacarlo, decidieron hacer un poco de experimentación. ¿Y qué mejor manera de llevar a cabo una investigación que teniendo la fuente bien a mano?
La idea de Emma siendo mantenida en aislamiento mientras los médicos la examinaban la llenó de furia.
Y de un creciente sentimiento de temor mientras consideraba las consecuencias si los doctores de Emma de alguna manera descubrían la verdadera causa de la anormalidad en su sangre.
No podía dejarla allí. El riesgo del descubrimiento era demasiado grande. Ella no había sobrevivido durante doscientos años arriesgándose innecesariamente. Por el bien de Emma, y por el suyo propio, tenía que sacarla de allí.
Despertó para encontrarse rodeada de oscuridad. Tenía un sabor desagradable en la boca; su estómago se sentía con náuseas. Por un momento, permaneció echada y quieta, preguntándose dónde estaba, y luego, precipitadamente, todo le vino a la mente: la examinación, el doctor Whale diciéndole que querían hacerle más pruebas, su negativa, el pinchazo de la aguja en su brazo.
Deslizó las piernas por el borde de la cama y se puso de pie. Tanteando en la oscuridad, encontró un interruptor de la luz y lo pulsó.
Se encontraba en una pequeña habitación cuadrada amueblada nada más que con la cama y una mesita. Una puerta llevaba a un minúsculo baño que tenía un pequeño lavabo y un w.c. Ni ducha ni bañera. Había un vaso de plástico en el lavabo, una delgada manopla blanca y una pastilla de jabón.
Se lavó las manos y la cara, luego llenó el vaso con agua templada y se enjuagó la boca.
Volviendo a la otra habitación, miró a su alrededor de nuevo. Había una ventana sobre la cama. Subiéndose al colchón, retiró la cortina. La ventana tenía rejas.
Se dio bruscamente la vuelta mientras la puerta se abría.
—No puede salir por ahí —dijo el Dr. Whale.
—¿Dónde estoy?
Whale cerró la puerta, luego se dejó caer contra ella
—En aislamiento —metió la mano en un bolsillo y extrajo una jeringa de aspecto desagradable—. Necesito sacarle algo de sangre.
—No.
—Podemos hacer esto simple o complicado, señorita Swan, depende de usted —sus ojos se entrecerraron ominosamente—. Pero óigame bien, lo haremos.
—Quiero irme a casa.
—A su debido tiempo.
Emma miró la jeringa, luego a la puerta.
Whale sonrió y meneó la cabeza.
—A la manera difícil, entonces.
Abrió la puerta y dos hombres vestidos con batas blancas de laboratorio y mascarillas entraron en la habitación.
Emma retrocedió, pero no había ningún lugar al que ir, nada que usar como arma, nadie que la oyese si gritaba. Gritó de todos modos.
Gritó de ira cuando los dos hombres la agarraron por los brazos, gritó de frustración cuando la forzaron a tenderse en la cama.
Gritó de pánico cuando destaparon las correas sobre la cama y aseguraron sus brazos y piernas al sólido armazón de acero.
Whale permaneció de pie a su lado, meneando la cabeza.
—Esto sería muchísimo más fácil para todos nosotros si usted simplemente cooperase.
—¿Por qué está haciendo ésto?
—Se lo dije antes. Encontramos un anticuerpo desconocido en su cuerpo. No hemos sido capaces de identificarlo todavía, pero podría ser tóxico. Hasta que lo sepamos con seguridad, necesitamos mantenerla aislada, no sólo por su propia protección, sino por la de su familia y la de cualquier otra persona con quien usted pudiese entrar en contacto.
—Un anticuerpo desconocido —replicó Emma—. Pero eso es imposible.
—Ojalá lo fuese. Tenemos que asegurarnos de que su vida no corre peligro. Whale sonrió para sus adentros, complacido con la facilidad con que ella había aceptado la mentira. El anticuerpo desconocido presente en su sangre parecía poseer extraordinarios poderes curativos. Si lo que él sospechaba era verdad, si era capaz de reproducir ese anticuerpo en cantidad, sería capaz de salvar incontables vidas. Algo con lo que él había soñado toda su vida—. Súbele la manga.
Whale sacó una ampolla de alcohol y un pedazo de algodón de su bolsillo, luego preparó su brazo.
Emma se encogió mientras Whale insertó la aguja en su vena. Observó, con mórbida fascinación, cómo la jeringa se llenaba de sangre.
—No lo entiendo. Me han hecho análisis de sangre antes y nunca me encontraron nada inusual —dijo, su voz traicionando el pánico que sentía—. Quizá uno de los donantes es el que tiene el tipo de sangre inusual. ¿Por qué no los examina?
—Lo hemos hecho. No hay nada irregular en ninguno de ellos.
—¡Pero tiene que haberlo! —ella contempló la sangre. Su sangre. ¿Le sacarían más y más hasta que ya no le quedase nada? La habitación comenzó a dar vueltas. La cara de Whale empezó a desdibujarse—. Regina —su nombre fue un gemido en sus labios, una plegaria, una oración—. Regina, ayúdame —estaba asustada, tan asustada—. No, no lo hagan —imploró, pero era demasiado tarde. Whale había sacado otra jeringa de su bolsillo. La aguja perforó su brazo, y su mundo giró más rápido—. ¡Regina!
Intentó gritar su nombre, pero ningún sonido emergió de sus labios…
Regina se detuvo al entrar en el hospital, todos sus sentidos repentinamente alertas.
Y entonces oyó la voz de Emma, gritando en su mente, llamando su nombre.
El vestíbulo estaba rebosante de gente. Sofocando la urgencia de correr, avanzó por el pasillo rumbo a la escalera y subió los escalones de dos en dos hasta que llegó a la Unidad de Aislamiento.
Echó un vistazo a través del cristal de una de las puertas. No había nadie a la vista.
Agradeciendo al Destino su buena fortuna, entró. La esencia de Emma era más fuerte ahora, teñida de miedo. Regina la siguió hasta una puerta verde localizada al final del pasillo.
Escuchó un momento para asegurarse que estaba sola; luego abrió la puerta y entró en la habitación. Estaba oscuro, pero la vio claramente. Estaba tendida sobre una estrecha cama, respirando profundamente.
Silenciosamente, cruzó la distancia hasta la cama y retiró las mantas. Notó ausentemente que ella estaba vestida con un camisón verde pálido de hospital, pero fueron las pesadas correas confinando sus brazos y piernas lo que capturaron su atención. Maldijo por lo bajo mientras desataba las crueles restricciones. Emma se agitó ligeramente, pero no despertó.
El sonido de pasos le alertó que alguien estaba viniendo. Un momento más tarde, la puerta se abrió y un hombre esbelto con bata blanca entró y encendió la luz.
—¡Maldita sea, me ha asustado! —exclamó el hombre—. ¿Quién es usted, de todas maneras?
Regina miró la bandeja en manos del hombre y el número de jeringas en ella. Una frase de una película acudió rápidamente a su cabeza.
—Su peor pesadilla —pronunció con una seca sonrisa.
—Ya, bueno, lárguese de aquí. Tengo trabajo que hacer.
—¿Ah sí?
Por primera vez, el hombre pareció comprender que estaba en peligro.
—Yo…ah... puedo volver más tarde.
—Creo que no. ¿Qué clase de pruebas le estáis haciendo a la chica?
—Sólo análisis de sangre —dijo el hombre, dando un paso atrás con desconfianza—. Uno de los doctores parece pensar que su sangre tiene alguna clase de inusual agente sanador.
—¿Ah sí? Cuéntame más.
—No puedo. No soy medico ni científico. Yo sólo tomo muestras de sangre y orina, nada más.
—Estás mintiendo.
El hombre tragó ruidosamente.
—Yo… les escuché diciendo que habían inyectado a un conejo enfermo con un poco de la sangre de ella y el animal se recuperó completamente en cuestión de horas.
Regina maldijo suavemente. Sabía que su sangre había salvado la vida de Emma; no se le había ocurrido que la de ella pudiese ahora tener la misma habilidad para sanar. Miró más allá del hombre, cerrando la puerta con el poder de su mente.
El hombre miró por encima de su hombro, con una expresión de pánico mientras observaba su único medio de escape cerrarse de un golpe. Antes de que pudiese gritar, Regina lo dejó inconsciente por asfixia.
Con una sonrisa sardónica, Regina llenó los viales vacíos con la sangre del hombre, luego reemplazó los tubitos de cristal en la bandeja. Contempló los viales durante largos momentos, sintiendo la boca hacérsele agua con la antigua urgencia de beber la sangre de su enemigo. Estaba alargando la mano hacia uno de los viales cuando Emma gimió. Murmurando un juramento, Regina deslizó una jeringa vacía en su bolsillo, luego se alejó de la bandeja.
Alzando en brazos a Emma, la sostuvo contra su pecho con un brazo mientras recogía al hombre y lo ponía en la cama en lugar de ella.
Acunando a Emma contra ella, la llevó fuera de la habitación y cerró la puerta tras de sí. Moviéndose silenciosamente, atravesó el corredor rumbo a la escalera.
Se detuvo cuando alcanzó la planta baja y echó un vistazo al girar la esquina. Un guardia de seguridad permanecía de pie en la entrada trasera, un cigarrillo en una mano y una taza de plástico en la otra.
Regina sostuvo a Emma cerca, debatiendo si debería buscar otra salida o dejar al guardia fuera de combate. Estaba todavía debatiendo qué hacer cuando sonó el teléfono. Haciendo una mueca, el guardia aplastó su cigarrillo y fue a contestarlo. Con un suspiro de alivio, Regina se apresuró pasillo adelante y salió por la puerta de atrás.
Emma se agitó en sus brazos, gimió suavemente y luego se acurrucó contra ella. Regina intentó decirse a sí misma que no era por ella, que Emma sólo estaba buscando el confort de otro cuerpo, pero la urgencia de cobijarla, de protegerla, creció en su interior. Ella la había metido en este problema, y ella la sacaría.
Caminó velozmente calle abajo hasta el lugar donde había dejado el Mercedes. Después de acomodar a Emma en el asiento del pasajero, se sentó al volante, ponderando su siguiente movimiento.
Era tarde. La llevaría a su casa por esta noche. Mañana… Regina frunció el entrecejo. No podía dejarla ir a casa. No ahora. Tenía el terrible presentimiento de que sabía lo que los médicos habían descubierto en su sangre. Si estaba en lo cierto, ellos no pararían hasta tenerla en sus garras nuevamente.
Era cerca del alba cuando llegó a su casa. Aparcó el coche en el garaje tras la casa, luego alzó a Emma en sus brazos y la llevó dentro, escaleras arriba hacia el dormitorio principal. Era la única habitación del segundo piso que había amueblado. La metió en la cama, un extraño sentimiento creciendo dentro de ella mientras remetía los cobertores alrededor de Emma. Regina la había imaginado a menudo en su cama, pero no así.
Por un momento, permaneció a los pies de la cama, mirándola. Mataría a cualquiera que intentase lastimarla. No le dio voz a ese pensamiento, pues fue apenas consciente de que había cruzado su mente. Era un simple hecho, irrefutable, inevitable.
—Descansa, Emma —dijo en voz baja—. Estás a salvo ahora.
—¿Regina?
—Estoy aquí.
Sus párpados se agitaron suavemente y luego se alzaron.
—¿Regina?
—Estoy aquí, Emma.
Se movió hacia el lado de la cama y tomó su mano en la suya. Ella le miró, sus ojos desenfocados, su expresión enturbiada.
—¿Dónde estoy?
—A salvo ahora. ¿Cómo te sientes?
—Un tanto descolocada.
Regina apartó un mechón de pelo de su ceja.
—Se te pasará.
—Tengo tanta sed.
—Te traeré algo de beber —dejó la habitación para retornar unos momentos más tarde con un vaso de agua fresca. Sentándose al borde de la cama, la atrajo hacia su regazo y sostuvo el vaso contra sus labios—. Lentamente —dijo.
Podía sentir su cuerpo temblar mientras bebía el agua. Cuando hubo acabado, dejó el vaso a un lado y la rodeó con sus brazos.
—Ahora duerme —susurró.
Como una niña obediente segura en los brazos de su madre, Emma cerró los ojos, confiando en que ella alejaría los malos sueños.
Regina la mantuvo abrazada hasta que estuvo segura de que ella estaba durmiendo profundamente, luego acomodó bajo las mantas y dejó la habitación.
Una vez fuera, observó, sin ver la oscuridad. Un inusual agente curativo en su sangre, había dicho el hombre.
Perdida en sus pensamientos, se movió a través de los bosques, sus orejas en sintonía con los sonidos de la noche. Un débil crujido capturó su atención. Mirando por encima de su hombro, vio una enorme rata contemplándola desde una pila de hojas. Sosteniendo la mirada del roedor, Regina rápidamente cogió a la criatura.
Retornando a la casa, alimentó a la rata con una pequeña cantidad de veneno y luego observó impasiblemente mientras el roedor se desplomaba.
Cogiendo un cuchillo de uno de los cajones de la cocina, Regina fue escaleras arriba y punzó el dedo de Emma. Ella se removió, pero no despertó mientras extraía una pequeña cantidad de su sangre con la jeringa que había cogido de la clínica. Meditó que la sangre era inusualmente oscura, casi tan oscura como la suya propia.
Regresando a la cocina, inyectó la sangre a la rata. En cuestión de minutos, la fortaleza de la rata retornó.
—Sorprendente —murmuró Regina mientras alzaba a la criatura de la mesa, con cuidado de evitar sus dientes.
Frunció el entrecejo mientras contemplaba la jeringa vacía. Su sangre había salvado la vida de Emma y, en el proceso, propiciado un misterioso cambio en la de la joven. No le extrañaba que los médicos sintiesen tanta curiosidad por el inusual anticuerpo en la sangre de Emma, que estuviesen tan ansiosos por ponerlo a prueba. Sin duda, estarían incluso más interesados en descubrir la verdadera fuente de ese poder sanador.
Miró la jeringa durante un largo momento, preguntándose si mezclar su sangre con la de otro humano produciría el mismo agente sanador.
Sintiéndose mórbidamente curiosa por ver el efecto de su propia sangre en acción, dio a la rata una segunda dosis de veneno; luego, cuando el roedor estaba al borde de la muerte, le inyectó su propia sangre. En menos de veinte segundos, el roedor se recuperó completamente.
Regina maldijo suavemente mientras soltaba a la rata en el exterior, luego fue a su despacho para trabajar y ponderar los eventos de los últimos minutos.
El despacho era su habitación favorita de la casa, la única que sostenía algo remotamente personal, y aún esos objetos eran pocos: un mechón del cabello de Dannielle, guardado en una cajita lacada; un trozo de jade que había recogido en China hacía más de un siglo; un elefante de marfil que había comprado en Ceilán; un tapiz que había sido tejido para ella por una mujer a la que apenas recordaba; numerosas piezas de cerámica Navajo; una estatua que había encontrado en una tiendecilla de Venecia.
Había numerosas pinturas en las paredes: un pacífico paisaje en apagados tonos de verde y oro, un retrato de una mujer joven que se parecía notablemente a Dannielle, un turbulento paisaje marino en tonos azul oscuro y gris.
La pintura más grande colgaba sobre la chimenea. Era un melancólico trabajo realizado por un artista desconocido. La escena representaba a una mujer ataviada con una larga capa negra, con aire pequeña y solitaria de pie sobre la cima de una montaña, su cabeza echada hacia atrás mientras contemplaba un magnífico amanecer.
No es mucho como muestra de doscientos treinta y cinco años, meditó Regina, ella nunca había sido de las que coleccionan souvenirs, de las que guardan recordatorios de su pasado. Quizás porque tenía un pasado tan largo. O quizá porque había habido pocos acontecimientos, o personas, que desease recordar.
Pero recordaría a Emma. Así viviese otros doscientos años, nunca la olvidaría. Aunque la había conocido por un corto tiempo, ella se había convertido en una parte de Regina. Sabiendo que estaba mal, sabiendo que su interferencia en la vida de ella ya le había cobrado un alto precio a la joven, igualmente estaba decidida a quedarse con ella tanto como fuese posible.
Para protegerla, si era necesario.
Para amarla, si ella la dejaba.
Durante todo el tiempo que ella se lo permitiese.
