Capítulo 9
—¿Qué quieres decir con que no puedo ir a casa?
Emma miró a Regina, su entrecejo arrugado.
—Precisamente lo que he dicho —replicó Regina calmadamente—. Tienes que comprender que no es seguro.
—¿No es seguro?
Emma meneó la cabeza, completamente aturdida.
—Whale está planeando algo, Emma. No sé el qué, pero no confío en él, y tú no deberías hacerlo tampoco. Whale estaba reteniéndote contra tu voluntad. Se negaban a dejar que tu abuela te viese.
Emma meneó la cabeza, rehusando creer que un medico reputado estuviese tramando algo siniestro.
—Quiero llevarte lejos de aquí.
—¿Lejos? —Emma dejó de pasear de un lado a otro. Deteniéndose junto a la ventana, se dio la vuelta para encarar a Regina—. No, no puedo dejar a Nana, ni a Gail.
—No creo que tengas elección.
—¡Maldita sea, Regina, me estás asustando!
—Deberías de estar asustada. Hay algo que no es correcto en todo esto, y hasta que sepa lo que es, no quiero que vayas a casa.
Quizá Regina estaba en lo cierto. Quizá ella no debería ir a casa en estos momentos. La miró de soslayo. No podía negar la atracción que sentía por Regina, no podía refutar los sentimientos de su propio corazón, pero ¿qué sabía ella acerca de Regina, en realidad? Nada. Ni una maldita cosa. Y Regina esperaba que se largase con Ella. La idea tenía cierto atractivo, y, todavía, por todo lo que ella sabía, Regina bien podía estar trabajando con Whale.
—Puedes confiar en mí, Emma.
Emma dió un paso atrás. ¿Estaba leyendo su mente? Pero no, semejante cosa era imposible. ¿No?
—¿Cómo sabes lo que estaba pensando? —demandó.
Regina se encogió de hombros. No le suponía el más mínimo esfuerzo leer su mente, pero no podía decirle eso.
—Es una suposición lógica. No tienes ninguna razón para confiar en mí. En tu lugar, yo sentiría lo mismo.
Ella parecía escéptica, y más que un poco temerosa.
—No te haré daño, Emma. Debes creerlo.
Regina se pasó una mano por el pelo. Tenía que llevársela lejos de allí. Sin duda Whale estaba buscándola incluso ahora. Si lo que Regina sospechaba era verdad, un hombre sin escrúpulos podría hacer millones vendiendo viales con la sangre de Emma a los enfermos, a los desahuciados. Y si se descubriese quién era ella, lo que era… Regina ni siquiera deseaba pensar en las consecuencias. Sería interrogada, examinada, encerrada en una jaula mientras cosechaban su sangre.
Todos estos años —meditó Regina. Había vivido ahí doscientos años y nunca había sabido acerca del misterioso cambio que había sido forjado en su sangre. Sus poderes inherentes se habían multiplicado, pero ella nunca había sospechado que el poder curativo de su sangre pudiese ser transferido a alguien más, o que ella tenía la habilidad para sanar a los enfermos tal y como era capaz de sanarse a sí misma. Incluso cuando le había dado a Emma su sangre, no había estado segura del resultado.
Sintió a Emma observándole. Con un esfuerzo, eliminó toda expresión de su rostro.
—Tengo que ir a casa, Regina. No puedo simplemente desaparecer sin hacer saber a Nana y a Gail dónde estoy.
—Ahora mismo, creo que están mejor no sabiéndolo.
—¿Dónde quieres ir?
—Tengo una propiedad arriba en Eagle Flats. Estarás a salvo allí.
—¿Estás seguro de que quieres hacer esto? Quiero decir, ¿no estará tu vida en peligro también si estás conmigo?
—No creo que tu vida esté en peligro, Emma. Sólo tu libertad.
—Desearía saber de qué va todo esto.
—¿Ellos no te dijeron nada?
—No realmente. Sólo que había alguna anormalidad en mi sangre, y temían que pudiese ser contagiosa, o tóxica. Dijeron que tenían que mantenerme en aislamiento hasta que descubriesen cuál era el problema —dejó escapar un prolongado suspiro de exasperación—. Dijeron que habían inspeccionado a todos los donantes y que todos eran normales.
Regina refunfuñó suavemente, aguardando a que ella hiciese la conexión, a que preguntase las preguntas que ella no podía responder.
Emma miró a Regina por un prolongado momento, su mente disparándose. Y entonces lo supo, lo supo sin ninguna duda.
—Es tu sangre —dijo, lisa y llanamente—. Es tu sangre la que ha causado todo este problema, ¿no es cierto? Ese es el por qué estabas tan interesada en mi recuperación, por qué seguías viniendo a verme. Querías asegurarte de que yo estaba bien.
—Emma...
—Es verdad, ¿no? Tu sangre está contaminada, o… o algo.
—Te lo aseguro, mi sangre es bastante normal.
Con remordimiento, se dijo que eso no era del todo una mentira. Su sangre era normal. Para ella.
—No te creo. Estás ocultando algo. Lo sé.
Emma se congeló, sus ojos parpadeando rápidamente, su corazón golpeando con fuerza contra su pecho incluso mientras su mente rehusaba aceptar lo que ella estaba pensando. ¡Buen Dios, Gail estaba en lo cierto! La idea de que Regina fuese un vampiro era inconcebible, y aún así era lo único que tenía sentido. Ella nunca le había visto durante el día. Nunca le había visto comer…
Una débil sonrisa curvó las comisuras de los labios de Regina mientras percibía sus pensamientos. Ella no era un vampiro. No en el verdadero sentido de la palabra, pero decidió que esa era una información que mejor se guardaba para sí misma. Al menos de momento.
—Emma... —Regina extendió sus manos en un gesto de apaciguamiento—. Emma, te lo aseguro, no soy un vampiro.
—¡Lo estás haciendo otra vez! —exclamó ella.
—¿Haciendo qué?
—Leyendo mi mente. ¿Cómo lo haces?
Regina negó con la cabeza. Tendría que ser más cuidadosa.
—Ya hablamos sobre esto una vez, creo. Después de todo, Gail vino aquí buscando un vampiro. Es natural que la idea echase raíces en tu mente. Desde entonces, he tenido la sensación de que tú pensabas que ella podía estar en lo cierto. Ven, quiero mostrarte algo.
Ella dudó por un momento, luego la siguió fuera del despacho y hacia la cocina, preguntándose qué sería lo que ella deseaba mostrarle.
—Míra, Emma —Regina apuntó hacia la ventana opuesta a ella—. Míra.
Confusa, Emma contempló el reflejo de ambas en la ventana.
—Los vampiros no tienen reflejo, ni sombra —cruzó la estancia hasta la encimera, cogió un plátano, lo peló y dio un mordisco—. No comen.
—Pero tus alacenas están vacías; no tienes jabón para fregar los cacharros…
—Yo no cocino —tiró los restos del plátano a la basura—. No me gusta comer sola. Cuando me entra hambre, salgo a comer fuera —meneó la cabeza ante la dubitativa expresión en el rostro de ella—. ¿Te sentirás mejor si te llevo a cenar de camino a Eagle Flats?
—Quizás.
—No tienes que estar asustada de mí, Emma —dijo ella en voz baja—. Yo no te haría daño.
Emma se sintió tonta de repente.
—Okay, fue estúpido de mi parte pensar que eras un vampiro. Es que he estado tan preocupada, tan… tan alterada por todo lo que ha sucedido.
—Lo sé —Regina se movió lentamente hacia ella y abrió los brazos en silenciosa invitación.
Emma dudó por espacio de un segundo, y luego se sumergió en su abrazo, suspirando mientras sus brazos se cerraban en torno a ella.
ella le acarició el pelo.
—¿Vendrás conmigo, entonces?
—¿Tengo elección?
—En realidad no.
—¿Por qué tengo la sensación de que me cargarás sobre tu hombro y me tirarás dentro del maletero de tu coche si digo que no?
—Probablemente porque eso es justamente lo que haré.
Emma no estuvo del todo segura de que ella estuviese bromeando.
—Creo que deberíamos marcharnos esta noche.
Ella no quería irse; pero también tenía miedo de quedarse. Al final, fue más fácil ceder.
—¡Esta noche! —se miró los jeans y la sudadera que Regina le había dado antes—. No puedo irme esta noche. Tengo que ir a casa y hacer la maleta…
Las palabras murieron en su garganta. No podía ir a casa.
—Compraremos cualquier cosa que necesites por el camino.
—¿Dónde está mi teléfono móvil? Quiero llamar a Nana.
Regina meneó la cabeza.
—No por ahora.
Emma le miró en amotinado silencio, pero no discutió. Las llamadas telefónicas podían ser rastreadas.
Regina estaba aliviada de que Emma hubiese decidido ver las cosas a su manera.
—Sólo déjame reunir unas pocas de mis cosas y podremos irnos.
Emma vagabundeó por la casa, intentando dar algún sentido a lo que había sucedido, mientras Regina hacía las maletas. Si el fallo no estaba en la sangre de ninguno de los donantes, quizá el problema era suyo y nada más que suyo. Quizás su sangre siempre había sido anormal y nadie lo había jamás detectado antes… Y quizá era la sangre de Regina la raíz de cualquiera que fuese el problema, y ella simplemente estaba asustada de decírselo.
Entrando en el despacho, se sentó en la silla de Regina y cerró los ojos. Tal vez no hubiese ningún donante de sangre al que echar la culpa en absoluto. Quizá el Dr. Peterson le había dado la sangre equivocada. Quizá el hospital había cometido algún tipo de error y Whale la había mantenido aislada con la esperanza de corregir el problema antes de que nadie más averiguase acerca de ello.
Emma sonrió ceñudamente. Eso tenía muchísimo más sentido que todo lo demás.
—¿Cuánto se tarda en llegar a tu casa?
—Deberíamos estar allí mañana por la noche.
—Nunca he estado en Eagle Flats. He oído que es precioso.
—Sí.
Emma miró por la ventana del restaurante. Habían salido de Storybrook hacía tres horas, y su aprensión con respecto a la huída se había incrementado con cada kilómetro que se alejaban. Gail y Nana debían de estar enfermas de preocupación. Tenía que llamar a casa, tenía que decirles que se encontraba bien.
Cuando llegó la camarera, Emma ordenó una ensalada César y un vaso de 7-Up, luego se excusó para ir al baño.
Con el corazón golpeándole con fuerza en el pecho, entró en la cabina telefónica cercana a los servicios y marcó el número de la operadora. Momentos más tarde, Gail contestó al teléfono. Los dedos de Emma tamborilearon nerviosamente contra la pared mientras esperaba a que Gail dijese que aceptaba la llamada a cobro revertido.
—Gail, no tengo tiempo para hablar ni explicar nada. Sólo quiero que sepas que estoy bien. Díle a Nana que no se preocupe.
—Emma, ¿dónde estás? Dos hombres del hospital vinieron por aquí buscándote. Dijeron que habías cogido alguna enfermedad contagiosa.
—No es verdad, cariño, no te preocupes. Escucha, tengo que irme. Os volveré a llamar tan pronto como tenga la oportunidad.
—Emma...
—Te quiero, Gail. Adiós.
Emma colgó el teléfono, luego presionó la frente contra la pared. Había hombres buscándola. Quizá estaba realmente enferma. Quizá sólo con estar en público ya estaba poniendo vidas inocentes en peligro…
—Emma.
Tomada por sorpresa por su voz, ella se giró.
—Llamaste a casa, ¿no?
Ella sintió un estremecimiento de anticipación ante la acusación patente en sus ojos.
—Tenía que hacerlo.
—Eso ha sido una estupidez.
Ella empezó a discutir, luego cambió de idea. Regina tenía razón. Había sido algo estúpido. Quienquiera que estuviese buscándola podría haber intervenido el teléfono de Nana. Quizás ahora mismo Whale o alguien como él estaba viajando a toda velocidad por la autopista en dirección al restaurante.
—Tienes razón, fue estúpido. Lo siento.
—Mejor nos vamos.
—Pero… ¿qué pasa con la comida?
—Compraremos algo en carretera.
Regina dejó algo de dinero sobre la mesa y luego abandonaron el restaurante.
Emma se sentó encogida en su asiento mientras Regina giraba la llave en el contacto. El motor cobró vida con un ronroneo y puso rumbo a la salida del aparcamiento. Emma miró por encima del hombro, su mirada barriendo el aparcamiento y la carretera tras ellas. ¿Les estarían siguiendo ya en esos momentos? ¿Por qué no había escuchado a Regina? ¿Por qué estaba con ella? Quizá estuviese metida en el asunto. Quizá ella había saltado de la sartén al fuego…
Miró en su dirección. Ella estaba mirando directo al frente, observando la carretera, pero tenía la clara impresión de que Regina conocía cada uno de sus pensamientos.
¿Cómo podría evitar que le leyese la mente? Si ella desease escapar de Regina, ¿cómo podría hacerlo si ella sabía lo que estaba pensando, lo que estaba sintiendo?
Cuarenta y cinco minutos más tarde, entró en el auto-servicio de un MacDonalds y pidió hamburguesas y patatas fritas y dos tazas grandes de café.
Ella no pudo reprimir un sentimiento de alivio cuando vio a Regina darle un buen mordisco a su hamburguesa. Después de todo, un trozo de plátano en realidad no probaba nada, y, sin importar que hubiese dicho lo contrario, no había sido capaz de deshacerse del sentimiento de que había algo inhumano en Regina Mills. Ahora, verle comer algo tan mundano como un Big Mac y patatas fritas la hizo comprender lo ridículo de semejantes pensamientos.
La oscuridad y el movimiento del coche la adormilaron. Reclinando la cabeza contra el asiento, cerró los ojos.
Emma despertó lentamente. Manteniendo los ojos cerrados, se dio la vuelta, pensando que dormiría sólo diez minutos más y luego se levantaría para ir a trabajar…
Y entonces recordó. No iba a ir a trabajar hoy, quizás no lo hiciera durante un largo período de tiempo. Con un sobresalto, sus párpados se abrieron y ella se encontró mirando a la cara de Regina, la cual estaba a tan sólo unos centímetros de la suya.
Regina estaba tendida de lado, dormida. En la cama de ella. Emma echó un vistazo en torno a la habitación. Un motel, obviamente, a juzgar por la fea pintura atornillada a la pared y la TV de pago. Atisbó bajo las sábanas y sintió sus mejillas arder cuando vio que únicamente llevaba puesto el sujetador y las bragas. Regina la había desvestido mientras ella dormía.
Su mirada regresó a la cara de Regina. Estaba todavía durmiendo. Pensó que no era justo que una mujer fuese tan hermosa. Sus labios eran llenos, con una pequeña cicatriz, añadiendo perfección a ellos si eso podía ser posible. Su nariz, recta. Sus pestañas, espesas y oscuras. Su piel exhibía un moreno uniforme, como si ella pasase una buena porción de tiempo al sol, y todavía, ella nunca le había visto a la luz del día…
¡No podía ser una vampiro! Era ridículo siquiera pensar semejante cosa. Ella era una mujer de pies a cabeza. Una muy atractiva y muy deseable mujer. El pensamiento de estar en la cama con ella cuando despertase era algo que Emma ni siquiera deseaba considerar.
Moviéndose tan cuidadosamente como era posible, se deslizó hasta el borde del colchón y se sentó. Echando una ojeada a su reloj, vio que eran casi las cuatro. Nunca en toda su vida había dormido hasta tan tarde.
Cogiendo sus ropas de la silla, fue al baño a darse una ducha.
Regina gimió suavemente cuando la puerta del cuarto de baño se cerró detrás de Emma. Había dormido a su lado a través de lo que había restado de la noche y la mayor parte del día, consciente de cada movimiento que ella había hecho. Numerosas veces, Emma se había rozado contra ella; una vez, incluso se había acurrucado contra su cuerpo. Ni siquiera el hecho de haber dormido en vaqueros había evitado que su cuerpo reaccionase a su cercanía, al roce de su muslo contra su pierna, al toque de su mano sobre su pecho.
Ella no había estado con una mujer que le importase en más años de los que quería recordar, y la necesidad que había brotado en sus entrañas había sido acuciante. No era común para los de su especie pasar tanto tiempo sin gratificación sexual. La proximidad de Emma, añadida a su creciente cariño por ella, había alimentado su deseo. El hecho de que ella fuese hermosa, por dentro y por fuera, y estuviese al alcance de la mano, había sido una pura tortura. Un tormento al cual ella podría haber escapado fácilmente durmiendo en la silla, o en el suelo, pero había carecido del poder para resistirse a la oportunidad de estar junto a Emma.
Sintió su deseo renacer de nuevo cuando oyó la ducha. Los pensamientos e imágenes corriendo desbocados por su mente la avergonzaron, pero no pudo evitar sino imaginar qué aspecto tendría ella parada allí, bajo el agua…
Con una maldición, apartó las mantas a un lado y salió de la cama. Había una botella de agua caliente y algunos paquetes de café instantáneo sobre la mesa frente a la ventana y rápidamente se preparó una taza; luego se bebió el contenido, maldiciendo suavemente mientras el líquido caliente le quemaba la lengua.
Te lo mereces —pensó con irritación.
Haciendo a un lado las pesadas cortinas, echó un vistazo fuera. El cielo estaba muy nublado y prometía lluvia antes de que acabase el día. Estaba de pie junto a la ventana contemplando el aparcamiento cuando oyó abrirse la puerta del baño. Inspirando profundamente, contó hasta diez y se dio la vuelta.
—Lo siento —dijo Emma—. No pretendía despertarte.
—No lo hiciste. Hay café sobre la mesa.
Emma asintió, preguntándose por qué ella parecía tan tensa.
—Voy a darme una ducha, luego nos iremos. Conseguiremos algo de comer por el camino.
—De acuerdo.
Ella fue a prepararse una taza de café, agudamente consciente de Regina moviéndose a su espalda mientras sacaba ropa limpia de la bolsa de viaje que había empacado la noche anterior.
Emma oyó la puerta del baño cerrarse y dejó escapar la respiración que había estado conteniendo.
Eran cerca de las seis de la tarde cuando dejaron el motel. La tensión entre ambas pareció crecer mientras avanzaba la noche. Después de salir del motel, habían parado en un restaurante de carretera para cenar, y luego nuevamente en un pequeño centro comercial para que ella pudiese comprar algo de ropa.
Dado que no tenía dinero consigo y no quería estar endeudada con Regina por más de lo que era absolutamente necesario, Emma sólo había seleccionado unos pocos artículos esenciales, pero Regina había insistido en que se comprase muchos vestidos, así como pantalones de vestir y suéteres, zapatos, calcetines, una camisola para dormir, bata y zapatillas, y útiles de baño. Ella había prometido devolverle lo que se estaba gastando en ella, pero Regina había rechazado su oferta con un simple movimiento de la mano.
—No necesito tu dinero, Emma —dijo ella en voz baja.
Las palabras ¿Y qué es lo que necesitas entonces? ascendieron por su garganta, pero ella las sofocó, temerosa de cuál podría ser su respuesta.
