Capítulo 10
Emma miraba fijamente por la ventanilla, viendo alejarse las luces de la ciudad mientras Regina conducía el Mercedes por el estrecho camino de montaña.
—¿Cuándo crees que pueda volver a casa? —le preguntó después de un largo silencio.
—Cuando piense que es seguro.
—¿Cuándo será eso?
—No lo sé, Emma. Lo siento.
Emma se mordió el labio inferior, preguntándose como haría para saber cuando era "seguro". Altos pinos bordeaban el tortuoso camino que iban subiendo. Habían estado viajando toda la noche, parando sólo para cargar combustible o conseguir algo para comer, aunque Regina comiera muy poco. Su última parada había sido en un supermercado, donde Regina había comprado varios bloques de hielo y una conservadora de hielo, junto con suficiente comida como para alimentar un pequeño ejército. Pronto, ellas llegarían a donde iban. Y luego, ¿qué?
Ella era demasiado consciente de la atracción física que había entre las dos, vital, irrefutable, casi tangible. Como podrían ellas vivir en la misma casa día tras día sin... Una ola de calor inundó sus mejillas de sólo pensar estar en sus brazos, en su cama. ¿Cómo podía sentir esto por una mujer que apenas conocía?
Ella no recordaba haberse dormido, pero despertó de pronto cuando el coche hizo una parada. Desorientada, se sentó y miró alrededor.
—Está bien, Emma —dijo Regina—. Aquí estamos.
Aquí, resultó ser la cima de la montaña.
—Pero... —Emma frunció el ceño a Regina—. ¿Dónde está la casa?
—No es una casa, exactamente.
—¿Qué es entonces, exactamente? ¿Una cueva?
Una risa débil curvó sus labios.
—Es una manera de llamarla.
Sin más explicación, Regina salió del coche y sacó dos cajas de cartón del portaequipaje.
Con un suspiro, Emma estiró la mano al asiento trasero. Agarrando los paquetes con su nueva ropa, ella salió del coche y siguió a Regina por un camino corto y sucio que las condujo a lo que parecía un callejón sin salida. Su corazón pareció saltar en su garganta cuando echó un vistazo al estrecho saliente. Un error haría que cayera en picada al valle allí abajo.
Se acercó a Regina, mirando con silenciosa fascinación como colocaba su mano sobre una fisura de extraña forma en la roca. Hubo un bajo retumbar, y luego, para asombro de Emma, una parte de la roca se deslizó hacia atrás, revelando una cueva grande tallada en la montaña.
Imágenes de Star Trek e Indiana Jones, pasaron por su mente. Ella se mantuvo en la entrada durante un momento, después, siguió a Regina por la oscura abertura.
Ella vio el movimiento de su mano. La montaña se cerró detrás de ellas. La luz inundó la antecámara.
Emma parpadeó mientras miraba alrededor. Las paredes de la cueva eran de piedra lisa y blanca. Alzó la vista hacia el techo, pero no pudo descubrir la fuente de la luz.
—¿Vienes?
Emma le echó una mirada a Regina que la estaba mirando con mucha atención.
—¿Me explicarás todo esto, no?
—Más tarde.
—¿Más tarde? Me parece que no.
Ella dejó sus paquetes en el suelo, en la tierra en realidad, y la miró fijamente, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Regina se alejó por el estrecho pasaje.
—Voy a poner estas cosas en su sitio, luego traeré el resto —dijo—. Tu cuarto es la primera puerta a la izquierda al final de este pasillo.
—Qué mujer infernal —refunfuñó Emma.
Recuperando sus paquetes, ella bajó por el pasillo. Pasó un oscuro cuarto a su derecha, ¿la sala de estar, quizás? Otros pocos pasos la llevaron a la primera puerta a la izquierda. No había ningún pomo, ninguna cerradura. Con una mueca, ella miró fijamente la puerta de madera blanca; entonces, recordando como Regina había abierto la entrada de la cueva, ella colocó su mano contra la madera. La puerta se deslizó, abriéndose, y después un momento de vacilación, dio un paso y entró.
Era un cuarto pequeño, ovalado. Había una cama de matrimonio cubierta con un edredón azul oscuro, un aparador elegante de tres cajones, hecho de roble antiguo, una lámpara de petróleo de cobre con una pantalla de delicado cristal, y una hermosa manta Navajo tejida en tonos azul y verde. Nada más. Una pequeña ventana redonda hecha de cristal grueso que daba al valle debajo.
Ella cruzó el piso y tocó la ventana, preguntándose como había logrado poner una ventana en un lado de una montaña. El cristal se sentía raro, duro y suave al mismo tiempo.
Frunciendo el ceño, ella se dio vuelta para mirar el cuarto otra vez. Era rústico, pensó, pero el mobiliario del cuarto era exquisito.
Le tomó sólo unos minutos desempacar, y luego fue a buscar a Regina, determinada a encontrar respuestas para las preguntas que tenía en su mente.
El cuarto frente al suyo parecía ser la cocina. Contenía una mesa pequeña, cuadrada, una sola silla, una cocina Coleman, varios contenedores de hielo, y un pequeño fregadero. ¿De dónde, se preguntó, venía el agua, y adonde iba?
Ella pasó sus dedos por la encimera. El agua probablemente venía de un pozo. Ahora, adónde se iba... ella se inclinó y abrió la puerta bajo el fregadero. Un tubo corría del fregadero a un agujero en el piso. Levantándose, gruñó suavemente. Sin duda el agua desaguaba directamente en la montaña. Había varios estantes cortados en la pared de roca, que sostenían varias tazas y platos y algunos implementos para cocinar.
Dos escalones tallados en la piedra conducían abajo, a un cuarto grande, hundido. Había una chimenea en una esquina. La ventilación venía del techo de roca. Inteligente, reflexionó. Sin duda llegaba a la cima de la montaña donde cualquier humo revelador sería difundido por los árboles. Una lámpara de petróleo grande apoyada sobre un suave tronco de árbol junto a un enorme sofá de cuero negro. La suave luz amarilla de la lámpara llenaba el cuarto.
Había una gran biblioteca de roble a lo largo de una pared. Cada estante estaba lleno de libros. Lo que parecía ser una piel de oso estaba extendida delante de la chimenea. Una pequeña ventana redonda ofrecía una vista similar a la del dormitorio.
Emma sacudió su cabeza. Montañas que se movían. Ventanas cortadas en roca sólida. El cristal que se sentía duro y suave al mismo tiempo. ¿Qué sería lo siguiente?
—¿Regina?
Dio un paso en el pasillo y se dirigió hacia lo que ella esperaba era la entrada, sólo para encontrarse a Regina que venía hacia ella, con los últimos comestibles en sus brazos.
—A ver —dijo ella, sacándole una de las cajas—. Déjame ayudarte.
Sus dedos lo rozaron cuando le dio una de las cajas, y ella sintió una erupción de calor que subía por su brazo. Regina lo sintió, también —ella lo supo por la conciencia repentina que parpadeó en sus ojos. Cara a cara, ninguna habló, mirándose la una a la otra durante un largo momento antes que Regina diera un paso para alejarse de ella, dirigiéndose a la cocina.
Pasaron los siguientes veinte minutos guardando en su sitio los comestibles. Cuando la última lata fue acomodada en los estantes, Emma giró para enfrentar a Regina.
—Ya es más tarde —dijo Emma.
Regina suspiró.
—Es bastante simple, realmente —dijo—. La montaña me pertenece. Construí este lugar como una especie de refugio.
—¿Refugio? ¿De qué? ¿La Tercera Guerra Mundial?
—¿Por qué no?
Emma sacudió la cabeza.
—No me lo creo, Regina. Ni por un segundo.
—Creerme o no, Emma, es tu opción. Pero es la verdad, realmente poseo esta montaña, y realmente construí este lugar.
Increíblemente, ella le creyó. También sabía que no le decía toda la verdad.
—¿Cómo hace uno para instalar ventanas en una montaña? ¿Y con respecto al cristal?
—¿Qué pasa con eso?
—No sé, parece... gracioso. Y la luz en la entrada a este lugar. ¿De dónde viene?
Regina se pasó una mano por el pelo. Emma era demasiado simpática, demasiado curiosa, para su propio bien. Y el de ella.
Emma golpeó el pie en el suelo.
—Todavía espero esas respuestas.
—Tecnología moderna, Emma. Es tan simple como eso. El cristal está hecho para resistir la tensión. La luz entra por un agujero.
Ella la miró fijamente durante un largo momento, y Regina sabía que estaba considerando sus respuestas.
—¿Entonces, qué hacemos ahora?
—Nos quedamos aquí, por un tiempo al menos. Tenemos alimento para durar varias semanas. Hay mucha agua. Madera para fuego.
—Calor, alimento, y refugio —dijo Emma con una sonrisa débil—. Todo lo que el hombre primitivo necesitaba para sobrevivir.
—Esto me ha servido bien en el pasado.
Ella levantó una finamente arqueada ceja.
—¿Hay aquí un... un lavabo?
—Uno pequeño. Es la última puerta al final del pasillo. No hay bañera o ducha, me temo. Cuando desees lavarte, puedes hacerlo en el fregadero, o puedes bañarte en el manantial de agua caliente que está a una corta distancia de aquí.
Emma suspiró. Nunca le había gustado acampar, y aún cuando esto no fuera una tienda al aire libre, era todavía, de lejos, demasiado rústico para su gusto.
—Lo siento —dijo Regina, observando su obvia consternación—. Esperemos que no tengamos que quedarnos aquí demasiado tiempo.
—Esperemos.
—Es tarde —dijo ella—. Debes estar cansada.
—Sí.
Emma cruzó sus brazos, de pronto muy consciente que estaba sola en una cueva con una mujer que apenas conocía, una mujer cuyos ojos oscuros ardían con deseo. Una mujer que era demasiado tentadora para su paz mental.
Desviando su mirada de la de Regina, le deseó buenas noches y se fue a su cuarto. Una vez dentro, tomó aliento profundamente. Tenía que aceptar el hecho que podría estar aquí durante varios días; semanas, quizás. No podía ponerse en contacto con Gail o Nana. Seguramente perdería su trabajo.
Estando de pie allí, era difícil creer que alguien quisiese hacerle daño. Era más fácil creer que Regina la había secuestrado y la había traído a este lugar extraño para sus propios fines. Ella esperó sentir algo de miedo, de terror, pero ninguno hizo su aparición. En cambio, sintió un calor que se elevaba dentro de ella al pensar en pasar sus días y noches aquí, a solas con Regina Mills.
Recordó la noche que ella la había encontrado en el patio trasero de su abuela. Sus besos habían sido más potentes que el whisky irlandés de su abuelo, su voz ronca por el deseo reprimido. La atracción que había surgido entre ellas había sido frustrada por el intento de Whale de hospitalizarla, pero no se había disipado, no completamente. Estaba todavía allí, cociéndose a fuego lento bajo la superficie.
Su estómago revoloteó cuando se desnudó, luego se vistió con el largo camisón azul claro que Regina le había comprado. Deslizó sus manos sobre el material sedoso, preguntándose que pensaría Regina si ella fuese a su cuarto y se deslizase bajo el cobertor, al lado de ella.
Era una fantasía agradable y se concentró en ella durante varios minutos antes de apagar la lámpara y meterse en la cama. El cobertor olía ligeramente a Regina. Recorrió la almohada con su mano, imaginándosela allí, al lado de ella, su cuerpo abrigando el suyo.
El sueño tardó mucho en llegar.
Regina paseaba de un lado a otro por la habitación, sus cuerpo tenso mientras imaginaba a Emma en su cuarto, yaciendo en su cama, su cabeza sobre su almohada. Ella no se había quedado aquí mucho tiempo durante años. Hacía mucho, el lugar había sido su asilo, su refugio, su seguridad. Ahora sólo venía aquí en raras ocasiones.
Merodeó por el cuarto durante varios minutos, luego vagó por el pasillo. Haciendo una pausa ante el cuarto de Emma, presionó su oído contra la puerta, consolada por el sonido suave, estable, de su respiración.
Alejándose de la puerta, fue afuera y estuvo de pie sobre la cornisa que daba al fértil valle de abajo. Levantando sus brazos a lo alto, su cara vuelta al cielo nocturno, absorbió la pálida luz plateada de la luna como otro podía asolearse bajo el brillo dorado del sol.
Los segundos se alargaron en minutos. Con los ojos cerrados, dirigió la energía de la luna profundamente dentro del núcleo mismo de su ser. La frescura de la luz la rejuveneció; el susurro débil del viento al soplar sobre la cumbre la llenó con una sensación de paz. De estar en casa...
Regina juró suavemente. ¿Por qué había pensado eso? No había pensado en su hogar durante años. Ahora, un río de recuerdos inundó su mente, recuerdos que estaban mejor en el olvido, recuerdos que podían, después de todos esos años, causarle dolor todavía.
Dannielle... AnTares...
Sus nombres fueron susurrados por entre los recovecos de su mente como la brisa filtrándose entre las hojas de los árboles. Sus brazos se sintieron repentinamente pesados y los bajó a su lado.
Tantos años habían pasado desde la última vez que había visto su hogar. Tantos años desde que había visto las oscuras montañas que rodeaban la ciudad donde ella había nacido, sus picos dentados como los dientes de un jabalí. Casi podía oír el estruendo distante de los truenos mientras una de las muchas tormentas secas de ErAdona pasaba sobre sus cabezas. Y, si cerraba los ojos, casi podría oír a Dannielle tararear suavemente mientras trabajaba en el jardín. Dulce, gentil Dannielle...
—¿Regina?
Como un rayo, se dio vuelta para encontrar a Emma parada bajo la luz de la luna. Vestida con un largo camisón azul, parecía una diosa bañada en mercurio y sombra.
—¿Necesitabas algo? —le preguntó.
—Tenía una pesadilla y yo... Cuando te busqué, te habías ido.
—Yo sólo buscaba algo de aire fresco.
Regina vio la curiosidad en sus ojos y se preguntó si ella pondría en palabras sus preguntas.
Emma vaciló por el espacio de un latido del corazón.
—¿Por qué estabas de pie a la luz de la luna?
Durante un momento, había sido como si ella hubiera estado absorbiendo la esencia de la luz de la luna en su cuerpo, pero era ridículo.
—¿Por qué?
—No sé. Casi era como si tú... —ella se encogió de hombros—. No sé. Parecía pagano, en cierto modo.
—¿De verdad? ¿Tienes miedo que yo pudiera planificar sacrificarte a algún dios pagano?
—Desde luego no.
A pesar de sus valientes palabras, ella dio un paso atrás, cruzando sus brazos sobre sus senos, en un gesto protector que era tan viejo como el tiempo.
—Estas bastante a salvo, te lo aseguro.
—Cuando no pude encontrarte, estuve buscando otro dormitorio, pero no hay otro. No pensé que te había sacado de tu cama.
Podríamos compartirla, tu y yo. Las palabras, aunque no dichas en voz alta, se cernieron entre ellas.
La mirada de Emma estaba fija en la de Regina. El calor irradiaba de las profundidades de sus negros ojos, calentándola con tanta eficacia como un horno. Ella sintió sus miembros ponerse pesados, sus rodillas débiles. Su corazón pareció reducir la marcha hasta parar, y luego comenzó a golpear rápidamente, como si ella hubiera estado corriendo por millas en el sol caliente.
—Emma...
La voz de ella fue baja y áspera, casi tosca.
Emma trató de apartar su mirada, pero en aquel momento, ningún poder sobre la tierra podría haber alejado su mirada de Regina. El deseo ardió en sus ojos, despertando una hambrienta respuesta en lo más profundo de su ser, haciéndola morirse de ganas de estar en sus brazos.
Regina juró sin aliento. Estaba mal, y lo sabía. Pero la abrazó, de todos modos. Y ella dio paso a su abrazo de buen grado, un suspiro de alegría escapando de sus labios mientras sus brazos se cerraban a su alrededor.
—¿Regina?
Ella inclinó su cabeza hacia atrás, y Regina miró fijamente sus ojos, hermosos ojos ¿verdes? que estaban oscurecidos de deseo. Sus labios estaban separados de manera incitante; un rubor débil pintaba sus mejillas.
Con un gemido, Regina inclinó su boca sobre la suya y la besó. Un estruendo distante de truenos repitió los golpes de su corazón mientras la atraía más cerca, sintiendo su cuerpo en el suyo.
Regina bebió de sus labios, saboreando su dulzor. Ella estaba caliente en sus brazos, caliente y dispuesta. Sería tan fácil tomarla, levantarla en sus brazos y llevarla a la cama, enterrarse profundamente dentro de ella. Tan... fácil y después, ella la odiaría por ello, lo odiaría por lo que ella era, por no decirle la verdad.
Con un esfuerzo, retrocedió.
—Emma...
—No hables. Solamente abrázame.
Y como no podía soportar dejarla ir, cerró los ojos y apoyó su barbilla ligeramente sobre su cabeza. La sostendría tan a menudo, y tanto tiempo, como ella la dejara hacerlo. ¿Y cuán largo sería ese tiempo, se preguntó, cuando ella supiera qué era?
Regina no sabía cuanto tiempo habían estado allí cuando la sintió temblar.
—Tienes frío —le dijo, y levantándola en sus brazos, la llevó dentro de la cueva.
La sostuvo fácilmente con un brazo mientras cerraba la puerta, y luego la llevó al cuarto principal y se sentó sobre el sofá.
Emma cerró sus ojos, su cabeza recostada contra el hombro de Regina. Ella sintió un calor repentino, y cuando abrió sus ojos otra vez, había un fuego en el hogar.
Emma levantó su cabeza y miró fijamente a Regina.
—¿Cómo has hecho eso?
—¿El qué?
—Encender el fuego.
—Ya estaba encendido.
—No, no lo estaba
.
Regina se quedó inmóvil de pronto y, durante un momento, Emma pensó que había dejado de respirar. Un suspiro profundo escapó de sus labios mientras la colocaba sobre el sofá y se levantaba.
—¿Qué pasa, Regina?
Ella examinó sus ojos, aquellos soñadores ojos verdes que la habían cautivado desde el principio, y supo que no podía engañarla más.
—Hay algo que tienes que saber —le dijo, pesarosa—. Algo que yo debería haberte dicho hace mucho tiempo.
La mano de Emma voló a su garganta mientras un frío helado se propagaba por ella. Regina había estado ocultándole algo. Ella siempre lo supo. Algo sobre su estado, lo que sea que fuera. Y por lo que veía en su cara, no eran buenas noticias. ¿Dios del cielo, la había traído aquí para decirle que iba a morir?
Ella le miró, su corazón palpitando pesadamente.
—¿Qué es, Regina?
Regina lanzó un vil juramento. ¿Por dónde comenzar?
—¡Regina, dime!
—Emma, ¿recuerdas que te dije una vez que nunca debías amarme, o confiar en mí?
—Sí.
Ella frunció el ceño, preguntándose qué tendría eso que ver con lo que fuera que estuviera mal en su sangre.
—Emma, yo no soy de aquí.
Ella frunció el ceño. ¿No era de Eagle Flats?¿De Boston? ¿De Storybrook? ¿Qué tenía eso que ver con nada?
Regina sacudió su cabeza.
—Quiero decir que no soy de la Tierra.
Ella lo miró fijamente, su expresión en blanco. Oyó las palabras, pero no tenían sentido. ¿No era de la Tierra? ¿De qué estaba hablando?
—Vine aquí hace más de doscientos años desde un planeta distante.
—Regina, no es momento para bromas.
—Créeme, no bromeo.
Emma hizo una mueca.
—Regina, por favor...
—Es la verdad.
Muda, ella siguió mirándola fijamente. Habría sido más fácil creer que era una vampiro. Al menos los vampiros eran, o habían sido, humanos...
—Tenías razón, Emma —dijo ella, tranquila—. No pasaba nada malo con tu sangre. Tampoco hay nada malo en la mía. Hizo una pausa, y Emma lo miró fijamente, el aliento atrapado en su garganta. No hay nada malo en mi sangre —repitió, y su voz era infinitamente triste— excepto que se trata de sangre extraterrestre.
Regina se pasó una mano por el pelo, determinada a decirle la verdad, o al menos toda la que pensaba que ella pudiera manejar en este momento.
—¿Sabías que Gail vino a verme cuándo estabas en el hospital? Ella pensó que yo podría ayudarte. No sé que me hizo ir a tu lado esa noche, pero me sentí obligada a darte un poco de mi sangre. Incluso ahora, no estoy segura de por qué —hizo una pausa, sus manos apretadas formando puños—. La misma obligación me hizo volver la siguiente noche. Luego, cuando estabas en el hospital en Boston, me di cuenta que había habido algún tipo de cambio drástico en tu sangre, y yo sabía que esto tenía que ser el resultado de mezclar mi sangre con la tuya. La noche que te llevé a mi casa, cogí una rata y le di veneno. Cuando estaba cerca de la muerte, inyecté a la rata un poco de mi sangre. Se recuperó en menos de un minuto —se paseó por toda la estancia, luego paró y miró fijamente el fuego—. Algo en el aire de tu planeta, el agua, no sé que, debe haber causado una especie de mutación química en mi sangre. No sé que. No sé por qué.
Emma no podía hablar. Sólo podía mirarla fijamente. La parte racional de su mente insistía en que su historia era simplemente demasiado extraña para ser cierta, mientras otra parte, alguna parte diminuta totalmente ilógica, tuvo que reír. Si había que creer a Regina, entonces Gail había tenido razón todo el tiempo. Había extraterrestres. Quizás había vampiros también. Tal vez Nessie realmente existía. Y Pies Grandes.
Despacio, ella sacudió su cabeza.
—No te creo. Es imposible.
—Tal vez creerás esto —le dijo, y alejándose de ella, se quitó su blusa y pantalón.
Emma miró fijamente la espalda de Regina. Una parte de su mente registró el hecho que ella no llevaba nada debajo de su ropa, que era alta y perfectamente formada, pero aun mientras ella se encontraba admirando su increíble físico, se sentía horrorizada ante la visible prueba que tenía a la vista. Un dibujo oscuro con forma de diamante corría todo a lo largo de su espina, cubriéndole las nalgas y bajando por la parte trasera de sus piernas.
Le recordaba la peculiar clase de piel de los invasores extraterrestres que había visto en una vieja serie de TV.
Regina le echó un vistazo sobre su hombro.
—¿Convencida?
Su voz fue dura, fría y desapasionada.
—¿Qué... es eso?
—Es absolutamente normal.
—¿Normal?
—De verdad.
Apenas consciente de moverse, Emma se levantó y se acercó a ella. Vacilantemente, pasó la yema de un dedo sobre su espina, explorando la prominente elevación de carne que corría por toda su espalda. Se sentía áspera, más gruesa que el resto de su piel, casi como el cuero suave. La raya oscura se aligeró tanto en color como en textura y siguió debajo de su cintura y bajando por sus piernas.
Repelida, aunque curiosa, ella la tocó otra vez, la sintió estremecerse cuando sus dedos frotaban su espina. Pensando que le había hecho daño de algún modo, retiró su mano.
Pero no podía apartar la mirada de su suave espalda, de aquella peculiar cresta de carne inhumana. Era diferente de todo lo que ella alguna vez hubiese visto. Extraterrestre. Y, aún así, miró fijamente su espalda, el extraño dibujo que corría por su espina, preguntándose si ella sería diferente de las mujeres humanas en otras cosas.
Volvió a pensar en eso mientras miraba el juego de músculos en su espalda cuando ella de nuevo se puso su blusa y su pantalón.
Incapaz de evitarlo, ella se alejó cuando giró para enfrentarla.
—Ahora tienes miedo de mí —le dijo, y había una gran de tristeza en su voz.
Incapaz de hablar, Emma sacudió su cabeza. Extraterrestre. Extraterrestre. Las palabras se repitieron en su mente.
El miedo en sus ojos hirió a Regina mucho más de lo que había previsto.
—No te haré daño, Emma —dijo ella silenciosamente—. Lo juraría sobre todo lo que una vez amé si pensara que fueses a creerme.
Emma tragó con fuerza, deseando poder pensar en algo ingenioso o brillante que decir. En cambio, sintió su garganta ponerse espesa, sentía la picadura aguda de lágrimas detrás de sus ojos.
—Emma, di algo.
Ella levantó sus hombros y los dejó caer.
—Gail estará emocionada al saber que tenía razón —murmuró, y se echó a llorar.
Regina dio un paso hacia ella, deseando, necesitando, consolarla, pero la mano que ella alzó en su dirección lo mantuvo a raya.
—¡No me toques!
Al borde de la histeria, Emma giró y salió corriendo del cuarto, sollozando.
