Capítulo 12
Emma condujo montaña abajo como una maníaca, su ansiedad por escapar de lo que ella era, volviéndola temeraria.
Regina. Ella no era una mujer en absoluto, sino una criatura de un distante planeta.
Había vivido en la Tierra durante doscientos años. Sombras de un Highlander —caviló con un toque de lamentación. Regina era una inmortal de la vida real, y ella se había enamorado.
Por primera vez en su vida, se había enamorado totalmente de una mujer que no era una mujer en lo absoluto. Habría resultado gracioso si no hubiese sido tan trágico.
Pisó el freno cuando alcanzó la base de la montaña, chillando mientras el coche giraba sobre sí mismo y luego se detenía con un estremecimiento. Su mano estaba temblando al apagar el motor.
Estoy lejos de ella —pensó con cierta desolación.
¿Y ahora qué? Cuando la dejó, tenía toda la intención de contactar con el Dr. Whale y contarle todo. Incluso si él no la creía inmediatamente, ella estaba segura de que era el tipo de hombre que lo comprobaría de todos modos. Todo lo que ella tenía que hacer era encontrar un teléfono, poner a Whale sobre la pista de Regina y entonces quizá su propia vida retornaría a la normalidad.
Todo lo que tenía que hacer era encontrar un teléfono.
Había una gasolinera a unos dieciséis kilómetros carretera adelante. Sin duda encontraría un teléfono allí.
Con un suspiro, dobló los brazos sobre el volante, descansó la frente sobre los brazos y lloró. A pesar de lo que le había dicho a Regina, sabía que no le traicionaría delatándole ante Whale. En cada película que había visto —Starman y E.T le venían rápidamente a la cabeza—, los extraterestres habían sido mal tratados por sus captores humanos. No le cabía duda de que Regina se vería encerrada en un laboratorio en alguna parte, víctima de numerosos experimentos. No se entregaría pacíficamente, de eso estaba segura. ¿Qué tal si mataba a alguien cuando intentasen capturarla? ¿Qué sí alguien la mataba a ella?
Ella no podía entregarle, y no podía ir a casa, no hasta que supiese que era seguro hacerlo.
Así que —pensó nuevamente— ¿qué es lo que voy a hacer?
Alzando la cabeza, contempló la oscuridad. Estaba lloviendo de nuevo, como si los cielos y todos los ángeles compartiesen su pesar.
Resueltamente, giró la llave en el contacto. No podía simplemente sentarse allí toda la noche. Tenía que hacer algo. Encontrar un motel. Conseguir algún descanso. Eso es lo que necesito —pensó— una buena noche de sueño. Quizá entonces sería capaz de pensar más claramente.
Se registró en el primer motel que encontró, asegurándose de firmar con un nombre falso.
Una vez en su habitación, cerró la puerta con llave y luego arrastró una silla para colocarla frente a la misma como medida de precaución añadida.
Se lavó la cara, se desnudó y se metió en la cama.
Las sábanas estaban frías, tan frías como el dolor en su corazón.
No pensaría en ella. No quería pensar en ella.
Pero no podía pensar en nada más. Sólo en Regina. El sonido de su voz. El toque de su mano sobre su cabello, sus labios sobre los suyos. La forma en que la miraba, como si ella fuese la más fina y más preciada cosa que jamás hubiese visto.
¡No era justo! Ella quería un hogar y una familia. Ni siquiera sabía si era posible para una humana y una extraterrestre concebir un hijo… Una áspera risa escapó de sus labios. ¿En qué estaba pensando? No había modo de que ellos tuviesen una vida juntas, ninguno en absoluto.
Poniéndose las mantas sobre la cabeza, lloró hasta quedarse dormida.
La tarde estaba avanzada cuando despertó. Por un rato, contempló el techo, preguntándose lo que debería hacer.
Forzándose a levantarse, rebuscó en una de las bolsas de compras, fue al baño y se cepilló los dientes. Encendió la TV mientras se peinaba, y jadeó cuando vio su propio rostro en la pantalla.
—... Swan, que abandonó una institución médica en Boston hace muchos días. Swan ha sido infectada con una rara enfermedad de la sangre que es virulenta y altamente contagiosa. Cualquier persona que tenga información sobre el paradero de Swan debería contactar...
Emma apagó la TV. Tenía que llamar a casa, para asegurar a Nana y Gail que estaba perfectamente bien. Alargó la mano hacia el teléfono, su dedo ya posado sobre el teclado numérico. ¿Qué tal si Whale estaba detrás de esto? ¿Qué si había encontrado una manera de intervenir el teléfono...?
Piensa, Emma. Tenía que ponerse en contacto con Granny. Con una sonrisa de satisfacción, marcó el número de la señora Zimmermann. Bella Zimmermann había sido su vecina durante los últimos diez años. Era una intrépida mujer conocida por sus galletas de avena y por meterse en sus propios asuntos.
—¿Hola?
—Señora Zimmermann, soy Emma.
—¡Emma! ¿Dónde estás, niña? Tu abuela está frenética de preocupación.
—Lo sé. ¿Haría usted algo por mí? ¿Iría a buscar a Gail para que pueda hablar con ella? No le diga por qué, sólo tráigala a su casa. Y no le diga nada a Granny.
—Pero ella querrá saber…
—Yo le contaré todo tan pronto como pueda. Por favor, señora Zimmermann, es urgente.
—De acuerdo, Emma. Espera.
Minutos más tarde, la voz de Gail se dejó oír a través de la línea.
—¿Emma? Emma, ¿dónde estás? Un medico estuvo aquí buscándote. Dijo que te fugaste del hospital, y que tu vida está en peligro. No recuerdo cuál era su nombre.
—¿Dr. Whale?
—Sí, ése era.
—No confíes en él, Gail, y no creas nada de lo que diga. Yo estoy bien. ¿Cómo estás tú? ¿Y cómo está Nana?
—Nosotras estamos bien. No te preocupes. Vimos tu fotografía en la TV.
—Sí, yo también. ¿Cuándo estuvo Whale ahí?
—Se pasa por aquí cada día, haciendo preguntas. ¿Dónde estás, Emma? ¿Cuándo vas a venir a casa?
—No lo sé —no podía ir a casa, no ahora, no si Whale estaba husmeando por allí—. Escucha, Gail, no le digas a nadie que llamé.
—Pero…
—Prométemelo, Gail. No puedes decírselo a nadie. Ni siquiera a Granny.
—Ella está preocupada, Emma.
—Lo sé. Te volveré a llamar cuando tenga oportunidad.
—Okay.
—Te quiero, hermanita.
—Yo también te quiero.
—Déjame hablar con la señora Zimmermann. Y recuerda, no puedes decirle a nadie que telefoneé.
—De acuerdo. Adiós.
Momentos más tarde, la señora Zimmermann estaba al teléfono de nuevo.
—¿Emma?
—Sí. Sé que esto debe parecer extraño, pero no puede usted decirle a nadie que llamé. Ni siquiera a Nana.
—No me gusta cómo suena eso, Emma.
—A mí tampoco, pero tiene que creerme cuando le digo que es cuestión de vida o muerte. No quiero que Nana o Gail vayan a estar en peligro por mi causa.
—¿Estás metida en algún tipo de problema, Emma?
—No de la manera que usted piensa. Tengo que irme ya, señora Zimmermann. Por favor, vigile a Gail y a Nana por mí.
—Lo haré, niña. Que Dios te bendiga.
—Gracias.
Emma se quedó mirando el teléfono después de devolver el auricular a su lugar. Había tenido la esperanza de que Whale abandonase, pero él parecía tener la tenacidad de un bulldog. Así que, ¿dónde la dejaba eso a ella? Odiaba pensar lo que sucedería si Whale le echaba el guante de nuevo. Sin duda alguna la encerraría donde no pudiesen encontrarla, y luego vendería su sangre al mejor postor. Y la gente con enfermedades terminales pagaría por ella —pensó. Oh, sí, pagarían cualquier cantidad que el buen doctor pidiese si pensaban que así se curarían. Y quizá lo harían. ¿Tenía ella derecho a rehusar ayuda a los enfermos, a los moribundos, si estaba en su poder hacerlo? Pero, ¿qué pasaba con sus derechos? Ella nunca tendría una vida propia de nuevo.
Una vida propia… Se miró en el espejo sobre la cómoda. Regina le había dado su sangre. Eso había salvado su vida. ¿La alargaría también? ¿Se volvería ella hipersensible al sol? Intentó imaginar cómo sería vivir doscientos años, tener que pasar el resto de su vida evitando el sol, pero eso estaba más allá de su comprensión.
Presionó las manos contra las sienes. Su cabeza estaba palpitando, sentía los ojos rojos y como en carne viva, y había un terrible dolor en la región de su corazón.
Echaba de menos a Regina. Únicamente pensar en ella aquietaba el palpitar en su cabeza. Recordó haberle preguntado cómo había encendido el fuego, y qué otros trucos podía hacer. Y su críptica respuesta: más de los que quieras saber.
En el espacio de tiempo entre un latido y el siguiente, supo que tenía que volver. Estaría a salvo con Regina. Pero era más que eso. Su vida parecía vacía sin ella, apagada y sin significado, como si alguien hubiese extraído toda la alegría, todo el sabor, del acto de vivir.
Moviéndose rápidamente, se dió una ducha, se puso un par de pantalones limpios de vestir y un suéter y luego fue al restaurante al otro lado de la calle, donde ordenó un sándwich de pavo y un batido para llevar. Había encontrado un par de gafas de sol en su bolso y se las dejó puestas, esperando que nadie la reconociese.
Minutos más tarde, estaba de regreso en el coche. Condujo hasta un lugar a la sombra para comer, apenas saboreando un solo mordisco. Todo en lo que podía pensar era en ver a Regina otra vez. El hecho de que ella fuese una extraterrestre ya no parecía tan importante, o tan espantoso, como lo había sido la noche anterior. Y aún así…
Miró por la ventana. Excepto por esa peculiar elevación carnosa en su espalda, Regina se veía como cualquier otra mujer, pero ¿qué tal si eran incompatibles sexualmente? Quizá la gente de su planeta no se emparejaba de la misma forma que la de la Tierra.
Frunció el ceño, luego se sacó el pensamiento de la mente. Se preocuparía sobre eso más tarde. Por ahora, lo que deseaba, lo que necesitaba, era verle.
Eliminó las migas de su regazo, se limpió la boca y condujo hasta la gasolinera para llenar el tanque. Luego, con el corazón golpeándole contra el pecho con anticipación ante la idea de ver a Regina de nuevo, giró el coche hacia Eagle Flats.
Regina se levantó al atardecer para merodear entre el destrozo de la caverna. Esperaba que Emma tuviese el buen sentido de no ir a casa. Sabía que ella sería incapaz de resistirse a llamar a su abuela, pero una llamada telefónica debería ser bastante inofensiva si ella la hacía breve y desde un teléfono de pago.
Dejó escapar una antigua maldición. Ya no era asunto suyo lo que ella hiciese o a dónde fuese. Mañana se marcharía de allí. Volvería a Storybroke recogería sus cosas, y luego dejaría la ciudad. Dejaría el país. Quizás regresase a Australia. Siempre planeó volver allí algún día. Ahora parecía el momento perfecto. Ya no tenía lazos aquí, nada que la retuviese. Podía escribir desde cualquier parte.
Apartó a patadas el destrozo que una vez había sido la mesa de la cocina, sobrecogida por la antigua urgencia de cazar a la vieja manera, de matar a su presa con sus manos desnudas, de saborear su dulce y cálida sangre en su lengua.
Los hombres y las mujeres de ErAdona se habían sobrepuesto a su naturaleza sanguinaria hacía siglos, pero ella era una regresión a un tiempo más antiguo y más violento. Esa era una parte de sí que despreciaba, una parte de ella que yacía dormida, pero no olvidada, hasta que la rabia liberase a la bestia en su interior y ésta despertase, voraz e incontrolable. Esa era la razón por la que sentía tanta afinidad con los vampiros sobre los que escribía. Ella sabía lo que era la sed de sangre, sabía cómo era estar sujeta en las garras de un hambre que era a la vez repugnante y placentera.
Sintiéndose confinada por las paredes de la caverna, salió a la noche. Desnudándose de toda su ropa, elevó la cara hacia la luna, absorbiendo la pálida luz dentro de sí, esperando que esta la calmase, pero la bestia en su interior no iba a ser pacificada.
Con un gruñido, comenzó a correr ladera arriba por la montaña, rindiéndose a la ira y la frustración brotando de ella.
Sin sonido, sin esfuerzo, corrió a través de la oscuridad, fundiéndose con las sombras, su corazón y su alma con la de los otros depredadores de la noche.
Emma apagó el motor, se deslizó una mano por el cabello y tomó una profunda inspiración, deseando saber qué decirle a Regina cuando la viese nuevamente.
Reuniendo sus paquetes y su bolso, se deslizó fuera del coche, cerró la puerta con llave y se encaminó hacia la entrada de la caverna.
Colocó su mano sobre la estriación de extraña forma en la cara de la piedra y sintió su corazón latir con excitación mientras, con una apagada vibración, el portal se deslizó a un lado, abriéndose.
—¿Regina?
Llamándole, entró. La roca se deslizó de nuevo en su lugar automáticamente, y una luz se encendió tan pronto como la puerta se cerró tras ella.
—¿Regina?
Soltando sus paquetes en la entrada, avanzó por el estrecho corredor, jadeando cuando entró en la sala de estar. Mobiliario, mesas, estanterías, todo había sido destruido. La cocina también estaba en ruinas.
Continuó por el corredor que llevaba al dormitorio. El alivio escapó de sus pulmones en forma de suspiro. Al menos esa habitación no había sido demolida.
Entró en la habitación y miró a su alrededor, preguntándose qué habría causado la destrucción en las otras habitaciones. ¿Dónde estaba Regina? ¿Le había encontrado Whale después de todo?
Un ruido procedente de la otra habitación le puso de punta el vello de la nuca. Y luego oyó pasos por el corredor.
Con la boca seca y las palmas húmedas por el miedo, se giró hacia la puerta.
