Capítulo 13
Regina se detuvo bruscamente cuando vió a Emma de pie en el dormitorio. Había captado su esencia tan pronto como entró en la caverna, pero, atrapada en su propia miseria, la había ignorado, pensando que no sería nada más que el cruel recordatorio de que ella había estado allí y luego se había ido.
—¡Emma!
—Hola, Regina.
Con las manos apretadas, observó a la mujer a la que nunca había pensado que volvería a ver. La esperanza extinguió su ira; su presencia calmó a la bestia que había estado arañando sus entrañas.
Tomó una profunda inspiración antes de preguntar:
—¿Telefoneaste a Whale?
—No.
Ella arqueó una negra ceja, su mirada fija con intensidad en la cara de Emma.
—¿Por qué no?
Emma meneó la cabeza.
—Lo pensé, pero simplemente no podía hacerlo.
—Así que, ¿por qué estás aquí?
Sintiéndose repentinamente nerviosa, Emma se lamió los labios. ¿Qué debería decir? Ninguna de ellas había siquiera mencionado el amor, o hablado de compromiso. ¿Qué si Regina se había alegrado de librarse de ella? ¿Qué si no la deseaba de vuelta?
—Te deseo —dijo Regina en voz baja, y requirió toda su fuerza de voluntad resistir la urgencia de arrastrarla hasta sus brazos y nunca dejarla marchar—. Jamás lo dudes.
Por una vez, Emma estuvo contenta de que pudiese leerle la mente. Sería muchísimo más fácil si ella simplemente leía sus pensamientos, sus sentimientos, en vez de que ella tuviese que intentar expresarlos con palabras.
Pero Regina no estaba de humor para ponerle las cosas fáciles.
—¿Por qué estás aquí? —volvió a preguntar—. ¿Qué es lo que deseas?
Emma le miró profundamente a los ojos.
Te amo —pensó—. Deseo que tú me ames. Que me abraces. Me beses…
Tragó, intentando formar las palabras, obligarlas a pasar una garganta que se había vuelto repentinamente seca.
—Regina, yo... lo siento por el modo en que actué antes. No me odies por ello, por favor. No era mi intención herirte.
—Está bien, Emma.
Había perdón en sus palabras, pero su voz permanecía fría.
Abrázame —pensó ella—. Necesito que me abraces.
Regina cruzó los brazos sobre el pecho.
—Tenemos que hablar.
A ella no le gustó cómo sonó eso, no le gustó la tensión evidente en su voz, en cada tensa línea de su cuerpo.
—Vamos fuera.
Regina se hizo a un lado para que ella le precediese.
Sus pasos se sentían pesados mientras ella salía, agudamente consciente de la presencia de Regina a su espalda. El silencio entre ambas parecía ominoso, como la quietud antes de una tormenta.
Una vez fuera, ella se sentó sobre una roca plana, sintiendo la fría humedad de la piedra penetrar el tejido de sus pantalones. Hizo un gesto hacia la caverna.
—¿Qué sucedió ahí?
—Esa es una de las cosas sobre las que deseo hablarte.
Con las manos fuertemente entrelazadas en el regazo, Emma alzó la vista hacia ella. La luna estaba llena y brillante y ella podía verle claramente. Estaba descalza y con apenas una camiseta sin mangas, su cuerpo húmedo de transpiración, su cabello revuelto.
Regina cerró los ojos por un momento, su rostro elevado hacia la luz de la luna, y ella pensó cuán hermosa era, alta y morena, como una princesa pagana, como una reina, adorando a la noche. Dejó que su mirada la recorriese, y sintió su admiración convertirse en repulsión al ver la sangre en sus manos. No la había notado antes; ahora, parecía que no era capaz de ver nada más.
Consciente de su escrutinio, Regina se limpió las manos ensangrentadas en los jeans que se había puesto al entrar en la caverna.
—Tú me acusaste de ser un vampiro antes, y yo lo negué.
Emma asintió. Tenía el terrible presentimiento de que sabía dónde acabaría todo esto.
Incapaz de controlarse, se llevó una mano a la garganta y sintió el salvaje palpitar de su pulso. Miró de nuevo la sangre en sus manos. ¿Iba ella a atacarla? ¿A arrancarle la garganta de un mordisco?
Se puso en pie abruptamente, su valor abandonándola.
—Estoy cansada. ¿Quizá podríamos discutir esto mañana?
—No.
Emma volvió a sentarse, apretando y aflojando las manos en su regazo.
—Sigue.
—Me acusaste de ser un vampiro —repitió Regina en voz baja— y, en una cierta manera de hablar, es verdad. Mis ancestros eran una raza de seres salvajes e indomables. Los hombres y las mujeres eran guerreros, depredadores que bebían la sangre de sus enemigos con la creencia de que la fuerza vital de aquellos que habían matado sería entonces suya. Durante épocas de intenso estrés, nuestra raza se veían ocasionalmente sujeta a una rabia incontrolable que bordeaba la locura. Conforme mi gente se volvía más civilizada, la ingestión de sangre fue prohibida. La guerra entre los nuestros fue declarada ilegal. Semejante conducta fue gradualmente extirpada de nuestra gente y la paz prevaleció. Inevitablemente, hubo regresiones. Cuando te fuiste... —tomó una profunda inspiración, avergonzada de admitir su debilidad—. Yo estaba enfadada cuando me abandonaste —alzó una mano y lentamente formó un puño—. Sentí la locura ceñirse sobre mí, y me propuse destruir todo lo que me recordase a tí.
Emma asintió, sus latidos acelerándose mientras aguardaba a que ella continuase. No podía apartar su mirada de su rostro, no podía evitar preguntarse si Regina la habría destruido a ella, también, de haberle sorprendido entonces.
Ella conocía sus pensamientos, pero no podía condenarlos. Incuso si la hacía alejarse asustada para siempre, ella tenía que saber la verdad. Toda ella.
—Con la locura vino la antigua urgencia de cazar, de matar, de saciarme de sangre —ella exhaló un largo suspiro—. En tiempos antiguos, aquellos que no podían controlar la sed de sangre eran desterrados de nuestro planeta y transportados a la Tierra. A menudo me he preguntado si quizás fueron algunos distantes ancestros míos quienes sentaron las bases de las leyendas en la Tierra sobre los vampiros.
—Había sangre. En tus manos.
Regina vió la repulsión en sus ojos y supo que ella estaba preguntándose a quién, o qué, había matado ella.
—Un león de montaña —dijo Regina con tono monótono.
—¿Tú… bebiste su sangre?
—No.
—¿Por qué no?
—Por tí.
Regina había estado inclinado sobre el cuello del animal, la boca haciéndosele agua conforme el olor a cálida sangre fresca llenaba su nariz, cuando repentinamente una imagen de Emma había irrumpido en su mente. Se había visto a sí misma a través de sus ojos, había visto su horror, su repulsión, y se había sentido avergonzada.
—¿Es ese el por qué escribes sobre vampiros, porque tú compartes su… su sed de sangre?
—Eres muy perceptiva, Emma Swan. Mi gente comparte muchas de las características atribuídas a vuestros ficticios vampiros —ella estaba mirándole, sus ojos abiertos de par en par, mientras esperaba que continuase—. Puedo manipular objetos inanimados con el poder de mi pensamiento. Parezco ser inmune a las enfermedades de tu planeta. Mi metabolismo es mucho más lento que el vuestro. No puedo tolerar vuestro sol, y, así, usualmente me quedo levantada hasta tarde por la noche y duermo durante el día. No el sueño de los no-muertos —añadió, con la esperanza de tranquilizarla.
—¿Puedes también convertirte en un murciélago o un lobo, y disolverte en niebla?
Una débil sonrisa jugueteó en las comisuras de sus labios.
—Trucos convenientes, estoy segura, pero más allá incluso de mis poderes. ¿Hay algo más que desees saber?
—¿Eres…?
Ella desvió la mirada, mordiéndose el labio, deseando poder pensar en una manera delicada de realizar una pregunta indelicada. El hecho de que estuviese siquiera curiosa al respecto le hacía arder las mejillas.
—Te estás preguntando si soy como las mujeres de la Tierra —dijo Regina—. Preguntándote si los hábitos sexuales y costumbres de mi gente son diferentes a los de la tuya.
Emma asintió.
—La respuesta es sí, y no. ¿Algo más?
—Sólo una cosa. ¿Tú me amas, Regina?
—Sí —en un rápido movimiento, Regina se arrodilló ante ella y tomó sus manos entre las suyas—. Te he amado desde la primera vez que te ví, ahí tendida en el hospital. Nada cambiará nunca eso, Emma.
Con una mano temblorosa, Emma acarició su mejilla. Le había dicho que la amaba; ella sabía que la amaba. Pero, ¿era eso suficiente para dos personas de diferentes mundos?
—Emma, dime qué quieres que haga.
—No lo sé. Pensaba que si sabía que me amabas, eso haría que todo estuviese bien, pero sólo ha hecho las cosas más complicadas.
—¿Qué quieres decir?
—¿Adónde vamos desde aquí?
—Donde tú quieras.
Ella meneó la cabeza.
—Yo no sé lo que quiero. Todo es tan… confuso. ¿Sabías que están mostrando mi fotografía en televisión, diciéndole a la gente que tengo un virus altamente contagioso y podría ser fatal? Whale no va a cejar en su empeño. Llamé a Gail, y ella me dijo que él había estado en la casa preguntando por mí. Le dije que no le dijese a nadie que yo había telefoneado, ni siquiera a Nana. Mi abuela debe de estar enferma de preocupación…
—Lo siento, Emma. No te he traído más que problemas.
—¡Me salvaste la vida!
—Podrías haberte recuperado sin mi ayuda —ella meneó la cabeza, recordando la noche en que le había dado su sangre, el riesgo que había corrido con una vida que no era la suya propia—. Podrías haber muerto.
—Pero no lo hice.
—Emma...
Las manos de Regina abarcaron su cintura, y luego la atrajo hacia su regazo y la besó.
Una calidez se expandió a través de ella, expulsando el frío, el miedo y la indecisión. Emma deslizó sus brazos en torno a ella, sus manos vagando por su espalda.
—¡Regina! —ella alzó una mano y observó la oscura mancha en su palma—. ¡Estás herida!
—El puma me arañó.
—Parece profundo. Déjame ver —se puso en pie y se movió alrededor hasta quedar detrás de ella. Su sangre brillaba oscuramente a la luz de la luna—. Necesita ser suturado.
—Estaré bien.
—Pero podría infectarse.
—No puedo ir a un hospital, Emma —replicó ella con una sonrisa pesarosa—. De cualquier manera, no es necesario.
—¿Qué quieres decir?
—Emma, he estado aquí doscientos años. En todo ese tiempo, nunca he estado enferma. Cualquier herida que haya recibido ha sanado en un día o dos.
—Al menos, déjame lavar la sangre.
—Si eso te hace sentir mejor.
Regina se puso en pie y la siguió a la cocina. Mientras Emma buscaba un trapo limpio, fue al fregadero y se lavó las manos; luego se sentó en el suelo mientras ella enjuagaba la sangre de los arañazos de su espalda.
Regina la miró por encima de su hombro.
—¿Ya no te sientes repugnada por mi apariencia?
Emma estudió la oscura línea carnosa que le corría espina abajo.
—No —lavó lo último de la sangre y luego le secó la espalda con una toalla—. Desearía que tuvieses algunos vendajes.
Regina se puso en pie y la tomó en sus brazos.
—Deja de preocuparte.
Emma asintió, repentinamente demasiado consciente de su cercanía como para hablar. Sus ojos eran oscuros, y estaban ardiendo con suprimido deseo. Ella podía sentir el calor irradiando de Regina, sentir la evidencia de su pasión.
—Te deseo, Emma —dijo ella, la voz ruda con necesidad.
—Lo sé.
Regina la besó de nuevo, gentilmente, como si tuviese miedo de que ella pudiese quebrarse en sus brazos. Su ternura le llegó al corazón, y ella tuvo la repentina urgencia de abrazarle, de confortarle.
—¿Emma?
—¿Sí, Regina?
—No quiero lastimarte.
—¿Qué quieres decir?
—Eres tan frágil. Me temo que podría aplastarte.
—No estoy hecha de cristal, Regina.
Ella la alzó en sus brazos y la llevó al dormitorio, la bajó sobre la cama y luego se echó a su lado y se estiró, atrayéndola . Cerró los ojos, absorbiendo su cercanía, su mera esencia, tal como absorbía la luz de la luna. Ella era como luz de sol y satén en sus brazos: cálida y suave. Su fragancia llenaba sus sentidos, su piel era flexible y suave bajo sus manos. Enterró la cara en la abundancia de su pelo.
—Regina...
El deseo se desplegó dentro de ella como una flor abriéndose al sol. Sus manos se movían sin descanso por sus brazos, sus pechos, sus hombros y espalda, deleitándose en las sensaciones que se originaban al tocarle: los poderosos músculos en sus brazos, la suave calidez de su piel, la ruda seda de su pelo.
Su mano se detuvo al rozar la peculiar textura rugoso-suave de la elevación de carne a lo largo de su espina. Carne alienígena… la idea se coló, sin invitación, en su cerebro.
Sintió el cuerpo de ella ponerse rígido bajo su palma, sintió la tensión que pulsaba a través de su ser mientras se apartaba.
—Regina...
El dolor en sus ojos la apuñaló en pleno corazón. Sin palabras, se sentó y le volvió la espalda, como diciendo: echa una buena mirada.
Ella sintió su retirada en lo más profundo de su alma.
—Regina, por favor...
Por favor ¿qué? —pensó, odiando el abismo que se extendía todavía más profundamente entre ellas, odiándose a sí misma.
—Está bien, Emma —dijo ella, y su voz carecía de tono, sonando vacía de emoción.
Ella contempló su espalda. La estrecha línea carnosa que descollaba ante sus ojos pareció volverse más amplia, más oscura, hasta que saturó por completo su línea de visión.
Regina se puso de pie y ella supo que iba a abandonarla, y que, si ella le permitía alejarse, nunca más volvería a verle.
—¡Regina! ¡No te vayas! Por favor, vuelve a la cama.
Ella se giró para confrontarla, la piel sobre sus pómulos tensa, sus oscuros ojos llenos de tormento. Sus manos estaban fuertemente apretadas a los lados, y ella se encogió, apretándose contra el cabecero de la cama, mientras recordaba la destrucción que esas manos habían causado.
El movimiento no le pasó desapercibido a Regina. Entrecerrando los ojos, dio un paso hacia ella, un gruñido de enojo subiendo por su garganta mientras ella alzaba los brazos para defenderse.
—Pensé que no me tenías miedo —dijo, en tono de mofa.
—Yo... no lo hago.
—¿No?
Regina podía sentir la ira, la frustración, arremolinándose en su interior mientras daba otro paso hacia delante.
—Deberías huir, Emma. Corre del monstruo tan rápido como puedas y quizá deje que te vayas.
—Regina, no —ella le miró, el corazón latiéndole a mil por hora. Por un momento, se sintió dolorosamente tentada de salir corriendo, y luego, con una desafiante sacudida de cabeza, cuadró los hombros y le devolvió la mirada—. No te temo, Regina Mills.
Con un sollozo estrangulado, cayó de rodillas y enterró la cara entre las manos. Ella la contempló por un instante, el sonido de su angustiado grito destrozándole el alma.
—Oh, Regina —murmuró, y, deslizándose fuera de la cama, fue hasta ella sin un segundo pensamiento. Presionando su cabeza contra su vientre, le acarició el cabello—. Lo siento, Regina. Nunca más volveré a asustarme de tí.
Por un momento, se permitió encontrar solaz en su toque, fingiendo que ella le pertenecía, que siempre sería suya. Había estado sola tanto tiempo… La gente de ErAdona era conocida a través de toda la galaxia por ser cálida y afectuosa. Vivir sola, sin amor ni nadie que la tocase, había sido la parte más dura de su exilio.
Saboreó el toque de la mano de Emma sobre su cabello un momento más y luego se puso de pie.
—Esto no va a funcionar, Emma —dijo, con una voz tan fría como la piedra—. Fui una estúpida al pensar lo contrario. Las diferencias entre nosotras son demasiado vastas.
—¡No!
Se alejó entonces de ella, sus pasos pesados mientras caminaba hacia la puerta.
—Adiós, Emma.
—Te amo, Regina. Por favor, no me dejes.
Sus palabras le detuvieron, pero no se dio la vuelta, sólo se quedó ahí parada con la cabeza inclinada, dándole la espalda.
Cruzando la habitación, fue a detenerse tras ella. Lenta y gentilmente, rozó sus labios sobre la elevación de carne a lo largo de su espina, sintiéndola temblar ante su toque.
—Te amo —repitió—. No era mi intención herirte. Díme que me perdonas.
—Te perdono —dijo en voz baja, pero siguió sin darse la vuelta.
—Regina, por favor...
—Por favor ¿qué? Yo no puedo cambiar lo que soy.
—Yo no quiero que cambies. No te estoy pidiendo que cambies. Sólo que me ames, como yo te amo a tí.
Lentamente, Regina se giró para encararla.
—Dime lo que quieras, Emma. Pero sabe ésto: si me quedo, es para siempre. No sólo hasta que sea seguro para tí volver a tu casa. Mi gente no es como la tuya. Nosotros nos emparejamos de por vida, no por el momento o hasta que encontramos a alguien nuevo, sino para siempre.
—Para siempre —murmuró Emma.
—Entonces yo te entrego mi amor, y mi vida, por tanto tiempo como viva. Desde esta noche en adelante, tú serás mi mujer. Te defenderé hasta la muerte, y te amaré hasta mi último aliento.
Esas eran las palabras más hermosas que ella había oído jamás.
—¿Serás tú mi mujer, Emma Swan?
—Sí, Regina. Y prometo amarte a tí y sólo a tí, mientras viva. Permaneceré a tu lado en lo bueno y en lo malo. Compartiré tu risa y tus lágrimas, y te amaré hasta mi último aliento.
—Emma... — susurró su nombre mientras inclinaba su boca sobre la de ella. Ella era suya ahora, por siempre y para siempre suya. De donde ella venía, el matrimonio era un intercambio de votos entre una pareja. No se requería licencia alguna, ni sacerdote o magistrado, aunque algunos preferían ser casados dentro de una de las magníficas catedrales de ErAdona, con sus amigos y familiares asistiendo a la ceremonia. Pero el matrimonio en sí mismo tenía lugar en los corazones de dicha pareja. Emma era suya ahora, por siempre y para siempre suya, estaba atada a ella por las palabras que había pronunciado, como ella estaba atada a Emma.
Alzándola en brazos, la llevó de regreso a la cama.
—Debes decírmelo si te lastimo.
—No vas a hacerlo.
Regina la colocó sobre el colchón y luego se dejó caer junto a ella.
—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que estuve con una mujer.
—No pasa nada —murmuró ella, echándole los brazos al cuello—. Ha pasado mucho tiempo también desde la última vez que yo estuve con una mujer.
—¿Cuánto? —los celos brotaron en su interior, más ardientes que las hirvientes aguas del Mar ErAdoniano—. ¿Cuántas? ¿Cuántos?
—Ninguna, ninguno.
Los ojos de Regina se abrieron como platos por la incredulidad.
—¿Tú nunca has estado con una mujer o un hombre antes?
—No.
Regina frunció el entrecejo. Si ella nunca había estado con un hombre, probablemente no estaba usando ningún método anticonceptivo. En ErAdona, una mujer tomaba una cápsula que prevenía la concepción durante un año; si decidía que deseaba quedarse embarazada antes de que el año acabase, tomaba una segunda cápsula para revertir los efectos de la primera. Una cápsula similar era usada por los hombres, en ErAdona, cualquiera de los dos podría engendrar a un hijo. Pero aquí en la Tierra los métodos de concepción eran diferentes y los anticonceptivos menos sofisticados.
—¿Ocurre algo malo? —preguntó ella.
—No quiero que te quedes embarazada.
—¡Embarazada!
Ella había estado tan absorta en el primer rubor del amor, tan ansiosa por que Regina la tocase, que ni se le había pasado por la cabeza la posibilidad de quedarse embarazada o que Regina pudiera embarazarla.
Regina asintió.
—Podría ocurrir, aunque no estoy segura de que sea posible.
—¿Por qué no?
—Nosotras somos de mundos diferentes, Emma. Podría no sernos posible crear una nueva vida —acomodó su dedo bajo la barbilla de ella, forzándola a encontrar su mirada—. ¿Eso supone alguna diferencia? Si lo hace, dímelo ahora.
Antes de que sea demasiado tarde —pensó, sabiendo que una vez que la poseyese, nunca la dejaría marchar.
—No lo sé.
Ella nunca se había parado a pensar demasiado en eso, realmente. Siempre había asumido que algún día se casaría, pero nunca había pensado mucho en lo de tener niños. Simplemente suponía que vendrían a su debido tiempo: un guapo niñito y una preciosa niñita.
Miró a Regina e imaginó tener a su hijo. Un pequeñín con el cabello negro y los ojos oscuros de Regina. Y una pequeña línea corriéndole espalda abajo...
—¿Emma?
—No importa —dijo ella, apartando sus temores a un lado—. Te amo, Regina. Querré a tus hijos si Dios me los envía. Y si no lo hace... —se encogió de hombros—. Si no lo hace, entonces me contentaré con ser tu esposa.
El brazo de Regina se apretó en torno a ella, trayéndola más cerca, mientras ella pronunciaba una silenciosa plegaria para que nunca lamentase su decisión.
Emma sintió sus labios moverse sobre su cabello, sintió la calidez de su respiración contra su cuello. En ese instante, deseó que pudiesen hacer el amor, pero Regina tenía razón. Era mejor esperar hasta que no hubiese peligro de que ella se quedase embarazada.
—Desearía...
—Lo sé —un suspiro de frustrado anhelo lo recorrió—. Por esta noche, déjame tan sólo abrazarte.
Emma asintió mientras se acomodaba en su abrazo.
—Sí —susurró—. Abrázame y no me sueltes nunca.
