Capítulo 15
Emma despertó lentamente, renuente a abandonar el hermoso sueño que había estado teniendo. Y entonces sintió el aliento de Regina acariciar su cuello, el bienvenido peso de su pierna descansando sobre las de ella, el calor de su palma curvada sobre su pecho, y supo que no había sido un sueño en absoluto.
Girando la cabeza, vió a Regina durmiendo a su lado. Espesas pestañas negras descansaban sobre sus mejillas. Sus labios, llenos y sensuales, estaban ligeramente separados. Ella observó el uniforme subir y bajar de su pecho, maravillándose de nuevo a la amplitud de su espalda. Sólo mirarle era suficiente para hacer que su corazón se acelerase, para hacerla anhelar tocarle, correr sus dedos sobre su pecho y sentir la sedosa calidez de su piel. ¡Qué fuerte y hermosa era! Y cuánto la amaba ella, cuánto amaba a esta mujer de un distante planeta.
Doscientos años —pensó. Ella había estado en la Tierra durante doscientos años. Las cosas que debía de haber visto, los cambios, las guerras, los avances en ciencia y medicina, y, todavía, cuán infantil debía de haberle parecido todo esto. Su gente había logrado viajar por el espacio en una época cuando los ancestros de ella estaban todavía desplazándose con caballo y calesín.
Doscientos años, y, en todo ese tiempo, había estado sola. Se dolía por ella , en las más profundas extensiones de su corazón y su alma, mientras intentaba imaginar cómo había sido esto para Regina, una extraña en un mundo extraño, temerosa de revelar la verdad de quien era, asustada de confiar en aquellos a su alrededor, forzada a vivir para siempre en las sombras.
La curva de su mandíbula la tentó a tocarla y ella trazó el perfil con la punta de su dedo.
—Yo te lo compensaré —susurró—. No sé cómo, pero lo haré. Lo prometo.
—¿Compensarme qué?
Su voz, baja y ronca por el sueño, la sobresaltó.
—Estás despierta —exclamó suavemente.
Regina hizo un suave sonido de asentimiento mientras abría los ojos. Colocando una mano detrás de su cabeza, la atrajo más cerca, reclamando sus libros con los suyos.
—¿Qué vas a hacer para compensarme, ?
Ella meneó la cabeza mientras sentía un débil rubor inundar sus mejillas.
—Nada.
Los labios de Regina mordisquearon su oreja.
—Dímelo.
—Estaba pensando lo horribles que deben de haber sido para tí estos pasados doscientos años, viviendo sola, necesitando... alguien a quien amar... —ella tomó una profunda inspiración, avergonzada de que hubiese casualmente oído sus palabras—. Yo... quiero hacerte olvidar todos esos solitarios años y...
Su mirada se desvió de la de ella. Sonaba tan tonto dicho en voz alta.
—Sigue —instó suavemente.
—Yo quiero hacerte feliz, Regina.
—Ya me haces feliz.
—¿Lo hago?
Asintiendo, deslizó las puntas de sus dedos por su mejilla en sentido descendente.
—Más feliz de lo que jamás he sido en la vida.
—Me alegro.
Necesitando tocarle, corrió sus manos sobre los hombros de ella, luego deslizó sus brazos en torno a su cintura y le abrazó, acercándola. Inquieta a causa de su deseo por ella, le acarició la espalda, las puntas de sus dedos explorando la elevación de carne a lo largo de su espina. Ésta no la repelía ahora. Era una parte de ella, una parte de quien y qué era ella.
Y era todo tan increíble.
Ella sabía tan poco de Regina, sobre su pasado, que estaba repentinamente llena de preguntas.
—¿Es Regina el nombre que te pusieron al nacer?
Ella asintió con la cabeza.
—Regina HeshLon, Me pusieron el nombre por mi por mi abuela paterna.
—Regina HeshLon —ella repitió el nombre, gustándole cómo sonaba—. ¿De dónde vino el nombre de Mills?
—De la guía telefónica —dijo ella con una sonrisa torcida.
—Me gusta Regina HeshLon —dijo ella—. Encaja contigo. Díme, ¿cómo son las casas en el lugar de donde tú vienes? ¿Tu gente duerme en camas y cocina en hornillos?
Regina sonrió, sorprendida de que su curiosidad hubiese tardado tanto en emerger.
—Sí, natayah, dormimos en camas y cocinamos en hornillos, aunque nuestros hornillos están alimentados por nuestro sol más que por electricidad. Nuestras casas son muy similares a las vuestras en diseño y función, aunque están construidas con materiales distintos.
—¿Cómo cuales?
—Están hechas de una clase de, no sé, ladrillo plástico, supongo que podrías llamarlo. Calienta nuestras casas en invierno y las enfría en verano.
—¿De veras? Eso es sorprendente —ella se sentó, su curiosidad aumentando—. ¿Es vuestra comida igual que la nuestra?
—En cierta forma —sentándose, puso su brazo alrededor de sus hombros y la atrajo contra ella—. Tenemos frutas y vegetales y una especie de pan. Nuestros animales son también bastante parecidos a los vuestros —continuó, anticipando su siguiente pregunta—. Tenemos bestias de cuatro patas, pájaros e insectos, y animales que producen leche. Algunos son empleados como comida, aunque la carne se come parcamente en ErAdona.
—¿Qué hacías antes de venir a la Tierra? ¿Tenías un trabajo?
—Yo era lo que llamaríais una ingeniero de minas.
—¿De veras? ¿Qué extraías?
—Un mineral similar al uranio. Es muy raro, y muy valioso.
—¿Hay otros de tu especie aquí? —inquirió ella, preguntándose por qué la idea no se le había ocurrido antes.
—No que yo sepa.
—¿Hay alguna forma de que tú puedas contactar con tu gente?
—No.
Un suspiro brotó, profundo dentro de Regina; por un momento, ella vio una persistente traza de tristeza en sus ojos.
—Lo siento, Regina.
Su brazo se apretó en torno a su hombro.
—Ya no importa —dijo en voz baja.
Las palabras, la silenciosa implicación de que ella era suficiente, inundó el corazón de Emma de calidez.
—Te amo, Regina.
—Lo sé.
—¿Leyendo mi mente de nuevo?
—No. Puedo verlo en tus ojos, oírlo en tu voz, sentirlo en tu toque.
Regina le sonrió, una oleada de ternura le recorrió. Pensó que los doscientos años de soledad y exilio habían valido la pena, que habían valido cada segundo por ese tiempo en brazos de Emma. Alegremente habría esperado doscientos más para encontrar el amor y la aceptación que había encontrado en sus brazos. Su amor la hacía sentirse humilde, débil por la gratitud.
Rió suavemente al oír el estómago de ella rugir.
—Estás hambrienta —comentó.
—Sí.
—Vamos a conseguirte algo de comer, entonces.
—¿Comerás conmigo?
—Si es tu gusto.
Treinta minutos más tarde, Emma estaba de pie ante el hornillo de la cocina preparando jamón y huevos revueltos. Regina se sentaba en el suelo. Ella podía sentir su mirada sobre su espalda. Había oído esa frase miles de veces, y nunca habían sido nada más que palabras, pero realmente podía sentir la mirada de Regina moviéndose sobre ella, suave, cálida, tan tangible como una caricia.
—¿Me dirías algo? —preguntó, mirado por encima del hombro.
—Si puedo.
—¿Es aquí donde aterrizaste cuando fuiste enviado aquí?
—No. Me dejaron arriba en las Black Hills.
—¿Qué hiciste? ¿Cómo sobreviviste?
Regina frunció el ceño, recordando.
—El equipo que me trajo aquí me dejó con víveres suficientes para una estación completa, así como un arma para defenderme y herramientas con las cuales construir un albergue. Oculté los víveres y exploré mi nuevo mundo. El toque del sol era un tormento más allá de lo creíble, y pronto aprendí a evitarlo. No había gente blanca con la que hablar en la tierra en aquel entonces, sólo indios. Les observé desde la distancia, fascinada por su primitivo estilo de vida. En muchas formas, ellos me recordaban a mis antiguos ancestros. Había estado aquí menos de una semana cuando enfermé de muerte. Pensé que iba a morir. Ahora sé que era la reacción de mi cuerpo a un nuevo medio ambiente. Me estaba ajustando al violento cambio en la atmósfera, la comida y el agua. Los indios me encontraron y cuidaron de mí. Estuve enferma durante muchos días.
—¿Qué pensaron ellos sobre la carne en tu espalda?
—Pensaron que era una extraña clase de tatuaje. Cuando me recuperé, me indicaron que era bienvenida a quedarme y yo acepté. No tenía deseos de estar sola en este extraño lugar. Aprendí rápidamente su lengua, sus costumbres.
Hizo una pausa mientras ella llenaba dos platos y le tendía uno. Emma le ofreció una taza de café, también, y luego se sentó a su lado, su espalda vuelta hacia la pared.
—Sigue.
Regina contempló la comida en su plato. No tenía apetito, ni necesidad de comida por el momento. Tomó un bocado porque ella había cocinado, porque no quería herir sus sentimientos.
—El tiempo pasó rápidamente. Todo era nuevo para mí y tenía mucho que aprender. Me quedé con los indios durante casi quince años, siendo parte de su villa, pero nunca realmente parte de ellos. Ellos encontraban extraño que yo dejase mi alojamiento únicamente por la noche y que me negase a tomar esposo o esposa. El chamán explicó que mis idiosincrasias habían de ser aceptadas, que yo había sido tocada por el Gran Espíritu. En realidad, me quedaba dentro durante el día porque no podía tolerar el sol. Y no tomé una esposa porque tenía miedo de contaminarla, miedo de lo que podría suceder si una mujer terrestre se quedaba embarazada de un hijo mío—. Regina observó los huevos congelándose en su plato. Había habido una mujer a la que quiso, una mujer a la que podría haber amado de habérselo permitido a sí misma, pero se había alejado de ella y ella se había casado con otro—. Gradualmente, se volvió evidente para los otros que yo no estaba envejeciendo. Nunca me ponía enferma. Las heridas sanaban rápidamente y no dejaban cicatriz. Una vez, fui capturada por los Crow junto a otros muchos guerreros. Nos echaron en un agujero, lo cubrieron con piel de oso y nos dejaron ahí durante tres semanas sin agua ni comida. Los otros hombres se debilitaron y murieron. Cuando se hizo evidente que yo no iba a morir, el hombre medicina de los Crow declaró que yo era wakan: "sagrada", y me llevaron de vuelta con los Lakota. La gente con la que había vivido me evitó después de eso. Pensaron que yo era un espíritu maligno, y, así, fui desterrada una vez más...
Era una historia que se había repetido una y otra y otra vez. Ella encontraba un lugar que le gustaba, se instalaba allí por un corto espacio de tiempo y luego se marchaba antes de que la gente comenzase a preguntarse por qué no se hacía mayor. Al principio, había buscado la compañía de otros, hasta que comprendió que era prácticamente imposible ser sociable sin involucrarse personalmente. Al final, se aisló a sí misma de cualquier asociación cercana con otros.
Durante un tiempo, se había dedicado a viajar. Fue durante ese tiempo que ganó apreciación por la gente de la Tierra. A pesar de su inhabilidad para vivir juntos en paz, habían erigido algunos monumentos maravillosos, creado algunas de las más hermosas pinturas y esculturas que ella jamás había visto, construido catedrales que quitaban la respiración. Y la Tierra en sí misma era un lugar hermoso, más verde que su mundo de origen.
Pero siempre, no importa cuán lejos viajase, regresaba al lugar donde su gente la había dejado, esperando, quizás, que algún día alguien volviesen a por ella. Y cuando incluso esa esperanza murió, se había volcado en la escritura, viviendo y amando a través de los personajes ficticios que había creado.
Emma hizo su plato a un lado, su apetito olvidado, entristecida por la soledad que había aflorado en su voz mientras relataba los largos y solitarios años de su vida.
—¿Eres realmente inmortal, entonces? —preguntó, y comprendió que ya había hecho esa pregunta con anterioridad.
—Todo muere, antes o después —le sonrió mientras colocaba su plato encima del de ella. Al comienzo, los cambios en su cuerpo habían sido terroríficos; sus aumentados sentidos del olfato, la vista y el oído le habían confundido. Su fortaleza física y su resistencia eran muchísimo más elevadas de lo que lo habían sido en ErAdona—. Cuando dejé a los indios, vine aquí, a esta montaña. Construí este lugar usando las herramientas que había enterrado antes. He vivido por todo el mundo desde entonces, pero siempre vuelvo aquí, a este lugar —ella estimaba que ese era su hogar, o, al menos, tan cercano a un hogar como había tenido desde que había sido desterrada de ErAdona—. He modernizado el mobiliario de vez en vez —le sonrió mientras echaba una mirada en derredor—. Supongo que es hora de reamueblar de nuevo —ella le devolvió la sonrisa, pero la suya fue una de corte triste—. Emma, no tienes que sentir piedad por mí.
—No lo hago, de veras. Te admiro. Quiero decir, al principio debe de haberte hecho falta una tremenda cantidad de valentía, de entereza, solamente para sobrevivir. Y, más adelante, conforme el tiempo pasaba... —se encogió de hombros—. Recuerdo ver una película de vampiros donde uno de ellos decía que hacía falta ser una clase especial de persona para ser uno de los no-muertos, para permanecer igual mientras todo lo demás cambiaba.
Regina asintió. Era verdad. Había sido duro, ver el mundo cambiar, ver a la gente morir, mientras ella seguía adelante, y adelante. Pero nada de eso importaba ya.
Emma había proporcionado un nuevo significado a su vida, le había dado una razón para vivir, esperanza para el futuro.
Poniéndose de pie, ella rellenó su taza de café, luego volvió a sentarse junto a Regina de nuevo.
—¿Cuándo comenzaste a escribir?
—No estoy segura. Hace setenta u ochenta años. Por supuesto, he tenido que cambiar de editores y de pseudónimos de cuando en cuando —añadió con una sonrisa torcida.
—Sí —dijo Emma, devolviéndole la sonrisa—. Es de suponer que sí. ¿Era ser escritora algo que siempre deseaste hacer?
—No. Era simplemente una forma de pasar el tiempo. Escribir es una profesión solitaria, algo que yo podía hacer sin ninguna interferencia de alguien más. Nunca he conocido a ninguno de mis agentes, o de mis editores. Todos mis tratos de negocios han sido hechos por correo y una ocasional llamada telefónica —rió suavemente—. El hecho de que no firme libros, y que rehúse que me tomen fotografías, se ha sumado a la mística de A. Lucard.
—Supongo que yo he sido toda una interrupción para tu escritura, ¿no? Probablemente estoy evitando que cumplas un plazo límite.
—Eso no importa.
—No tienes que entretenerme, ¿sabes? Podrías pasar tus días escribiendo si quieres —sonrió tímidamente—. En tanto reserves tus noches para mí.
Regina rió suavemente.
—Mis noches serán tuyas, natayah, al igual que mis días, por tanto como los desees.
Sus palabras llevaron un rubor a sus mejillas, y Regina pensó cuán hermosa era.
—¿Siempre has escrito acerca de vampiros, hombre-lobo y similares?
—No. Originalmente, escribía ciencia-ficción. Ya sabes: naves espaciales e invasores extraterrestres —él sonrió, recordando—. Y luego ví a Bela Lugosi en Drácula y comprendí por vez primera cuán similar era mi estilo de vida al de vuestros vampiros.
—No puedo esperar para decirle a Gail que eres de otro planeta. Estará emocionadísima.
—No puedes contárselo, Emma. No puedes contárselo a nadie.
—Pero ella va a estar tan entusiasmada… Siempre ha estado tan segura de que los objetos volantes eran reales… No se lo contaría a nadie.
Regina meneó la cabeza.
—Es un riesgo que no puedo correr.
—Comprendo.
Inclinándose, ella la besó en la mejilla, luego recogió los trastos del desayuno y los llevó a la cocina.
Regina la observó lavar y secar la vajilla, esperando que realmente comprendiese. Una palabra, la más ligera sospecha siquiera de que ella era de otro planeta, y nunca conocerían un momento de paz. Serían perseguidas, acosadas, hasta que fuese capturada. Ella había dispuesto de doscientos años para ser testigo de la inhumanidad del hombre para con el hombre, dos siglos de observar a culturas enteras destruidas porque eran diferentes, porque se habían interpuesto en el camino de la riqueza o el progreso. Durante ese tiempo, había visto incontables hombres como Whale, hombres que estaban dispuestos a sacrificar su honor, su integridad, por la promesa de fama y fortuna.
Regina no tenía deseo de ser el escalón de impulso para la ascensión de Whale a la celebridad y la gloria.
Esa tarde salieron a dar un paseo. Regina portaba un largo y estrecho utensilio que le explicó era como una sierra mecánica, sólo que más refinada. Dijo que iban a cortar un árbol y que la herramienta en sus manos no sólo haría caer el árbol, sino que cortaría la madera con la longitud y el grosor que requiriese.
—¿Tienes más artilugios como éste?
—Unos cuantos.
Ella no se explayó y Emma no preguntó, pero sabía que había sido mediante el uso de otras herramientas de su hogar que había esculpido las ventanas en la montaña y moldeado el cristal. Sin duda, alguna otra tecnología alienígena iluminaba también la entrada de la caverna.
Los bosques eran hermosos por la noche. Tomadas de la mano, ambas caminaron a través de la noche jaspeada de luna hasta que Regina encontró un árbol que consideró adecuado. Emma observó extasiada mientras adosaba el objeto en su mano a la base del árbol.
Treinta minutos después, el árbol estaba a sus pies y cortado en una docena de trozos manejables. Ella se cargo la madera al hombro sin dificultad y la transportó colina arriba, soltándola en el patio a un costado de la caverna.
Emma meneó la cabeza, sorprendida por su fuerza. Ella había llevado la carga colina arriba como si no pesase lo más mínimo, y ni siquiera estaba respirando con dificultad.
Regina se giro para encontrársela mirándo.
—¿Qué pasa?
—Nada —sonrió ella—. Sólo estaba pensando que yo solía soñar con un Príncipe Encantado que me llevase lejos a lomos de su corcel. En su lugar, mi amor verdadero es una combinación de El Inmortal y Supergirl.
Regina le devolvió la sonrisa.
—¿Te estás quejando?
—Oh, no. Creo que es maravilloso. Quiero decir: es la fantasía de toda chica hecha realidad.
Ella gruñó con retorcida diversión.
—¿Es eso lo que soy? ¿Una fantasía?
—No. Eres la mejor realidad que jamás he conocido.
Regina la cogió entre sus brazos y frotó la nariz contra su hombro, luego, riendo suavemente, hizo correr sus dientes a lo largo del costado de su cuello. Si ella fuese realmente un vampiro, ahora sería el momento perfecto para un tentempié de medianoche.
—¿Qué es tan gracioso? —preguntó Emma.
—Nada. ¿Qué tal un baño?
Emma se echó un poco hacia atrás y la miró con el entrecejo fruncido.
—¿Es esa tu forma sutil de decirme que apesto?
Regina meneó la cabeza.
—Tal vez es mi no-tan-sutil forma de intentar conseguir que te quites la ropa.
—Oh.
Ella desvió la mirada de la de Regina, agradecida por la oscuridad que ocultaba el rubor que sentía ascendiendo por sus mejillas.
—Ese manantial de agua caliente que mencioné no está lejos de aquí — metió la mano en el bolsillo y sacó una pastilla de jabón que había cogido mientras salía de la caverna—. ¿Vamos?
El manantial estaba localizado dentro de un grupo de vetustos pinos y helechos colgantes. Emma pensó que era como un lugar habitado por hadas. El agua relumbraba como una laguna de plata derretida bajo la luz de la luna; la hierba era suave bajo sus pies.
A pesar de que ambas habían pasado la noche previa haciendo el amor, ella no podía evitar sentirse un poco tímida mientras se sentaban al borde de la laguna.
Su corazón comenzó a latir erráticamente mientras Regina se quitaba la camisa y alargaba la mano hacia la hebilla de su cinturón.
—¿Emma?
—¿Hmmm?
Ella hizo un gesto en dirección hacia algún punto situado montaña abajo.
—¿Preferirías que esperase allá abajo?
—No, es sólo que... no.
Sintiendo su incomodidad, ella le dio la espalda, se desprendió de los Levi's, y se deslizó sin un sonido dentro de la laguna.
—¿Por qué no usas ropa interior?
Ella se cubrió de golpe la boca con una mano, pero ya era demasiado tarde para retirar las palabras.
Regina se giró en el agua, su cabeza ligeramente inclinada hacia un lado mientras la contemplaba.
—No era mi intención preguntar eso —dijo ella, deseando que le fuera posible desaparecer bajo una piedra.
—Puedes preguntarme cualquier cosa que desees. La gente de ErAdona usa muy poca ropa. Nuestros hombres habitualmente visten holgadas camisas y pantalones hechos de tela finamente tejida. Las mujeres llevamos largas túnicas de un material similar a vuestra seda. Nadie usa nada debajo —hizo un vago gesto—. Incluso después de doscientos años, es un hábito que encuentro difícil de romper.
Emma asintió, hipnotizada por la vista que ella ofrecía. El agua acariciaba sus delicados hombros. La luz de la luna brillaba en su cabello. Podía sentir el calor de su mirada mientras aguardaba a que se uniese a ella. Inspiró profundamente.
—No me mires.
Con un asentimiento, Regina le dio la espalda, pero no tenía que mirarla para saber cómo era, lo que estaba haciendo. Podía oír el camuflado roce del tejido sobre su piel mientras ella se quitaba el suéter, los zapatos y calcetines y los jeans. Hubo un débil susurro de nylon y encaje mientras ella se desprendía de las bragas y el sujetador, seguido de un tenue chapoteo mientras se introducía en el agua. Un cambio en el viento transportó su esencia hasta su nariz y ella inspiró profundamente, inhalando su fragancia.
Se movió hacia aguas más profundas y luego se giró para encararla, la respiración atascándosele en la garganta al verla de pie ante ella, bañada en agua y luz de luna.
—Eres tan hermosa, natayah —murmuró.
—¿Lo soy?
Regina asintió. Parecía la diosa ErAdoniana de la fertilidad. Observó el color ascender por sus mejillas y sintió su propia sangre espesarse y su cuerpo tornarse pesado de deseo.
—Emma...
Ella no podía hablar, ni apenas respirar, mientras Regina se movía en su dirección. Incapaz de desviar su vista de ella, aguardó, con el corazón latiéndole salvajemente en el pecho. Alta y de suaves hombros, pícaramente apuesta, se abrió paso suavemente a través del agua, el calor brillando en las profundidades de sus ojos más intenso que el del burbujeante manantial.
Y luego sus manos estaban sobre sus hombros, inclinándose hacia ella, hasta que Emma no vio nada excepto su rostro, no sintió nada excepto sus manos deslizándose lenta y sensualmente por su espalda, cerrándose en torno a su cintura, atrayendo su cuerpo contra el suyo.
Con un gemido bajo, Regina inclinó su boca sobre la de ella, su lengua rozando ligeramente su labio inferior como una llama de seda.
Ella pensó, aturdida, que su piel estaba ardiendo y sus huesos derritiéndose. Sus piernas se sentían como de paja; cada terminación nerviosa hormigueando con la consciencia de su proximidad. Su cabeza cayó hacia atrás, dándole acceso al hueco de su garganta.
Los labios de Regina resbalaron por la curva expuesta de su cuello mientras sus manos se deslizaban sensualmente hacia arriba hasta copar sus pechos.
—Regina —gimió ella suavemente—. Regina, por favor...
—¿Qué, Emma? — se apartó ligeramente, con su mirada quemándola—. Dime qué deseas.
Ella no pudo ponerlo en palabras; en su lugar, se apretó descaradamente contra ella.
—Regina...
Con un grito camuflado, la cargó en sus brazos y la llevó hasta el borde del manantial, y ahí, parcialmente sumergida en la cálida agua arremolinándose a su alrededor, hundió sus dedos y su espíritu al de ella.
Ella se retorció debajo de Regina, sus uñas arañando la elevación de carne en su espalda, excitándole todavía más. Sus piernas se cerraron en torno a su centro para mantenerla cerca mientras ella suspiraba su nombre una y otra y otra vez, implorándole que acabase ese dulce tormento. Y luego ella estaba elevándose, volando, alcanzando ese momento único de plenitud y perfección.
La liberación de Regina siguió a la suya inmediatamente. Ella sintió la calidez y el calor de Regina mientras su vida se derramaba dentro de ella, haciéndola sentir completa.
Durante unos interminables momentos, sólo se escuchó el mudo sonido del agua lamiendo sus cuerpos y el áspero resuello de la respiración de Regina en su oreja.
Nunca —pensó Emma— nunca soñé que semejante éxtasis, semejante unidad, pudiese existir.
Le abrazó más cerca, deseando que pudiesen permanecer entrelazadas la uno en brazos de la otra para siempre.
Frunció el ceño cuando ella comenzó a apartarse.
—¿Qué sucede? —inquirió, buscando su mirada con la suya—. ¿Regina? —un frío e innominado temor atrapó su corazón cuando vio su cara—. ¿Regina, ocurre algo malo? Me estás asustando.
Ella meneó la cabeza.
—Emma, lo siento.
—¿Lo sientes? —sintiéndose repentinamente vulnerable, ella se sentó y cruzó los brazos sobre el pecho—. ¿Por qué?
—Nunca deberíamos haber hecho el amor.
—¿Oh? —su voz sonó pequeña e increíblemente joven—. Lamento que sientas de esa manera.
—Emma —la atrajo a sus brazos, sosteniéndola en su regazo como si fuese una niña—. No pretendía decirlo así. Es sólo que no usamos ninguna protección.
—Oh —murmuró ella, aliviada—. ¿Es eso todo?
A pesar del hecho de que ella había estado de acuerdo con Regina en que ahora no era el momento para pensar en tener un bebé, no podía evitar pensar lo maravilloso que sería tener al bebé de Regina. Un chico, con el cabello negro y los ojos oscuros de su madre.
—Emma.
—¿Qué?
—Te dije antes que no sabía si podía engendrar un hijo con una mujer terrestre.
Emma asintió.
—Lo recuerdo.
Ella inspiró profundamente.
—No sé lo que te sucedería si te llegases a quedar embarazada.
—¿Qué quieres decir?
—Debería ser obvio. Somos de planetas diferentes. Mi sangre es diferente a la tuya, diferente a como era cuando llegué aquí. No sé qué efecto podrían tener esos cambios sobre un niño, o... o sobre tí. Un embarazo podría ser peligroso, incluso fatal, para ambas.
Emma se estremeció. El agua lamiendo sus pies se sentía fría de repente. Peligroso. Fatal. Las palabras de Regina retumbaban en su mente.
—Emma, lo siento.
—No es culpa tuya. Yo lo deseaba tanto como tú. Tal vez más.
—Pero yo sabía que no debíamos.
—Regina, está hecho. No tiene sentido que te atormentes. De todos modos, siempre hay riesgos cuando una mujer se queda embarazada —añadió, esperando apaciguar no sólo sus miedos sino también los suyos propios—. Es parte de la vida.
Pero no podía evitar preguntarse qué pasaría si se quedaba embarazada. ¿Qué había hecho? ¿Qué clase de niño resultaría de su unión?
Regina se puso en pie, llevándola consigo.
—Tienes frío —dijo.
Ella asintió, aunque no era el aire frío lo que la estaba haciendo temblar. Peligroso. Fatal. Las palabras se repetían una y otra vez en su mente, asustándola a pesar de sus valientes palabras de antes.
Como si fuese una niña indefensa, ella le dejó secarla y vestirla. Observó mientras Regina se ponía los pantalones, su mirada atraída por la oscura línea que le corría espalda abajo. Regina se deslizó la camisa por encima de la cabeza y luego la levantó en sus brazos y la llevó montaña arriba, hacia la caverna.
Una vez dentro, Regina le quitó la ropa, la metió en la cama y la arropó. Desvistiéndose, se deslizó junto a ella y la envolvió en sus brazos.
Por favor, por favor, por favor... Sólo esa únicas dos palabras, reproduciéndose una y otra vez en su mente.
Por favor, deja que ella esté bien.
Por favor, no dejes que mi semilla haya echado raíces en su matriz.
He estado sola tanto tiempo… Por favor, no te la lleves de mi lado.
La mantuvo abrazada durante toda la noche, rezando a los dioses de su mundo de origen, al Gran Espíritu de los Lakota, implorando piedad.
Perdóname —rogó—. Castígame, pero, por favor, no dejes que nada le suceda a la mujer dormida en mis brazos
