Capítulo 16
Cuando Emma despertó a la mañana siguiente, era tarde y estaba sola. Sintió un súbito acceso de pánico y luego, oyendo el sonido de un martillo en acción, se relajó. Ella estaba allí.
Contempló el liso techo de piedra recordando la pasada noche, la auto-recriminación en los ojos de Regina, el miedo. Había sido por ella ese miedo.
Colocó una mano sobre su estómago. ¿Y si estaba embarazada? ¿Sería eso tan terrible en realidad? Excepto por esa peculiar prominente línea de carne en su espina, el aspecto de Regina era exactamente igual al de cualquier otra mujer. Esbozó una sonrisa sesgada. No era como si ella fuese Jabba de Star Wars, o el hombre-agallas de la Laguna Negra.
Gruñó suavemente mientras un nuevo pensamiento se le ocurría. Regina había mencionado el hecho de que su sangre era diferente de la de ella y podría provocarle daño, pero ella ya le había dado un poco de su sangre y nada había sucedido. ¿Se había olvidado de eso?
Haciendo a un lado las mantas, se apresuró a salir de la cama, se puso los jeans y una sudadera, y fue a la habitación principal.
Se detuvo en la entrada, su mirada desplazándose sobre Regina. Estaba construyendo una mesa del árbol que había talado la noche antes. Por un momento, ella admiró el juego de músculos en su espalda y hombros. Ella miró por encima del hombro para sonreírle y la felicidad burbujeó dentro de ella, tan efervescente como champán espumoso.
—Buenos días —dijo, entrando en la habitación.
—Buenos días —terminó de clavar una de las patas de la mesa en su sitio y luego se apartó un mechón de pelo de la cara—. ¿Dormiste bien?
Emma asintió.
—¿Y tú?
Regina meneó la cabeza.
—No.
—¿Estabas preocupada por mí, no?
Ella asintió, su mirada moviéndose por su cara.
—Estoy bien, de veras —ella se sentó en el suelo, con las piernas flexionadas y los brazos descansando sobre las rodillas—. ¿No crees que quizá te estás preocupando por nada? Quiero decir, me diste tu sangre y nada malo ha sucedido.
Regina frunció el ceño, y Emma supo que ella había estado en lo cierto: se había olvidado.
—Así que —dijo brillantemente—. Quizá no haya nada por lo que preocuparse. De todas maneras, probablemente no estoy embarazada. Pero estoy hambrienta. ¿Y tú? Oh, lo siento.
Emma sonrió auto-conscientemente. Había olvidado que no necesitaba comer cada día.
—Ve a hacerte algo de desayunar —dijo Regina—. La mesa debería de estar acabada para cuando estés lista.
Poniéndose en pie, Emma cruzó la distancia hacia la cocina, pensando que preferiría comer sentada en el suelo que de pie ante la mesa, y luego vio las sillas, dos de ellas. Robustas, servibles, con los respaldos intrincadamente tallados, una ligeramente más grande que la otra. Una imagen de los tres osos brotó en su mente y la hizo sonreír. Una para papá oso, una para mamá osa...
—Haces un bonito trabajo, Regina —llamó por encima de su hombro.
—Gracias.
Regina la observó moverse por la cocina, pensando cuán diferente se sentía la caverna con Emma ahí para compartirla. Pensando cuán diferente se sentía ella. Quizá estaba en lo cierto. Quizá se estaba preocupando por nada. Le había dado su sangre y ella no había sufrido ningún efecto negativo. Contempló el martillo en su mano, intentando sofocar el acceso de esperanza que fluyó a través de ella mientras imaginaba cómo sería compartir su vida con Emma. Y entonces, incapaz de detenerse a sí misma, conjuró la visión de Emma sosteniendo a su hijo.
Ah, darle a ella un hijo —pensó—. Sostener a un niño propio en mis brazos de nuevo...
AnTares... Su agarre sobre el martillo se estrechó hasta que sus nudillos se volvieron blancos. Tras su arresto, el concejo había rehusado dejarle pasar tiempo alguno con su hija. Ella les había implorado que lo reconsiderasen, que le permitiesen decirle adiós, pero no sirvió de nada. La única concesión del concejo había sido permitir a sus padres que llevasen a AnTares al muelle de atraque la mañana en que su nave iba a partir.
Cerró los ojos, recordando el día que había visto a su hija por última vez, sus claros ojos grises anegados en lágrimas. Ella había alargado sus brazos hacia Regina, implorándole que no la abandonase. El sonido de su llanto le había seguido mientras era conducida a la nave. Había anhelado ir hacia ella, intentar explicarle por qué estaba siendo enviada lejos, por qué nunca la vería de nuevo. En su desesperación, se había vuelto hacia el cabeza del concejo, suplicando la comprensión de DaTra, implorando que le permitiesen abrazar a su hija una última vez, pero DaTra había rehusado con dureza. Ya a bordo de la nave espacial, Regina había mirado por la ventana de la nave, su mirada fija sobre el rostro de su hija, hasta que todas las ventanas habían sido selladas y ella la perdió de vista para siempre.
Alex clavó la última puntilla y enderezó la mesa. Después de todos esos años, pensar en ella todavía tenía el poder de causarle dolor.
AnTares, perdóname...
—¿Regina?
Levantó la vista para encontrarse a Emma mirándole.
—Lo siento, ¿dijiste algo?
—Te pregunté si querías una taza de café, o quizá un vaso de agua.
—No, gracias.
—¿Está todo bien?
—Bien.
Ella inclinó la cabeza hacia un lado, su expresión dubitativa.
—No tienes que decírmelo si no quieres —dijo en voz baja—. Pero tampoco tienes que mentirme.
—Lo siento, Emma. Estaba pensando en mi hija.
Ella asintió, no sabiendo qué decir.
Regina llevó la mesa a la cocina y puso las sillas una a cada lado.
—¿Te sentarás conmigo mientras como? —preguntó Emma, colocando su plato y una taza de café sobre la mesa y se sentó. Con un gesto de asentimiento, Regina se sentó frente a ella—. ¿Qué vamos a hacer hoy? —preguntó.
—No lo sé. Me temo que no hay mucho que hacer aquí arriba.
Regina miró la librería vacía. Incluso leer había dejado de ser una opción.
Emma la estudió por encima del borde de su taza de café.
—Tengo una idea.
Regina la miró expectante, y luego, viendo florecer el color en sus mejillas, supo lo que ella tenía en mente.
—Emma...
Ella le miró con ojos grandes e inocentes.
—No podemos salir mientras el sol esté en lo alto —dijo, sonriendo seductoramente—. Así que no podemos ir a nadar, ni a pasear —se encogió de hombros—. No podemos sentarnos a leer porque tú quemaste todos los libros. Así que, ¿puedes pensar en una forma mejor de pasar el día?
—No.
—Bien.
Apartándose de la mesa, Emma se puso de pie y la tomó de la mano.
Con el corazón golpeándole en el pecho y el cuerpo vibrando con la consciencia de lo que estaba a punto de suceder y el deseo, Regina le permitió que la guiase al dormitorio. Permaneció de pie en actitud pasiva, la sangre corriéndole veloz por las venas y resonando en sus orejas mientras ella comenzaba a desvestirla.
Cuando alargó las manos hacia ella, Emma se las apartó con un suave golpe.
—Todavía no —murmuró, y, así, ella siguió ahí parada, con el cuerpo temblándole de ansia, mientras ella deslizaba sus manos sobre su carne, aplicando sus labios a sus pechos e inclinandose para explorar su ombligo con su lengua.
Regina gimió mientras la necesidad de abrazarla se tornaba dolorosa.
—Mi turno —dijo con un gruñido, y, con lenta deliberación, comenzó a desnudarla, sus manos deslizándose seductoramente sobre su carne hasta que ella, también, estuvo temblando de necesidad.
Cogiéndola en sus brazos, la llevó hasta la cama. Sintió su mirada sobre su espalda mientras tomaba las precauciones necesarias, y luego ella estaba en sus brazos, susurrando su nombre, urgiéndole a abrazarla, a amarla y nunca dejarla ir.
Y Regina estaba más que dispuesta a complacerla.
Pasaron la tarde en la cama, haciendo el amor, durmiendo y haciendo el amor de nuevo, hasta que la oscuridad se asentó sobre la montaña.
Más tarde, después de un pausado baño en el manantial de agua caliente, fueron a dar un largo paseo por los bosques.
—Regina, ¿crees que Whale haya abandonado ya?
—Lo dudo.
—Necesito llamar a casa.
—Lo sé, pero es demasiado pronto. Quizá dentro de un par de semanas.
Emma asintió. Tan ansiosa como estaba por telefonear a su casa, para dejar saber a Granny y Gail dónde estaba, para asegurarse de que todo estaba bien por allá, sabía que Regina tenía razón.
Condujeron hasta la ciudad la noche siguiente y dieron un depósito para un sofá nuevo de cuero negro y un sillón a juego para la habitación principal. Mañana, Emma alquilaría una camioneta que les llevaría montaña arriba.
Después de dejar la tienda de muebles, vagaron por una librería, comprando todo aquello que despertó su interés hasta que tuvieron casi suficientes libros para volver a llenar la estantería de la caverna. También adquirieron un aparato de radio portátil y pasaron una hora seleccionando discos.
Su última parada fue en la tienda de comestibles, donde compraron pan y leche, una buena variedad de comida enlatada y algo de fruta y vegetales frescos. Regina enarcó una ceja en señal de diversión mientras Emma dejaba caer una docena de chocolatinas en el carro de la compra.
—¿Dulces para la dulce? —murmuró.
—Sólo dame mi chocolate y nadie saldrá herido — replicó ella con una descarada sonrisa.
El tiempo transcurrió rápidamente, los días se convirtieron en semanas y las semanas en un mes.
A pesar de todo, Emma nunca había sido más feliz. Desechó sus temores relacionados con el futuro, determinada a disfrutar ese tiempo junto a Regina, y ajustó rápidamente su estilo de vida al de ella. Las dos se quedaban levantados hasta tarde por la noche y dormían hasta tarde por la mañana. Algunas veces, pasaban la tarde leyendo. Regina era una lectora voraz con un amplio radio de intereses. Podía leer a Shakespeare un día y la última novela de Tom Clancy al siguiente. También disfrutaba la historia medieval y la filosofía. Algunos días, jugaban a las cartas; póker, canasta, pinacle, gin rummy… ella era adepta a todos ellos. Hasta la enseñó a jugar al ajedrez.
En otros momentos, cuando se estaba sintiendo melancólica, Regina le contaba acerca de su vida en ErAdona, sus padres y su hija. Raramente mencionaba a su esposa. La vida en ErAdona sonaba muy parecida a la de la Tierra, sólo que mucho más pacífica. Emma intentó imaginar ciudades sin crimen ni polución, o ser capaz de caminar por las calles de New York o Los Ángeles a una hora tardía de la noche, sola y sin miedo.
Por las tardes, a menudo salían a dar largos paseos. Ahora era una de esas veces. Emma había llegado a amar la noche. Encontraba una belleza en la oscuridad que nunca había visto a la luz del día, oía cosas que nunca había notado antes. Escuchaba al viento susurrar canciones de amor a los pinos, oía los suaves sonidos que hacían al escabullirse las pequeñas criaturas nocturnas que sólo salían tras la puesta de sol. Veía a un búho buscando a su presa, a un gamo andando de puntillas por el bosque… Había sentido un estremecimiento bajar por su espina la primera vez que oyó el melancólico grito de un coyote.
Algunas veces la sorprendía lo feliz que era, viviendo en una caverna en la cima de una montaña, lejos del mundo que había conocido.
Miró a Regina, caminando junto a ella, y supo que estaría contenta con pasar el resto de su vida aquí, en este lugar, con esta mujer.
No se sorprendió cuando su viaje acabó en el manantial. Éste se había convertido en su lugar especial, un lugar mágico.
El calor se elevó en su interior, cálido, excitante, mientras Regina alargaba las manos hacia ella. Ella ansiaba su toque, ardía por sus besos. Ya no tímida, dejó sus manos resbalar sobre su suave cuerpo, un cuerpo que ahora conocía tan íntimamente como el suyo propio. Comenzó a desvestirla con infinito cuidado, deseando prolongar el placer. Le encantaba tocarla y ver el deseo arder progresivamente en sus ojos mientras ella le quitaba la blusa y hacía correr sus uñas sobre su pecho y su espalda, dejando que sus palmas se deslizasen lenta y seductoramente sobre la rara prominencia de carne en su espalda.
Su gemido de placer la llenó de alegría. Nunca, nunca, había soñado que el amor podría ser tan maravilloso, tan hermoso.
Encerradas la una en el abrazo de la otra, se dejaron caer al suelo. Con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, Emma se tendió de espaldas mientras Regina la desvestía con manos gentiles, sus oscuros ojos encendidos de amor y deseo. Y luego ella estaba besándola nuevamente, su lengua moviéndose sobre ella como una llama de fuego.
Ella la atrajo profundamente dentro de sí, deseando cobijarla, escudarla, absorberla dentro de sí misma.
—¡Regina! —gritó su nombre en voz alta mientras el cuerpo de ella, sus manos, se fusionaba con el suyo. Sus uñas arañaron su espalda, alimentando su deseo, hasta que ella se retorció debajo de Regina—. Te amo —jadeó—. ¡Te amo!
Las palabras ascendieron por su garganta, repitiéndose una y otra vez mientras Regina la llevaba más y más alto, hasta que ambas se elevaron sobre la tierra, sus cuerpos y almas fundidas en una sola.
Natayah...
Oyó su voz en su mente, un exultante grito mientras ella se estremecía hasta alcanzar la plenitud debajo de Regina.
Emma, ah, Emma...
Sintió su calidez derramarse dentro de ella, llenándola, y luego Regina enterró la cara contra su hombro, su cuerpo temblando convulsivamente.
—Te amo, Regina —susurró las palabras mientras le acariciaba el pelo—. Te amo tanto.
Mucho más tarde, después de un placentero remojón en el manantial, las dos se tendieron lado a lado bajo la luz de la luna. Emma contempló las estrellas, preguntándose de nuevo cuál sería la de Regina. Había tanto que ella no sabía…
—Estás muy callada —comentó Regina—. ¿Hay algún problema?
—No. Sólo me estaba preguntando... ¿tu gente cree en Dios?
—Naturalmente.
Poniéndose de costado, ella se apoyó sobre un codo para poder ver su cara.
—Cuéntame en qué creéis.
—Nuestras creencias son bastante parecidas a las vuestras. Creemos en un solo Dios, un Ser superior que creó el universo. Va contra nuestras leyes robar, matar y mentir.
—¿Tenéis iglesias?
—Sí.
—¿Tenéis más de una religión?
—No. En eso, mi gente es diferente de la tuya. Cada raza de personas con las que me he encontrado cree en un Ser Supremo, pero es el mismo Dios, Emma. No importa si lo llamáis Wakan Tonka, Elohim o Allah. Él es el mismo. Omnipotente. Eterno. Sin comienzo en días o fin en años.
Emma asintió. Lo que ella decía era lo que ella había creído siempre. Recordó una escritura de la Biblia que había leído una vez y que se le había quedado en la cabeza: "Innumerables mundos yo he creado; y los creé también para mi propio propósito... Por consideración, hay muchos mundos que han muerto... Y hay muchos que ahora existen, e innumerables son para el hombre; pero todas las cosas están numeradas ante mí, porque ellas son mías y yo las conozco..."
—¿Eras tú... eras una mujer religiosa?
Regina asintió, la carga de matar a Rell pinchándole en la conciencia. Pero no lamentaba haber matado al hombre; lo haría de nuevo incluso aunque sabía que estaba mal.
—¿Has estado en otros planetas?
Regina se giro de lado para encararla.
—Algunos. La gente es la misma dondequiera que te las encuentres, Emma. Todos son humanoides. Una cabeza, dos brazos, dos piernas. Podrá haber diferencias menores en la piel o la textura del cabello, pero ninguno de ellos es como las ridículas criaturas descritas en vuestros libros o películas. No vuelan alrededor de la galaxia abduciendo gente y sometiéndolas a extraños experimentos. La mayoría están demasiado ocupados viviendo sus vidas para preocuparse en exceso sobre la vida en otra parte de la galaxia.
—Yo siempre pensé que si encontrábamos gente en otros planetas, ésta sería igual a nosotros —replicó Emma—. Quiero decir, mi Biblia me dice que Dios creó al hombre a su propia imagen —se encogió de hombros—. Siempre pensé que, si era verdad, entonces la gente sería igual en todas partes. Es agradable saber que estaba en lo cierto. ¿Ellos…? Quiero decir, ¿ha alguna de la gente de otros planetas…? Tú sabes lo que quiero decir. ¿Ha alguna de la gente de tu planeta tenido hijos con otras razas?
—No que yo sepa.
—¿Nunca?
—No lo sé, Emma. Yo sólo sé que, entre mi gente, está prohibido emparejarse con los de otros planetas. No puedo evitar pensar que debe de haber una buena razón detrás de tan estricta directiva.
Saber que ella estaba probablemente en lo cierto la hizo sentir repentinamente sola. No quería pensar más sobre ello. Regina le había dicho que la gente era igual en todas partes, y, aún así, parecía que ellas no eran exactamente iguales, después de todo.
Se estiró sobre el suelo de nuevo, sus brazos doblados detrás de la cabeza mientras observaba las estrellas. Pensamientos de Gail y Nana se agolparon en su mente.
—Me pregunto cómo estarán yendo las cosas en casa —comentó, ansiosa por cambiar de tema—. Tengo que llamar a Gail.
Regina asintió lentamente. Comprendía lo que ella estaba sintiendo, sabía que necesitaba asegurarse de que no estaba aislada de todo el mundo y todas las cosas que amaba. Era un sentimiento que ella conocía bien.
—¿A quién llamaste la última vez?
—A la señora Zimmermann, la vecina de al lado.
—De acuerdo. Mañana por la noche telefonearemos a la señora Zimmermann.
