Capítulo 17
Condujeron montaña abajo al caer el sol. Emma apenas podía sentarse quieta, tan ansiosa como estaba ante el prospecto de telefonear a casa.
Entraron en la primera gasolinera que vieron para hacer la llamada. Emma se agitó con nerviosismo mientras marcaba el número. El teléfono pareció sonar para siempre.
—No responde — dijo Emma, colgando el auricular.
—Probaremos de nuevo mañana por la noche.
—No. Quiero llamar a casa. Tengo que hablar con Gail.
—Emma, ya hablamos sobre eso antes. Podría no ser seguro.
—¡No me importa! Tengo que telefonear a casa Regina. Tengo el presentimiento de que algo anda mal.
Ella estudió su rostro durante un momento y luego suspiró con resignación.
—Yo haré la llamada. Nadie reconocerá mi voz.
Emma asintió en señal de acuerdo. Marcando rápidamente, depositó el auricular en su mano.
El teléfono sonó tres veces, luego una voz femenina que Regina no reconoció le respondió.
—¿Hola?
—Hola, ¿podría hablar con Emma, por favor?
—Lo siento, ella no está aquí. ¿Puedo coger yo el mensaje?
—¿Está Gail ahí?
—Sí. ¿Puedo preguntar quien llama?
—Soy una amiga de Emma.
—¿Oh?
Había un mundo de curiosidad en esa palabra.
—¿Podría hablar con Gail, por favor?
—¿Quien le digo que llama?
Regina hizo una mueca.
—¿Con quien hablo?
—Soy la señora Zimmermann.
Regina sostuvo el auricular en dirección a Emma.
—Tu vecina está al teléfono.
La mano de Emma estaba temblando cuando ella se llevó el auricular a la oreja. Algo andaba mal. Lo sabía.
—¿Señora Zimmermann?
—¿Emma, eres tú?
—Sí. ¿Está todo bien?
—Me temo que te tengo algunas malas noticias, querida. Tu... tu abuela... ella está, quiero decir, ah, está en el hospital.
—¡El hospital! ¿Qué sucedió?
—Tu abuela se desplomó en la tienda de comestibles.
—¡Se desplomó! ¿Se encuentra bien? ¿Cuando ocurrió eso?
—Antes de ayer —dijo la señora Zimmermann, sonando agitada—. Al principio pensaron que era un ataque al corazón, pero ya lo han descartado.
—¿Dónde está Gail?
—Ella está aquí. Espera, iré a buscarla.
Momentos más tarde, la voz de Gail se dejó oír a través del teléfono.
—Emma, Emma, ¿dónde estás? ¿Cuándo vas a venir a casa?
—Tan pronto como pueda, dulzura. ¿Cómo está Nana?
—No lo sé. El Dr. Petersen dijo que fue causado por el estrés. Le están dando algún tipo de medicina. No sé lo que es —Gail sorbió audiblemente por la nariz—. Él dijo que probablemente se pondrá bien. Pero, ¿y si no lo hace?
—Gail, ¿ha estado Whale por ahí?
—Cada día. Y no está solo. Hay dos tipos con él. Parecen… parecen gamberros.
—¿En qué hospital está Nana?
—En el de aquí de la ciudad. El Dr. Whale sugirió trasladarla a Boston para alguna clase de prueba. Dijo que tienen mejores instalaciones allí.
—Díle a Nana que se quede donde está, Gail. Díle que insista en que quiere que sea el Dr. Petersen quien la trate. ¿La señora Zimmermann se está quedando contigo?
—Sí. Estoy asustada, Emma. Por favor, ven a casa.
—Lo haré.
—De acuerdo. No le digas a nadie que telefoneé. Ahora tengo que marcharme, Gail. Trata de no preocuparte. Estaré en casa tan pronto como pueda.
—De acuerdo. Adiós.
Emma colgó y se apartó del teléfono.
—Oh, Regina, Nana está...
—Lo sé —dijo él, atrayéndola hacia sus brazos—. Lo oí.
—Tengo que ir a casa.
—No puedo dejarte hacer eso. Ya oíste lo que dijo Gail. Whale ha estado por allí cada día.
—No me importa. Tengo que ver a Nana —miró a Regina con la esperanza brillando a través de sus lágrimas—. ¿Tú puedes ayudarla, no, de la misma forma en que me ayudaste a mí? Ella se pondrá mejor si le das un poco de tu sangre. Sé que lo hará. Por favor, Regina, no puedo dejarla morir.
—Emma... —sus manos formaron puños. Lo que ella estaba pidiendo era imposible. Ella no había logrado sobrevivir durante doscientos años arriesgándose. Su tiempo de vida podría haberse incrementado drásticamente, pero ella no era realmente inmortal. Estaba sujeta al dolor y la muerte como cualquier otra criatura viviente—. Tanto como me gustaría hacerlo, no puedo hacer lo que deseas.
—¿Por qué no?
—No puedo.
—Muy bien, entonces, iré yo sola.
—Maldita sea, Emma, comprendo cómo te sientes, pero no puedo dejarte ir a casa. No permitiré que pongas tu vida en peligro.
—Si tú no vas conmigo, entonces iré sola. ¡Pero voy a ir! Granny ha cuidado de mí desde que yo tenía catorce. No puedo abandonarla ahora, cuando más me necesita. No puedo, y no lo haré.
Observó a Regina a través de sus lágrimas, sintiendo como si ella la hubiese traicionado. Había contado con ella y la había decepcionado.
—Si no le das algo de tu sangre, entonces yo le daré algo de la mía. Quizá funcionará tan bien como la tuya, pero, incluso si no lo hace, tengo que ir. Tengo que intentarlo.
Regina contempló las lágrimas brillando en sus ojos y la testaruda inclinación de su cabeza, y supo que no podía dejarla encarar a Whale sola.
—Tu sangre funcionaría bien, Emma.
—¿Qué quieres decir?
—Precisamente lo que dije.
Regina inspiró profundamente. Era hora de que ella supiese la verdad. Con voz carente de emoción, le contó la completa verdad sobre la rata y cómo había probado la sangre de ella, también como la suya propia, con el animal. Ambas habían restaurado la salud del roedor, aunque la de ella, sin mezclar ni diluir, había trabajado más rápidamente.
—¿Por qué no me dijiste esto antes?
—No lo sé.
Emma meneó la cabeza.
—No es posible.
—Es muy posible. Parece que tu sangre ahora contiene el mismo agente sanador que la mía, cualquiera que éste pueda ser. Ese es el por qué Whale te necesita. Creo que quiere intentar aislar lo que quiera que sea que genera la curación. ¿No lo ves? Si puede producirlo en masa, será millonario cientos de veces. Y si no puede…
—Si no puede, entonces simplemente tomará un poco de mi sangre cada vez y la venderá al mejor postor.
Regina asintió.
Emma se estremeció. Era un pensamiento aterrador. Por un momento, se imaginó a sí misma siendo mantenida encerrada en una jaula, bien alimentada y bien cuidada, pero una prisionera nada menos, mantenida en aislamiento mientras Whale extraía su sangre, vendiendo un poco cada vez mientras intentaba encontrar una manera de reproducirla.
—Es una cosa aterradora para considerar, ¿no? —preguntó Regina en voz baja.
—Sí.
Ella comprendía ahora por qué ella se había mantenido alejado de todo el mundo, por qué nunca había dejado que nadie supiese lo que era.
—¿Ahora comprendes por qué no puedo dejarte ir a casa?
—Tengo que ir, Regina. Tengo que ayudar a Nana si puedo. Por favor, intenta comprender.
Aparte de encerrarla dentro de la montaña, no había modo de detenerla.
—De acuerdo, Emma —dijo ella pesadamente—. Te llevará a casa.
Ella se derrumbó contra Regina, sus hombros estremeciéndose mientras los sollozos devastaban su cuerpo.
—No llores, natayah —murmuró él—. Por favor no llores. Irás a casa.
—Gracias, Regina.
Ella asintió.
—Saldremos mañana tan pronto como esté oscuro.
Sosteniéndola lejos de ella, secó sus lágrimas con las puntas de sus dedos; luego, tomando su mano en la suya, caminaron de vuelta al coche.
Los pasos de Gail eran pesados mientras la niña caminaba de regreso a casa desde la escuela. Ella había llamado al hospital anoche después de hablar con Emma. La enfermera le había asegurado que Nana estaba descansando confortablemente.
Doblando la esquina y entrando en la calle donde se encontraba su casa, se preguntó cuándo llegaría Emma a casa, y dónde había estado durante las últimas cinco semanas.
Frunció el ceño cuando vió el coche azul oscuro aparcado en la entrada. Whale otra vez. Él pasaba por allí cada día para preguntar si Emma había llamado. Ella no estaba segura, pero pensaba que había visto el mismo coche siguiéndola ya desde la escuela.
Gail murmuró una palabrota. No le gustaba Whale, aunque él nunca había hecho o dicho nada para granjearse su disgusto. Él no le agradaba y no confiaba en él más de lo que confiaba en esos dos hombres que estaban siempre con él. Sus nombres eran Kelsey y Handeland. Whale decía que eran sus socios. Ella no estaba segura de lo que eso significaba, pero no le gustaba para nada como sonaba. Los dos hombres estaban siempre vagando por la casa, mirando en los armarios, curioseando los cajones y escudriñando en el escritorio de Nana. Numerosas veces al día, paseaban por la vecindad. Ella sabía que estaban buscando a Emma.
Whale estaba sentado en el sofá, hablando con la señora Zimmermann, cuando Gail entró en la casa. No vió a sus socios, así que asumió que estaban fuera, recorriendo la vecindad.
—Ah, Gail —dijo él—. Ahí estás.
—Hola.
Él le sonrió, ignorando su hosca expresión.
—¿Todavía no hay noticias de Emma?
—No.
Él asintió lentamente.
—Espero que telefonee pronto. Cada día que pasa sin tratamiento sólo disminuye las oportunidades de tu hermana de obtener la completa recuperación.
—¿De qué necesita recuperarse?
—Como ya te dije antes, encontramos una anormalidad en sus glóbulos rojos. Me temo que podría ser fatal —meneó la cabeza—. Su condición podría probar ser también contagiosa —alegó, esbozando su untuosa sonrisa—. Si entras en contacto con ella, también tú podrías estar en riesgo —su mirada se prendió en la suya—. ¿Estás segura de que ella no ha telefoneado a casa?
—Estoy segura —Gail le sostuvo la mirada tanto tiempo como pudo, preguntándose si él sabía que estaba mintiendo. Repentinamente nerviosa, miró a la señora Zimmermann, al suelo, por la ventana—. Tengo que irme ahora. Tengo tarea.
—No estás mintiendo, ¿verdad, Gail? Ella llamó anoche, ¿no?
Gail meneó la cabeza.
—No.
Whale estampó su puño sobre la mesita del café. Había pasado la última semana buscando un lugar adecuado para un laboratorio, y había gastado una buena porción de los ahorros de toda su vida estableciéndolo. Soltó una maldición por lo bajo. Había esperado años por una oportunidad como esa, había dedicado incontables horas a investigar, esperando encontrar una forma de alargar la vida humana, y ahora, cuando finalmente tenía lo que podría ser la respuesta a años de investigación, no podían encontrar a esa maldita mujer. Cada día desperdiciado significaba vidas perdidas que podrían haber sido salvadas.
—¡Estoy cansado de esto! —exclamó—. ¡Cansado de esperar! —poniéndose en pie, cruzó la habitación y agarró a Gail por el brazo—. ¡Díme la verdad, maldita sea!
—¡Lo estoy haciendo! ¡En serio! —ella lo miró, asustada por la furia en sus ojos—. Me está lastimando.
—¡Pare! —gritó la señora Zimmermann. Levantándose de un salto de su asiento, aferró la mano de Whale e intentó apartarlo de Gail—. ¡Déjela en paz!
Whale se soltó de la señora Zimmermann.
—Háblame, Gail. No quiero hacerte daño, pero ya he sido suficientemente paciente. ¿Dónde está ella?
—No lo sé.
Ella estaba llorando ahora.
—Voy a llamar a la policía —dijo la señora Zimmermann.
—No lo creo así —la voz de Whale, fría como el hielo, la detuvo—. Descuelgue ese teléfono y le romperé el brazo a la niña.
—¡No será capaz! —la señora Zimmermann contempló a Whale con la cara pálida, su expresión una de aturdido horror—. Usted… es médico.
—Eso es cierto —una cruel sonrisa retorció los labios de Whale —. Después de romperle el brazo puedo arreglárselo. ¡Ahora dígame lo que quiero saber!
—No le diga nada —dijo Gail, llorando—. Yo… no tengo miedo.
Gail gritó cuando Whale le retorció el brazo tras la espalda.
—¿No lo tienes? —preguntó él.
El rostro de Bella Zimmermann palideció mientras la mirada de Whale atravesaba la suya.
—Emma... ella... ella telefoneó anoche.
—¡Señora Zimmermann, no!
—Cállate, niña — Whale retorció con fuerza el brazo de Gail—. Siga, Bella, ¿qué dijo ella?
—No mucho. Sólo llamó para ver cómo estaba todo el mundo —la señora Zimmermann entrelazó sus manos sobre el pecho—. Yo le dije que Granny estaba en el hospital.
—¿Dijo ella que iba a venir a casa?
—No —Bella Zimmermann meneó la cabeza—. Ya le dije lo que quería saber. Ahora, suelte a Gail.
Whale gruñó suavemente
— Tú debes de haber hablado con ella también, niña. ¿Qué dijo?
—Nada. Sólo que no me preocupase.
—¿Pero va a venir a casa, cierto?
—No. Ella sabe que usted está aquí. Yo le dije que pasaba por casa cada día —Gail sonrió con aire presumido—. Emma es demasiado lista para venir a casa.
—¿Sí? Bueno, ya veremos sobre eso —empujó a Gail hacia el sofá—. Siéntate, niña. Usted también, Bella —él tanteó el bolsillo de su chaqueta—. Tengo que hacer un par de llamadas telefónicas y quiero que las dos os sentéis ahí y estéis calladitas. ¿Entendido?
La señora Zimmermann asintió.
—Lo siento, querida —susurró, envolviendo sus brazos protectoramente en torno a la niña—. Lo siento tanto.
Gail asintió, rezando para que Emma realmente fuese demasiado lista como para venir a casa.
Regina condujo pasando de largo la casa de Emma dos veces, todos sus sentidos alertas, cada nervio en su cuerpo alertándole de peligro. Ellos habían ido al hospital primero, sólo para descubrir que la abuela de Emmaa había sido transferida a otro hospital a petición de su médico.
—¿Transferida? —había preguntado Emma.
—Sí —había dicho la enfermera, comprobando el archive de Granny—. El Dr. Whale del Boston General está ahora a cargo del cuidado de su abuela.
Una repentina frialdad se había instalado entonces en el fondo del estómago de Emma.
—¿Tiene usted un número donde pueda localizarle?
—Sí, justo aquí —había dicho la enfermera—. Se lo anotaré.
Emma había contemplado el papel que la enfermera le había tendido. El número de teléfono era el suyo propio.
—Él la tiene —había dicho Emma mientras abandonaban el hospital—. Whale ha cogido a mi abuela.
—Así parece —Regina pasó por delante de la casa una tercera vez, luego aparcó el coche al final de la manzana y se giró para encarar a Emma—. Algo no anda bien ahí. Quédate aquí mientras yo voy a echar un vistazo.
—¿Y qué si Whale está ahí?
—Estoy seguro de que lo está. Pero él no me conoce.
—¿Tendrás cuidado?
Regina asintió.
—Si no vuelvo en diez minutos, regresa a la montaña y espérame. Si no estoy allí para mañana por la noche…
—No voy a abandonarte.
—Maldita sea, Emma, no seas tonta. No le harás ningún bien a tu abuela o a Gail si estás encerrada en algún laboratorio. Incluso si hace falta un año para que Whale abandone sus planes, al menos todavía tendrás tu libertad.
—Estamos desperdiciando el tiempo.
—Prométeme que te marcharás si no regreso en diez minutos —dijo Regina—. Prométemelo o nos volvemos ahora, incluso si tengo que atarte y llevarte a la fuerza.
—Oh, de acuerdo, lo prometo.
—Espero que mantengas esa promesa.
—Ten cuidado.
—Lo tendré —la miró durante un prolongado momento, luego, aferrándola por los hombros, la atrajo hacia ella y la besó, con fuerza—. Recuerda tu promesa —dijo, y se deslizó fuera del coche.
Su sentido del peligro se tornó más fuerte conforme se acercaba a la casa. Deteniéndose en el porche, expandió sus sentidos. Había un cierto número de personas dentro. Reconoció el olor de Gail entre ellos.
Tomando una profunda inspiración, llamó a la puerta.
