Capítulo 18
Gail miró a la alta mujer de pie en el porche y pestañeó.
—Señora Mills —murmuró—. ¿Qué está haciendo usted aquí?
—Vine a verte, naturalmente.
—¿A mí?
Gail sintió un acceso de aprensión mientras contemplaba a Regina. Ella aparecía alta y amenazadora bajo el pálido brillo amarillento de la luz del porche. Vestida toda de negro, con largo cabello negro y penetrantes ojos negros, era la imagen perfecta de lo que ella siempre había imaginado sería la apariencia de una vampira.
—Pensé llevarte a tomar un helado.
—Oh, yo... —Gail se lamió los labios nerviosamente, luego miró por encima de su hombro. Whale estaba parado tras ella, fuera de la vista de REgina—. No puedo. Nana me necesita aquí.
—¿Cómo está tu abuela?
—No muy bien.
—Lamento oír eso. Díle que espero que se sienta mejor pronto.
—Lo haré.
—Adiós.
—Adiós.
Gail lo observó descender los escalones, su mente agitándose con preguntas. ¿Dónde estaba Emma? ¿Por qué había pasado por allí Regina Mills en realidad? Quiso llamarle para que volviese, echar a correr tras ella, pero sintió la mano de Whale sobre su brazo.
—Cierra la puerta —ordenó Whale con tono cortante.
Gail dudó por un momento y sintió los dedos de Whale hundirse en su brazo. Renuentemente, cerró la puerta.
—¿Quién era ésa?
—Sólo una amiga mía.
Whale la miró, su expresión escéptica.
—Un poco mayor para tí, ¿no?
—No es una novia —dijo Gail sarcásticamente—. Sólo una amiga. Es escritora.
—¿Mills? — Whale frunció el entrecejo.
—Escribe historias de horror —dijo Gail—. Yo solía creer que ella era un vampiro.
Whale rió mientras la empujaba en dirección al salón.
—¿Un vampiro, eh? Muy graciosa. Siéntate.
Gail tomó asiento en el sofá y recogió el libro que había estado leyendo. Era uno de los libros de vampiros de Regina. Ella sabía que no debiese estar leyéndolo, pero no había nadie allí para detenerla. La señora Zimmermann no sabía que ella no debía leer esos libros, y Nana estaba demasiado enferma para preocuparse. Gail se concentró en la historia. Había un montón de cosas en ella que no comprendía, pero mantenía su mente distraída de Whale y los otros tres hombres que se habían adueñado de la casa. Contempló las páginas, rezando en silencio para que Emma no viniese a casa y Whale se cansase de esperar y se largase.
Regina se alejó caminando de la casa, consciente de que estaba siendo observada. Había sentido a alguien de pie detrás de Gail. ¿ Whale, quizás? Había habido otros en la casa, también. Había reconocido el olor de Nana entre ellos. Los demás habían sido extraños.
Se detuvo en las sombras más allá de la casa, preguntándose cuál sería su siguiente movimiento, y si habría más hombres de Whale montando guardia fuera. Consideró hacer que Emma llamase a la policía, pero no tenían evidencia de que Whale estuviese haciendo nada ilegal. Y si Emma confrontaba a Whale en presencia de las autoridades, éste muy probablemente informase a la policía de que sospechaba que Emma estaba infectada con un virus mortal e insistiría en que fuese mantenida en cuarentena bajo su cuidado.
Regina gruñó suavemente, pensativamente. Whale era un miembro respetado de la comunidad médica. No tenía duda de que la policía aceptaría la palabra del doctor por encima de la suya, especialmente cuando un forense de la policía estudiase los análisis de sangre de Emma.
Murmuró una maldición mientras caminaba calle abajo en dirección a su coche. Tendrían que manejar esto por sí mismas, y en forma tal que ni Gail ni su abuela, ni la señora Zimmermann, fuesen puestas en riesgo.
Había considerado y descartado muchos planes de acción ya para cuando llegó hasta el Mercedes. Por un momento, contempló la ventanilla rota, rehusando aceptar el hecho de que ella se había ido.
La rabia brotó dentro de ella, creciendo más fuerte con cada momento que transcurría. Tomó una profunda inspiración, y el olor del miedo de Emma le escoció la nariz.
Incapaz de contener su furia, golpeó el lateral del Mercedes con su puño. El metal se arrugó como si estuviese hecho de papel.
—Maldito seas, Whale —siseó—. Si dañas un solo pelo de su cabeza, lamentarás esta noche por el resto de tu vida.
Emma flotó al borde de la consciencia. Varias voces penetraron la oscuridad, voces que sonaron altas y luego se extinguieron. Sintió el agudo pinchazo de una aguja en su brazo mientras alguien le extraía sangre. Le dolía la cabeza. La náusea se agitó en su estómago. Había un desagradable sabor en su boca.
Nadó a través de capas de oscuridad, pero, por mucho que lo intentó, no pudo abrir los ojos. Gritó el nombre de Regina, pero ningún sonido emergió de sus labios. Y luego sintió el escozor de otra aguja y se encontró cayendo, cayendo en un profundo vacío negro...
Se sintió mejor cuando despertó por segunda vez. Tomó muchas profundas inspiraciones para despejar su cabeza, abrió los ojos… y deseó no haberlo hecho.
Se encontraba en una estéril habitación blanca. Paredes blancas. Suelo blanco. Sábanas blancas sobre la dura y estrecha cama.
Intentó sentarse y comprendió que sus brazos y piernas estaban atados con correas a la cama.
—No. ¡No!
Trató de luchar contra el terror que se elevó en su interior al ver un pequeño expositor con viales de cristal sobre la mesa cercana a la puerta.
Viales llenos de sangre. Su sangre.
Emma cerró los ojos y tomó una profunda inspiración, intentando controlar el miedo emanando de ella. Whale la había encontrado de nuevo. Todo le volvió rápidamente a la mente. Ella había estado sentada en el coche, esperando a Regina, cuando dos hombres habían aparecido junto a la ventanilla. Ella había bloqueado las puertas, pero no había servido de nada. Uno de los hombres había roto calmadamente la ventanilla del Mercedes y desbloqueado la puerta, luego la había mantenido inmóvil mientras el segundo hombre sostenía un trapo sobre su nariz y su boca. Ella ni siquiera había tenido tiempo de gritar.
—Regina me encontrará. Regina me encontrará.
Murmuró las palabras una y otra vez en un esfuerzo por elevar su decaído espíritu. La amaba. Y la encontraría.
Sus manos formaron puños mientras oía pasos fuera de la puerta, y luego Whale entró a zancadas en la habitación, su rostro una máscara de disgusto mientras se sacaba una jeringa del bolsillo.
Emma miró los numerosos viales sobre la mesa.
—¿No ha extraído suficiente sangre ya? —preguntó cáusticamente.
Whale la miró con ferocidad.
—¿Qué has hecho?
—¿Hacer? ¿Qué quiere decir?
—Tu sangre no es la misma que era.
—No comprendo.
—Pues me temo que ya somos dos —él insertó la aguja en su brazo, frunciendo el ceño con irritación—. La última vez que inyecté un poco de tu sangre en una rata de laboratorio enferma, ésta se recuperó en cuestión de minutos. Esta vez casi no hubo cambios.
—Yo pensaría que la respuesta es obvia —replicó ella con más valor del que sentía—. Aparentemente, la magia se ha agotado.
La esperanza la inundó al comprender lo que eso significaba. Si su sangre había retornado a la normalidad, Whale ya no la necesitaría más.
—¿Has estado enferma? ¿Tenido fiebre alta? ¿Algo?
—No —Emma le devolvió la mirada a Whale —. ¿Puedo irme a casa ahora?
—No hasta que yo consiga algunas respuestas — Whale retiró la aguja, luego se puso de pie junto a la cama, observando a Emma pensativamente—. Dijiste que te habían dado sangre con anterioridad y que ésta siempre fue normal, así que lo que quiera que indujese la aberración debe de haber sido causado por la sangre que recibiste mientras estabas en el hospital —se pasó una mano por el pelo, luego comenzó a pasear de uno a otro lado por los estrechos confines de la habitación—. La sangre que recibiste en el hospital vino de tu abuela y la vecina —dijo, pensando en voz alta—. Yo te dí una transfusión de su sangre hoy mientras estabas inconsciente, pero ni una ni otra produjo cambio alguno —se paró junto a la mesa, contemplando las muestras de sangre—. ¿Alguien más te dio sangre mientras estuviste en el hospital?
—No, por supuesto que no. ¿Cómo habrían podido hacerlo?
—Sí, ¿cómo habrían podido? — Whale se giró para encararla—. Llamabas a alguien mientras estabas inconsciente —notó pensativamente, y luego renegó por lo bajo—. Gina. Regina —asintió, obviamente complacido—. Fue Mills, ¿no es así?
—¿Por qué iba ella a darme sangre? Apenas la conozco.
—Tu hermana dijo que ella una vez pensó que era una vampira —comentó Whale, pensando en voz alta—. Me pregunto por qué.
—Eso es ridículo.
Whale se encogió de hombros.
—Quizá. Y el técnico del laboratorio. Él dijo que la mujer que lo dejó inconsciente tenía fuerza sobrehumana, que cerró la puerta sin tocarla.
—Usted es doctor. Seguramente no cree semejante tontería.
—Te sorprenderías de lo que yo creo —replicó Whale —. Era el coche de Mills en el que estabas cuando Kelsey te encontró, ¿no?
—No —Emma meneó la cabeza—. No.
—Ella es la clave, ¿verdad? La pieza que falta en el puzzle.
—¡No! —ella se debatió contra las gruesas correas de cuero—. ¡Por favor, déjeme marchar!
—Creo que no —le sonrió Whale —. Tenemos formas de hacerte hablar —dijo, y luego se rió—. Siempre he deseado decir eso.
Yendo hacia la puerta, gritó el nombre de alguien llamado Graham. Momentos después, el hombre que había roto la ventanilla del Mercedes hizo acto de aparición.
—Prepara una inyección de sodio pentobarbital.
Con un asentimiento, Graham fue a hacer lo que le ordenaban.
Emma miró fijamente a Whale, odiándole. Y temiéndole, porque pronto tendría el poder de hacerla traicionar a Regina. Intentó borrar su nombre, su recuerdo, de su mente, pero sabía que eso era imposible.
Y luego Kelsey estaba de vuelta, tendiéndole una aguja a Whale, y Whale estaba insertando la aguja en su vena, diciéndole que contase hacia atrás desde cien.
Sabiendo que era inútil resistirse, ella hizo lo que le decían, y, todo el tiempo, rezó para que Regina comprendiese y la perdonase.
Con la mente dando vueltas a causa de lo que había oído, Whale se reclinó contra la pared, balanceando los brazos mientras contemplaba fijamente a Emma Swan.
Regina Mills era del espacio exterior.
Era increíble, absurdo, totalmente imposible.
Y, aún así, tenía que ser verdad. Había interrogado a Emma durante más de una hora, y siempre sus respuestas habían sido las mismas. Mills era extraterrestre. Le había dado a Emma su sangre, y ésta había provocado algún tipo de misterioso cambio que había, temporalmente al menos, dotado a la sangre de ella de milagrosos poderes curativos. Ella aseguraba que era sensible a la luz del sol, que absorbía fuerzas de la luna.
Era inconcebible, y, todavía, él sabía que era cierto. Era la única respuesta que tenía sentido.
Whale se limpió el sudor de la sien, su mente girando como loca con las preguntas todavía carentes de respuesta.
¿Produciría la sangre extraterrestre el mismo cambio al ser mezclada con otros tipos sanguíneos humanos, o la sangre tenía que ser A positivo, como la de Swan, o ser la de Emma específicamente?
¿Era necesario mezclar sangre humana con la sangre extraterrestre para alcanzar el resultado deseado, o la sangre extraterrestre por sí sola poseía el mismo poder sanador?
¿Y qué pasaba con la longevidad? Swan había dicho que la extraterrestre tenía más de doscientos años. ¿Incrementaría una transfusión de sangre extraterrestre la duración de vida también?
Preguntas, tantas preguntas, y la extraterrestre tenía todas las respuestas.
Whale sonrió mientras se separaba de la pared. Encontrar a Mills no debería resultar demasiado duro, no cuando él tenía el cebo perfecto para la trampa.
Siempre había soñado con salvar vidas, pero esto...
Cerró los ojos, su mente girando alocadamente ante las posibilidades. Y cada una de ellas estaba coronada con el signo del dólar.
