Capítulo 19
Regina recorrió la ciudad buscando a Emma. Miró la dirección de Whale y fue allí, pero la casa estaba oscura y no sintió presencia humana dentro.
Fue al hospital en Boston, pero allí no tenían registro de la estancia de Emma, y ella no sentía su presencia en el edificio.
¿Dónde estaba?
Sabiendo que era peligroso, condujo arriba y abajo por las calles de la ciudad, los ojos quemándole a causa de la luz del sol elevándose en el horizonte hasta que, con un grito de rabia y frustración, puso rumbo al hogar.
Estaba temblando de dolor y una sobrecogedora sensación de debilidad para cuando alcanzó el albergue de la casa.
Cerrando la puerta con llave tras de sí, se tambaleó en dirección al despacho y, una vez allí, cayó al suelo. Con los ojos cerrados, tomó numerosas y profundas inspiraciones, preguntándose si alguna vez se sobrepondría a los nefastos efectos del sol terrestre, si alguna vez sería capaz de caminar a la luz del día sin experimentar dolor y debilidad.
Gradualmente, el dolor perdió su intensidad y abrió los ojos, contemplando la pintura colgada sobre la chimenea. Había imaginado a menudo que ella era la mujer de la pintura, que, sólo por una vez, ella podría estar de pie en lo alto de una montaña y regodearse en la calidez del sol naciente.
Con un esfuerzo, volvió a ponerse en pie, luego subió las escaleras rumbo al dormitorio. Necesitaba dormir, necesitaba recobrar su energía, su fortaleza, antes de la caída de la noche.
Estirándose sobre la cama, abrió su mente, buscando a Emma.
Llámame —imploró—. Susurra mi nombre, dime dónde estás, e iré a por tí.
Pero no le llegó ninguna respuesta.
Sintiéndose desamparada y sola, cerró los ojos y se obligó a sí misma a dormir, sabiendo que, por el momento, no había nada más que pudiese hacer.
Whale permanecía de pie junto a la cama de Emma, sus manos formando puños apoyados sobre sus caderas.
—Quiero que le llames. Ahora.
—No puedo. Ella no tiene teléfono.
Whale rió sin traza de humor.
—¡Llámala con tu mente!
Emma meneó la cabeza.
—No puedo.
—Puedes, y ambos lo sabemos. No me hagas enfadar, Emma. No te gustará lo que sucederá si lo haces.
—Amenáceme todo lo que quiera. No voy a llamarle.
Whale maldijo por lo bajo. La chica había estado desafiándolo durante dos días. Al borde de su paciencia, él había regresado a su casa, con toda la intención de traer a su hermana con él al laboratorio, seguro de que Swan cedería si él amenazaba la vida de su hermana, sólo para encontrarse al hombre que había dejado allí para vigilar a tres inofensivas féminas encerrado en un armario y a la niña, su abuela y la cotilla de la vecina desaparecidas sin dejar rastro.
Meneó la cabeza. Debería haber sabido que no sería buena idea dejar a August Booth a cargo. El chico era vehemente y dispuesto, pero era joven. Afortunadamente, la juventud era algo que superaría, si vivía lo suficiente.
Whale sonrió sin traza alguna de humor. La expresión de August había sido una tan avergonzada como el infierno mientras emergía de ese armario. Cuando le fue requerida una explicación, Había replicado que la niña le había pedido que le bajase algo de la estantería del armario y luego había cerrado la puerta de un portazo, encerrándole dentro.
Whale se alejó de la cama y contempló los viales de sangre sobre la mesa de metal junto a la puerta. Había llevado a cabo cada test que pudo discurrir, pero de nada había servido. Cualesquiera propiedades sanadoras que la sangre de la chica hubiese una vez poseído habían desaparecido completamente.
Su única esperanza era encontrar a la extraterrestre.
—Yo puedo obligarla a hacer cualquier cosa que usted quiera que haga.
Whale hizo una mueca ante las palabras dichas en voz baja por Jones. Killian Jones era una bestia de hombre. Whale no tenía duda de que podría hacer exactamente lo que había dicho.
Whale suspiró pesadamente. Él no aprobaba la violencia, pero la chica era testaruda, y él estaba desesperado.
—De acuerdo —dijo—. Pero no la mate.
Jones asintió.
—Quizá sea mejor que deje usted la habitación.
El miedo convirtió la sangre de Emma en hielo mientras el hombre llamado Killian se cernía sobre ella. La joven gritó el nombre de Whale con voz estridente.
—¿Qué quieres?
—No puede pretender dejarme sola con este… este hombre.
—Eso depende de ti —replicó Whale. Permaneció de pie al otro lado de la cama, contemplándola—. ¿Llamarás a Mills?
—No puedo —sollozó Emma—. Usted sabe que no puedo.
Whale se encogió de hombros.
—Recuerda lo que dije, Jones. Ningún daño permanente.
—Sí, sí —murmuró impacientemente el gran hombre—. Vamos, salga de aquí.
Emma miró a Jones. Atada a la cama, ella estaba tan indefensa como una mariposa prendida a un tablero. Su sangre atronó en sus orejas mientras observaba a Killian arremangarse las mangas de la camisa. Él tenía brazos tan grandes como troncos de árboles, y las manos más grandes que ella había visto jamás. Ella recordaba esas manos agarrándola, sosteniendo un trapo sobre su nariz y su boca.
—La última oportunidad, chica —dijo él.
Emma le miró. Para toda su corpulencia, era un hombre de hablar suave, con apacibles ojos azules y cabello castaño.
—Por favor —susurró—. Por favor, no me haga daño.
—Eso depende de ti. Haz lo que el doctor desea y te dejaré en paz.
—¿Qué va a hacerme?
Killian cogió un escalpelo. En su mano, éste no parecía más grande que un palillo de dientes.
—Adivina.
Emma observó con mórbida fascinación mientras él giraba el instrumento quirúrgico en uno y otro sentido. La luz de la lámpara se reflejaba sobre la brillante hoja de metal, haciéndola destellar. Ella gritó mientras él arrastraba la parte roma del cuchillo sobre su mejilla, su garganta y su pecho.
—Pasé un año estudiando para ser médico —caviló Killian—. Siempre quise llevar a cabo una operación. ¿Alguna vez te han extraído el apéndice?
Emma meneó la cabeza. A pesar de su resolución de sufrir en silencio, un grito brotó de su garganta mientras Killian levantaba su camisón de hospital y hacía una pequeña incisión sobre la localización de su apéndice, lo suficientemente profunda como para generar sangre.
Cogiendo de un tirón una toalla blanca de la mesa, Jones limpió la sangre.
—Un poco más profundo, creo.
—¡Pare, por favor!
—Eso está hecho. Todo lo que tienes que hacer es llamarle.
—¿Por qué está haciendo esto?
—Por la razón más vieja de todas —replicó Killian Jones—. Dinero. Whale prometió convertirme en un hombre rico.
Él deslizó el filo de la hoja sobre la mejilla de Emma. El metal se sentía como hielo mientras cortaba su piel. Ella jadeó cuando un delgado hilillo de sangre resbaló por el costado de su cara.
—Podría despellejarte centímetro a centímetro.
—¡Hágalo entonces! —gritó ella—. ¡Hágalo!
Con una maldición, Killian colocó el cuchillo bajo su pecho izquierdo. Con deliberada lentitud, presionó la punta de la hoja contra su piel.
—Llámale —dijo Killian—. O ella no deseará lo que quede de tí.
El grito de Emma resonó en la mente de Regina. Angustia y miedo le desgarraron, tan reales como si ella misma los estuviese experimentando. Y luego, en su mente destelló una imagen de Emma retorciéndose de dolor, su cuerpo surcado de sangre.
Gritando su nombre, saltó de la cama, su mente abriéndose, expandiéndose, buscándola.
—¡Emma! —su nombre fue un sollozo en sus labios—. Emma, ¿dónde estás?
Regina...
Su propio nombre resonó en su mente, seguido de un gemido bajo, y luego no hubo nada.
Pero fue suficiente con eso.
Momentos más tarde estaba en su coche, los angustiados gritos de Emma quemando como una antorcha en su corazón y su mente, dirigiéndole fuera de la ciudad.
Condujo a través de la oscuridad, todos sus pensamientos enfocados en Emma. Sabía que probablemente estaba dirigiéndose hacia una trampa, pero eso no podía ser evitado. No podía arriesgarse a ir a la policía, no deseaba que Emma se viese sujeta a sus preguntas. Incluso si creían que Whale la había secuestrado, querrían saber por qué. Si Whale revelaba lo que sabía sobre la sangre de Emma, habría otros doctores ansiosos por continuar donde Whale lo hubiese dejado. Ella no podía sujetarla a eso, no podía arriesgarse a que su propia identidad fuese descubierta. Y aún así, ¿qué pasaba si no podía salvarla? ¿Qué si ir a la policía era la única manera de salvarla?
Levantó el pie del acelerador mientras las dudas se agolpaban en su mente. Y entonces su voz sonó en su mente de nuevo, borrando cada pensamiento excepto la necesidad de encontrarla, de destruir al hombre que le estaba causando dolor.
—¿Está todo listo?
Killian asintió.
—Deje de preocuparse, Whale, no se escapará.
—Tenemos que cogerla viva. Muerta no nos será de utilidad.
Killian dejó escapar un suspiro de exasperación.
—Me ha dicho eso por lo menos diez veces. Creo que ya capto el mensaje.
—Lo siento —murmuró Whale—. Es sólo que nunca antes he estado tan cerca de ser rico.
—¿De veras piensa que la sangre de esta mujer va a pavimentar nuestro camino a la fama y la fortuna?
—Cuento con ello.
Killian meneó la cabeza con escepticismo.
—Extraterrestres del espacio exterior. No puedo creer que se tragase semejante basura.
—Yo le creo.
—Lo que sea —Killian se quedó quieto de repente, su cabeza ladeada—. Ella está aquí.
—Ya sabes qué hacer. Estaré esperando.
Con un cortante asentimiento, Killian sacó su revolver mientras se apresuraba por el oscurecido pasillo. Oyó un débil sonido como de algo rechinando mientras la pesada puerta exterior de hierro se abría oscilando sobre sus goznes, seguido del sonido de pasos mientras Mills se adentraba en el pasaje.
La trampa estaba dispuesta. Killian gruñó suavemente mientras escuchaba la puerta exterior cerrarse de un portazo tras la extraterrestre.
Una docena de lámparas de alta potencia inundaban el corredor de luz.
Killian sonrió mientras una red tejida con gruesos cordones de nylon caía sobre la extraterrestre. Killian corrió hacia adelante y agarró la cuerda, asegurando los extremos.
Un rugido de ultraje se elevó en la garganta de Regina. Cegada por las luces, se debatió para liberarse de la red, pero, cuanto más luchaba, más enredada se veía.
Y luego sintió un agudo pinchazo en el brazo y el mundo se volvió negro.
