Capítulo 21
Dolor. Eso era todo lo que ella conocía. Cerró los ojos contra el implacable brillo del sol, pero no había forma de evitar su luz, o su calor, sobre su carne desnuda.
Débil, tan débil que no podía concentrarse, que no podía controlar sus pensamientos. Que no podía resistir los recuerdos...
De Dannielle... sonriéndole desde el otro lado de la mesa de un restaurante cuando ella la estaba cortejando… dejandola robarle un beso… prometiendo amarle durante toda su vida…
Dannielle... tendida junto a ella, sosteniéndola en sus brazos.
Dannielle... dando a luz a su hija...
Una angustia más fuerte y más profunda que el dolor de la carne brotó dentro de ella.
Dannielle... sosteniendo a AnTares en sus brazos... ¿cuántas mañanas se había sentado ella a su lado mientras amamantaba a su hija? ¿Cuántas noches la había escuchado cantar las suaves nanas de ErAdona?
Dannielle... tendida en un charco de su propia sangre... la vida para siempre ida de sus ojos...
—¡No!
Abrió los ojos y las imágenes se disolvieron bajo la brillante luz del sol.
En un esfuerzo por evitar la luz, Regina giró la cabeza hacia un lado, y vio a Whale mirándole.
—Me han dicho que la luz del sol te molesta —comentó el doctor—. ¿Es eso correcto?
Regina vaciló, preguntándose si decir la verdad, o si una mentira le sería de más ayuda.
—¿Bien?
—Me molesta —dijo Regina, pensando que "molestar" era un término como mucho deficitario.
—Dispondré que cubran el tragaluz por las tardes. ¿Ayudará eso?
Regina asintió, disgustada consigo misma por sentirse agradecida con el hombre.
—Ella me dijo que has estado aquí durante doscientos años —comentó Whale—. Quiero saberlo todo. Cada detalle acerca de cómo llegaste aquí, de donde viniste, cómo sobreviviste.
Lleno de nerviosa energía, el doctor se paseó de un lado a otro.
—Tu raza ha conseguido dominar los viajes espaciales. ¿Habéis explorado otros planetas? ¿Habéis encontrado vida allí? ¿Están los otros de tu especie aquí?
Miró a Regina, aguardando respuestas que no vendrían.
Los ojos de Whale se estrecharon.
—Sería sabio de tu parte decirme todo lo que deseo saber.
—¿Y si rehúso hacerlo?
—No lo harás —replicó Whale con expresión presumida—. La mujer parece preocuparse por tí, y supongo que tú te preocupas por ella también. Desafortunadamente, ella se ha convertido en un riesgo, uno que no me puedo permitir, ¿si sabes lo que quiero decir?
—¡No puede... exterminarla! —exclamó Regina, horrorizada por la manera casual en que el doctor hablaba de matar.
—Puedo. Pero no te preocupes, le prometí que sería rápido. Sin embargo, si tú rehúsas cooperar conmigo, tendré que retractarme de esa promesa.
—Déjela marchar y le diré cualquier cosa que usted desee saber.
—No puedo hacer eso. Tú sabes tan bien como yo que ella irá corriendo a la policía en el preciso minuto en que se vea libre. No puedo permitirlo.
—Tráigamela. Yo tengo el poder para hacerla olvidar todo.
El interés destelló en los ojos del doctor.
—¿Qué poder? —Whale hizo una pausa para comprobar el líquido intravenoso goteando en la vena de la extraterrestre—. ¿Qué quieres decir?
—Ella lleva mi sangre. Estamos conectadas. Yo puedo controlar su mente. Puedo hacer que lo olvide todo. A usted, a mí, todo.
Whale meneó la cabeza.
—No te creo.
—Puedo probarlo. Dígame algo que ella no pueda posiblemente saber, y yo lo plantaré en su mente —se estremeció convulsivamente mientras el calor del sol abrasaba su carne —. Pero... no... ahora.
—¿Por qué no ahora?
Regina cerró los ojos.
—No puedo pensar. El sol...
Whale se frotó la mandíbula, su ceño fruncido mientras pensaba. Si lo que la extraterrestre decía era verdad, había más en juego aquí que dinero o fama. Mucho más.
Yendo hacia la puerta, Whale llamó a August.
—¿Sí, Doc?
—De ahora en adelante, no quiero a la extraterrestre expuesta al sol durante más de un par de horas por la mañana y por la tarde.
—¿Por qué? Pensé que usted había dicho que el sol le mantenía débil.
Whale asintió.
—Lo hace, pero hay una posibilidad de que demasiado pueda resultar mortal. Vamos a cubrir el tragaluz desde las doce hasta las cuatro a ver qué pasa.
—Claro. ¿Todavía lo quiere cubierto por la noche?
—Definitivamente. Mañana, quiero la cubierta en su sitio para digamos, oh, las once. Quiero hacer un experimento mañana por la noche, así que necesitaré que Killian y tú estéis aquí a las siete.
August miró a Regina.
—Claro. ¿Algo más?
—No. Estaré en el laboratorio si alguien me necesita.
La tensión dentro de Regina se disipó tan pronto como la puerta se cerró detrás de los dos hombres. Por lo que podía figurarse, eran poco más de las diez. Eso significaba otras dos horas antes de que cubriesen el tragaluz.
Un largo y estremecido suspiro agitó su cuerpo entero. Otras dos horas de sentir la luz del sol sobre su piel, quemando sus ojos, arrebatándole las fuerzas hasta que respirar o pensar se transformaban en todo un esfuerzo. Se confortó a sí misma con el hecho de que eran sólo otras dos horas. Podía soportarlo durante ese tiempo. Tenía que soportarlo, por Emma.
Intentó concentrar sus pensamientos en dar con un modo de escapar. Necesitaba pensar, planear. Tenía que encontrar una manera de sacar a Emma de ese lugar antes de que fuese demasiado tarde.
Pero, por mucho que lo intentaba, no podía concentrarse, no podía pensar. Su piel se sentía tirante, su sangre corría caliente por sus venas, caliente con dolor y rabia. Caliente con la antigua necesidad de cazar, de destruir a sus enemigos. De saborear su sangre sobre su lengua.
Vampiro...
Volvió la cara hacia la pared, perturbada por las imágenes que la palabra conjuraba en su mente. Ella había escrito sobre vampiros durante años. Quizás, en una manera indirecta, había estado viviendo sus propios deseos suprimidos a través de las vidas de sus personajes. Quizá los hombres y mujeres de ErAdona nunca se verían libres del impulso innato de beber la sangre de sus enemigos.
Con las manos apretadas, miró hacia la luz del sol, esperando que su calor quemase el odio y la ira habitando en las profundidades de su alma.
Pero el dolor solamente avivó su rabia. Whale pagaría, se juró. Pagaría por el miedo y el dolor que le había causado a Emma. Por el dolor que ella misma estaba sufriendo, por la indignidad de estar atada a esa mesa de metal. ¡Oh, sí, Whale pagaría!
¿Regina? Regina, ¿puedes oírme?
La voz de Emma, suave y dulce, llena de preocupación, la bañó cual agua fresca, aliviando su dolor, suavizando su ira.
¿Regina? Por favor, respóndeme si puedes.
Te oigo, Emma.
¿Estás bien?
Ella tomó una profunda inspiración.
Sí.
Le dije a Whale que el sol era peligroso para tí. ¿Ha hecho algo para protegerte de éste?
Todavía no. Mañana… mañana quiere hacer… alguna clase de prueba.
¿Una prueba? ¿Qué clase de prueba?
No puedo explicarlo ahora...
Tomó otra profunda inspiración, sus manos apretándose y aflojándose mientras se debatía contra las gruesas correas de cuero que sujetaban sus muñecas a la mesa. Pero estaba débil, tan condenadamente débil...
¿Regina?
Estoy tan... cansada... intenta no preocuparte... te sacaré... de esto... lo prometo...
Regina, te amo.
Te amo... Te amo, te amo.
Ella repitió las palabras una y otra vez. Fueron su último pensamiento antes de que se rindiese a la oscuridad del olvido.
A la mañana siguiente, poco antes de las once en punto, la pesada cubierta rodó hacia su posición, obstruyendo la cegadora luz del sol.
Regina suspiró con alivio, sintiendo la tensión dejarle mientras la habitación se volvía benditamente oscura. El dolor en su carne retrocedió casi inmediatamente. Nunca antes había estado expuesta a los rayos directos del sol por tan extenso período de tiempo. Podrían ser necesarios días, quizás semanas, para que su cuerpo recobrase toda su fortaleza.
Cerrando los ojos, inspiró profundamente. Quizás ahora sería capaz de formular un plan de escape.
Era consciente de que Whale estaba junto a ella, toqueteando el gotero intravenoso, y se preguntó qué drogas le estaba dando junto con la glucosa y el suero salino.
Regina pensó fatigadamente que había estado allí durante tres días. Seguramente, los tres días más largos de su vida. En ese tiempo, Whale había extraído copiosas cantidades de sangre, tomado muestras de orina y examinado a Regina de pies a cabeza. Esa mañana, el doctor había cortado una pequeña tira de tejido de la prominencia carnosa de su espalda. El dolor del escalpelo sobre la sensible piel encima de su espina había sido excruciante, y la única cosa que había evitado que gritase había sido el pensamiento de la venganza que sería suya una vez obtuviese la libertad.
—Extraordinario —dijo Whale—. Simplemente extraordinario.
—¿Qué es extraordinario? —preguntó August.
—Las similitudes entre los humanos y esta extraterrestre —Whale rió con genuina diversión—. Durante todos estos años, Hollywood y los periódicos sensacionalistas han imaginado a los extraterrestres tan intelectualmente superiores a nosotros pero físicamente inferiores. Siempre han sido descritos como criaturas diminutas con piernas y brazos canijos y ojos enormes y conmovedores, cuando, en realidad, su apariencia es casi exactamente igual a la nuestra.
—Sí, excepto por esa línea correosa de aspecto raro en su espalda.
—Hmmm, sí, eso es raro. Pero esa parece ser la única aberración. Dos brazos, dos piernas, cada uno con el número de dedos requeridos. Muy humanoide.
—Oh, casi lo olvido. Phillips dice que necesita más sangre.
—¿Tan pronto? ¿Qué es lo que está haciendo con esa cosa, bebiéndosela? —Whale rió, divertido ante su propia ocurrencia.
—Él dijo que diez centímetros cúbicos serían suficientes. Ya tiene dos docenas de viales listos para enviar. ¿Por cuánto ha pensado venderlos?
—No lo he decidido —Whale preparó una jeringa, encontró una vena en el brazo de la extraterrestre y luego observó la jeringa llenarse de sangre, notando nuevamente que ésta era más oscura y espesa que la sangre humana—. Cada caso será diferente, dependiendo de los ingresos y la necesidad —tendió el vial a August—. Llévale ésto a Phillips. Y recuérdale a Killian que le quiero aquí a las siete de esta noche.
—Claro.
—¿Ha tenido Mitch alguna suerte encontrando a las ancianas y a la niña?
—Todavía no, pero sigue buscando. Dejaré ésto en el laboratorio y luego me iré a almorzar.
—A las siete —le recordó Whale—. No llegues tarde.
—Sí, sí —murmuró August.
Whale gruñó mientras August dejaba la habitación. El hombre era irritante, pero era leal, y, como Killian, capaz de hacer cualquier cosa que fuese necesario hacer.
Su mirada recorrió a la extraterrestre. Era un extraordinario espécimen, aparentemente en la flor de la vida, delgada, con bien musculados brazos y piernas. Una criatura del espacio exterior. Aún era duro de creer. Meneó la cabeza. Por esas fechas el año que viene, sería un hombre rico. Su nombre sería conocido en todo el mundo civilizado. La historia de su vida sería relatada en periódicos, revistas y diarios médicos.
Sonrió mientras se imaginaba a sí mismo restaurando la salud y la vitalidad de aquellos que pudiesen permitirse el precio de un vial de sangre. La gente pagaría lo que él pidiese para salvar la vida de un ser querido afectado con una enfermedad mortal o al borde de la muerte. Pero éso era sólo la punta del iceberg. ¿Cuánto más estaría dispuesta a pagar la gente por la promesa de la inmortalidad? Tendría que hacer tests, naturalmente. Una vez él probase que la sangre extraterrestre incrementaba el tiempo de vida de las ratas de laboratorio, tendría que realizar tests sobre sujetos humanos. Pero ésa era la menor de sus preocupaciones. No tenía duda de que encontraría voluntarios a cientos, a miles. Gente que estuviese enferma, muriéndose, estaría más que feliz de ofrecerse voluntaria simplemente por la oportunidad de ser curada de sus enfermedades. Esos tests podrían precisar años, pero él era un hombre paciente. Tan pronto como vendiese los primeros viales de sangre, tendría dinero suficiente para hacer toda la investigación que se requiriese.
Miró a la extraterrestre. No podían mantenerla atada a esa mesa para siempre. Tendrían que encontrar un lugar donde alojarla, algún sitio que estuviese a mano a fin de que su sangre estuviese prontamente disponible, alguna forma de regular la cantidad de luz solar que recibía, una manera de mantenerla dócil sin infligir ningún daño físico permanente.
Los ojos de la extraterrestre se abrieron, y Whale se preguntó lo que la criatura estaría pensando. Era una especie inteligente. Sería sabio por su parte recordar eso en todo momento.
Whale tomó una profunda inspiración, sintiendo una oleada de poder fluir a través de él. Pronto tendría todo con lo que siempre había soñado: riqueza, fama, su nombre en los libros de récords junto a los de Curie y Salk.
Pronto tendría las respuestas a las preguntas que habían atormentado a los científicos durante siglos.
Pronto sostendría el poder de la vida y la muerte en sus manos.
Regina esperó hasta que Whale hubo dejado la habitación y entonces, aún sabiendo que era inútil, forcejeó contra las correas que le mantenían prisionera. Tenía que salir de allí, tenía que sacar a Emma de allí antes de que fuese demasiado tarde.
Fulminó con la mirada las pesadas correas que sujetaban sus muñecas, y las bandas de hierro que cruzaban su pecho, recordando cómo Whale y August habían hablado de ella como si no fuese más que parte del mobiliario, como si ella no pudiese hablar o pensar. Era humillante, degradante, saber que Whale le consideraba menos que humana simplemente porque venía de otro planeta.
¡Criatura insufrible! Si no estuviese tan débil, haría pedazos las correas de cuero y luego haría lo mismo con Whale y August. Si tan sólo...
Murmurando una maldición, cerró los ojos. No había tiempo para la ira o los pensamientos de venganza, no ahora. Era el momento de descansar, de reunir sus fuerzas para la batalla que se avecinaba.
