Capítulo 22

Whale fue puntual. Apareció en la habitación de Regina con sus dos cómplices a las siete como un clavo. No se le pasó por alto a ella que tanto August como Killian iban armados. August usaba una .357 Magnum, mientras que Killian portaba una Luger.

Y bien —dijo Whale, yendo directo al grano—. Pongámonos a ello, ¿sí?

Yo estoy lista cuando usted lo esté.

De la forma en que yo lo comprendo, voy a decirte algo que a la mujer le resulte imposible saber y tú vas a enviárselo telepáticamente. ¿Es eso correcto?

Regina asintió.

Whale gruñó suavemente.

Algo que a ella le sea imposible saber —se frotó la mandíbula pensativamente—. El nombre de soltera de mi madre es Dagdiggian. Mi color favorito es el amarillo. Y tengo ochenta y cinco dólares en la cartera. Tres billetes de veinte, dos de diez y cinco de un dólar. Dígale eso —Whale abrió la puerta—. Estaré esperando en su habitación. August, Killian, mantened un ojo sobre ella.

Claro, doc.

¿Emma?

¿Regina? ¿Qué ocurre?

Nada. No tengo tiempo para explicártelo. Whale va de camino hacia tu habitación. Se cuidadosa mientras esté ahí. No quiero que sepa que puedes comunicarte conmigo. Le he dicho que puedo controlar tu mente, que puedo hacer que olvides todo lo que sucedió.

¿Y puedes?

Sí. Escúchame. Él estará ahí en cualquier momento.

Acaba de entrar.

Muy bien.

Me está haciendo preguntas. ¿Qué hago?

Respóndele. El nombre de soltera de su madre es Dagdiggian. Su color favorito es el amarillo, y lleva ochenta y cinco dólares en la cartera. Tres billetes de veinte, dos de diez y cinco de un dólar.

Pocos minutos más tarde, el doctor retornó a la habitación de Regina.

Impresionante —comentó Whale—. Muy impresionante

¿Ahora la dejará usted marchar?

Esto no prueba nada excepto que puedes plantar pensamientos en su mente. ¿Cómo sabré que lo has borrado todo de su memoria?

Lo sabrá. Ella ignorará quien es usted. No recordará nada de lo que sucedió después del accidente.

No sé…

No le escuche —dijo Killian—. Hay demasiado en juego aquí. Si usted no tiene las pelotas para ocuparse de la chica, yo lo haré.

Cállate —le espetó Whale—. Yo tomo las decisiones aquí, no lo olvides.

Él tiene razón —dijo August—. Todo lo que la extraterrestre tiene que hacer es decirle a la chica que finja que no recuerda nada. No hay forma de probar que ella vaya a hacer lo que dice.

¡Naturalmente que la hay, idiota! Otra dosis de pentobarbital me dirá lo que necesito saber —Whale hizo un gesto con el pulgar en dirección a la puerta—. Idos, vosotros dos, salid de aquí.

August y Killian intercambiaron miradas.

Tenga, podría necesitar esto —dijo Killian, y le tendió su Luger a Whale—. Vamos.

Voy —replicó August—. Dénos una voz si nos necesita.

No pensé que pudieses hacerlo —comentó Whale—. Quiero saber más acerca de este enlace mental. Si yo le diese tu sangre a August, ¿serías capaz de comunicarte con él de la misma forma?

No lo sé. Nunca he dado mi sangre a nadie aparte de Emma —contestó, la mentira rodando fácilmente de su lengua.

Ya veo —Whale tamborileó los dedos sobre el carrito junto a la mesa mientras ponderaba las posibilidades del control mental—. ¿Qué otros trucos tienes guardados bajo la manga?

Unos cuantos.

Cuéntame.

No hasta que usted la deje ir.

¿Estás enamorada de ella?

¿Y qué si lo estoy?

Whale se encogió de hombros.

Eso sugiere algunas preguntas interesantes. ¿Te resulta posible aparearte con nuestra especie?

Déjela marchar.

Whale soltó una palabrota.

Puedo hacer que hables, ¿sabes? Una dosis de sodio pentobarbital puede ser muy persuasiva.

Y yo puedo ser muy testaruda.

¿Quieres decir que la droga no funcionará?

No sé cuál sería el efecto. Podría resultar mortal. Podría alterar la química de mi sangre de alguna manera. ¿Quién sabe?

Hay tests...

Los tests llevan tiempo. Déjela marchar y le diré lo que usted desee saber. Le doy mi palabra.

¿Tu palabra? —se mofó Whale—. ¿Qué te hace pensar que yo aceptaría tu palabra?

Mi gente ha dominado los viajes por el espacio. Hemos desterrado las guerras de nuestro planeta. Hay muy poca enfermedad. Nuestro tiempo medio de vida es de ciento veinticinco años. No somos salvajes, doctor. No somos sub-humanos. No somos animales. Mi palabra es tan buena como la suya —Regina sonrió torvamente—. Mejor, sin duda. De estar en mi planeta, sería usted considerado vastamente inferior.

Pero no estoy en tu planeta. Tú estás en el mío. Y pretendo sacar provecho de todos tus conocimientos.

Regina tomó una profunda inspiración y la retuvo durante largos segundos antes de finalmente liberarla.

Entonces deje que ella se vaya.

Respóndeme a una cosa. ¿Te es posible procrear con nuestra gente?

No.

Whale sonrió.

Estás mintiendo. Ella me contó que incluso tú puedes sembrar tu semilla en ella. Creo que, antes de soltarla, averiguaremos eso.

¡No! Podría ser peligroso para Emma. No pondré su vida en riesgo.

Pero Whale no la estaba escuchando.

Considera las posibilidades —dijo, paseando de un lado a otro—. Un bebé medio extraterrestre. Piensa en la investigación, en la oportunidad de estudiar una forma de vida alienígena desde la infancia, de criarla como si fuera mía propia.

Su propio cerdo de guinea, querrá usted decir. ¡Maldita sea, Whale, teníamos un trato!

No teníamos nada.

La ira brotó a través de Regina mientras imaginaba la clase de vida que su hijo tendría. Años de pruebas, de nunca tener una vida normal, nunca sabiendo quienes eran sus padres reales. Whale mantendría al niño lejos y encerrado, como un secreto para el resto del mundo, o lo explotaría como a alguna clase de fenómeno de feria.

La rabia añadió fuerza a sus miembros. Con un feroz grito, Regina tiró de las correas que le sujetaban. La de su muñeca derecha se rompió con un audible estallido.

Whale giró en redondo, con la pistola lista para disparar.

¡August! Killian! ¡Venid aquí!

Con un grito de triunfo, Regina liberó su mano izquierda. Aferrando con ambas manos la banda de hierro que le cruzaba el pecho, dio un poderoso tirón, pero la atadura resistió.

Un rugido de frustración se elevó por su garganta mientras August y Killian entraban a saco en la habitación.

¡Agarradle! —gritó Whale.

Soltando la pistola a un lado, Whale agarró una jeringa del carrito y hundió la aguja en una de las venas del brazo izquierdo de la extraterrestre.

Con un estrangulado grito de rabia, ésta quedó repentinamente inerte.

Maldición, esa estuvo cerca —Whale se dejó caer contra la pared, sorprendido por la fuerza de la criatura—. August, se está volviendo demasiado fuerte. Ocúpate de que le dé más el sol —dijo—. Killian, reemplaza esas correas con otras más gruesas.

¿Qué fue lo que le provocó? —preguntó August.

Whale meneó la cabeza.

Le dije que iba a llevar a cabo un nuevo experimento.

¿Ah, sí? ¿Qué clase de experimento?

Quiero averiguar si es posible para su especie inseminar a la nuestra. Pensé que estaría complacida ante el prospecto de un poco de actividad extracurricular…

Killian bufó.

Es una tonta, si no lo está. La chica es bastante guapa.

Olvídalo, Killian. Ella no es para tí.

No puedes culpar a un hombre por soñar. Voy a por algo de café. ¿Usted quiere un poco?

Whale asintió con aire ausente. Un bebé extraterrestre. Una nueva fuente de sangre. Quizá una manera de mejorar la raza humana. Las posibilidades eran infinitas y fascinantes.

Una hora más tarde, las correas de cuero en las muñecas y tobillos de la extraterrestre habían sido reemplazadas con bandas de acero templado. Como precaución adicional, Whale aseguró una gruesa correa de cuero sobre el cuello de la extraterrestre para que ésta no pudiera levantar la cabeza.

Eso debería mantenerla bien sujeta —dijo—. Quiero que hagas algunas modificaciones aquí.

¿Qué clase de modificaciones?

No podemos esperar que la extraterrestre se aparee mientras está atada a una mesa. Quiero que me fabriques un buen collar, fuerte, para su cuello y una cadena que retenga a un elefante, y otro collar con cadena para su tobillo. Y algo sólido a lo que atar ambos. Y quiero también una cama. Algo cómodo. Y lo quiero todo a la menor brevedad.

Claro, doc. ¿Alguna cosa más?

No, creo que eso es todo por esta noche.

¿Seguro que no quiere velas y champán también? —preguntó August con una sonrisilla.

Sólo haz lo que se te ha dicho.

Claro. Killian, échame una mano.

Con una última mirada a la extraterrestre, Whale apagó la luz y abandonó la habitación.

Mañana probaría ser un día de lo más interesante…

Regina meneó la cabeza.

No funcionará.

¿Por qué no?

El sol.

Whale meneó la cabeza.

Creo que estás mintiendo.

Ya ha visto cuánto me debilita. No puedo… cumplir durante el día.

Whale frunció el ceño. ¿Se atrevía a permitir que la extraterrestre se aparease por la noche?

Regina cerró los ojos ante el calor del sol, preguntándose si alguna vez volvería a ser libre. Intentó conjurar una imagen de la caverna en Eagle Flats, la bendita frescura que uno hallaba dentro de las gruesas paredes de roca, la serenidad atemporal de las montañas. Y, en un momento de profunda depresión, deseó la muerte, un fin a la cautividad, al dolor.

Voy a darte una oportunidad —comentó Whale—. Me he asegurado de que la mujer se encuentra en el pico de su fertilidad. Te aparearás con ella esta noche. Si rehúsas, si tratas de escapar, ella estará muerta mañana. ¿Nos comprendemos? ¡Mírame!

Regina abrió los ojos y los fijó en la fría mirada castaña de Whale.

Comprendo.

Te la traeré al caer el sol.

¿Va a mirar?

Un débil sonrojo subió por el cuello del doctor.

No. La examinaré por la mañana. Si tú has fallado en cumplir con tu deber, se la entregaré a Killian.

Es usted una miserable excusa de ser humano.

Quizás. Pero pronto seré un hombre muy rico.

Sí, pero ¿será capaz de dormir por las noches?

Bastante bien, te lo aseguro. Harías bien en conseguir un poco de descanso ahora. Necesitarás tus fuerzas.

Tan pronto como Whale dejó la habitación, Regina abrió su mente. Oyó los pensamientos de Emma casi inmediatamente.

Regina. He estado tan preocupada. ¿Qué está pasando?

Whale quiere un niño.

¿Qué?

Él quiere que nos apareemos para poder quedarse con el niño.

No, no lo haré.

Me temo que no tienes ninguna elección en el asunto.

¿Qué quieres decir? No vas a... a...

¿Violarte? No. Pero si no hago lo que él desea, ha amenazado con matarte mañana por la mañana.

Regina no podía ver su cara, pero casi podía sentir la sangre abandonando ésta.

Habla en serio, Emma.

Ella oía su voz, pero no podía concentrarse. Un bebé. Si se quedaba embarazada, tendría que quedarse allí durante nueve meses, y luego Whale se quedaría al niño. Era un respiro en cierto modo, pero ¿a qué coste? El pensamiento de pasar por el parto y que luego su hijo le fuese arrebatado por un monstruo como Whale, hacía parecer la muerte a manos del doctor casi bienvenida.

¿Emma?

Estoy asustada, Regina.

Lo sé. ¿Hay algo en tu habitación que pueda ser usado como arma?

No. Ni siquiera un cuchillo de untar mantequilla.

Era lo que ella había esperado, pero quedó decepcionado igualmente.

Está bien. Intenta no preocuparte...

Deberías tratar de descansar un poco, Regina. Suenas horrible.

Emma... Te amo.

Te amo...

Ella rompió la conexión, y Emma sintió agudamente su pérdida. Habían transcurrido días desde que la había visto. No importa qué sucediese mañana, al menos volverían a estar juntas esa noche.

Se aferró a ese pensamiento mientras las horas pasaban. Esa noche, vería a Regina.

El corazón de Emma estaba golpeteando en su pecho como una perforadora neumática mientras Killian la conducía por un estrecho pasillo y luego, subiendo un corto tramo de escaleras, hasta la habitación con el tragaluz.

Su mirada voló por toda la estancia. La mesa de metal había desaparecido y una cama de matrimonio ocupaba su lugar. Regina estaba sentada al borde del colchón, con una sábana echada sobre su regazo. Ella contempló el pesado collar de hierro en torno a su cuello y la gruesa cadena asegurada al armazón de hierro de la cama. Un collar y cadena similares, sujetos a un enorme cerrojo en el suelo de cemento, rodeaba su tobillo izquierdo.

Ella alzó la vista cuando entró en la habitación. La mirada en sus ojos, la culpabilidad, tuvo el efecto de una puñalada en pleno corazón para Emma.

Lo siento, natayah —dijo, hablando en su mente—. Perdóname.

Lamento que no haya champán y música suave —dijo Whale, tomando a Emma por el brazo y la empujándola hacia la cama—. Pero esto es lo mejor que pude hacer con tan poca antelación.

Emma se desprendió del agarre de Whale.

Es usted despreciable. No puedo creer que sea médico —meneó la cabeza—. ¿No tiene conciencia? Se supone que usted tiene que ayudar a la gente, aliviar su sufrimiento.

Querida mía, si puedo aislar el agente sanador que hay en la sangre de esta criatura, la humanidad tendrá conmigo una deuda que nunca podrá ser pagada.

¿Y cree que el fin —Emma señaló a Regina con un gesto, luego a la cadena que le mantenía sujeto— justifica los medios?

Algunas veces, para hacer avances, hay gente que sale lastimada. La historia está llena de relatos de personas que sacrificaron sus vidas por el bien de otros.

El bien de muchos sobrepasa al de unos pocos —murmuró Emma, recordando una frase de una vieja película de Star Trek.

Exactamente. Y ahora, os deseo buenas noches —Whale dio a la extraterrestre una penetrante mirada—. No me falles —advirtió, y dejó la habitación.

Se oyó el sonido de una llave girando en la cerradura. Las luces de la habitación disminuyeron su intensidad.

Emma fue a arrodillarse frente a Regina.

¿Estás bien? —tocó el pesado collar en su garganta como si éste fuese una serpiente viva—. ¿Cómo puedes respirar con esta cosa puesta?

Respirar es la menor de mis preocupaciones —replicó Regina con sequedad. Inclinándose, elevó a Emma sobre su regazo, sus brazos envolviéndola, sosteniéndola cerca hasta que sus corazones latieron como uno solo.

Regina, ¿qué vamos a hacer?

Salir de aquí.

¿Cómo?

Voy a intentar hacer saltar la cerradura de estas cadenas. Y, si eso no funciona, mataré a Whale cuando vuelva.

Emma parpadeó.

¿Hacer saltar la cerradura? ¿Puedes hacer eso?

Espero que sí. Estaba nublado hoy, no ha habido mucho sol. Y dormí toda la tarde. Con algo de suerte, para medianoche mi fuerza habrá retornado en cantidad suficiente como para poder hacer saltar los candados telepáticamente.

Te amo, Regina. No importa lo que suceda, te amo. No olvides eso, ¿quieres?

Ella tomó su rostro entre sus manos.

No lo olvidaré —acarició su mejilla con los nudillos, trazando la curva de su cara con la punta de los dedos. Suave, tan suave... Ella llevaba puesto un simple camisón blanco de hospital; su cabello caía hasta más allá de sus hombros, resplandeciendo como una llama viviente bajo la débil luz. Nunca le había parecido más hermosa… Inclinándose hacia adelante, cubrió su boca con la suya y la besó con gentileza. No deseaba otra cosa más que tenderla en la cama y mostrarle cuánto la amaba, pero ese no era el momento. Tenía que ahorrar sus fuerzas, así que se estiró cuan larga era sobre la cama y la atrajo junto a ella, envolviendo su cuerpo protectoramente en torno al de ella—. Necesito dormir, Emma. Despiértame si oyes venir a alguien.

Ella asintió. Necesitando tocarle, le retiró el cabello de la cara y luego acarició su hombro, con la esperanza de calmarle, de ayudarla a relajarse.

Ella la observó durante un largo espacio de tiempo, sus ojos sintiéndose cada vez más pesados, y luego, sosteniendo su mano en la suya, cerró los ojos y durmió.

Emma permaneció tendida en la semioscuridad, observándole dormir, su corazón doliéndose por el dolor que ella había sufrido. Era una mujer tan valiente… Había dicho que mataría a Whale si no podían escapar. Lo había dicho de manera tan casual, su voz indiferente, como si matar no fuese algo de importancia en absoluto. Tan repulsiva como era la idea, era mucho más aceptable que la alternativa de engendrar un hijo y que Whale se lo arrebatase, o de ser desechada cuando ya no fuese necesaria. Más aceptable que no volver a ver nunca a Regina.

Levantó la vista hacia la estrecha porción de cielo visible a través del tragaluz, observando las estrellas mientras éstas seguían su inevitable curso. ¿Cuál sería la de Regina? Trató de imaginar lo que habría supuesto para ella ser desterrada a un planeta alienígena, ser enviada lejos de todo lo que conocía y amaba. Le complacía pensar que ella había estado destinado a ser suya, que algún alto poder ahí fuera, en el cosmos, había enviado a Regina a la Tierra porque Regina había estado destinada a pertenecerle, del mismo modo que ella estaba destinada a pertenecerle a Regina.

Es usted toda una romántica, señorita Swan.

¿Está usted leyendo mi mente de nuevo, señora Mills?

Culpable —Regina abrió los ojos y sonrió a Emma—. ¿Es eso lo que realmente piensas? ¿Que fuí enviada aquí porque estábamos destinadas a estar juntas?

Suena un poco tonto cuando lo dices en voz alta.

Yo no creo que suene tonto en absoluto.

Su mano se asentó en la parte de atrás de la cabeza de Emma y la atrajo hacia ella. Su beso fue como el roce de una pluma, pero quemó cada fibra de su ser.

¿Cómo te sientes? —preguntó ella.

Bastante bien — elevó la vista hacia el cielo—. Es un poco después de medianoche —le sonrió—. ¿Me das un beso de buena suerte?

Dos besos —dijo ella, y presionó sus labios contra los suyos… un prolongado y largo beso que hablaba de pasión y uno corto y rápido que prometía más en un futuro.

Sentándose, Regina pasó las piernas sobre el borde de la cama.

Emma se sentó junto a ella, los latidos de su corazón acelerándose.

¿Y yo qué hago?

Nada. Intenta mantener tu mente en blanco mientras me concentro.

Quizá podría ayudar…

Ella meneó la cabeza.

Me temo que la energía de tu mente sería demasiado distrayente.

Está bien.

Ella tomó una profunda inspiración y luego la dejó salir en un largo y lento suspiro.

Emma observó su rostro y supo que ella la había exiliado de sus pensamientos, de su mente. Casi podía ver el poder agrupándose en torno a ella, uniéndose, vibrando, mientras concentraba cada onza de su energía sobre el pesado candado que mantenía en su lugar el grillete de hierro de su tobillo izquierdo.

Emma meneó la cabeza, un poco asustada por la intensa expresión de su cara. Las venas en el cuello de Regina se resaltaron, los músculos de su mandíbula se tensaron, y los nudillos de sus puños estaban blancos y tirantes.

¿Qué clase de mujer era? El pensamiento brotó en su mente antes de que ella pudiese impedirlo, pero ella no pareció percatarse. Su expresión no cambió. Y entonces, tras lo que parecieron horas, sus ojos se estrecharon. El sonido de metal girando contra metal fue perfectamente audible. Regina se inclinó y abrió el candado, luego retiró el grillete y la cadena de alrededor de su tobillo.

Emma la contempló maravillada, preguntándose cómo podría deshacerse del collar en torno a su cuello si no podía enfocar la cerradura con los ojos.

Pero, naturalmente, ella se concentró en el candado que sujetaba el final de la cadena a la cama. Momentos más tarde, estaba libre.

Poniéndose en pie, enrolló en torno a su mano izquierda toda la extensión de la cadena que colgaba del collar.

Vámonos.

Completamente desnuda, con un grueso collar en la garganta, y su largo cabello negro enmarcando su cara, tenía todo el aspecto de una diosa pagana de la guerra.

Regina miró hacia la puerta; un momento después, ésta se abrió. Echó un vistazo a uno y otro lado del pasillo y luego salió al mismo.

Emma la siguió y observó mientras ella cerraba la puerta con llave.

Quédate detrás de mí —alertó Regina suavemente.

No tenía que decírselo dos veces. Ella planeaba pegársele como si fuera su sombra.

Sus pasos parecieron resonar en sus orejas tan altos como truenos mientras ambas caminaban de puntillas por el pasillo. Dejaron atrás tres habitaciones con las puertas encajadas, pequeños cubículos similares a aquel donde Regina había estado prisionera. Una cuarta habitación contenía numerosas jaulas llenas de ratas y ratones. Ella arrugó la nariz ante el fuerte olor a amoníaco y desinfectante.

Dos corredores se abrían al final del que ellas habían tomado. Regina miró a la izquierda, luego a la derecha, luego giró hacia la izquierda, sus pasos seguros mientras se deslizaba sin hacer ruido alguno sobre el embaldosado negro y blanco del suelo.

Necesitando la seguridad de su toque, Emma alargó una mano para tomar la de ella. Regina la miró brevemente, la blancura de sus dientes refulgiendo bajo la tenue luz del pasillo.

Emma se congeló al sonido de unas voces. Voces familiares. August y Killian.

Full —oyó decir a Killian—. Tres preciosas damas y un par de cuatros.

August soltó una palabrota.

Ya van cuatro manos seguidas —se quejó.

¿Qué puedo decir? Siempre he sido afortunado.

Se oyó el sonido de cartas siendo barajadas.

Emma alzó la mirada hacia Regina.

¿Ahora qué?

Espera aquí.

Regina sonrió tranquilizadoramente, luego se movió pasillo adelante. Hizo una pausa fuera de la puerta abierta y echó un cauteloso vistazo dentro. August estaba de espaldas a la puerta; Killian estaba estudiando sus cartas. Las armas de ambos hombres estaban sobre la mesa. No había rastro de Whale.

No había manera de escabullirse por allí sin ser vistos. Por un momento, consideró retroceder en busca de otra salida, pero no había tiempo para eso. Siempre había una oportunidad de que Whale fuese a la habitación para ver cómo les iba. O de que apareciese por allí en cualquier momento.

Con la esperanza de que el elemento sorpresa le daría la ventaja que necesitaba, Regina entró de lleno en la habitación.

¿Qué...? —Killian dejó caer sus cartas, alargó la mano hacia su pistola y disparó.

La bala alcanzó a Regina en el brazo.

August giró en su silla, los ojos abriéndosele como platos cuando Regina le dió un puñetazo en la mandíbula. La cadena envuelta alrededor del puño de Regina hizo un desagradable sonido mientras abría la carne. Con un grito estrangulado, August resbaló hasta el suelo, la sangre brotando de su cara y su boca.

Sin dejar de moverse, Regina derribó la silla de August, arrojándola a un lado, y fue a por Killian. Hubo una explosión cuando éste apretó el gatillo. Regina se tambaleó hacia atrás, luego se lanzó hacia adelante con una sacudida, una mano cerrándose en torno a la garganta de Killian, apretando, apretando, hasta que los ojos del hombre rodaron y se pusieron en blanco y su cuerpo quedó inerte.

Moviéndose rápidamente, Alex revisó los bolsillos de Killian hasta que encontró la llave del collar. Agarrándola en una mano, aferró la pistola de Killian, luego se apresuró a salir y reunirse con Emma.

Los ojos de ella se abrieron de par en par y todo el color desapareció de su cara cuando vio la sangre goteando por su brazo, fluyendo desde su hombro.

Vamos —dijo Regina urgentemente—. No tenemos mucho tiempo.

Emma le observó, incapaz de moverse, incapaz de hablar.

No te me desmayes, Emma —dijo Regina—. Tenemos que irnos. Ahora. Y no creo que pueda llevarte en brazos.

Ella asintió. Obligándose a poner un pie delante del otro, la siguió por el tenuemente iluminado pasillo. Una puerta apareció frente a ellas. Emma se sorprendió de no encontrarla cerrada con llave.

Bajó la vista hasta su camisón de hospital y luego volvió a notar la desnudez de Regina, la cadena colgando del collar alrededor de su cuello, la sangre manando de las heridas en su brazo y su hombro, y nada de ello parecía real.

Fuera, la calle estaba oscura y silenciosa. Una luna llena colgaba baja en el cielo. Por primera vez, ella obtuvo una imagen del edificio donde habían sido mantenidos prisioneros. Era una pequeña estructura cuadrada construida con desvaído ladrillo rojo. Todas las ventanas tenían barrotes; dos estaban tapadas con tablones. Desde el exterior, parecía un almacén abandonado de algún tipo.

Como un robot, siguió a Regina calle abajo. Pasaron de largo por delante de una parcela vacía, un par de casas destartaladas y una tienda de comestibles que tenía barrotes en la puerta y en las ventanas.

Ella permaneció de pie a un lado mientras Regina intentaba abrir la cerradura de la puerta de una avejentada camioneta Chevy. Le oyó maldecir suavemente mientras su poder le fallaba. Un momento más tarde, se escuchó el revelador tintineo de cristal rompiéndose; luego metió la mano por la ventana y quitó el seguro de la puerta. Ella se deslizó en el asiento en el lado del pasajero. El agrietado cuero se sintió frío y áspero contra la parte de atrás de sus piernas.

Ten, agarra esto —dijo Regina, poniendo en su mano una alargada llave de bronce y arrojando la pistola sobre el asiento.

Ella le oyó gemir suavemente y luego el entrechocar de la cadena mientras metía las manos bajo el salpicadero para poner en marcha el coche. Momentos después, el motor cobró vida con una especie de tos. Regina no encendió las luces hasta que estuvieron bien lejos del laboratorio.

Como en un sueño, ella observó la débil línea blanca en el centro de la carretera. Era una pesadilla. Esa era la única explicación. En unos pocos minutos, despertaría con el sonido de la voz de Nana reprendiéndola por dormir hasta tan tarde, luego Gail entraría corriendo, implorando que la dejasen ir a ver una película con Cherise, o a cenar al McDonalds cuando Emma llegase a casa del trabajo. Cosas ordinarias. Cosas cotidianas...

Dejaron atrás una pequeña señalización de madera.

SALIENDO DE SILVERDALE, se leía. CONDUZCA CON CUIDADO.

Silverdale. No tenía ni idea de dónde estaba eso.

Después de un tiempo, cayó en la cuenta de que la camioneta estaba aminorando. Miró a Regina, sintió el dolor de sus heridas como si estas fueran suyas, y supo que estaba a punto de perder la consciencia.

Un momento después, agarró el volante mientras Regina se derrumbaba contra ella.