Capítulo 23
Emma aparcó la camioneta a un lado de la carretera. Echando el freno de mano, se quitó el camisón, preguntándose cómo apagar el motor sin la llave. Rasgando el fino tejido y haciendo tiras de él, vendó el brazo de Regina, luego hizo un grueso relleno y lo presionó sobre la herida en su hombro, sujetándolo en su sitio con otra tira de tela. Con eso hecho, le quitó el pesado collar y la cadena del cuello y los arrojó por la ventana.
Tocó la frente de Regina, preguntándose si se sentía más caliente de lo usual. Tanteando la consola, encendió el calentador, luego puso en marcha la camioneta y se incorporó nuevamente a la carretera de doble carril. Condujo sin destino alguno en mente. Ella no sabía donde se encontraban, ni a dónde ir en busca de ayuda. No podía ir a casa, incluso si supiese en qué dirección debía ir, ni podía llevar a Regina a un hospital incluso si pudiese dar con uno. La carretera estaba desierta. No había a la vista ni siquiera una gasolinera o un teléfono.
Imaginó entrar en una gasolinera y pedir ayuda, haciendo una mueca al imaginar la reacción que obtendrían.
Consideró dar media vuelta. Quizá hubiese una ciudad en la otra dirección. Quizá debiera tratar de encontrar un policía. Lástima que no supiese dónde encontrar una tienda de dónuts, o una comisaría de policía. Sintió una burbuja de risa histérica ascender por su garganta mientras se imaginaba a sí misma entrando en algún precinto de una pequeña ciudad, completamente desnuda, y diciéndoles que se había escapado de un médico loco que quería hacerse rico vendiendo sangre extraterrestre a gente rica enferma.
Intentó despertar a Regina, pero ésta seguía inconsciente. O muerta.
¡No! Le puso la mano sobre el corazón, aliviada al sentir el débil pero constante subir y bajar de su pecho. Estaba viva, gracias a Dios. No sabiendo a dónde más volverse, murmuró una plegaria, implorando ayuda, un lugar para ocultarse hasta que Regina estuviese mejor. Estaba hambrienta y cansada, y asustada, tan asustada.
Y entonces, como en respuesta a su plegaria, divisó una rústica cabaña a un lado de la carretera. A la luz de la luna, parecía un cottage de cuento de hadas. La casita de Blancanieves —pensó—. O quizá la de Piglet (3). Era un precioso lugarcito, localizado al borde de un pequeño lago.
—Gracias, Señor —susurró las palabras una y otra vez mientras abandonaba la carretera, aparcaba la camioneta y echaba el freno de mano.
*(3) Nota de la traductora: personaje de los populares dibujos animados "Winnie The Pooh".
Abriendo la puerta, se deslizó fuera de la camioneta y fue a mirar a través de una de las ventanas. Temblando de frío, caminó alrededor de la cabaña. Encontró una nota en la puerta principal. Despegándola, la llevó de regreso a la camioneta, aguzando la vista para leerla a la luz de los faros delanteros.
Lucy, traté de llamarte, pero ya habías salido. Me surgió algo en el trabajo y tuve que volver a la ciudad. Quédate si quieres. Te llamaré el fin de semana.
Robin.
Debajo de eso había otras líneas garabateadas.
Robin, siento que no hayamos podido vernos. Llámame al trabajo el próximo Viernes. Phil está empezando a sospechar. Te telefonearé antes de entonces si puedo.
Con amor,
Lucy.
Arrugando la nota en su mano, Emma probó a abrir la puerta. Estaba cerrada con llave. Frunció el ceño por un momento, luego deslizó la mano por el saliente sobre la puerta. Nada. Miró la maceta de flores aposentada en el porche, y luego sonrió al levantarla y encontrar una llave.
—Gracias, Robin —murmuró.
Abriendo la puerta, entró.
Era una curiosa pequeña cabaña de una sola habitación, el lugar perfecto para un rendezvous. No había teléfono, ni electricidad, y una única ventana que daba al lago. Una cocinilla Coleman se hallaba encima de una pequeña mesa cuadrada; había una caja de comestibles en el fregadero. Curioseó dentro y encontró una hogaza de pan francés, mayonesa y mostaza, manzanas, naranjas, bananas, platos y tazas de papel, y una botella de ron. Una pequeña nevera reveló un cartón de leche, un par de filetes, algo más de carne y una variedad de quesos en su interior. También había un pack de seis latas de cerveza y una botella de dos litros de 7-Up.
Un par de sacos de dormir estaban extendidos enfrente de la chimenea; había una pila de madera de buen tamaño dentro de ésta, una caja de cerillas sobre la repisa de la misma y un farol Coleman.
Complacida de que Lucy hubiese decidido no quedarse en la cabaña sin Robin, y agradecida de que no hubiese entrado y visto los comestibles, Emma murmuró otra oración de gracias y luego se apresuró a volver fuera.
Regina yacía tumbada en el asiento, con los ojos cerrados y la respiración rápida y superficial. Ella le había contado una vez que nunca había estado enferma, y que siempre se había recuperado rápidamente cuando había estado herida. Se preguntó si la habilidad de su cuerpo para sanarse a sí misma incluía heridas por disparos de bala.
—¿Regina? ¡Regina, despierta!
Sus párpados se agitaron y se abrieron y ella la contempló con la vista desenfocada.
—Tienes que levantarte. He encontrado un lugar donde quedarnos.
Regina asintió, gimiendo suavemente mientras se sentaba.
—El motor—dijo ella—. ¿Puedes apagarlo?
Gruñendo suavemente, Regina metió una mano bajo la consola y desconectó los cables. El repentino silencio pareció ensordecedor.
—Pon tu brazo alrededor de mi hombro —dijo Emma—. No está lejos.
Regina no discutió. Emma gimió mientras soportaba parte de su peso. ¡Misericordia, qué pesada era! Dando un paso cada vez, finalmente alcanzaron el interior de la cabaña.
Emma ayudó a Regina a asentarse en uno de los sacos de dormir, luego fue a cerrar la puerta con llave.
Estuvo sorprendida y aliviada de averiguar que la cabaña tenía agua corriente y toallas limpias.
Sintió la bilis subirle por la garganta cuando comenzó a lavar la sangre del hombro de Regina. El agujero de bala era pequeño y desagradable, y no tenía orificio de salida.
—¿Regina? Regina, ¿qué debo hacer?
Ella miró el sangriento agujero en su hombro.
—Ahora sería un buen momento para que una de las dos se desmayase.
—Muy graciosa.
—Sí. ¿Te importa si lo hago yo primero?
—¡No te atrevas a desmayarte! —la herida continuó manando sangre y ella presionó la tela contra la misma en un esfuerzo por detener la hemorragia—. No creo que la herida de tu brazo sea demasiado seria, pero la de tu hombro... Creo que la bala está todavía dentro.
—Me temo que tienes razón —ella deslizó un nudillo por su mejilla—. ¿Crees que puedas sacarla?
—No lo sé.
—Yo puedo hacerlo si no sientes que vayas a ser capaz.
—¡¿Tú?!
—No sería la primera vez.
—¿Te han disparado antes?
—Una vez, hace mucho tiempo.
—¿Cuándo? ¿Dónde?
—En el territorio de Dakota —Regina frunció el ceño, recordando—.¿Has oído hablar de Custer?
—Por supuesto.
—Yo estaba luchando al lado de los Cheyenne. Hermoso pueblo, los Cheyenne.
—¿Los Cheyenne? ¿Tú luchaste del lado de los Cheyenne en Little Big Horn?
—Una lucha infernal. Custer fue un idiota al dividir sus tropas de la manera en que lo hizo —hizo una mueca cuando el dolor brotó a través de ella.
—¿Estás bien? —preguntó Emma con ansiedad.
Ella asintió.
—Me perdí la batalla principal, naturalmente, pero todavía quedaba algo de actividad después de oscurecer. Yo estaba merodeando alrededor de la colina donde Reno y algunos de sus hombres fueron acribillados cuando recibí un balazo en la pierna. Tuve que sacármela yo misma. No se lo recomiendo a nadie.
—Gracias —murmuró Emma secamente.
Ella mencionó la batalla de forma tan casual, una batalla que había tenido lugar ciento veinte años atrás. Ella le miró a los ojos, intentando imaginar la vida que había llevado. América era un bebé si se la comparaba con la mayoría de los países del mundo, y Regina había estado allí casi desde el comienzo. Algunas veces, olvidaba lo vieja que era.
—¿Emma?
—Lo haré yo —ella pasó los siguientes minutos buscando algo que pudiese usar como sonda, finalmente decidiéndose por un cuchillo de hoja delgada que encontró en un cajón. Lo calentó sobre la cocinilla Coleman, luego lo enjuagó con ron—. Quizá te gustaría tomar un trago de esto —sugirió, ofreciéndole la botella.
—¿Por qué no? —Regina alzó la botella y tomó un largo sorbo—. No está mal —miró el cuchillo, la forma en que este temblaba en la mano de ella, y sonrió—. Quizá deberías beber algo tú también. Podría templarte los nervios.
Emma cogió la botella y la contempló. Ella nunca había sido muy bebedora, pero tomó un par de largos sorbos, sintiendo el caro licor deslizarse suavemente garganta abajo.
—¿Lista, doc?
Emma asintió, y Regina se tendió de espaldas sobre el saco de dormir, con las manos apretadas.
—Adelante —dijo—. Acabemos con ello.
Un trago más, una profunda inspiración, y ella estuvo lista. Lo había visto hacer en tecnicolor en las películas, había leído sobre ello, y aún así no estaba preparada para la sangre y el modo en que el cuchillo se adentraba en la carne. En una ocasión, Regina hubo de sostener su mano, estabilizándosela.
Ella dio un triunfante jadeo cuando la punta del cuchillo chocó contra la bala. Momentos más tarde, esta yacía en su palma.
Miró a Regina, luego al ensangrentado pedazo de metal en su mano, y supo que iba a desmayarse.
Regina la cogió antes de que golpease el suelo. Sintiéndose un poco aturdido también ella, cubrió a Emma con el saco de dormir y luego se incorporó con cierta inestabilidad.
Cogiendo un trapo limpio, lo empapó con ron y dejó escapar una violenta maldición mientras lo presionaba sobre la herida de su hombro. Luego confeccionó un vendaje rasgando un trapo de cocina blanco de algodón y haciendo tiras de él.
Consciente de la proximidad del alba, se estiró junto a Emma y cerró los ojos.
Despertó abruptamente, su mirada atraída hacia la brillante luz filtrándose a través de la delgada cortina. No podría resistir el sol, no ahora, después de toda la sangre que había perdido.
—Emma —zarandeó su hombro—. ¡Emma, despierta!
—¿Qué sucede?
—La ventana. Tápala.
—¿Qué? —ella le miró parpadeando durante un momento; entonces, cuando la comprensión se abrió paso a través de su cerebro, se arrastró atropelladamente fuera del saco de dormir, lo cogió y lo envolvió sobre la barra de la cortina—. ¿Así está mejor?
Regina asintió.
—Gracias.
Cruzando la habitación, ella se arrodilló junto a Regina. El vendaje de su hombro estaba manchado de sangre. El material se veía muy blanco contra su bronceada piel.
—¿Cómo te sientes?
—Me pondré bien.
—Lo sé, pero ¿cómo te sientes?
—Débil.
—Deberías comer algo. Y beber cantidad de agua.
—Sí, señora.
—Lo digo en serio. Necesitas recuperar tu fortaleza. Tú descansa y yo prepararé el desayuno. ¿Tostada francesa te parece bien?
—Bien.
—Me salvaste la vida otra vez —dijo ella suavemente.
—Fue un placer.
Ella se regodeó en el amor brillando en los ojos de Regia, deseando que no estuviese herida, que pudiesen pasar el día haciendo el amor.
—Quizá mañana —dijo Regina, con voz baja y ronca, sus ojos oscuros con promesa.
Emma sintió sus mejillas calentarse.
—Estás leyéndome la mente otra vez.
Su sonrisa fue lenta y perezosa y en lo más mínimo culpable.
Las mejillas de Emma se tornaron más calientes todavía.
—Mejor voy a preparar el desayuno.
Ella durmió todo el día, dejando a Emma vagar libremente por la pequeña cabaña. Ella encontró un vestido de verano azul y amarillo en una caja junto a la cocinilla y se lo puso. Le estaba un poco largo y holgado, pero superaba el corretear por ahí desnuda.
Avanzada la tarde, salió fuera y se sentó al sol. Con la cabeza echada hacia atrás y orientada hacia el lago, dejó su mente vagar. Sus primeros pensamientos fueron para Gail y Nana. ¿Qué había hecho Whale con ellas? ¿Estaban en casa, esperándola, o… buen Dios, qué tal si estaban encerradas en el mismo edificio donde ella y Regina habían sido retenidas? ¿Y qué pasaba con Whale? ¿Estaba él buscándola en esos momentos? ¿Había matado Regina a Killian? ¿Iba ella alguna vez a tener una vida normal nuevamente? Si dejaba el estado y se cambiaba el nombre, ¿sería capaz de seguir con su vida?
Observó el sol asentarse en un chapoteo de naranjas y ocres. Se estaba tan en paz allí, tan en silencio, mientras su vida entera se hallaba en constante agitación. Una vez, después de ver una película de James Bond, había deseado un poco de excitación en su vida. Bueno, pues la había encontrado. A toneladas. Presionó una mano contra su cabeza, sintiendo una jaqueca en ciernes.
Y luego sintió la mano de Regina sobre su hombro. Se arrodilló tras ella, sus dedos masajeando el dolor, su presencia alejando sus dudas. Con un suave suspiro, ella cerró los ojos y se entregó a la maravilla de su toque.
—¿Mejor? —preguntó.
—Hmmm, sí. Regina, quiero ir a casa. Tengo que averiguar qué les sucedió a Nana y a Gail.
—Ellas no están allí.
Ella la rodeó y se sentó a su lado, y estudió su rostro. Tenía mejor aspecto. Las oscuras manchas bajo sus ojos se habían esfumado, y las líneas de tensión y cansancio habían casi desaparecido.
—¿Tú sabes dónde están?
—Escuché a Whale preguntarle a August si las habían encontrado ya. Creo que ellas lograron huir. Estoy segura de que están a salvo.
Emma se relajó, sus preocupaciones por su hermana y su abuela en cierto modo aliviados por la seguridad de Regina en que ellas habían escapado.
Regina le acarició la espalda y los hombros. Su piel era suave y cálida bajo sus dedos. Su cabello olía a rayos de sol. Inclinándose hacia adelante, presionó sus labios contra su hombro. Ataviada con un colorido vestido veraniego, con el pelo cayéndole por la espalda, se la veía joven e inocente, y tan vulnerable como un gatito recién nacido.
Regina maldijo en voz baja. Ella debería haber estado en casa con su familia, cuidando de su hermana y su abuela, citándose con un hombre que pudiese darle hijos. En lugar de eso, estaba allí, con una mujer que no le había traído nada salvo problemas. Probablemente había perdido su trabajo. Su vida estaba en peligro. No tenía idea de dónde se encontraba su familia, o cuando sería capaz de ir a casa. Y todo por culpa suya. Sus manos se aquietaron, sus dedos descansando ligeramente sobre el hombro de ella.
Emma giró la cabeza para poder ver la cara de Regina, la sonrisa muriendo en sus labios cuando vio su expresión.
—¿Qué es? ¿Qué sucede?
—Nada.
—Estás mintiendo —ella buscó su mirada, sus ojos estrechándose mientras intentaba leer su mente. Al cabo de un momento, ella frunció el ceño. ¿Por qué no podía leer sus pensamientos como usualmente hacía? Y luego comprendió que ella había erigido una barrera de alguna clase—. Eso no es justo —dijo, su voz ronca con acusación—. Tú lees mis pensamientos cada vez que quieres. Yo debería ser capaz de hacer lo mismo.
—La vida es injusta, Emma —levantó la mano de su hombro y se puso de pie.
Emma la miró. Ella estaba desnuda salvo por una toalla envuelta alrededor de su cuerpo. Una débil brisa sopló sobre el lago, revolviéndole el cabello. La puesta de sol dejó su firma a través del cielo en pinceladas acentuadas de carmesí y ocre, bañando su figura en sombras oro y bronce. Parece una diosa griega —pensó— fuerte, guapa y en posesión de admirables poderes. Volvió a intentar leer sus pensamientos, y nuevamente no pudo penetrar la pared que ella había levantado entre ellas.
Lentamente, ella se puso de pie. Le instó en silencio a darse la vuelta, a reconocer su presencia, a confiar en ella. Deseaba ir a ella, tomarle en sus brazos y decirle que la amaba. En cambio, cruzó los brazos sobre el pecho e intentó escudar sus propios pensamientos.
Transcurrieron varios minutos, y todavía Regina permaneció de pie dándole la espalda. Su paciencia llegó a su fin y Emma giró sobre sus talones y regresó al interior de la cabaña.
Preparó la cena porque necesitaba algo que hacer. Las dos habían estado tan cerca hacía un corto espacio de tiempo… Bien alto sobre la cima de una montaña, habían intercambiado votos de amarse y respetarse la una a la otra. Habían hecho el amor, su unión mucho más que un mero intercambio físico. Y ahora se sentía como si estuviesen separadas por miles de kilómetros.
Cuando la cena estuvo lista, se encaminó hacia la puerta para llamarle, sólo para encontrarle parada ahí, los oscuros ojos llenos de insoportable pesar. Ella se preguntó cuánto tiempo había estado allí, y qué estaba pensando que le hacía parecer tan triste.
—Siéntate —dijo ella—. La cena está lista.
Con un asentimiento, ocupó un lugar a la mesa. Ella había preparado filetes y huevos. Su filete estaba poco hecho, justo como a ella le gustaba.
Comieron en silencio. Emma rehusó devolverle la mirada, y ella estaba afligida por el dolor que le había causado, que le estaba causando incluso ahora, y aún así no dijo nada. Regina había sabido todo el tiempo que había estado mal de su parte interferir en su vida. Durante doscientos años, había evitado cuidadosamente apegarse a los humanos. Era hora de acabar su relación con Emma antes de que fuese demasiado tarde, antes de que ella arruinase su vida completamente, o consiguiese que la matasen. No podía soportar la culpabilidad de saber que su mera presencia ponía la vida de ella en riesgo, no podía tener su muerte en sus manos. De algún modo, la devolvería sana y salva a su hogar, la reuniría con su familia. Y si tenía que matar a Whale para conseguirlo, entonces lo haría sin remordimientos.
Levantándose de la mesa, le dió las gracias por la comida y luego se metió en el saco de dormir y cerró los ojos. Dejarla no sería algo fácil para ninguna de las dos. Ella le echaría de menos durante un tiempo. Podría ser que incluso la odiase. Pero algún día, cuando tuviese un marido e hijos y una vida normal, se lo agradecería.
[1] *(3) Nota de la traductora: personaje de los populares dibujos animados "Winnie The Pooh".
