Capítulo 24
Regina se había cerrado a ella, y ella no sabía por qué. Tendida en su saco de dormir esa noche, Emma repasó los eventos del día en su mente, preguntándose qué habría dicho, o hecho, para hacerla enfadar. Había intentado numerosas veces hacer que le hablase, que le dijese cuál era el problema, pero ella había replicado, educadamente, que no había ningún problema, que simplemente estaba cansada.
Estaba mintiendo.
Ella había comprobado sus heridas, sorprendida de ver que éstas, tan sangrientas y desagradables la noche anterior, habían casi sanado totalmente.
Ella deseaba que Regina la tomase en sus brazos, necesitaba que la abrazase, que le asegurase que todo resultaría bien.
Dudó durante unos momentos más y luego se deslizó fuera del saco de dormir y fue a mirar a través de la ventana a la mujer que estaba causando semejante dolor a su corazón.
Regina estaba parada cerca de la orilla del lago, con la cabeza inclinada hacia atrás y los brazos en cruz mientras contemplaba el cielo nocturno. La pálida luz de la luna bailaba sobre la quieta superficie del agua y bañaba a Regina con un débil y brumoso resplandor plateado.
Se veía tan hermosa, y tan sola, que hacía que le doliese el corazón. ¿Por qué no quería confiar en ella? ¿No sabía cuan profundamente la estaba lastimando su silencio?
Un búho ululó suavemente en la distancia. Regina le había dicho que algunas tribus indias creían que la llamada de un búho en las cercanías de un alojamiento significaba muerte inminente. El sonido atrajo su atención y, mientras se giraba hacia la fuente del mismo, Emma le vio la cara, vio el dolor y la soledad de su expresión.
Necesitando tocarla, consolarla, y necesitando su consuelo en retorno, corrió fuera de la cabaña, sin prestar atención al hecho de que no estaba vestida.
—Regina, lo siento —la envolvió en sus brazos, enterrando la cara en su hombro—. Por favor, perdóname.
Instintivamente, los brazos de Regina se cerraron en torno a ella.
—¿Perdonarte? —preguntó Regina, sorprendido por su disculpa—. ¿Qué es lo que has hecho?
—No lo sé —sus palabras sonaron apagadas contra su hombro—. ¿Por qué te has cerrado a mí? Me siento tan sola...
—Emma... natayah... —le acarició la espalda, sus manos inquietas, su deseo despertando ante su cercanía, ante la sedosidad de su carne presionada tan íntimamente contra la suya—. Emma...
—No me alejes —imploró ella—. No me dejes fuera —poniéndose de puntillas, presionó su cuerpo contra el de ella—. Te amo, Regina.
Echó la cabeza hacia atrás para poder ver su rostro, y luego la besó profunda y fervorosamente.
Y ella se perdió. Se perdió en la magia de su toque, y en el profundo y sincero amor que había visto en sus ojos.
Con un irremediable grito de rendición, la acunó en sus brazos, bajándola gentilmente al suelo y cubriendo su cara, su cuello y su pecho con hambrientos besos. Sus manos se deslizaron por su esbelta figura. Su piel era suave, sedosa y vibrante bajo las puntas de sus dedos. Ella se arqueó contra Regina, bajos gemidos de placer ascendiendo por su garganta, animándole, inflamándole, hasta que ella no albergó más pensamiento que poseerla, que mostrarle con sus manos y sus labios que la amaba, sólo a ella, ahora y siempre.
Sus muslos se separaron ansiosamente para recibirle, y luego Regina fue parte de ella… en corazón, alma, mente y cuerpo. Cada pensamiento, cada respiración, eran suyos.
Emma le sostuvo cerca, más cerca, hasta que ni siquiera la luz de la luna podía deslizarse entre ellos. Sus dedos acariciaron la carnosa prominencia de su espalda, sus uñas siguiendo el débil diseño a lo largo de su espina. Ella le acarició, le arañó suavemente y la acarició de nuevo. Le acunó en lo más profundo de sí, su corazón latiendo al mismo frenético ritmo que el de Regina. Observó su rostro, hechizada por su pura belleza y por la pasión ardiendo en sus ojos.
Sollozó su nombre mientras oleadas de éxtasis la hacían estremecer, y oyó su grito de respuesta mientras su fuerza vital la llenaba de cálido calor líquido.
Abrazadas muy juntas, se precipitaron lentamente de vuelta a la tierra.
Regina soltó un profundo suspiro. Nunca había experimentado nada tan maravilloso, ni siquiera con Dannielle. Aunque había amado a su esposa, no la había necesitado tan desesperadamente como necesitaba a Emma. Y todavía, mezclado con la sensación de maravilla, había una horrible culpabilidad.
¿Y si Emma se quedaba embarazada? Whale le había dicho que era el momento perfecto para inseminarla. La mera idea le producía vértigo. Tanto como anhelaba un hijo nacido de su amor, tenía miedo de encarar la posibilidad, no deseando considerar las consecuencias que podrían resultar del emparejamiento entre ErAdoniana y terrestre.
La garganta de Emma emitió un suave sonido, y ella comprendió que probablemente estaba asfixiándola con su peso. Rodando de costado, la llevó consigo, manteniéndola abrazada. Experimentó una súbita necesidad de poner distancia entre ambas, de estar a solas con sus pensamientos, pero sabía que ella no lo comprendería. Se sentiría herida, pensando que ella la estaba dejando fuera de nuevo. No podía soportar la idea de causarle más dolor, así que la mantuvo cerca, acariciando su pelo con una mano hasta que su respiración se tornó uniforme y profunda y supo que se había quedado dormida.
—Perdóname, natayah —murmuró.
Levantó la vista hacia el cielo, desgarrada por conflictivas emociones. Nunca debería de haberse involucrado en su vida... nunca debería haberla tocado... ella era la mejor cosa que le había sucedido en doscientos años... podría estar ya embarazada en esos momentos... ella le había arruinado la vida... Regina la deseaba... la necesitaba.
La amaba.
No quería amarla, o necesitarla, o desearla.
Nunca debería haberla tocado.
La deseaba otra vez. En ese mismo momento, su sangre se estaba caldeando, espesándose con su deseo... Ella se removió en sus brazos, murmuró su nombre, y la abrazó con más fuerza, sabiendo que nunca sería feliz sin ella a su lado, sabiendo que, más pronto o más tarde, tendría que dejarla marchar. No importaba cuán terrestre fuese su apariencia, ella era ErAdoniana. Un perro y un gato podían enamorarse, meditó fríamente, pero eran dos criaturas diferentes, nunca destinadas a compartir más que amistad.
Se quedaron en la cabaña hasta que la comida se agotó. Durante esos tres días, Regina cerró su mente a todo excepto a hacer a Emma feliz. Pasearon a lo largo del lago por las noches, se dieron largos baños a la luz de la luna y durmieron hasta tarde por las mañanas. Regina se había jurado no volver a hacerle el amor, pero cada noche ella le incitaba con sus besos y su toque, tentándola más allá de su capacidad de resistencia. Diariamente, rezaba por el perdón, oraba para que ella no se quedase embarazada, e imploraba pidiendo fortaleza para cuando llegase el momento de abandonarla.
Memorizó cada línea de su rostro, cada curva de su esbelto cuerpo, el sonido de su risa, el ronco timbre de su voz cuando se hallaba en las alturas de la pasión, el color de sus ojos, la textura de su cabello, el sabor de su piel contra su lengua. Le dijo que la amaba en cada forma que pudo, y esperó que ella todavía creyese que esto era verdad cuando ella tuviese que dejarla ir.
Emma contempló la pequeña cabaña. Odiaba dejarla. Incluso aunque era pequeña y atestada, y estaba equipada tan sólo con las más básicas de las necesidades, había sido un lugar perfecto para una luna de miel.
Miró a Regina. Estaba cerca de la puerta, con una toalla en torno al cuerpo.
—No tenías que arreglarte tanto sólo por mí —comentó Emma con una sonrisa.
—Muy graciosa. Vámonos.
Todavía sonriendo, ella la siguió al exterior, esperando mientras realizaba una pequeña magia bajo la consola para poner en marcha el motor.
—¿Quieres conducir tú? —preguntó.
—No, adelante, hazlo tú — replicó Regina, deslizándose en el asiento del pasajero y reclinándose, cruzando los brazos sobre el pecho.
Acomodándose tras el volante, Emma encendió los faros.
—¿Por dónde?
—Gira a la izquierda cuando llegues a la carretera.
—¿Sabes dónde estamos?
—Más o menos.
La noche pasada, había determinado su localización mediante la posición de las estrellas. Si sus cálculos eran correctos, se hallaban a unos setenta kilómetros de Storybrooke.
Emma la miró mientras conducía. Sus heridas habían sanado sin dejar marca. Ella lo había visto, todavía, era difícil de creer que Regina hubiese sido disparada, dos veces, y sanado completamente en tres días. Por primera vez, ella podía comprender los motivos de Whale, incluso si los encontraba reprobables. Y, aún así, no podía evitar pensar en todo el bien que Regina podría hacer, la gente a la que podría ayudar, las vidas que podría salvar.
Regina estaba leyendo su mente de nuevo. Ella lo supo en el momento en que habló.
—¿Cómo decidiría yo qué vidas salvar, Emma? —preguntó en voz baja—. Sólo puedo dar una cierta cantidad de sangre. ¿Se la vendo a los ricos? ¿Se la doy a los pobres? ¿Cómo decido qué vida tiene más valor? ¿La de una madre de tres niños? ¿la de un padre de cuatro? ¿La de un niño? ¿La de una abuela? Hay millones de personas, Emma, y yo soy únicamente una mujer. No el Todopoderoso. No deseo tener el poder de la vida y la muerte en mis manos. No quiero tener que tomar esa clase de decisiones.
Ella no había mencionado su propia vida, sus propias necesidades, pero Emma sabía que nunca tendría ninguna clase de vida privada si la gente conociese el milagroso poder de su sangre. Todo el mundo querría un pedazo suyo: el público, la prensa, los científicos, los médicos, los predicadores y los programas de entrevistas. Nunca sería capaz de regresar a Storybrooke, nunca tendría el tiempo o la privacidad para escribir otro libro. Algunos podrían pensar que su negativa a ayudar era egoísta, y, si ella fuese solo un ser humano, ella podría pensarlo así también. Pero era una extraterrestre, y ella sabía que sería cazada durante el resto de su vida si la gente averiguaba quien era, y lo que era. Y eso, pensó con pena, podía resultar ser un largo, largo espacio de tiempo. No sólo eso, sino que su libertad se vería perdida para siempre. Ella pasaría el resto de su vida en una jaula, siendo examinada, interrogada y analizada.
Egoístamente, comprendía que ellas nunca tendrían una vida juntas si el mundo descubría su identidad. Y ella deseaba un futuro con Regina más de lo que jamás había deseado nada en toda su vida.
Correcto o equivocado, egoísta o no, tenía la intención de tenerlo.
Estaban conduciendo a base de humo y suerte para cuando llegaron a Storybrooke. El reloj de la consola marcaba las nueve y media.
Apenas había aparcado la camioneta en el garaje cuando el motor chisporroteó y murió. Abriendo la puerta, ella se deslizó de detrás del volante y siguió a Regina al interior de la casa.
Regina se movió infaliblemente a través de la oscuridad hasta que la oyó tropezar. Maldiciendo su descuido, encendió una luz.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Bien —con los labios apretados, ella se frotó la rodilla en el lugar donde ésta había golpeado contra una mesa—. ¿Quieres besarlo y hacer que se ponga mejor?
Sus palabras fueron ligeras, bromistas, pero Regina vio la esperanza en sus ojos, oyó el anhelo en su voz.
Con un esfuerzo, endureció su corazón contra ella.
—Necesito una ducha —dijo—. Esperaré si tú quieres darte una primero.
—No, hazlo tú.
Con un cortante asentimiento, Regina fue escaleras arriba. Momentos más tarde, ella oyó el agua corriendo por las tuberías.
Por un instante, pensó en unirse a ella, y luego, con un suspiro, fue a la cocina. Del humor en que Regina estaba en esos momentos, probablemente habría cerrado la puerta con llave.
Se preparó una taza de fuerte café solo y lo sorbió lentamente mientras se preguntaba cómo localizarían a Gail y Nana. Quizá alguno de los vecinos supiese adónde habían ido... ¿Y qué pasaba con Whale? Sólo pensar en él la hacía temblar de repugnancia.
Después de enjuagar la taza y ponerla en el fregadero, recorrió la casa asegurándose de que todas las puertas y ventanas estuviesen bien cerradas, preguntándose si había sido inteligente volver allí. No le supondría mucho esfuerzo a Whale averiguar dónde vivía Regina.
Estaba vagando por el despacho cuando sintió la presencia de Regina tras ella. Lentamente, se dio la vuelta para encararla. Estaba vistiendo un par de Levi's descoloridos y un suéter negro. Sus pies estaban descalzos, su pelo todavía húmedo. Se le veía hermosa y sexy. Y distante.
—Tu turno —dijo sin entonación—. Te veré por la mañana.
Con un asentimiento, ella abandonó la habitación y subió escaleras arriba.
No sabía qué era lo que estaba molestándole, pero tenía la intención de averiguarlo. Y pronto.
Regina observó a Emma dejar la habitación; luego se sentó ante su escritorio y contempló la computadora. Tras unos momentos, la encendió.
Abriendo el archive que contenía su ultimo manuscrito, revisó el material desde la primera página. El manuscrito estaba lejos de estar terminado, pero Ella se sintió impulsada a trabajar en la conclusión de la historia a pesar del hecho de que estuviese fuera de secuencia.
Pensó por un momento y luego comenzó a escribir.
" Miré a Katheryn, sabiendo que había llegado el momento de que ya no hubiese más mentiras entre nosotras. La había cortejado durante más de un año, nunca dejándola saber lo que yo era, segura de que el amor en sus ojos se trocaría en miedo, o peor, en repulsa, cuando ella supiese que no soy la mujer que pensó que era, pero ya no podía esperar más. Katheryn había declarado su amor por mí, y yo, estúpidamente quizás, había admitido que sentía lo mismo. Nuestros besos, inocentemente castos en el comienzo de nuestro cortejo, se habían vuelto más apasionados, más intensos, una vez que nuestros sentimientos fueron dichos en voz alta. El deseo entre nosotras floreció hasta transformarse en una flor de rara belleza, pero yo no podía tomar su virginidad, no podía forjar ese nexo de intimidad entre nosotras.
—¿Qué ocurre —preguntó ella—. ¿Qué deseabas decirme?
Llena de autodesprecio por lo que estaba a punto de hacer, la miré a los ojos y recé para que fuese capaz de perdonarme por mi engaño…"
Regina se reclinó contra el asiento, sus palmas descansando a cada lado del teclado.
Dudaba que hubiese un final feliz para ella misma y Emma, pero podía garantizar uno a su vampira.
Con un suspiro, comenzó a escribir de nuevo.
" Indecisa, le dije la verdad, luego esperé a que ella me despreciase, a que huyese aterrorizada del monstruo que había osado amarla.
—¿Vampira? —exclamó ella suavemente. Sus ojos se estrecharon mientras ella me miraba—. ¿Vampira? —repitió, y comenzó a reír.
Al principio, yo pensé que estaba histérica por el miedo. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, y ella se agarraba los costados mientras la risa seguía burbujeando de sus labios.
—¡Una vampira! Oh, Gina, ¿es eso todo?
—¿Es eso todo? —pregunté yo, conmocionada por su reacción—. ¿Todo? ¿Acaso no es suficiente?
—Lo he sabido durante meses —dijo ella, enjugándose las lágrimas.
—¿Sabido? ¿Cómo podías haberlo sabido?
—No soy ciega, ni estúpida —replicó ella con un movimiento de cabeza—. Nunca comes, no proyectas sombra, nunca te he visto durante el día —se encogió de hombros—. Ví cómo me miraste la noche en que me pinché el dedo con una espina. Vi el hambre en tus ojos antes de que te dieses la vuelta. Lo ví, y lo supe.
—¿Y no te preocupa?
—Por supuesto que me preocupa, pero... —ella me sonrió—. Pensé que ibas a decirme que estabas casada.
—No —dije yo, mi mente todavía dando vueltas como loca ante su pronta aceptación de lo que yo era—. No estoy casada.
—Pero lo estarás pronto —predijo ella.
—¿Lo estaré?
—Estoy segura de ello —dijo ella, y, poniéndose de puntillas, presionó sus labios contra los míos, y en ese beso se hallaba la promesa de un para siempre…"
Para siempre, meditó Regina mientras guardaba el archivo y salía del programa. Ella se había quedado en Storybrooke demasiado tiempo. Era hora de mudarse. De encontrar un nuevo lugar para vivir, un nuevo nombre, una nueva identidad. Para ella, no sería duro. No tenía familia que dejar atrás, ni lazos que le atasen a un lugar. Podía abandonar la civilización, ocultarse en la jungla del Amazonas hasta que Whale estuviese muerto...
—¿Regina?
Se giró abruptamente, sorprendida de ver a Emma de pie en el umbral de la puerta. Era la primera vez que su presencia le había pillado por sorpresa.
—Pensé que te habrías acostado ya.
Emma se encogió de hombros.
—No estoy cansada.
—Yo sí —se puso de pie, interponiendo su silla entre ambas—. Me voy a la cama.
—No, no te vas.
Regina arqueó una gruesa ceja negra.
—¿No?
—No hasta que aclaremos esto.
—¿Qué es lo que hay que aclarar?
—Quiero saber adónde crees que vas a ir sin mí y por qué.
Demasiado tarde, ella comprendió que mientras había estado escribiendo, había desatendido el mantenimiento de la barrera entre su mente y la de ella.
Ella cruzó los brazos sobre los pechos y la contempló solemnemente.
—Estoy esperando.
Regina la contempló a ella. Estaba vistiendo una de sus camisetas y un par de sus calcetines, y nada más. Debería de haberse visto ridícula; en cambio, se le veía joven e inocente y tremendamente atractiva. Sus piernas eran largas y esbeltas. Una oleada de calor le inundó mientras las imaginaba envolviendo su cintura.
—Me voy a ir a la cama —dijo Regina con firmeza, y pasó por su lado antes de que ella pudiese detenerla.
Una vez en su habitación, cerró la puerta y se despojó de su suéter; luego fue a la ventana y contempló la oscuridad. Tenía que sacarla de allí. Ella nunca estaría a salvo, no hasta que Whale dejara de ser una amenaza. Hasta entonces, tenía que encontrarle un refugio de alguna clase. Pero, ¿dónde?
Se quedó repentinamente quieta al abrirse la puerta.
—Todavía estoy esperando.
Su olor, a jabón mezclado con pasta de dientes y champú de fresa, era embriagador. Con las manos apretadas a los costados, miró sobre su hombro.
—Vete a la cama, Emma.
—De acuerdo.
Demasiado tarde, ella recordó que sólo había una cama en la casa: la suya, y ella estaba caminando hacia la misma.
—Emma… —se pasó las manos por el cabello y luego se las metió en los bolsillos para evitar tomarla en sus brazos.
Ella se sentaba al borde del colchón, mirándola.
—Estoy escuchando.
—¿Tú siempre has sido así de testaruda?
—Bastante, sí.
—Emma, no quiero causarte ningún problema más.
—Entonces no lo hagas.
Ella palmeó el colchón invitadoramente.
Regina meneó la cabeza.
—Emma, por favor... —las palabras, destinadas a ser un firme rechazo, cayeron de sus labios como una plegaria—. Sólo estoy pensando en tí.
—Lo sé, pero ya soy mayorcita, Regina. Puedo tomar mis propias decisiones. Tú prometiste amarme y defenderme —le recordó ella en voz baja—. Me prometiste tu vida, Regina Mills, prometiste que serías mía por el resto de tu vida. ¿Lo has olvidado?
—No.
—¿Has dejado de amarme?
—No.
—Yo prometí permanecer a tu lado en lo bueno y en lo malo. ¿Me enviarías lejos, obligándome a romper esa promesa?
Regina gimió por lo bajo en su garganta, como si sus palabras le hubiesen atravesado el corazón.
—¿Lo harías?
—Para salvar tu vida, haría cualquier cosa. Cualquier cosa. Incluso mandarte lejos.
—Nunca me has hecho daño alguno. Que me dieses tu sangre salvó mi vida.
—Dejarte embarazada podría ser funesto.
—Estoy dispuesta a aceptar ese riesgo.
—Yo no.
—¿No es un poco tarde ya para preocuparse por eso?
Sus palabras lo atravesaron como un cuchillo cortando a través del agua. ¿Y si ella estuviese ya embarazada?
—No lo dije en ese sentido —dijo Emma rápidamente—. Sólo quería decir que ya hemos hecho el amor muchas veces y nada malo ha sucedido. Quizá estás preocupándote por nada. Quizá estabas en lo cierto y nos es imposible tener un hijo.
—Y quizá sí lo es.
Regina la miró, sentada en la cama, sus hermosos ojos verdes cálidos por el amor brillando en ellos, y se preguntó qué clase de monstruo era ella que no deseaba nada más que ir hacia ella, envolverla en sus brazos y enterrarse profundamente dentro de ella.
—Tú no eres un monstruo, Regina —ella sonrió mientras un bajo gemido retumbaba en su garganta—. Ahora sabes cómo me siento cuando me estás leyendo la mente.
—Emma, ¿qué voy a hacer contigo?
—Amarme, Regina. Simplemente, ámame como yo te amo.
—Hasta mi último aliento, natayah.
—Demuéstralo.
Ella meneó la cabeza.
—Dado que no puedo hacer que atiendas a razones, haré un trato contigo.
Ella inclinó la cabeza hacia un lado.
—¿Un trato?
—No más sexo entre nosotras hasta que estemos seguros de que no estás ya embarazada.
—¿Y después?
Un músculo se retorció en su mejilla.
—Una de nosotros será esterilizada.
—¡Esterilizada! —exclamó ella, horrorizada por la idea—. ¿Qué hay de malo en simplemente usar un anticonceptivo?
—Ninguno de ellos son infalibles.
—Esterilizadas —ella pronunció la palabra como si tuviese mal sabor—. ¿Cuál de nosotras? —Emma meneó la cabeza mientras la mirada de ella se apartaba de la suya—. No, Regina, no puedo...
—Yo no puedo ir al hospital, o al consultorio de un médico, Emma. No puedo arriesgarme de ese modo.
—Pero... —ella se mordió el labio inferior. Deseaba chillarle, gritarle que ella deseaba hijos, los de ella si podía ser.
—Quizás es hora de que te replantees nuestra relación, Emma, hora de que te asegures que comprendes a lo que estás renunciando.
Emma la contempló, muda. Ella no quería replantearse nada. No quería vivir sin Regina, y, todavía, la idea de poner fin de manera permanente a cualquier esperanza de tener hijos silenció la negativa elevándose a sus labios.
—Dormiré en el sofá —dijo Regina, y salió de la habitación, cerrando silenciosamente la puerta tras de sí.
Emma contempló la puerta. Ser estéril. Nunca tener hijos. Incluso la adopción podría estar fuera de cuestión. Desconocía qué legalidades estaban involucradas en la adopción de un niño. Estaba segura de que Regina debía tener un certificado de nacimiento falso. Conducía un coche, así que probablemente tenía un carnet de conducir. Ganaba dinero, así que probablemente tenía un número de la seguridad social. Una áspera risa escapó de sus labios. En doscientos años, probablemente habría acumulado numerosas formas de identificación.
Extraterrestre.
Doscientos años.
Esto la impactó entonces, realmente la impactó por primera vez. Regina era una extraterrestre. Ella le había dicho que la gente era la misma en todas partes, y, todavía, ella era de otro planeta, pertenecía a otra raza de personas. ¿Qué pasaría si ella se quedaba embarazada? ¿Cuál sería el resultado? Imágenes de bebés recién nacidos le cruzaron por la mente como un relámpago: bebés con cuatro brazos y dos cabezas, bebés con la piel correosa, bebés con tres ojos...
Estaba dejándose llevar por la imaginación y lo sabía. Regina era perfectamente saludable y ella también. Si fuesen capaces de concebir un hijo, no había razón por la que no pudiesen tener un bebé perfectamente formado. Era muchísimo más probable que ella fuese incapaz de concebir en absoluto, y eso la llevaba de vuelta a su dilema original. ¿Amaba a Regina lo suficiente como para abandonar toda esperanza de ser madre alguna vez? Pero, incluso mientras se hacía a sí misma esa pregunta, sabía que había más involucrado, mucho más. ¿Qué le sucedería a su relación cuando ella envejeciese y Regina no? ¿Alguna vez se verían libres de whale? ¿Deseaba ella pasar su vida entera mirando por encima de su hombro? Incluso si se cambiaban el nombre y dejaban el país, siempre estaría esperando, preguntándose si Whale estaba todavía buscándolas. ¿Y qué sucedía con Nana y Gail? Whale había usado a su hermana y a su abuela para cogerla en el pasado, y ella sabía que no dudaría en hacerlo de nuevo.
Y luego ella pensó en la vida sin Regina, y supo que haría cualquier sacrificio necesario para estar con ella.
Poniéndose en pie, fue a pararse ante la ventana. Estaba lloviendo. Observó el chaparrón a través de ojos nublados por las lágrimas y supo que el aguacero fuera no era nada comparado con la tormenta rugiendo en su corazón.
Regina deambulaba por la casa, agudamente consciente de las turbulentas emociones de Emma. Sin duda, ella la dejaría ahora. Sería para mejor. Ella merecía una vida normal, con una mujer o un hombre que pudiese compartir la luz del día con ella, darle hijos, envejecer a su lado. Ella merecía ser feliz, sentirse segura. Vivir con ella siempre conllevaría un elemento de peligro. Si ella desease ir al zoo, a la playa, de picnic, a pasear por el parque en un día de verano, tendría que ir sola.
Sintiendo como si las paredes se estuviesen cerrando, salió al patio de atrás y dejó que la lluvia caer sobre ella.
¿Cómo podría ella seguir adelante sin Emma? Si su vida había parecido vacía antes, ¿cuánto más desolada sería ahora, cuando ella había conocido el amor de Emma, oído su risa, sentido el toque de su mano? Y, todavía, no importa cuánto la amase, no podía darle la clase de vida que ella merecía.
Deseaba hacerla feliz.
Deseaba llevarla de vuelta a su guarida en la montaña y no dejarla marchar nunca.
Deseaba un hogar y una familia, el amor y la compañía de una mujer de soñadores ojos verdes, el sonido de la risa de un niño.
Deseaba a Emma.
Y, todavía, sabía que lo mejor que podía hacer por ella era salir de su vida.
Pero sabía, con una certeza que era demasiado terrible para permitirle ser nacida, que no tenía la fuerza para hacer lo que era correcto; sabía que, si su debilidad era la causa de su muerte, no le quedaría nada por lo que vivir. Si ese día llegaba, saldría al sol y dejaría que éste la destruyese.
Cargado con una carga de pesar demasiado pesada para soportarla, cayó de rodillas, sus lágrimas fundiéndose con la lluvia.
Emma contemplaba la solitaria figura de pie en el patio. La lluvia caía a cántaros sobre su cabeza y pecho, empapando sus pantalones. No tuvo que sondear su mente para saber lo que ella estaba pensando, lo que estaba sintiendo Su dolor era el de ella. Sus pensamientos eran sus pensamientos. Ella sentía su soledad, su anhelo por un hogar y una familia, su miedo por ella, su temor por su vida si se quedaba embarazada, el fuerte sentido de culpabilidad ante el sentimiento de que todo lo que le había sucedido a ella era por su culpa. Regina la quería, pero estaba asustada, temía por su vida, su futuro, temía causarle dolor.
Presionó su mano contra su corazón cuando cayó de rodillas, con la cabeza inclinada como si claudicase.
Ella era la causa de su angustia. El conocimiento de que Regina estaba sufriendo por causa de ella la hirió en lo más vivo.
Un pesado suspiro la estremeció mientras comprendía lo que tenía que hacer. Por el bien de Regina, ella la dejaría, ahora, esa noche. Con el tiempo, la olvidaría. Podría incluso encontrar a alguien más a quien amar.
Con el tiempo.
Rió suavemente mientras se envolvía un cobertor en torno a los hombros y descendía sigilosamente las escaleras, saliendo por la puerta principal. Si había una cosa que Regina tenía en cantidad, era tiempo.
