Capítulo 26

Sarah Waite abrió la puerta, su cara registrando sorpresa y alarma al ver a Emma.

Hola, señora Waite —dijo Emma, peinándose el pelo con los dedos—. ¿Está Wendy en casa?

Sí, está —la señora Waite estrechó la apertura de la entrada—. ¿Ocurre algo malo?

Necesito hablar con Wendy. Por favor, es importante.

La señora Waite dudó por un momento, luego dio un paso hacia atrás.

Entra. Wendy está en la sala viendo la TV.

Gracias.

Wendy Waite era una preciosa niña con una esbelta figura, ojos castaños y cabello liso del mismo color. Levantó la vista cuando Emma entró en la habitación, abriendo mucho los ojos.

¡Emma!

Hola, Wendy. ¿Ha llamado Gail hoy?

Todavía no. Son sólo las tres y media. Ella siempre llama a las cuatro.

Emma miró a la señora Waite.

¿Le parece bien si espero aquí?

Naturalmente. ¿Te gustaría tomar una taza de café?

Sí, por favor.

Quedas en tu casa.

Emma tomó asiento en la butaca junto al sofá.

¿Te ha dicho Gail algo?

No. Ella sólo llama dos veces al día pregunta si sé algo de tí. ¿Qué es lo que pasa?

Es mejor que no lo sepas.

Wendy parpadeó varias veces.

Estás metida en algún tipo de problema, ¿no?

Sí, pero por favor no me preguntes nada, Wendy. No puedo decirte nada. Además, créeme, no querrás saberlo.

¿Qué clase de problema? — preguntó la señora Waite. Le tendió una taza de café a Emma y luego se sentó en el sofá—. ¿Hay algo que podamos hacer?

No. Me temo que nadie puede ayudarme.

Emma sorbió su café. Durante el trayecto en coche hacia la casa de los Waite, había contemplado la idea de acudir a la policía. Imaginó en su mente la conversación.

Quiero que arresten al Dr. Whale.

¿Bajo qué acusación?

Secuestro.

¿Él la secuestro?

Sí. Y a la escritora Regina Mills.

¿He de entender que el doctor estaba reteniéndola en espera de un rescate?

No. Verá usted, Regina es una extraterrestre cuya sangre tiene el poder de curar...

Ella sabía, lógicamente, que la conversación no iría así. Ella no debería mencionar nada referente a Regina siendo una extraterrestre. Pero no tenía pruebas de que hubiese sido secuestrada y retenida contra su voluntad, e, incluso si la policía arrestaba a Whale, el doctor lo negaría todo. Y aún si ella pudiese convencer a la policía de que registrase el laboratorio donde la habían mantenido cautiva, eso no probaría nada. Tener un laboratorio no era un crimen. Whale era médico. En un hospital de Boston sabían que él había sido su médico, así que incluso si la policía encontraba muestras de su sangre, Whale tendría una coartada válida.

Por un momento, consideró acudir al gobierno, pero luego recordó fragmentos de historias que había oído sobre otros aterrizajes de extraterrestres, como ese de Nuevo México que el gobierno supuestamente había ocultado al pueblo americano para prevenir una oleada de pánico.

Quizás podría llamar a uno de esos grupos que siempre estaban clamando haber visto objetos volantes. Sin duda ellos la creerían, pero ¿qué querrían a cambio? ¿Derechos exclusivos a la hora de contar la historia? ¿Reivindicación mundial? Fotografías, acuerdos para una película… E, inevitablemente, el gobierno se involucraría, barbotando retórica sobre seguridad nacional mientras se llevaban a Regina a rastras para que fuera examinada por un equipo de médicos y científicos.

Prácticamente saltó de la silla cuando sonó el teléfono.

Sí —dijo Wendy —. Está aquí.

Wendy le tendió el auricular a Emma y luego su madre y ella abandonaron la habitación.

La mano de Emma estaba temblando cuando ella tomó el teléfono.

¿Gail?

¡Emma! Oh, Emma. ¿Estás bien?

Estoy bien. ¿Cómo estás tú? ¿Cómo está Nana? ¿Dónde estáis?

Estamos bien. Nana está mucho mejor. Aunque está preocupada por tí. ¿Dónde has estado?

¿Esta la señora Zimmermann con vosotras?

Sí. Nos estamos quedando en casa de su hija. Su nombre es Nancy Ralston.

¿Dónde vive?

En Darnell.

¿Darnell? ¿Por qué eso sonaba tan familiar?

Déjame hablar con Nana.

Momentos más tarde, Granny estaba al teléfono. Emma no pudo contener las lágrimas al oír la voz de su abuela asegurándole que se encontraba bien.

¿Cómo estás tú, mi niña? —preguntó Nana, la preocupación evidente en su tono.

Estoy bien. Nana, ¿dónde está Darnell?

Al este de Moulton Bay, a unos siete kilómetros y medio de Eagle Flats.

Durante la siguiente media hora, Emma respondió a las preguntas de su abuela, contándoselo todo, excepto la verdad sobre Regina.

Quedáos ahí, Nana. Yo debería llegar tarde mañana.

De acuerdo, Emma. Ten cuidado.

Lo tendré. Díle a Gail que la veré luego.

Emma se sintió mucho mejor cuando colgó el auricular. Granny y Gail estaban bien.

¿Te quedarás a cenar?

Sarah Waite estaba de pie en la entrada, con un paño de cocina sobre el hombro.

Emma meneó la cabeza, el pensamiento de comida le provocaba náuseas.

No quiero ser una molestia.

No es molestia.

Gracias entonces —dijo ella—. Me gustaría.

Se te ve cansada. ¿Te gustaría echarte un rato?

Emma asintió.

Wendy te llevará al dormitorio de las visitas. Te llamaré para la cena. A eso de las siete.

Gracias otra vez.

¿Gail está bien? —preguntó Wendy.

Sí. Está de vacaciones con Nana.

Este es el cuarto de invitados —dijo Wendy, abriendo una puerta situada al final de un largo pasillo—. Vendré a buscarte cuando la cena esté lista.

Gracias, Wendy.

Cerrando la puerta, Emma se quedó parada durante un instante, luego se sentó sobre la cama y se quitó los zapatos. Echándose, contempló el techo y tomó una profunda inspiración. Estaba a salvo. Mañana vería a Gail y Nana. Intentó encontrar consuelo en ese hecho, intentó decirse a sí misma que todo saldría bien, pero todo lo que podía pensar era en Regina, de nuevo a merced de whale.

Cerró los ojos, y su mente se llenó de imágenes de Regina rodeada por vampiros con la cara de Whale… vampiros humanos drenando a Regina su sangre, su vida, vendiendo pequeños viales de la sangre de Regina, haciéndose ricos mientras Regina se hallaba confinada en una jaula, su libertad perdida para siempre mientras se le alimentaba y cuidaba como a un toro premiado. Imaginó a Whale, haciéndole pruebas, inseminando artificialmente a alguna confiada mujer...

Oh, Regina, no... no.

Sentándose, enjugó las lágrimas de sus ojos, preguntándose si Whale retornaría al laboratorio de Silverdale. Pero seguramente no sería así de estúpido, así de arrogante...

Y, todavía, quizás sí lo fuese. Él nunca se esperaría que ella se adentrase en la guarida del león en busca de Regina. No cuando había tenido la suerte de escapar viva.

Se mordisqueó el labio inferior con los dientes. Tal vez Whale tenía a alguien allí, esperándola, sólo por si acaso.

Me temo que se ha convertido usted en un problema, señorita Swan—había dicho él no hacía mucho—. Pero no se preocupe, soy médico, después de todo. Su muerte será rápida e indolora...

La calma con la que él había pronunciado esas palabras aún tenía el poder de helarle la sangre en las venas. Pero ella no podía abandonar a Regina, no podía dejarle a merced de Whale, no cuando él había sacrificado su libertad por la de ella. No cuando ella la amaba más que a la misma vida.

De algún modo, daría con ella de nuevo.

Se debatió entre capas de oscuridad, y gimió por lo bajo en su garganta cuando abrió los ojos y vio el tragaluz sobre su cabeza. Parpadeó contra el brillo deslumbrador del sol. En algún momento durante el trayecto de regreso al laboratorio, Whale la había drogado. Eso le había dejado un mal sabor en la boca y le había dificultado el pensar con coherencia. Se sentó, comprendiendo mientras lo hacía que sus manos estaban todavía sujetas con grilletes. Una corta cadena había sido unida a una de las esposas, manteniéndola sujeta al armazón de hierro de la cama.

Un ruido a su espalda atrajo su atención, y se dio la vuelta para ver a Whale encorvado sobre una bandeja que contenía una docena de viales de cristal llenos de sangre.

¿Cuánto? —preguntó Regina, su voz tan seca como papel de lija—. ¿Por cuánto está vendiendo mi sangre?

Whale alzó la vista y sonrió.

La cantidad varía —replicó Whale—. El presidente de un banco me pagó treinta mil dólares para ver si podía curar a su hija pequeña de leucemia. Recibí un cheque de un prominente director de Hollywood ofreciéndome cincuenta mil dólares por tratar a su esposa. Uno de los más destacados abogados del país me escribió un cheque por cien de los grandes. Está sufriendo de un problema cardíaco. Y eso sólo esta mañana.

Regina tragó en un esfuerzo por aclarar la sequedad de su garganta.

¿Y lo ha probado? ¿Funciona?

Whale asintió.

Le puse a la hija del presidente del banco una inyección con tu sangre esta mañana, y ya está mostrando signos de mejoría. El caso de Hollywood volará aquí la semana que viene. El abogado llega el próximo Viernes.

¿Y si ellos no pudiesen pagarle? —Regina miró la bandeja de nuevo—. ¿Recibiría aún así esa niña mi sangre?

No en estos momentos —dijo Whale—. Las nuevas vacunas son siempre caras. Gastos generales, tests, nuevos equipos... —agitó una mano en el aire—. Una vez hayamos perfeccionado la vacuna, el precio podría disminuir.

Sin duda será usted un hombre muy rico para entonces —comentó Regina sarcásticamente.

¡No estoy haciendo esto por el dinero! — gritó Whale, con la cara lívida.

Su mirada se desvió de la de Regina y tomó muchas profundas y calmantes inspiraciones de aire.

Regina cerró los ojos. Su sangre había salvado la vida de una niña. Trató de encontrar satisfacción en la idea, pero era duro dejar a un lado la amargura que amenazaba con ahogarla mientras se imaginaba pasar el resto de su vida en una jaula mientras Whale vendía su sangre al mejor postor.

Bien —dijo Whale—. Creo que eso es todo lo que puedes prescindir por un rato. Killian estará aquí con tu cena en breve.

Whale salió de la habitación y Regina lo observó ir, la mera idea de comida revolviéndole el estómago.

Un corto tiempo más tarde, la puerta se abrió nuevamente y Killian Jones entró en la habitación. Era un chico guapo, con cabello castaño oscuro peinado hacia atrás y ojos azules y más viejos de lo que correspondía a su edad.

Killian colocó una bandeja cubierta sobre la mesilla de noche y luego se metió una mano en el bolsillo y sacó un trozo de papel.

¿Va a mantener su palabra, Mills?

Una sonrisa irónica tironeó de la esquina de la boca de Regina. Era la primera vez que alguien allí le había llamado por su nombre. Ella era la criatura, la extraterrestre.

¿Tienes un bolígrafo?

Killian arrojó uno dentro de la bandeja, luego se quedó mirando, con los ojos muy abiertos, mientras Regina rellenaba el cheque y lo firmaba.

Regina recogió el cheque y lo agitó lentamente de un lado a otro.

¿Cuánto quieres por dejarme marchar?

Los ojos azul pálido del chico se iluminaron con un brillo de interés. Y codicia.

¿Tienes más?

Regina asintió.

Killian se frotó la mandíbula con expresión pensativa.

¿Cuánto me ofreces?

Otros cien mil.

Jones silbó por lo bajo, su vista fija en el trozo de papel oscilando ante sus ojos. Otros cien mil dólares. Sería un hombre rico, capaz de comprar trajes de seda, ir a Las Vegas, codearse con los mandamases...

¿Killian?

Él acomodó la espalda contra la pared y cruzó los brazos sobre el pecho.

He estado conduciendo tu Mercedes. Bonito coche.

Es tuyo, también. Si me dejas ir.

Ya es mío ahora.

Sí, supongo que lo es. ¿Cuánto? —preguntó Regina, intentando mantener la ansiedad lejos de su tono—. ¿Cuánto por dejarme ir?

Lo pensaré —dijo Killian. Le arrebató el cheque de la mano y lo deslizó en el interior de su bolsillo—. Primero quiero ver si éste es válido.

¿Qué tal si me traes un vaso de agua?

Se lo preguntaré al doc.

Regina contempló la puerta después de que Killian hubo dejado la habitación, sintiéndose enferma ante la idea de Whale haciéndose rico a costa de su sangre, y, todavía, no podía evitar un cierto sentimiento de satisfacción de que su sangre estuviese salvando vidas. No pudo evitar preguntarse si el mismo nexo que existía entre ella y Emma existiría ahora también entre ella y la pequeña hija del banquero. No parecía probable. Ella le había dado a Emma una considerable cantidad de sangre, mucha más de la contenida en los viales que Whale estaba vendiendo.

Poniéndose en pie, estiró la espalda y las piernas, luego tironeó de la cadena. ¡Maldición! Tenía que salir de allí. El sol caía a plomo sobre su cabeza y hombros, arrebatándole las fuerzas y la energía.

Se lamió los labios, deseando que el chico le trajese algo de beber.

Con un suspiro, se dejó caer sobre el catre y cerró los ojos.

Despertó con un sobresalto cuando la puerta se abrió súbitamente y Whale entró en la habitación con la cara roja de ira.

Malditos estúpidos —murmuró Whale.

Regina enarcó una ceja.

¿Ocurre algo malo, doc?

La última remesa de sangre que extrajimos fue contaminada. Tendremos que extraer más.

Regina maldijo por lo bajo.

¿Tan pronto? —dijo, sentándose con la espalda contra la pared.

Ya sabes lo que se dice, el tiempo es dinero.

Regina gruñó, su estómago contrayéndose mientras Whale sacaba un puñado de viales del abrigo de su bata y los esparcía sobre la mesa.

Murmurando por lo bajo, Whale sacó un torniquete de su otro bolsillo.

Haz un puño.

No.

Haz lo que te digo, maldita sea, o te ataré a la mesa de nuevo.

Regina miró más allá de Whale. Un hombre nuevo, Neal Cassidy, estaba de pie en el pasillo, ociosamente cortándose las uñas con un cuchillo.

Sabiendo que era inútil resistirse, Regina observó mientras Whale ataba una tira de goma en torno a su brazo luego localizaba una vena. Estaba a punto de extraer sangre cuando KilliN entró en la habitación.

Le necesitan en el laboratorio, Doc. Una de las máquinas está funcionando mal.

Whale maldijo por lo bajo, luego giró sobre sus talones y dejó la habitación. Neal lo siguió de cerca. Killian cerraba la comitiva. Al llegar a la puerta, sin embargo, hizo una pausa, dió a Regina una enigmática mirada y luego salió y cerró con llave.

Demasiado agitada como para sentarse quieta, Regina se puso en pie y paseó de un lado a otro junto a la cama, aunque la cadena prevenía que diese más de unos cuantos pasos en cada dirección.

Tironeó un poco de la cadena que la mantenía sujeta a la cama, y luego, tomando una profunda y calmante inspiración, se sentó e intentó enfocar toda su energía en la cerradura. Pero el sol era todavía su enemigo, drenando su fuerza, su poder para concentrarse. El sudor le caía por la espalda, formando gotas en su frente, mientras él intentaba enfocar sus pensamientos en la cerradura.

Vamos — pensó desesperadamente — ¡Vamos!

Emma comprobó la dirección que su abuela le había dado, luego aparcó junto al bordillo y apagó el motor. Saliendo del coche, se apresuró por el camino bordeado de flores que llevaba a la puerta principal.

Minutos más tarde, estaba siendo abrazada por Granny y Gail mientras la señora Zimmermann y su hija permanecían de pie un poco más allá, sonriendo. Luego, la señora Zimmermann presentó a Emma a su hija. Nancy Ralston era una atractiva mujer de mediana edad con rizado cabello castaño y ojos grises. Emma se enteró de que Nancy estaba casada con un contable y que tenía tres hijos, los cuales estaban fuera en un campamento de verano.

Nancy sacó una cafetera y algunos dónuts, y Emma pasó la siguiente media hora respondiendo las preguntas que le fue posible y evitando las que no.

Gail la miró extrañamente unas cuantas veces, y Emma supo que su hermana sospechaba que ella estaba ocultando más de lo que contaba.

Tarde esa noche, después de que todos los demás se hubieron ido a la cama, Gail y Emma se sentaron en la cocina bebiendo chocolate caliente.

¿Cuánto tiempo tendremos que quedarnos aquí? —preguntó Gail.

No estoy segura —meneó la cabeza Emma.

Quizá nunca fueran capaces de ir a casa de nuevo…

¿Dónde está Regina Mills?

No lo sé.

¿Averiguaste al menos cuál era el problema con tu sangre?

No exactamente, pero ahora ya estoy bien.

¿Está Whale buscándote todavía?

No lo sé.

No sabes mucho de nada, ¿no? —comentó Gail con franqueza.

Emma dejó escapar un suspiro.

Llegados a este punto, me temo que no lo hago, no. Escucha, Gail, voy a marcharme por la mañana.

Yo voy contigo.

No.

¿Por qué no? ¿Vas a ir a buscar a la señora Mills, no es verdad?

Sí.

Tal vez yo pueda ayudar.

Es demasiado peligroso.

Emma, ¿por qué no me dices qué está pasando?

Porque es más seguro para tí no saberlo.

Es porque ella es una vampiro, ¿verdad?

Emma dudó.

No seas tonta.

¿Lo soy? Hay algo diferente en ella. Sé que lo hay.

¿Qué quieres decir?

No sé cómo explicarlo, simplemente lo sé. Lo supe esa primera noche cuando fui a su casa.

Nunca me dijiste nada.

No pensé que fueses a creerme. No quería que dijeses que estaba siendo tonta.

Yo nunca dije que estuvieses siendo tonta.

No con esas palabras, tal vez, pero yo sé que tú crees que es tonto de mi parte creer en vampiros y extraterrestres y todo eso. Y quizá lo es. Pero lo creo de todos modos.

Gail, si yo te dijese algo, ¿me prometerías no decírselo nunca a nadie?

Te lo prometo.

No puedes decírselo a Wendy ni a Stephanie. Ni siquiera a Nana.

Lo prometo.

Regina no es una vampiro.

Gail hizo una mueca.

Es una extraterrestre.

Gail parpadeó muchas veces.

¿Una extraterrestre? ¿Quieres decir, como del espacio exterior?

Emma asintió.

¡Yo estaba en lo cierto! —exclamó Gail—. ¡Lo sabía!

Gail, escucha, Regina está en peligro, y tengo que encontrarla.

Te ayudaré.

No.

Por favor —Gail se inclinó sobre la mesa con expresión ferviente—. Si no fuese por mí, podrías estar muerta ahora. Me debes un favor.

¿Chantaje? —exclamó Emma—. ¿Estás intentando chantajearme? ¿A tu propia hermana?

Sí. ¿Está funcionando?

Oh, Gail, ¿qué voy a hacer contigo?

Llevarme contigo.

Lo pensaré.

¿Lo prometes?

Lo prometo —Emma cogió las tazas, las llevó al fregadero y las enjuagó—. Es tarde. Vámonos a la cama.

Okay.

Más tarde, tendida en la cama junto a la de Gail, Emma contempló la oscuridad, preguntándose dónde estaría Regina, si estaría bien. Cerró los ojos, concentrándose, intentando enviarle sus pensamientos, leer los de ella, pero no le fue posible. Rehusó pensar en lo que ese silencio podría significar, diciéndose a sí misma que la distancia por sí sola bastaba como causa para que no pudiese llegar hasta ella; ella rehusaba considerar cualquier otra posibilidad.