Capítulo 27

Emma se levantó con el alba, deseando empezar temprano, incluso aunque no estaba segura de dónde buscar primero.

Balanceando las piernas sobre el borde de la cama, cerró los ojos mientras la asaltaba una oleada de mareo. Con el estómago revuelto, corrió al baño, cayó de rodillas ante el inodoro y vomitó.

¿Emma? ¿Estás bien?

Bien —murmuró ella. Rasgando una gran cantidad de papel higiénico, se limpió la boca y luego se puso en pie. Sorprendentemente, se sentía mucho mejor.

¿Estás enferma? —Gail estaba de pie en la entrada con aspecto preocupado.

No lo creo —se secó el sudor de la frente, recordando mientras lo hacía que también se había sentido enferma del estómago ayer por la mañana.

¿Emma?

Creo que estoy embarazada.

Los ojos de Gail se abrieron como platos.

¡Embarazada!

Kara asintió, preguntándose por qué no se le había ocurrido antes. Estaba embarazada.

¿Quien es el padre?

Regina.

La boca de Gail se abrió desmesuradamente, su expresión una de completa estupefacción.

Pero ella es... ¡¿Es eso posible? ¿Ella lo sabe?

No.

Y probablemente no se sentiría muy feliz con la noticia cuando ella se lo dijera. Sin querer, le vino el recuerdo de la voz de Regina, advirtiéndole que un embarazo podía resultar peligroso, incluso mortal, para ella y el niño.

¿Estás asustada?

Emma asintió.

Gail, ¿qué voy a hacer?

Gail se encogió de hombros.

No lo sé —y, repentinamente, fue como si Gail fuese la hermana mayor y Emma la más joven—. Supongo que o tendrás el bebé o no.

Emma fijó la mirada en la de su hermana.

¿Un aborto? —meneó la cabeza—. No podría.

No el bebé de Regina. Ella recordaba haberle dicho que querría a cualquier hijo que Dios le enviase. Había estado tan segura de esas palabras cuando las había pronunciado, pero ahora…

Ella no podía matarlo, no podía asesinar a su propio hijo nonato. Incluso si fuese medio extraterrestre, incluso si fuese un monstruo, ella no podría cometer asesinato.

Gail, tengo que encontrar a Regina.

Sólo decir su nombre ya le daba fuerzas.

¿Pero cómo? ¿Dónde buscaremos?

Comenzaremos por Storybrooke.

Una hora más tarde, Gail tenía sus cosas en una bolsa de viaje y estaban listas para irse. Emma y Gail le dieron las gracias a Nancy y a su marido por su hospitalidad, luego se despidieron llorosamente de Nana.

¿Serás cuidadosa? —dijo Granny—. Prométeme que tendrás cuidado.

Lo tendré —dijo Emma. Abrazó a su abuela, aliviada de que ésta pareciese completamente recuperada ya de su anterior enfermedad—. Intenta no preocuparte, Nana. Telefonearé tan pronto como me sea posible.

Granny asintió. Abrazó a Emma una vez más, besó a Gail en la mejilla y luego se quedó de pie en el camino de acceso a la casa, parpadeando para mantener a raya las lágrimas, mientras Emma conducía calle abajo.

Gail miró por la ventanilla trasera y saludó con la mano.

Ella estará bien, ¿no?

Emma asintió.

Por supuesto. Nancy cuidará bien de ella.

¿Adónde vamos a ir primero?

A casa de Regina.

¿Crees que ella está allí?

No, pero tengo que echar un vistazo. Si ella no ha estado allí, lo sabré. Y si lo ha hecho, bueno, lo sabré también.

Gail frunció el ceño.

¿Cómo lo sabrás?

Simplemente lo sabré.

Si tú lo dices…

Gail encendió la radio. Localizando la KROQ, se reclinó contra el asiento, su pie golpeteando al ritmo del último éxito de Meat Loaf.

Pasaron la noche en un motel. Por la mañana, condujeron hasta un pequeño restaurante para desayunar. Gail pidió tortitas, Emma se conformó con una tostada sin mantequilla y café. Tras el desayuno, hicieron un alto en una de las tiendas del centro comercial para que Emma pudiese comprarse una muda de ropa, ropa interior y un camisón. De ahí fueron a una farmacia donde ella compró un peine, un cepillo de dientes, una barra de labios y un pequeño bolso de viaje para llevarlo todo. Mientras pagaba las compras, se le ocurrió que había estado haciendo mucho eso de comprar mientras estaba en fuga desde que conoció a Regina Mills.

Estaban en la carretera nuevamente para cuando dieron las once y media.

¿Dónde buscaremos si Regina no está en casa? —preguntó Gail.

En Silverdale.

¿Silverdale? ¿Por qué? ¿Qué hay allí?

Whale tiene un laboratorio allí.

Nunca he oído acerca de Silverdale. ¿Tú sabes cómo llegar?

No, pero lo encontraré si tengo que hacerlo.

Eran casi las tres de la tarde cuando llegaron a Storybrooke. El corazón de Emma estaba golpeando con fuerza en su pecho mientras ella conducía por la calle que llevaba a la casa de Regina y aparcaba en el camino de acceso.

Los pasos de Emma fueron lentos mientras ella rodeaba la casa y abría la puerta trasera de la misma. Supo inmediatamente que Regina no había estado allí recientemente. La casa estaba oscura y fría, vacía de toda traza de vida.

Las paredes le devolvieron el eco de sus pasos mientras avanzaba por el pasillo en dirección al despacho. Ella era apenas consciente de la presencia de Gail a su espalda mientras se detenía en la entrada, su mirada inmediatamente atraída hacia la pintura sobre la chimenea. Contempló a la mujer del cuadro, el largo cabello negro agitado por el viento, los hombros que parecían ligeramente inclinados, como si llevasen el peso del mundo sobre su espalda. Ella sabía que no era Regina, sabía que estaba siendo fantasiosa al siquiera pensar así, y, todavía, esa mujer podría perfectamente haber sido Regina.

Ella no está aquí —dijo Gail. Señaló hacia la pintura—. Se parece un poco a Regina, ¿verdad?

Emma asintió, preguntándose si alguna vez volvería a ver a Regina de nuevo.

Este lugar me pone los vellos de punta —comentó Gail—. ¿Estás segura de que no es una vampiro?

Bastante segura. Quédate aquí. Volveré enseguida.

¿Adónde vas?

Al piso de arriba por un minuto.

No quiero quedarme aquí abajo sola.

Sólo tardaré un minuto.

Gail miró a su hermana de manera extraña, pero no discutió más.

Atraída por un poder que no podía explicar, Emma subió los escalones rumbo al dormitorio de Regina. Se quedó en el umbral durante un momento, con los ojos cerrados. ¿Era su imaginación o podía sentir su esencia impregnando todavía la habitación?

Abrió la puerta del armario y deslizó una mano sobre su ropa. Presionando su cara contra uno de sus abrigos, tomó una profunda inspiración, llenando su nariz con su olor.

Te encontraré —susurró—. Como sea, te encontraré.

Regina despertó con un sobresalto, el nombre de Emma en sus labios. Debe de haber sido un sueño —pensó, y, aún así… Se sentó y convocó su imagen en su mente. Emma. Abundante cabello dorado. Soñadores ojos verdes-azules. Piel tan suave como un suspiro. Emma...

Cerró los ojos y supo, supo, que ella estaba en su casa, pensando en ella.

Trató de llegar hasta ella, para avisarle que se mantuviera alejada, pero la distancia entre ambas era demasiado grande. Quizás, si el sol no estuviese directamente sobre su cabeza, si fuese capaz de concentrarse, habría sido capaz de alcanzarla. Pero no ahora, no con el sol cegándola, quemándole.

Estaba atardeciendo cuando volvió a despertar.

Oyendo los pasos de Whale al otro lado de la puerta, se sentó, tensando su cuerpo.

Whale entró, seguido por Killian y Neal. Sacó una jeringa de su bata de laboratorio.

Necesitaremos algo de sangre —dijo.

No.

¿No? ¿No? Sería en tu beneficio si hicieses lo que se te dice.

¿De veras? ¿Por qué? ¿Qué va a hacerme si me niego?

Una fría sonrisa retorció los labios de Whale.

Neal era amigo de August. Le encantaría poder ponerte las manos encima.

Déjele intentarlo.

Killian. Neal. Sujetadle.

Regina sabía que era inútil, estúpido, resistirse, pero arremetió con sus pies contra Killian y Neal cuando éste último trató de alargar la mano hacia ella. Neal gruñó de dolor cuando el pie de Regina lo golpeó en la entrepierna.

Neal se tambaleó hacia atrás y Killian y Whale se abalanzaron sobre ella, su peso haciéndolo caer y manteniéndola inmóvil mientras Whale extraía suficiente sangre para llenar un pequeño vial.

Killian, lleva ésto al laboratorio. Neal, ve a telefonear a nuestro hombre en Hollywood y díle que tendré los resultados sobre su cultivo en unas cuantas horas. Díle que, si todavía está interesado, el precio acaba de subir a cinco mil dólares.

Como usted diga, jefe.

Es todo cuestión de dinero ahora, ¿no? —dijo Regina. Sentándose, reclinó la espalda contra la pared y contempló a Whale.

No tienes suficiente sangre para sanar al mundo entero —replicó Whale —. Investigar cuesta dinero. Vender tu sangre va a ser el modo de pagar por ella.

Claro.

¿Dudas de mí?

Pienso que usted se está mintiendo a sí mismo. Esto ya no va de ayudar a la humanidad. Va sobre usted.

¡Eso no es cierto!

¿No lo es? —preguntó Regina desdeñosamente—. ¿Qué clase de ser humano mantiene a otro encadenado a una cama mientras le roba su sangre?

Pero tú no eres un ser humano —replicó Whale con una sonrisa de satisfacción—. Tú eres una extraterrestre que está a punto de hacer a la humanidad un tremendo favor.

Y si usted se enriquece en el proceso, tanto mejor.

Whale se encogió de hombros.

Seré más generoso con la vacuna una vez la formula esté establecida y yo haya aparecido en las revistas médicas —dijo.

Sonrió mientras imaginaba las alabanzas que recibiría de sus colegas, las ponencias, los artículos que publicaría. A su debido tiempo, cuando el interés en la vacuna se estuviese enfriando, la donaría a algún niño necesitado, reavivando de ese modo el interés en su trabajo.

No es usted mejor que un vampiro, Whale, viviendo a costa de la sangre de otros, succionando mi sangre para mantener su sueño vivo.

¡Cierra a boca!

¿Por qué? ¿No puede soportar oír la verdad?

Un abrupto golpe seco en la puerta cortó la replica de Whale. Un momento más tarde, Killian entró en la habitación.

Franklin está al teléfono, Doc. Dice que se suponía que debía usted encontrase con él hace treinta minutos.

Whale maldijo por lo bajo.

Lo olvidé completamente. No le quites ojo de encima —espetó Whale, señalando con un gesto de barbilla en dirección a Regina—. Regresaré tarde.

Con una torva mirada final dirigida a Regina, Whale salió airado de la habitación, murmurando por lo bajo.

Mi oferta sigue en pie —dijo Regina—. Cien mil por dejarme ir.

Killian contempló a Regina, su expresión pensativa mientras se sentaba a horcajadas en la silla localizada frente al catre. Había abierto una cuenta de ahorros con el primer cheque. Eso le daba una sensación de seguridad, saber que tenía una bonita suma en la que apoyarse si el plan de Whale de hacerse rico rápidamente se iba por el desagüe. Y ahora tenía la oportunidad de conseguir otros cien mil…

Meneó la cabeza.

No puedo. Whale …

Yo me ocuparé de Whale.

¿Y Neal?

De él también, si tengo que hacerlo. Sólo suéltame. Luego retira la cubierta del tragaluz, ábrelo y lárgate de aquí.

No sé...

Pareces un chico bastante decente. ¿Cómo fue que te mezclaste con Whale?

No es asunto tuyo.

¿Planeas ocupar el lugar de August? ¿Llevar a cabo los asesinatos de Whale por él?

No. Él me paga para ser su guardaespaldas, eso es todo.

¿Eso es todo?

Eso es todo.

¿Y qué hay de Neal?

Él es un asesino —admitió Killian con renuencia.

Y si esto sale mal, si Whale opina que su plan se está viniendo abajo, ¿cuáles crees tú que son tus oportunidades de sobrevivir?

¿Qué quieres decir?

Piénsalo. Whale iba a matar a Emma porque ella sabía demasiado. ¿Qué crees que te sucederá a tí?

¡Él no haría nada semejante! —exclamó Killian.

¿Estás dispuesto a apostar tu vida en ello?

Pero él es médico.

Sí —Regina miro con intención los pesados grilletes que mantenían prisioneras sus muñecas—. Él es un auténtico orgullo para su profesión.

Poniéndose en pie, Killian comenzó a pasear por la habitación, sus manos flexionándose nerviosamente.

Bueno, admito que él no te ha tratado muy bien, pero tú eres… quiero decir…

Quieres decir que soy una extraterrestre, así que no importa.

Un brillante sonrojo ascendió por el cuello de Jones.

No me importa lo que tú pienses de mí —dijo Regina con tono cortante—. Lo único que yo quiero es salir de aquí.

Killian se detuvo abruptamente a unos pasos de los pies de la cama.

¿Cómo sé que me pagarás?

Supongo que simplemente tendrás que confiar en mí.

¡Confiar en tí! —Killian se pasó una mano por el pelo y tamborileó con las puntas de los dedos sobre el armazón de la cama.

El último cheque era bueno, ¿no? Vamos, estamos desperdiciando el tiempo.

De acuerdo, de acuerdo, lo haré. ¿Cómo conseguiré mi dinero?

¿Sabes dónde está Eagle Flats?

Sí.

Me encontraré contigo en el banco tan pronto como pueda llegar hasta allí.

¿Y cómo sabré cuándo será eso?

Tú sólo estate allí cada noche a las diez hasta que yo aparezca.

¿Y qué pasa si nunca apareces?

Supongo que ese es un riesgo que tendrás que aceptar.

Quiero ciento cincuenta de los grandes.

Regina asintió. Podía vender la casa de Storybrooke por el doble de esa cantidad.

Iré a abrir el tragaluz —dijo Killian—. Podría llevarme un rato obtener la llave de esos grilletes de la oficina de Whale. Tendré que forzar la cerradura de su escritorio.

¿Quién más está en el edificio?

No hay nadie dentro. Creo que Neal está montando guardia en la entrada.

Date prisa.

Descansando la cabeza contra la pared, Regina cerró los ojos. Por primera vez en días, sintió una oleada de esperanza.

Minutos más tarde, sintió un familiar frescor relucir sobre su rostro. Abriendo los ojos, alzó la vista hacia la luna. Era llena y brillante. El alivio se expandió por su interior mientras atraía la plateada luz profunda dentro de sí. Se quedó tendida ahí durante muchos minutos, tomando profundas inspiraciones, sintiendo el letargo evaporarse de su cuerpo, sintiendo sus fuerzas comenzar a retornar.

Cerró los ojos nuevamente, dejando que la luz penetrase en cada célula, cada fibra. Haría falta más de una noche para restaurar su fortaleza al completo, pero ya se sentía más fuerte, mejor, más ella misma.

Estimó que treinta y cinco minutos habían transcurrido antes de que Killlian volviese.

Silbando suavemente, Killian entró en la habitación y cerró la puerta tras de sí. Se detuvo en seco al ver a Regina.

Se te ve mucho mejor aspecto —comentó, mirando hacia el tragaluz—. ¿Y eso?

No tengo tiempo de explicártelo ahora. ¿Encontraste la llave?

Killian asintió.

¿Qué ocurre?

No estoy seguro de que esto sea una buena idea.

Regina maldijo suavemente.

Teníamos un trato.

¿Cómo sé que puedo confiar en tí? ¿Cómo sé que no intentarás quitarme la pistola?

Sólo quiero salir de aquí —dijo Regina—. No deseo hacerte daño a ti, ni a nadie más. Lo único que deseo es mi libertad. ¿Puedes comprender eso?

Claro, pero...

Maldita sea, chico, si no salgo de aquí, ¡no voy a ser mejor que un animal del zoo!

Ey, cálmate, tía.

Estoy calmada. Y tengo prisa, y… —Regina hizo una pausa, su cabeza elevándose, las aletas de su nariz probando el aire. Emma. Ella estaba allí—. Killian, suéltame. Ahora, antes de que sea demasiado tarde.

Tu palabra. Quiero tu palabra de que no intentarás nada.

No te haré daño, Killian. Lo juro por la vida de Emma.

Killian dudó por un momento más, luego, metiendo la mano en su bolsillo, extrajo una llave y rápidamente abrió las esposas que sujetaban las manos de Regina.

Regina se puso en pie, masajeando sus muñecas.

Gracias, chico. Me reuniré contigo en Eagle Flats tan pronto como pueda. Cuídate.

Killian asintió, una sonrisa rondando sus labios mientras observaba a Regina correr, con el trasero al aire, pasillo adelante en dirección hacia la puerta trasera.

¿Cómo sabes que ella está aquí? —preguntó Gail, echando un vistazo alrededor de Emma. Contempló el oscuro edificio que se hallaba rodeado por una alta valla—. Incluso si lo está, ¿cómo entraremos? ¿Y cómo la sacaremos?

¡Gail, calla! —dijo Emma.

No lo sabes, ¿verdad?

No. Lo único que sé es que Regina está ahí, y que tenemos que sacarle.

Yo creo que deberíamos llamar a la policía.

No.

No hay ninguna ley que prohíba ser una extraterrestre.

Gail, por el amor de Dios, tú de entre toda la gente debería saber lo que le sucederá a Regina si la gente averigua lo que es.

Oh, sí, no pensé en eso. Bueno, ¿qué vamos a hacer?

Ya quisiera saberlo. Yo… ¿qué es eso?

¿El qué?

Allí.

Parece una mujer desnuda —dijo Gail. Rodeó a Emma para poder ver mejor—. ¡Es una mujer desnuda!

Es Regina — dijo Emma.

Aquí —le llamó con su mente—. Estoy aquí.

¿Emma?

Sí. Date prisa.

¿Puedes distraer al guardia?

Sí.

Gail, quiero que te subas a la valla y llames al guardia. Díle que te has perdido. Pregúntale si puedes usar el teléfono.

¿En serio? ¡De acuerdo! —apenas capaz de contener su entusiasmo, Gail echó a correr hacia la valla—. ¡Ey, los de ahí adentro! —llamó—. Oiga, señor, ¿puede ayudarme?

Regina permaneció de pie en las sombras, observando mientras el guardia abandonaba su garita y caminaba sin prisas hacia la entrada de la valla.

¿Qué estás haciendo aquí fuera a estas horas de la noche, niña? —preguntó el guardia.

Me he perdido. ¿Puedo usar su teléfono?

¿Dónde están tus padres?

Si lo supiese, no estaría perdida. Por favor, señor, estoy asustada. ¿Puedo usar su teléfono? —Gail apretó las manos juntas, su corazón latiéndole con fuerza mientras veía a Regina acercándose al guardia por detrás—. ¿Puedo?

Claro, niña —dijo el guardia. Desenganchó un juego de llaves de su cinturón y abrió la puerta—. Vamos…

El aire fue expelido bruscamente de los pulmones del guardia cuando Regina golpeó al hombre en la cabeza con una botella de cerveza que había encontrado tirada detrás de la garita.

Hola, Gail —dijo Regina.

Hola. ¿Qué le ha pasado a tu ropa?

La perdí.

Tendrás suerte si no te arrestan por exhibicionismo —señaló Emma, y luego se arrojó en sus brazos.

Regina la abrazó con fuerza.

Mejor nos largamos de aquí.

Emma asintió. Ella quería abrazarle, recorrerla con sus manos para asegurarse de que estaba bien, pero eso tendría que esperar—. Vámonos.

Ten —dijo Gail, tendiéndole a Regina un abrigo—. Lo encontré en la garita.

Gracias — se lo puso, luego aferró la mano de Emma—. Salgamos de aquí.

¡Alto!

Regina miró por encima del hombro para ver a Whale corriendo hacia ellos portando una pistola. ¡Maldita sea! ¿Qué estaba haciendo ese hombre volviendo tan pronto?

¡Para, maldita seas! ¡Detente o dispararé!

Regina maldijo cuando un disparo se abrió paso a través de la noche.

¡Corre, Emma! —empujó a Gail hacia la entrada de la valla—. ¡Deprisa, las dos!

Regina…

Estoy justo detrás de tí.

El sonido de más disparos les siguió mientras corrían atravesando la entrada calle adelante.

¿Dónde está tu coche? —gritó Regina, para ser oído por encima del martilleante vociferar de las armas de fuego viniendo desde detrás de ellos.

A la vuelta de la esquina.

Vamos a conseguirlo —pensó ella. Y luego vió a Emma vacilar, oyó su jadeo de dolor, y supo que la habían alcanzado.

Sin alterar el paso, la recogió con un brazo, agarró a Gail de la mano y dobló la esquina.

Había un único coche aparcado junto al bordillo.

Emma, ¿dónde están tus llaves?

Bolsillo del abrigo —respondió ella con voz áspera—. La puerta… no está cerrada con llave.

Abriendo de golpe la puerta, depositó a Emma sobre el asiento, empujó a Gail junto a ella y luego rodeó el coche y se deslizó tras el volante.

Incrustó la llave en el contacto, puso en marcha el motor y se separó del bordillo justo mientras Whale rodeaba la esquina.