Capítulo 28

—¡Está sangrando! —gritó Gail—. ¡Emma está sangrando!

—¿Dónde le han dado?

—En el costado. ¡Haz algo!

—Tu bufanda, Gail. Dóblala en un cuadrado y presiónala contra la herida. ¿Emma? —ella miró en su dirección—. ¡Emma!

—No creo que pueda oírte —dijo Gail, con un distintivo temblor en la voz—. No está muerta, ¿verdad?

—No.

Regina miró repetidamente en el espejo retrovisor, pero, hasta donde podía asegurarlo, no las estaban siguiendo.

—¿Qué vamos a hacer?

—Voy a ir a casa y coger algo de ropa —replicó Regina—. Nos ocuparemos de la herida de Emma y luego subiremos a Eagle Flats.

—Yo creo que deberíamos llevar a Emma al hospital.

—Ahora mismo no.

Emma estaba inconsciente para cuando llegaron a la casa. Regina la llevó dentro en brazos, encendió la luz del recibidor y le dijo a Gail que esperase en el despacho.

Llevando a Emma escaleras arriba hacia el dormitorio, Regina cerró la puerta y luego dejó a Emma sobre la cama. Levantándole el suéter, retiró la bufanda empapada en sangre de Gail y examinó la herida. No era profunda y no parecía seria, a menos que se infectase, pero ella había perdido un montón de sangre y eso le preocupaba.

Lavó la herida con agua y jabón, maldiciendo por lo bajo mientras desgarraba una sábana blanca limpia en tiras y le vendaba el costado. No tenía siquiera una aspirina que darle para el dolor, pero eso no podía ser remediado por el momento.

Se vistió rápidamente con un par de Levi's negros y un suéter del mismo color, se calzó un par de botas negras, y luego fue hacia el pequeño escritorio junto a la cama. Abriendo el primer cajón, retiró el efectivo que mantenía a mano ahí para emergencias y se lo metió en el bolsillo del pantalón; luego, abriendo el cajón inferior con la llave, extrajo un .38 Special de 5.08 centímetros que se metió bajo la blusa, asegurándolo en la parte baja de la espalda. Luego, alzando a Emma en sus brazos, la llevó escaleras abajo y fue el despacho a recoger a Gail.

—¿Está ella bien?

—Lo estará. Tiéndeme la chequera que está sobre el escritorio, ¿quieres? Gracias —dijo, deslizándola en su bolsillo trasero—. ¿Lista, Gail? Entonces, vámonos.

Hizo parada en una farmacia que estaba abierta toda la noche. Dejando a Gail en el coche con Emma, entró en la tienda, reuniendo todas las existencias de primeros auxilios que pensó podría necesitar. Preguntó al dependiente dónde estaba el alcohol, y, cuando el joven fue a conseguírselo, Regina agarró un par de jeringas de detrás del mostrador y se las metió dentro de la chaqueta.

Era cerca del alba cuando Regina arribó a un motel. Fue solo a registrarse, solicitando una habitación cerca de la parte de atrás.

Emma estaba despierta cuando ella retornó al coche.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó.

—Horrible. ¿Dónde estamos?

—En un motel a unos sesenta kilómetros de Eagle Flats. Nos quedaremos aquí hoy.

—¿Crees que es seguro?

—No hay nadie siguiéndonos, hasta donde yo puedo decir.

—Estoy hambrienta —dijo Gail.

—Pediremos algo tan pronto como me haya ocupado de tu hermana —abriendo la puerta, alzó a Emma en brazos.

—Puedo andar.

—¿Quieres hacerlo?

—No.

Ella envolvió sus brazos en torno a su cuello y cerró los ojos. Tantas veces había temido que nunca volvería a verla, y ahora ella estaba allí, abrazándola, con sus oscuros ojos llenos de amor y preocupación.

—¿Queréis estar solas, chicas?

Regina miró hacia Gail, sonriendo cuando vió la expresión de su cara.

—¿Tú qué crees?

—Yo creo que deberías haber pedido dos habitaciones.

Regina meneó la cabeza.

—No podemos arriesgarnos a dejarte sola. Ten —le lanzó la llave de la habitación—. ¿Qué tal si abres la puerta?

—Y luego saca nuestras bolsas del coche —añadió Emma.

Gail hizo una mueca.

—Ahora sé por qué me trajiste contigo —murmuró—. Gail, abre la puerta. Gail, coge las bolsas.

Regina rió suavemente mientras le tendía las llaves del coche.

—Lo haría yo misma, pero tengo las manos ocupadas.

—Sí, sí —dijo Gail irritablemente, pero estaba sonriendo mientras caminaba hacia el coche.

Dentro de la habitación, Regina depositó a Emma sobre la cama.

—Vamos a quitarte esas cosas ensangrentadas —dijo ella.

—Vamos a besarnos en su lugar.

—Emma...

—Por favor, Regina, ¿sólo un beso?

¿Cómo podía ella rehusar? Tomando su cara en sus manos, la besó gentilmente. Las sensaciones la inundaron. Sus labios cálidos y suaves, el olor de su piel y su cabello, el tacto de sus manos deslizándose arriba y abajo sobre su espalda, masajeando la sensible piel de su espina. Recordó todas las noches que había ansiado su toque, anhelado el sonido de su voz, el confort de su sonrisa...

Abruptamente, se apartó, su mirada buscando la de ella.

—Emma... —tragó con fuerza mientras colocaba una mano sobre su abdomen—. ¿Emma?

—Es verdad —dijo ella en voz baja—. Estoy embarazada.

Su primera reacción fue de alegría. Ella la vió bailotear en la profundidad de sus ojos, en la sonrisa que iluminó su rostro. Y luego, tan rápido como había aparecido, ésta se esfumó.

—Estoy feliz, Regina, feliz por lo del bebé. Quiero que tú estés feliz, también.

—¿Cómo puede ser eso? —ella cayó de rodillas junto a la cama y enterró el rostro en su regazo.

Ella estaba embarazada. Lo que más había temido había finalmente sucedido. Cerró los ojos contra el dolor que se abrió paso en su corazón. ¿Y si ella moría? ¿Cómo podría vivir con el conocimiento de que amarle la había matado?

—Regina, por favor.

Ella elevó la cabeza, sus negros ojos nublados de dolor.

—Encontraremos un médico.

—¿Un médico? ¿Para qué?

—Todavía hay tiempo.

Ella le miró fijamente.

—Estás hablando de..., ¡no!

—Es el único modo...

—¡No!

—Emma...

—No, Regina. Ni siquiera voy a considerarlo.

Un suave sonido en la entrada atrajo la atracción de Regina. Mirando sobre su hombro, vió a Gail de pie ahí, una bolsa de viaje en cada mano y las mejillas húmedas de lágrimas.

Poniéndose de pie, Regina cruzó la habitación y tomó las bolsas de sus manos.

—¿Por qué no nos pides algo de cenar?

Gail fue a sentarse junto a su hermana.

—¿Estás bien?

—Estoy bien. Llama al restaurante y ordena algo de comer —forzó una sonrisa mientras se colocaba la mano sobre el estómago—. Estoy comiendo por dos ahora, ¿sabes?

Con la boca dispuesta en una línea tirante, Regina le quitó a Emma el suéter y se puso a limpiar y desinfectar la herida. Cuando eso estuvo hecho, Emma fue al cuarto de baño y se puso el camisón.

Gail estaba sentada al borde de la otra cama gemela, jugueteando nerviosamente con una esquina de la colcha.

—¿Por qué quieres que Emma aborte?

—¿Qué pediste de cena?

—¿Es porque tú eres del espacio exterior?

—¿Emma te dijo eso?

Gail asintió.

—No tienes que preocuparte. No se lo diré a nadie.

Regina maldijo suavemente, luego meneó la cabeza. Quizás era mejor que Gail lo supiese. Eso ciertamente haría las cosas más fáciles.

—Es verdad —dijo Regina, sentándose a su lado—. Soy de otro planeta, y me preocupa que pueda ser peligroso para Emma el tener a mi bebé. ¿Lo comprendes?

—Por supuesto.

El sonido del agua corriendo en el cuarto de baño atrajo su mirada hacia la puerta. Cerrando los ojos, inspeccionó los pensamientos de Emma, necesitando asegurarse de que ella estaba bien. Ella estaba enfadada. Tenía miedo por ella, y por el niño.

Y luego su mente se cerró a ella, dejándole fuera tan efectivamente como si hubiese cerrado de un portazo una puerta entre ellas.

Emma emergió del baño unos minutos más tarde, y Regina pensó que jamás se había visto más encantadora. Su rostro estaba arrebolado, el pelo le caía por la espalda, unos cuantos mechones rizándosele en torno a la cara.

Ella atravesó la habitación lentamente, sentándose cuidadosamente sobre la cama.

Regina la observó, sintiendo el dolor de su herida como si fuese suyo propio.

Cinco minutos más tarde, alguien llamó a la puerta.

Sacando la pistola y manteniéndola tras la espalda, fuera de la vista, Regina señaló a Gail que abriese.

—Traigo un pedido para la señora Jones.

Regina examinó al joven. Colocando la pistola en lo alto de la cómoda, se sacó algo de dinero del bolsillo.

—¿Cuánto?

—Dieciocho con cincuenta.

Regina le pagó la comida y luego cerró la puerta con llave.

Permaneció junto a la ventana, mirando fuera de vez en cuando, mientras Gail y Emma desayunaban.

—Regina, ¿estás segura de que no quieres un poco? —preguntó Emma.

—Estoy segura.

Necesitando algún tiempo a solas, tiempo para pensar, fue al cuarto de baño para ducharse. Ella estaba embarazada. El pensamiento aporreó su cerebro mientras el agua golpeaba su carne. Embarazada. Embarazada. ¿De cuánto estaría? ¿Un mes? ¿Dos? Embarazada.

Se vistió rápidamente, luego regresó a la habitación principal. Gail y Emma estaban dormidas la una en brazos de la otra.

Una oleada de ternura se abatió a través de Regina mientras colocaba un cobertor sobre las dos. Comprobó la cerradura, deslizó la pistola bajo la almohada de la otra cama y estiró el colchón.

Ella estaba allí.

Ella estaba embarazada.

Ese fue su último pensamiento antes de que el sueño la reclamase.