Capítulo 29
Dejaron el motel al atardecer. La herida de Emma, aunque seguía doliendo, parecía estar sanando bien, y Regina estaba segura de que era porque ella le había dado su sangre. Sus propias heridas siempre habían sanado velozmente, sin dejar cicatriz.
Emma miró a Regina. Ella debería haber estado débil, sufriendo por la pérdida de sangre, pero cuando Regina la había revisado esa mañana, la herida del disparo no había parecido ser más que un arañazo. Ciertamente, era mucho menos dolorosa que el incómodo silencio entre Regina y ella.
La miró ahora, pensando lo hermosa que era, cuánto la amaba. Pero ella quería a su bebé también, y no iba a librarse de ella.
—Creo que deberíamos dejar a Gail en casa de los Ralstons —dijo Emma.
Regina la miró. Era la primera vez que ella le había hablado directamente desde la noche pasada.
—De acuerdo.
—¡No, Emma! —Gail se inclinó sobre el asiento—. Yo quiero quedarme contigo.
Emma meneó la cabeza.
—No creo que esa sea una buena idea.
—¿Por qué no?
—Porque todavía podríamos estar en peligro a causa de Whale —dijo Emma. Se giró en el asiento para encarar a Gail—. Sólo será por un ratito, cielo.
—Pero…
—Por favor, Gail, no discutas conmigo. Ahora no. Me mantendré en contacto contigo, lo prometo.
Poniéndose de morros, Gail volvió a hundirse en el asiento y miró por la ventana. Un corto espacio de tiempo después, estaba dormida.
—¿Regina?
—¿Hmmm?
—Estoy sanando tan rápido a causa de tí, ¿no? Porque tú me diste tu sangre.
Ella asintió.
—Eso hace dos veces que me has salvado la vida ya.
La miró brevemente, luego devolvió su atención a la carretera nuevamente. Le había salvado la vida. ¿Sería también ella quien se la arrebatase?
El silencio dentro del coche se alargó, tornándose incómodo.
Emma miró por la ventana, una mano descansando protectoramente sobre su estómago. Extraterrestre o humana, ella ya quería al niño dentro de su útero. Lucharía contra Regina, contra Whale, contra el mundo entero si era necesario, pero nadie iba a dañar a su hijo.
Sintiendo la mirada de Regina sobre su cara, ella se giró para encararle. Cuando habló, supo que había estado leyéndole la mente de nuevo.
—Tú no piensas realmente que yo le haría daño al niño, ¿no?
—No, no realmente. Pero sé que no lo deseas.
—Emma, eso no es verdad —sus manos se apretaron con más fuerza en torno al volante—. Nada me gustaría más que tener hijos contigo. Docenas de hijos. Pero no quiero poner tu vida en riesgo — la miró nuevamente—. ¿Cómo te sientes?
—Bien. Tengo náuseas por la mañana, pero eso es normal.
—¿Eso es todo? ¿No te sientes enferma ni nada?
—No —ella se deslizó por el asiento y colocó su mano sobre su muslo—. ¿No podríamos estar felices por esto hasta que tengamos razón para preocuparnos? Yo nunca he estado embarazada antes. No deseo que nada lo eche a perder.
—Lo intentaré —dijo Regina. ella cubrió su mano con la suya—. Pero no puedo prometer no preocuparme.
—Te amo, Regina.
—Hay una pequeña capilla para bodas en Eagle Flats —dijo Regina—. ¿Te casas conmigo, Emma? ¿Serás mi esposa?
—Sí, Regina, oh, sí —ella se inclinó y la besó en la mejilla—. Todo saldrá bien. Sé que así será.
Con un asentimiento, puso su brazo en torno a sus hombros y la atrajo más cerca.
Para cuando llegaron a Darnell, Gail estaba resignada a quedarse con la señora Zimmermann, pero seguía sin estar contenta por ello.
Tan pronto como Regina aparcó en el camino de acceso, Gail salió del coche y cerró la puerta de un portazo, luego corrió hacia la casa.
Emmaa apretó la mano de Regina mientras la ayudaba a salir del coche.
—Tienes una cara que parece que estén a punto de arrojarte a los leones—. comentó.
—Así me siento —replicó Regina. Ella había pasado años evitando a la gente cuando le era posible. No estaba precisamente aguardando con ansia volver a ver a la abuela de Emma nuevamente, o responder a las preguntas que inevitablemente seguirían a eso.
—Bueno, vamos —dijo Emma, sonriéndole—. Bien podríamos acabar de una buena vez con esto.
Granny estudió a Regina con ojos astutos cuando Emma se la presentó.
—Usted es la mujer del hospital —dijo—. La escritora.
—Sí. Es un placer volver a verla, señora—dijo Regina.
Granny lanzó una mirada sesgada en dirección a Emma.
—¿Ha conocido a mi nieta durante mucho tiempo? —preguntó.
—Unos cuantos meses.
—Ella dijo que la conoció en el hospital. Usted donó algo de sangre, creo.
Regina miró a Emma.
—Yo...
—Nana, ¿le importaría poner la mesa del comedor? La vajilla está en la vitrina contra la pared —Nancy sonrió mientras daba a Regina un pequeño empujoncito—. Regina, ¿por qué no se pone cómoda? Mi marido llegará pronto. Emma, ¿te importaría ayudarme en la cocina?
Sonriendo para expresar su gratitud, Regina escapó a la sala de estar.
Conduciendo a Emma a la cocina, Nancy la arrastró hasta la mesa y prácticamente la empujó para sentarla en una silla.
—¡Es guapísima! —exclamó—. ¿Dónde diablos la conociste?
—Es una larga historia —dijo Emma.
—Dame la versión condensada del Reader's Digest.
—Eres una mujer casada, ¿recuerdas?
—Oh, lo sé, y amo a mi marido, pero ¡qué demonios!, chica, ¡ella no es de este mundo!
Emma no pudo evitarlo, tuvo que reírse.
—En eso has acertado —replicó—. Escucha, la conocí mientras estaba en el hospital. Nos hicimos amigas, eso es todo.
—¿Amigas?
Emma sintió sus mejillas enrojecerse.
—De acuerdo, quizá somos algo más que amigas.
Bueno, qué día éste. Supongo que mejor preparo la cena. Jim estará en casa pronto —sacó algunas patatas del frigorífico—. ¿Quieres ayudarme a pelarlas?
—Claro.
La tarde transcurrió agradablemente. El marido de Nancy y Regina parecieron hacer buenas migas y la conversación durante la cena fue relajada y fácil, como si todos hubiesen sido amigos por años en lugar de horas. En un determinado momento, Nancy mencionó que su hermana estaba esperando un bebé, lo cual llevó a las mujeres a una discusión sobre embarazos y partos. Emmaa escuchó ávidamente, sólo entonces comprendiendo lo poco que en realidad sabía acerca de tener un bebé. Ella nunca había comprendido que los bebés requiriesen tantas cosas: ropita, cunas, pañales, biberones, parques, sillas altas… la lista parecía seguir y seguir.
Tras la cena, vieron la televisión durante un rato. Sobre las nueve, Nana y la señora Zimmermann se fueron a dormir. Nancy y su marido dijeron sus buenas noches una hora más tarde.
—Gail, creo que ya es hora de que nosotras nos vayamos a la cama también.
—¡Sólo son las diez!
—Lo sé, pero no te hará daño irte temprano a la cama por una vez.
—Oh, está bien. Buenas noches, Regina.
—Buenas noches.
Emma besó a Regina en la mejilla.
—Hasta mañana.
—Que duermas bien.
—Igualmente.
A solas en la sala de estar, Regina apagó la TV y luego salió al patio trasero. Echando la cabeza hacia atrás, contempló la luna, bañándose en su fría luz, suspirando mientras sentía su cuerpo rejuvenecerse a sí mismo.
Ella estaba embarazada.
La mera idea la asustaba de muerte.
¿Regina? ¿Estás despierta?
Sí. ¿Sucede algo malo?
No, simplemente te echo de menos.
Ven a mí, entonces.
Ella regresó al interior de la casa; momentos después, Emma estaba sentada a su lado en el sofá. Ella la tomó en sus brazos, manteniéndola cerca, agradecida más allá de lo que podía expresar con palabras que ella estuviese viva y bien, que ambas estuviesen juntas nuevamente, como estaban destinadas a estar.
No había necesidad de palabras entre ellas. Conocía sus pensamientos como lo hacía con los suyos propios. Envuelta en sus brazos, segura en su abrazo, Emma se quedó dormida rápidamente.
La mantuvo abrazada durante toda la noche, contenta con sostenerla, mirarla, pasear por sus sueños.
Con la llegada del alba, la despertó con un beso.
—Mejor vuelves a tu habitación —le dijo—. No quiero que tu abuela se moleste.
—Yo tampoco. Hasta luego.
Ella la besó una vez, dos veces, y luego, con renuencia, se deslizó de entre sus brazos y regresó a su propia habitación.
Salieron para Eagle Flats al atardecer. Emma abrazó a Nana, asegurándole que no estaría fuera por mucho tiempo, y luego fue a despedirse de Gail, quien todavía estaba enfurruñada porque no podía ir con ellas.
—Recuerda, Gail, ni una palabra a nadie acerca de Regina. Y, por favor, no le digas nada sobre el bebé a Nana.
—No lo haré —dijo Gail, con expresión hosca—. ¿Vas a casarte con ella?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Esta noche.
—Yo pensaba que tú querías una gran boda en una iglesia, con damas de honor, flores y esas cosas.
—No siempre podemos tener todo lo que queremos.
—Háblame sobre eso.
—Gail, por favor, no hagas esto más difícil. Quizás cuando este lío se resuelva, tendremos esa boda en una iglesia, y tú podrás ser mi dama de honor.
—Sólo lo dices por decir.
—Gail, ¿te he mentido yo alguna vez?
—No.
—Y no te miento ahora tampoco. Cuida de Nana por mí. Llamaré cuando pueda.
—Está bien —sorbiendo por la nariz, Gail arrojó los brazos en torno a su hermana y la abrazó con fuerza—. Ten cuidado.
—Lo tendré.
—Adiós, Gail —dijo Regina, yendo a detenerse junto a Emma.
—Adiós. Más te vale cuidar bien de mi hermana.
—Lo haré, no te preocupes.
Un último abrazo, un último adiós, y ambas se pusieron en camino.
—¿Qué tal está tu costado? —preguntó Regina después de un rato.
—Está bien. Un poco dolorido, nada más —se deslizó por el asiento y descansó la cabeza sobre su hombro—. ¿Y cómo estás tú?
—Yo estoy bien.
—No llegaste a contarme cómo lograste escapar.
—Soborné a Killian.
—¿Otra vez? ¿Cuánto te costó esta vez?
—Ciento cincuenta de los grandes.
—¿Tienes todo ese dinero?
—Sí.
—Supongo que nunca me dí cuenta que se ganaba tanto dinero escribiendo.
—Ha sido una carrera lucrativa —dijo Regina, sonriendo—. Se supone que debo encontrarme con Killian en el banco a las diez.
—¿Cuánto tiempo vamos a quedarnos en Eagle Flats?
—No lo sé. No mucho. Tan pronto como te sientas en condiciones, nos marcharemos. ¿Adónde te gustaría ir?
—¿Ir?
—No podemos quedarnos en Storybrooke mientras Whale esté buscándonos.
Emma asintió.
—Él no parece de los que abandonan, ¿no? —fijó la vista en la carretera durante unos minutos y luego pregunto: ¿Y qué pasa con Gail, y Nana?
—Una vez nos hayamos establecido, puedes mandar a buscarlas.
Ella asintió para mostrar su acuerdo con eso, incluso aunque no la enloquecía precisamente la idea de mudarse. Le gustaba vivir allí. Su trabajo estaba allí… ¡su trabajo! No había pensado en su trabajo durantes semanas. Cuando llegasen a Eagle Flats, tendría que telefonear a su jefe e intentar darle una explicación. O tal vez simplemente telefonear y renunciar, si es que no la habían reemplazado todavía.
Con un suspiro, comprendió que ya no tenía que trabajar. Estaba a punto de convertirse en la esposa de un hombre rico. Podría quedarse en casa, ser ama de casa. Y madre…
—¿Regina?
—¿Qué?
—¿Cuánto tiempo están embarazadas las mujeres en ErAdona?
—Nueve meses, igual que aquí.
Bueno —meditó ella—. eso es un alivio.
—¿Qué esperas que sea, niño o niña?
—No me importa. En tanto esté sano. En tanto tú sobrevivas.
—A mí me gustaría un niño —dijo ella—. Uno con el pelo negro y los ojos oscuros, igual que tú.
Igual que tú… Sus palabras resonaron en su mente. Igual que tú. ¿Tendría que vivir su hijo para siempre en las sombras, incapaz de correr y jugar bajo el sol? ¿Tendrían que ocultarlo lejos del resto del mundo? ¿Sobreviviría siquiera?
—Regina, me prometiste no preocuparte hasta que hubiese algo de lo que preocuparse.
—¿Leyendo mi mente, Natayah?
—No, sólo la expresión de tu cara.
—Estaremos en Eagle Flats pronto. No has cambiado de idea acerca de casarte conmigo, ¿no?
—No —ella miró su atuendo y frunció el ceño—. Me gustaría casarme con algo un poco más bonito que jeans y un suéter. ¿Crees que podríamos ir de compras esta noche, y casarnos mañana?
—Si tú quieres… — le sonrió, con el corazón lleno de amor y ternura—. ¿Qué te gustaría que vistiese yo?
—Un traje negro, naturalmente.
—¿Y qué vestirás tú?
—No lo sé. Siempre soñé con casarme con un largo vestido blanco en una iglesia llena de flores.
—Y sin duda siempre soñaste con casarte con un varón humano, también.
—¡Regina, no!
—No deberías tener que conformarte con menos de lo que sueñas, Emma.
—Tú eres cada sueño que jamás he tenido —dijo ella fervientemente—. Como sea, podemos tener una gran boda más adelante, si te parece bien.
—Cualquier cosa que tú desees.
—Quizás, tú no quieres casarte conmigo —dijo ella—. No te he dado nada, excepto problemas desde que me conociste.
—¡Emma! Tú eres lo mejor que me ha sucedido nunca.
Ella le sonrió.
—Y yo siento lo mismo.
—Ah, Emma —dijo ella suavemente—. Perdóname por ser tan tonta. Es sólo que siento que mereces mucho más de lo que estás consiguiendo.
—¿Me ves quejarme?
—No. Pero claro, tú nunca lo haces.
—¿Eres feliz?
—Sí.
—Yo también. Así que todo arreglado. Iremos de compras esta noche y nos casaremos mañana. Y viviremos felices por siempre jamás, igual que Blancanieves y el príncipe encantador —ella le miró mientras un nuevo pensamiento cruzaba su mente—. ¡Regina, no podemos casarnos! No tenemos licencia.
—Conozco a un pastor que nos casará, Emma. Es un gran fan mío.
El centro comercial de Eagle Flats no era extremadamente grande, pero tenía muchas tiendas bonitas. Regina compró un traje negro y una blusa banca, zapatos nuevos, luego se sentó sobre una silla de respaldo duro mientras Kara se probaba vestidos. Le llevó una hora encontrar uno que le gustase, y luego se negó a dejarla verlo, diciendo que traía mala suerte que la novia viese el vestido de la otra novia antes de la boda.
Era cerca de media noche cuando llegaron a la caverna. Guardaron los comestibles que habían comprado antes de abandonar la ciudad y luego se sentaron frente a la chimenea. Sólo entonces recordó Regina que se suponía que tenía que encontrarse con Killian en el banco. Maldijo por lo bajo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Emma.
Regina se encogió de hombros.
—Nada. Se suponía que debía encontrarme con Killian en el banco a las diez.
—Podemos hacerlo mañana, ¿no?
Regina asintió. Mañana sería lo suficientemente pronto.
Era cerca del alba cuando se fueron a la cama.
Emma se acurrucó junto a Regina, con la cabeza reposando sobre su hombro.
Mañana por la noche —meditó adormiladamente.
Mañana por la noche, ella sería la señora de Regina Mills.
