Capítulo 30

Estaba completamente oscuro cuando condujeron montaña abajo hacia Eagle Flats. Emma no podía evitar sentirse nerviosa. Estaba a punto de casarse. Con una extraterrestre. Llevaba a su hijo en su seno. No importa que la amase con todo su corazón y su alma, ella sabía que su vida cambiaría para siempre a partir de esa noche.

Se giró para mirarla, sólo para encontrárla observándola.

No te estarás echando para atrás, ¿no? —preguntó.

No. ¿Y tú?

Ni hablar —Ni una posibilidad entre un billón, meditó mientras devolvía su atención a la carretera. Había aguardado dos siglos a esa mujer—. Sólo quiero que estés segura.

Estoy segura.

Una única luz brillaba desde el interior de la iglesia cuando se acercaron. No había otros coches en el camino de acceso.

Espera aquí —dijo Regina.

Saliendo del coche, rodeó el edificio hasta llegar a la puerta de atrás. Había telefoneado al pastor para hacerle saber que iban a ir. Abriendo la puerta, entró en una pequeña habitación localizada a la izquierda del púlpito.

Moviéndose silenciosamente, echó un vistazo dentro de la capilla. El pastor, Archie Hopper, estaba sentado en el primer banco, Biblia en mano. No había nadie más en la iglesia.

Saliendo por donde había entrado, Regina regresó al coche.

Emma abrió la puerta.

¿Está todo bien?

Hasta donde puedo asegurarlo, Archie está solo ahí adentro —sonrió a Emma y le ofreció su mano—. ¿Lista?

Lista.

Recogiendo el paquete que contenía su vestido, Emma tomó la mano de Regina y salió del coche.

Hopper se puso de pie cuando entraron en la iglesia y sonrió a Emma.

Puedes cambiarte ahí —dijo, apuntando hacia la habitación que Regina había ocupado recientemente.

Gracias —ella sonrió a Regina—. Sólo tardaré un minuto.

Regina asintió, luego miró a su alrededor nuevamente.

Estamos solos —dijo Archie.

Sentándose, hizo un gesto a Regina para que se uniera a él.

Aprecio de veras esto —dijo Regina, sentándose.

¿Hay algo que yo pueda hacer para ayudar? —preguntó el pastor—. ¿Alguien a quien pueda llamar?

No, gracias.

Tu prometida me resulta familiar. No es una actriz ni nada, ¿no?

No.

Su nombre me suena, también. Emma Swan —Hopper frunció el ceño—. Sé que he oído ese nombre en alguna parte recientemente —sonrió—. ¿Ella no ganó la lotería, ¿no?

Regina rió.

No, nada semejante. Así que, ¿qué le pareció mi último libro?

Excelente, como siempre.

Regina meneó la cabeza.

Siempre parece sorprenderte que yo disfrute tus libros.

Bueno, es sólo que me parece un poco extraño que un sacerdote lea acerca de vampiros y hombre-lobo.

Hay más cosas en el Cielo y en la Tierra… —citó Hopper.

Regina asintió.

Y tanto que las hay —musitó con ironía.

Sería arrogante por nuestra parte creer que somos los únicos seres en la galaxia entera. Por todo lo que yo sé, podría haber vampiros en otros planetas. ¿Quién sabe?

¿Quien? Ciertamente —estuvo de acuerdo Regina, y luego se puso en pie, con el aire atascado en la garganta, mientras Emma entraba en la capilla.

Es hermosa —pensó. Más hermosa que nada que ella hubiese visto jamás. Llevaba puesto un simple vestido de seda blanca, y tacones blancos. El cabello le caía suelto en torno a los hombros, adornado con una sola rosa blanca.

Emma, estás preciosa —murmuró mientras iba a pararse junto a ella—. Tan preciosa.

Gracias. Tú también.

De hecho, ella nunca se había visto más guapa de lo que lo hacía en ese momento. El traje negro le encajaba como hecho a medida, el color complementando su oscuro cabello y ojos.

¿Estáis listas? —preguntó Archie—. Dado que esta va a ser una bastante poco ortodoxa ceremonia, he prescindido de la necesidad de testigos, si estáis de acuerdo.

Regina asintió.

Muy bien —el pastor miró a Emma—. ¿Comprendes que, sin una licencia, esto es simplemente una ceremonia religiosa?

Emma asintió.

Regina, si quieres tomar la mano derecha de Emma en la tuya, comenzaremos.

Girándose para encarar a Emma, Regina tomó su mano en la suya. Ella podía sentirla temblar. Miró sus ojos y supo, sin examinar su mente, lo que ella estaba pensando. Podía sentir el amor irradiando de ella, la confianza. Alegría mezclada con emoción. Regina sabía lo que ella estaba sintiendo porque ella estaba sintiendo lo mismo.

El matrimonio es una institución sagrada, establecida por Dios —dijo el pastor—. No debe ser tomada a la ligera, o alocadamente, o sin una sincera intención —miró a Regina—. Desde este día en adelante, no habrá otra mujer en tu vida, sólo Emma —su mirada se volvió hacia el rostro de Emma—. Y para tí no habrá otra mujer tampoco, sólo Regina —el pastor hizo una pausa, dándoles tiempo para ponderar sus palabras; luego continuó: Estamos aquí reunidos en este día para unir a Emma Swan en matrimonio con Regina Mills. Emma, ¿aceptas a esta mujer como legítima esposa? ¿La amarás y la honrarás, la sustentarás en la salud y en la enfermedad, y estarás a su lado durante el resto de tu vida?

Emma miró a Regina a los ojos y le dió un apretón a su mano mientras decía:

Lo haré.

Y tú, Regina, ¿aceptas a esta mujer como legítima esposa? ¿La amarás y honrarás, la sustentarás en la salud y en la enfermedad, y estarás a su lado durante el resto de tu vida?

Regina tomó una profunda y calmante inspiración, preguntándose si sería capaz de hablar. Había esperado doscientos años para este momento.

Lo haré.

¿Tienes un anillo?

Sí —metiendo la mano en su bolsillo, Regina sacó una sencilla alianza de oro.

Puedes ponerle el anillo.

Y ahora fue Regina la que tembló mientras deslizaba la alianza en el dedo de Emma.

Repite conmigo. Con este anillo, yo te desposo.

Con este anillo, yo te desposo.

Y con todos mis bienes materiales, yo te desposo.

Y con todos mis bienes materiales, yo te desposo.

Archie miró a Emma, y ella meneó la cabeza. Ella no había tenido oportunidad de comprarle a Regina un anillo y no pudo evitar preguntarse cuándo había encontrado ella un momento para comprarle uno.

Entonces, por el poder que me ha sido conferido, os declaro casadas —el pastor sonrió a Regina—. Puedes besar a la novia.

Con el corazón a punto de estallarle de felicidad, Regina tomó a Emma en sus brazos.

Te amo —murmuró—. Te amaré mientras viva.

Y entonces, con toda la ternura que poseía, la besó. Y volvió a besarla. Y la besó otra vez.

Os deseo a ambas toda la felicidad del mundo —dijo el pastor. Estrechó la mano a Regina, luego le dió a Emma un beso en la mejilla—. Espero que cualquier problema en el que estéis se resuelva rápidamente.

Gracias —dijo Emma, parpadeando para mantener a raya las lágrimas.

Regina asintió mientras estrechaba la mano del pastor.

Gracias —dijo también.

Introduciendo la mano en el bolsillo, extrajo un billete de cien dólares y lo presionó contra la mano del pastor.

No puedo aceptar esto —dijo Hopper—. Es demasiado.

No es suficiente —dijo Regina mientras envolvía un brazo en torno a los hombros de Emma—. Créame, no es ni de lejos suficiente.

Lo aceptaré en nombre de la iglesia —dijo Archie—. Y os recordaré diariamente en mis plegarias.

Después de otra despedida, Emma y Regina abandonaron la iglesia. Emma no podía dejar de sonreír. Era la esposa de Regina. La señora Mills. La felicidad burbujeó en su interior cual burbujas de champán. Casada con Regina.

Ell la ayudó a entrar en el coche, luego la envolvió en sus brazos y la volvió a besar.

No puedo creerlo —susurró—. Eres mía ahora. Realmente mía.

Siempre he sido tuya —replicó Emma solemnemente—. Incluso cuando no te conocía, creo que estaba esperando a que me encontrases.

Regina la besó de nuevo, un profundo beso lleno de promesa, y luego encendió el motor y condujo en dirección al banco. Era hora de encontrarse con Killian.

Jones paseó de un lado a otro enfrente del banco, su mirada constantemente escudriñando arriba y abajo de la calle. Había sido un tonto por acceder a esto, un tonto al creer que Mills mantendría su palabra. La mujer… demonios, ella ni siquiera era una mujer en absoluto… probablemente había huído rumbo a lo desconocido.

Miró su reloj. Faltaban cinco minuto para las diez. ¿Cuántas noches más iba a desperdiciar su tiempo viniendo aquí?

El destello de los faros de un coche atrajo su atención. Entrecerrando los ojos, con una mano cerrada en torno a la pistola oculta bajo su abrigo, se adentró en las sombras mientras el coche se detenía junto al bordillo. Si alguna vez ponía sus manos sobre el dinero que Mills le prometió, iba a dejar ese negocio. Era demasiado para sus nervios.

Dejó escapar un suspiro de alivio cuando Regina se apeó del coche.

Ya era hora de que aparecieras.

Dije que lo haría —Regina alcanzó dentro del bolsillo de su camisa y extrajo un sobre—. Espero que un cheque sea satisfactorio.

Yo preferiría efectivo.

Estoy segura de que sí, pero me resulta difícil venir al banco en horas laborales. No te preocupes —dijo Regina, ofreciéndole el sobre—, este cheque es tan válido como el anterior.

Mejor que sea así.

Killian tomó el sobre, lo abrió y miró el cheque. Ciento cincuenta mil dólares. Sólo pensar sobre todo ese dinero, combinado con los otros cien mil en su cuenta de ahorros, hacía que su corazón latiese a toda velocidad por la emoción.

Más te vale salir de la ciudad —sugirió Regina.

Ya me voy —dijo Killian con una sonrisa—. Gracias por todo.

Sí —dijo Regina con ironía—. Espero que disfrutes el Mercedes.

Ha sido un placer conocerte, tía.

Lucrativo, en cualquier caso.

Killian rió.

Ahí has acertado. Hasta nunca.

Regina gruñó suavemente mientras observaba al chico deslizarse dentro del Mercedes y alejarse conduciendo. Echaría de menos su coche, pero ¡qué porras!, podía comprarse otro.

Y entonces pensó en Emma, esperándola a la vuelta de la esquina , y se olvidó de Killian y de Whale, olvidó todo excepto el hecho de que esa era su noche de bodas.

El trayecto montaña arriba pareció durar eternamente. Emma sentía una sensación de bienestar en el corazón cada vez que miraba a Regina. Su esposa. En lo bueno y en lo malo... Sintió un cierto desasosiego mientras se preguntaba si las cosas alguna vez mejorarían, si se verían libres alguna vez de Whale, capaces de proseguir con sus vidas sin tener que estar siempre mirando por encima de sus hombros.

No estás arrepintiéndote tan pronto, ¿no? —preguntó Regina.

Por supuesto que no —dijo ella, acercándose y apretándose contra su hombro.

¿Preocupada por Whale?

Ella asintió.

No puedo evitarlo. ¿Crees que abandonará alguna vez?

No lo sé. Espero que sí —inclinándose hacia ella, la mirada en la carretera, la besó en la mejilla—. Te amo, Natayah.

Sus palabras, el ronco temblor de su voz, expulsaron todo pensamiento de Whale de su mente. Colocando su mano sobre la rodilla de Regina, ella dejó correr las puntas de sus dedos arriba y abajo sobre el suave músculo de su muslo. —¿No puedes conducir un poco más rápido?

Sigue haciendo eso y probablemente haré que nos salgamos de la carretera.

¿En serio?

Ella dejó que su mano acariciase la cara interna del muslo de ella, y sonrió cuando su pie apretó el acelerador.

Natayah… —gruñó. Pasándole el brazo por los hombros, la atrajo más cerca, hasta que no hubo espacio alguno entre las dos. Llegaron a la caverna poco tiempo después. Apagando el motor, Regina se bajó del coche y lo rodeó para abrirle la puerta a Emma. Tomando su mano, la ayudó a salir, luego la cogió en brazos y la llevó hasta la entrada de la cueva—. Estamos en casa, señora Mills.

Señora Mills —repitió ella—. Suena maravilloso.

Ella tocó la fachada de la roca y el portal se abrió. Llevó a Emma dentro con facilidad y luego se detuvo en el corredor, mirándola a los ojos.

¿Te dije lo hermosa que eres?

Sí, pero dímelo otra vez.

Eres hermosa, Emma Mills. La mujer más hermosa que jamás he visto.

Gracias, Regina Mills.

ella le sonrió mientras la llevaba a la cocina, donde cogió una botella de champán del estante.

¿Te dije cuánto te amo?

Emma meneó la cabeza.

Te amo —dijo ella mientras la llevaba corredor adelante hacia el dormitorio—. Te lo diré cada día de nuestra vida .

Y yo te diré lo mismo.

En el dormitorio, ella depositó el champán sobre la mesa y luego bajó a Emma lentamente al suelo, deleitándose en la calidez de su cuerpo deslizándose contra el suyo propio.

Intentaré hacerte feliz, Emma.

Ya me haces feliz —alzando la vista hacia ella, con una sonrisa curvando sus labios, le deslizó la chaqueta fuera de los hombros y la arrojó sobre una silla—. Tan feliz…

Comenzó a desabotonarle la blusa, complacida de que ella no vistiese nada debajo mientras sus dedos encontraban cálida y suave carne femenina. Ella tembló ante su toque, y la sonrisa se tornó más amplia. Saber que su toque la excitaba le daba una sensación de poder, de placer.

Sacando los faldones de la camisa del interior de los pantalones, deslizó la camisa fuera de sus hombros y la tiró junto a la chaqueta, luego regó de besos sus pecho, riendo suavemente cuando deteniéndose en uno y en otro, Regina aspiró aire profundamente.

No estás jugando limpio —dijo ella, y Emma sintió sus manos por su espalda, descorriendo la cremallera de su vestido y deslizándolo por sus brazos hasta que la prenda quedó apilada a sus pies. Le quitó la combinación y luego tomó sus pechos en sus manos—. Hermosa —murmuró—. Tan hermosa.

Y, repentinamente, fue una competición para ver quién podía terminar de desvestir a quién primero. La cosa acabó en empate, con ambas riendo hasta que les costó respirar.

Y entonces sus ojos se encontraron y la risa murió en sus gargantas.

Emma.

Susurrando su nombre, la levantó en brazos y la llevó a la cama, sus labios dejando caer besos sobre sus párpados, la punta de su nariz, sus mejillas y su frente.

Apartando las mantas con una mano, la colocó sobre la cama y cayó junto a ella, apenas capaz de creer que ella fuese suya ahora, realmente suya. Para siempre suya.

Te amo, señora Mills.

Y yo a tí.

Viviremos felices por siempre jamás, ¿verdad? ¿Igual que en los cuentos de hadas?

Ella sonrió.

¿Cómo la Bella y la Bestia?

No. Como Blancanieves y el Príncipe.

Regina asintió.

Una buena comparación, porque tú verdaderamente eres la más pura de todas ellas.

Ella tomó su cara en sus manos y la besó.

Tú lo eres.

No —discutió ella suavemente, sus manos acariciándola ligeramente—. Tú lo eres.

Ella le echó los brazos al cuello y la atrajo hacia abajo hasta que su cuerpo cubrió el suyo.

Bésame, mi princesa. ¡Bésame, bésame, bésame!

Tus deseos son órdenes para mí. —replicó Regina, e inclinando su boca sobre la de ella, la besó con todo el amor y la pasión de su alma, la besó hasta que los dedos de sus pies se encogieron y su corazón cantó una nueva canción.

La besó para que ella nunca dudase de su amor, o de su devoción.

La reverenció silenciosamente con sus manos y sus labios, agitando los fuegos del deseo hasta que ella la atrajo en su interior, rodeándole con aterciopelado calor. Y dos se convirtieron en una, y esa una se elevó hacia arriba, alcanzando los cielos.

Emma sollozó su nombre mientras el calor fluía a través de ella, bañándola con un cálido resplandor, como un rayo de sol en un día de verano.

Y por primera vez en más de doscientos años, Regina Mills le dió la bienvenida al sol, sintió su calor explotar dentro de ella mientras gritaba el nombre de Emma, su cuerpo convulsionándose de placer.

Encerradas en un abrazo, se quedaron dormidas. Sus corazones y mentes fundidas, durmieron pacíficamente compartiendo una los sueños de la otra.