Capítulo 31

Escucharon las noticias en la radio a la noche siguiente. Un hombre joven identificado como Killian Jones había sido encontrado muerto en un callejón detrás del Banco de Eagle Flats. El motivo aparente fue catalogado como robo.

Emma miró fijamente a Regina, con el corazón latiéndole agitado.

¿No pensarás que...?

Regina asintió.

- Whale.

¿Cómo?

Debe de haber seguido a Killian.

Emma se echó atrás en la silla.

Esto nunca va a terminar —pensó desolada.

Regina cruzó la sala y le apoyó una mano sobre el hombro.

Terminará, Emma. Pronto.

¿Qué quieres decir?

Iré tras él. Esta noche.

¡No!

No podemos seguir así. No se tú, pero yo estoy cansada de esconderme, cansada de ser cazada. De una forma u otra, esto se acaba esta noche.

¿Cómo vas a encontrarlo?

Debe de haber seguido a Killian, esperando que el chico lo condujera hasta mí. Estoy suponiendo que Whale está todavía en la ciudad. Y si lo está, yo lo encontraré.

¿Y entonces, qué?

Su silencio fue toda la respuesta que ella necesitaba.

Regina, no tienes que hacer esto. Podemos dejar el estado, cambiar nuestros nombres, establecernos en cualquier otro lugar.

Ella meneó la cabeza, y aunque no dijo nada, ella sabía lo que estaba en su mente. Había un niño en el que pensar ahora, y quería que el problema con Whale estuviera terminado antes de que el niño naciera. Ella sabía por qué, sabía que temía que Whale pudiera encontrarlos, que encontrara la forma de quitarles su niño...

Ella se negaba a pensar lo que eso podría significar. Ella sabía de lo que Whale era capaz, conocía la codicia que lo impulsaba, el ansia de fama y gloria.

Volveré tan pronto como pueda.

Iré contigo.

No.

Sí.

¡Maldita sea, Emma, estás embarazada!

¿Y...?

Ella la miró exasperada.

No quiero que pongas tu vida, o... la vida de mi hijo en peligro.

Me sentiré más segura contigo que quedándome aquí sola.

Regina meneó la cabeza.

No hay modo de que Whale puede entrar aquí una vez la puerta es sellada.

Puedes llevarme contigo, o bajaré la maldita montaña, pero no me quedaré aquí sola.

Obstinada —refunfuñó Regina—. Más obstinada que un perro de fango ErAdoniano.

Oí eso —dijo Emma—, y no creo que fuera un elogio.

Regina la miró airadamente, y luego se rió.

Y más bonita que una flor silvestre de Glantan, incluso cuando está enfadada —tomándola de la mano, la acercó a ella, envolviéndola en sus brazos—. Está bien —accedió, odiando mentirle, pero sabiendo que era por su propio bien—, puedes venir.

Emma rió con aire de suficiencia.

Ya sabía yo que verías las cosas a mi modo.

No creo que me haya salido con la mía desde que te conocí.

¿Se queja usted, Sra. Mills?

No, señora. Solamente estoy estableciendo un hecho.

Puedes tener razón la semana que viene.

¿Lo prometes?

A menos que cambie de idea. Es una prerrogativa femenina, ya sabes.

Ella la abrazó fuertemente, sus labios moviéndose por su pelo como si ella se empapara en su olor. Dulce, tan dulce, esta hermosa, obstinada mujer que era ahora su esposa.

Tan dulce, que no podía poner, no pondría, su vida en peligro.

Alzándola en sus brazos, la llevó al dormitorio.

¿Qué estás haciendo?—exclamó Emma.

Voy a hacerte el amor.

¿Ahora? Pensé que perseguiríamos a Whale.

A su debido tiempo.

Ella comenzó a hacerle preguntas, pero los labios de Regina cayeron abruptamente sobre los suyos, calientes y hambrientos, alejando todo pensamiento sobre Whale de su mente.

Le hizo el amor con una intensidad feroz, cada toque marcándola como suya, cada beso lleno de esperanza, cada caricia una promesa tácita para el porvenir. Sus manos la tocaron con cuidado, tiernamente, como si ella fuera un precioso instrumento y ella fuera la única que podía oír la música en su alma.

Regina dijo su nombre mientras se derramaba en sus manos, ardiente, y luego, sosteniéndola fuertemente en sus brazos, susurró que la amaba, que siempre la amaría.

El sonido de su voz fue la última cosa que Emma oyó antes de que el sueño la reclamara.

Regina esperó hasta que Emma estuvo profundamente dormida antes de dejar la cueva. La besó con cuidado, sabiendo que existía la posibilidad de que nunca volviese a verla, sabiendo que ella nunca estaría segura mientras Whale viviera.

Eran más de las nueve cuando llegó a Eagle Flats. Condujo hasta el banco, fue al callejón y estacionó el coche. Dejó el motor funcionando, apagó las luces delanteras y luego salió del coche.

De pie en las sombras, echó un vistazo arriba y abajo del callejón. El olor a sangre, demasiado débil para ser descubierto por mortales, aguijoneó las aletas de su nariz. La sangre de Killian. Pesar y remordimiento se elevaron en su interior. Pensó que, si no fuera por ella, el joven todavía estaría vivo, y luego sacudió su cabeza. Whale era el culpable.

Había un único motel en Eagle Flats, y era su siguiente parada. Condujo despacio por el estacionamiento, las aletas de su nariz ensanchadas como buscando el olor de Whale, sus labios estirándose en una sonrisa salvaje cuando encontró lo que buscaba.

Paró delante del cuarto del motel y tocó la bocina. Una vez. Dos veces. Después del tercer bocinazo, la puerta se abrió y Neal asomó su cabeza.

Regina oyó al hombre maldecir por lo bajo, luego Neal cerró de golpe la puerta y Regina lo oyó llamando a Whale con un grito.

Menos de un minuto después, Neal y Whale salieron corriendo del cuarto. Con una sonrisa, Regina se alejó del estacionamiento.

Emma despertó con un sobresalto.

¿Regina? —sentándose, colocó la mano sobre su lado del colchón. Las sábanas estaban todavía calientes—.¿Regina?

Saltando de la cama, corrió hacia la puerta. Fue entonces cuando vio la nota clavada con tachuelas a la puerta.

Emma, he ido tras Whale. Si no estoy de vuelta mañana por la tarde, la puerta principal se abrirá. Encontrarás mis instrucciones y tu teléfono móvil bajo la roca grande fuera de la puerta. Te amo. Regina.

Leyó la nota una segunda vez, y luego la arrugó en su mano. ¡Debería haber sabido que ella haría algo como eso! Entrando en la sala de estar, miró el reloj. Diez de la noche.

Nunca te perdonaré por esto, Regina Mills —refunfuñó—. Nunca.

Pero aún mientras decía las palabras, sabía que era una mentira.

Por favor, sólo vuelve a mí —susurró—. Es todo lo que pido.

Regina condujo lo bastante rápido para adelantarse a Whale, pero no tan rápido como para perderlo. Y todo el tiempo pensaba en Emma, y en todo por lo que ella había pasado.

Pensó en el bebé que ella llevaba en su seno. Pensó en Killian Jones. Pensó en la tortura que ella misma había sufrido a manos de Whale. Ese hombre merecía morir.

La montaña surgió adelante, oscura y misteriosa a la luz de la luna menguante.

Regina subió por el estrecho camino, reduciendo la marcha para asegurarse que Whale estaba todavía detrás de ella.

Cuando alcanzó la cueva, estacionó el coche fuera de la vista, luego se escondió en las sombras.

Momentos más tarde, el coche de Whale alcanzó la cima.

Desde su ventajosa posición, Regina observó a los dos hombres salir del coche. Ambos estaban armados.

¿Adónde habrá ido? — preguntó Neal.

El doctor se encogió de hombros.

No lo sé, pero este es el final del camino. Debe de estar por aquí, en algún sitio. Tú ve por allá, yo comprobaré esta zona.

Neal gruñó, luego comenzó a andar despacio a lo largo de la cornisa hacia el escondrijo de Regina.

Regina esperó hasta que el hombre hubo pasado, entonces salió de las sombras y lo golpeó en la cabeza con la rama de un árbol. Neal gruño suavemente y cayó hacia atrás.

Regina lo cogió antes de que chocara contra el suelo y lo arrastró hasta los arbustos que crecían junto a la cornisa, luego volvió al camino y recogió el arma del hombre. Era una 38 de cañón corto.

Moviéndose cautelosamente, Regina avanzó hacia el final de la cornisa. Y hacia Whale.

Mientras se acercaba a la cueva, podía oír los pasos de Whale, y luego vio que el doctor estaba al final de la cornisa, cerca de la entrada a la cueva.

¿Me está buscando a mí, doc? —Regina habló arrastrando las palabras.

Whale se dio media vuelta, su arma buscando un objetivo, pero no había nada que ver excepto oscuridad.

Suelte el arma —dijo Regina.

De ninguna manera. ¿Dónde está Neal?

Tomando una siesta. Tire el arma, Whale. Se acabó.

No lo creo — Whale echó un vistazo a su alrededor—. Así que aquí es donde vives.

Y aquí es donde usted va a morir, a no ser que suelte el arma.

Debes pensar que soy idiota.

Eso es lo mejor que alguna vez pensé de usted. ¿Por qué ha matado a Killian?

Yo no maté a nadie.

Tal vez usted no apretó el gatillo, pero lo mató igual.

No puedes demostrar nada —dijo Whale, su voz espesa con desprecio—. Incluso si fueras a la policía, ¿quién te creería?

No iré a la policía. Vamos a terminar esto aquí y ahora.

Un disparo rasgó la noche. Regina esquivó la bala, sintiendo el calor de esta cerca de su cabeza, y maldijo por lo bajo mientras Whale disparaba otra tanda, y luego otra.

¡Regina!

Oyó la voz de Emma dentro de su mente, sabía que ella estaba en la entrada de la caverna, golpeando sus puños contra la puerta.

Estoy bien, Natayah.

¡Déjame salir de aquí!

Pronto.

Moviéndose silenciosamente por la maleza, cambió de posición.

Whale —llamó—. suelte el arma.

Murmurando un juramento, el doctor se dio la vuelta y disparó en la dirección de la voz de Regina.

¡Maldita seas —gritó— muéstrate!

Estoy aquí —contestó Regina, y luego se arrojó al suelo mientras dos disparos más rasgaban la quietud de la noche.

Estamos haciendo todo mal —dijo Whale apaciguadoramente—. No soy tu enemigo. Nosotros dos deberíamos trabajar juntos —escudriñó la oscuridad—. Podríamos hacer cosas maravillosas por la humanidad. Piensa en las vidas que podríamos salvar.

El dinero que usted podría hacer.

Lo compartiré contigo. Cincuenta y cincuenta.

Eso es condenadamente generoso de su parte, doc.

Está bien. Sesenta-cuarenta.

No hay trato.

Un mudo grito de frustración retumbó en la garganta de Whale mientras disparaba hacia las sombras.

Esa es la sexta —comentó Regina, apareciendo en la cornisa.

Whale se congeló, y luego maldijo suavemente.

¿Y ahora, qué? ¿Me matarás?

Ha acertado a la primera.

Whale dio un paso atrás, el color abandonando su rostro.

Tú no lo harías. No puedes.

¿Quién va a detenerme?

Whale la miró fijamente durante unos segundos; luego, con un inarticulado sollozo, dio media vuelta y se sumergió en la oscuridad.

El olor del miedo tiñó el limpio aire nocturno. Entre una respiración y la siguiente, Regina sintió que su delgado barniz de civilización se diluía, sintió el antiguo impulso de cazar creciendo dentro de ella, y con éste el deseo casi aplastante de matar, el deseo por la sangre del hombre que había causado dolor a Emma. Ninguna de ellas tendría un momento de paz hasta que Whale dejara de ser una amenaza.

Abandonando el arma, Regina persiguió al doctor.

Podía oír a Whale moviéndose por la maleza, el sonido áspero de su respiración, podía sentir la vibración de sus pasos mientras traspasaba la oscuridad.

El olor del miedo de Whale se hizo más fuerte cuando Regina acortó la distancia entre ellos. Las antiquísimas leyendas de sus antepasados guerreros corrieron por su mente, cuentos de ArkLa el Terrible, quien se había atiborrado de la sangre de sus enemigos.

Sintió un estremecimiento de regocijo cuando comprendió que Whale estaba corriendo en círculos. Pronto volvería a la entrada de la cueva, sin tener a donde ir, ningún lugar dónde ocultarse.

Y de pronto Whale estuvo delante de él, su espalda presionado contra la pared de la cueva, sus ojos agrandados por el miedo cuando comprendió que estaba realmente atrapado.

Despacio, inexorablemente, Regina cubrió la distancia entre ellos. Whale soltó un agudo chirrido de miedo cuando la mano de Regina se cerró alrededor de su garganta, despacio, lentamente, extinguiendo la vida de su cuerpo.

Regina miró fijamente al hombre que se retorcía en su agarre, sintió el deseo de sangre creciendo dentro de ella rápidamente, caliente y segura.

Y luego oyó la voz de Emma penetrar la neblina roja en la que estaba sumergida.

¿Regina?

Ella inspiró profundamente.

Todo está bien, Emma. No te preocupes.

¿Dónde está Whale?

La mano de Regina se cerró un poco más apretando alrededor de la garganta de Whale.

Justo aquí.

No lo has...

Aún no.

Regina, no lo hagas. Por favor, no lo hagas.

Ella volvió a mirar la cara de Whale. Los ojos del doctor estaban blancos de terror, su cara roja por el esfuerzo de respirar.

¿Regina? No vale la pena. Por favor...

El sonido de su voz, dulce y pura, aplacó la rabia dentro de ella. Suspiró y relajó su apretón sobre la garganta de Whale.

Emma, tráeme algo para atarlo.

¿Por qué?

Solamente hazlo.

No puedo. La puerta está cerrada.

Está abierta ahora.

Es usted un hombre afortunado, Whale.

¿Que... qué es lo que vas a hacerme? —preguntó tímidamente Whale.

Nunca lo sabrá.

Whale tragó con fuerza.

¿Qué se supone que significa eso?

Regina sonrió abiertamente cuando dio un paso adelante y golpeó a Whale en la sien con la culata del arma—. Ya ha hecho suficientes preguntas, doc.

Momentos más tarde, Emma corrió hacia afuera. Jadeó al ver a Whale tumbado en la cornisa.

¿Qué has hecho?

Nada. Está inconsciente, eso es todo. Ata sus manos detrás de su espalda mientras voy a por el otro.

- Regina ...

No hay tiempo para preguntas ahora, Natayah.

Ella le miró con el ceño fruncido; luego, con un suspiro, se arrodilló al lado de Whale. Quitándose el cinturón de la bata, ató sus manos juntas.

Emma echó un vistazo al campo junto al que pasaban.

¿Adónde vamos? —preguntó, mirando hacia el asiento trasero. Regina había encontrado el maletín negro de Whale en el maletero y había dado al doctor y a Neal inyecciones para mantenerlos inconscientes. Ahora ambos dormían plácidamente en el asiento de atrás—. ¿Y por qué vamos en el coche de Whale?

Regina deslizó su mano sobre el volante.

Es un buen coche, ¿no crees?

Emma asintió. Whale conducía un Lincoln último modelo con tapicería de cuero y todos los lujos que pudieran imaginarse.

No has contestado a mi pregunta.

Su coche tiene un maletero más grande que tu Sedan.

- ¡Regina!

Todo se aclarará antes de que lleguemos a Silverdale...

- ¡Silverdale!

Regina asintió.

Cuando salga el sol, voy a meterme en el maletero —se encogió de hombros, luego sonrió abiertamente—. No tiene sentido ir encogida en la parte de atrás de tu Sedan. Además, no podíamos dejar este coche en la cima de la montaña.

¿Por qué volvemos a Silverdale, de todos los sitios?

Ya lo verás.

- ¡Regina!

Si te lo digo, se estropeará la sorpresa. ¿Crees que podrás encontrar el camino al laboratorio desde aquí?

¿Lo encontré antes, verdad?

Habrá luz pronto —abandonó al carretera y apagó el motor—. Voy a entrar en el maletero ahora. Deberíamos llegar a Silverdale sobre la medianoche.

No sigo otra milla más hasta que me digas que está pasando.

Confía en mí, Emma. Te gustará esto.

¡Mujer obstinada! ¿Estás segura que no recobrarán el conocimiento antes de que lleguemos a Silverdale?

Estoy segura —la besó entonces, un beso largo, dulce; luego salió del coche y abrió el maletero.

Emma la siguió.

¿Estás segura que estarás bien ahí?

Estoy segura —la besó otra vez, rápidamente, luego se metió en el maletero—. Cierra la tapa por mí, ¿sí?

Está bien —refunfuñó ella—. Pero no puedo prometer que vaya a dejarte salir luego.

Lo harás —dijo ella con satisfecha arrogancia femenina.

Tal vez si, tal vez no —meneando la cabeza, Emma cerró la tapa.

Quizá debería escribir un libro —reflexionó mientras se deslizaba detrás del volante y arrancaba—. ¿Sólo que quién lo creería?

Al llegar el crepúsculo, paró y abrió el maletero. Regina le sonrió, luego salió del maletero.

¿Todo bien?

Sí, todavía están inconscientes —ella lo observó estirar sus brazos y piernas—. ¿Estás bien?

Nunca he estado mejor.

Llegaron al laboratorio una hora después de la medianoche. Emma tembló al mirar el edificio. Había confiado en no ver ese lugar nunca más.

Aguardó junto al coche mientras Regina llevaba a Whale al edificio y luego volvía a por Neal.

¿Estás segura que sabes lo que haces? —preguntó Emma mientras seguía a Regina al laboratorio y cerraba la puerta.

Sí, señora.

Ella lo siguió por el pasillo débilmente iluminado, mirando cómo colocaba a Neal sobre una mesa metálica. Whale, todavía inconsciente, fue atado con una correa a una segunda mesa. Una imagen de ella y Regina atadas con correas a aquellas mismas mesas pasaron por su mente.

¿Ahora qué? —preguntó ella.

Una pequeña magia ErAdoniana —contestó Regina.

Y entonces, mientras ella miraba, llenó dos jeringuillas con su sangre.

Despacio, con incredulidad, ella comprendió lo que iba a hacer.

¿Por qué? —preguntó, mirando como se disponía a realizar una transfusión a Whale —. ¿Por qué le das tu sangre?

Eso es la parte de la magia —dijo Regina, sonriendo abiertamente—. Espera y verás.

Regina se negó a decir más. Tomándola de la mano, la condujo por el pasillo, la sostuvo contra una pared, y la besó.

Te amo —dijo, acariciando su cuello con la nariz—. ¿Lo sabías?

Emma asintió, su mente yendo en círculos tratando de entender lo que Regina iba a hacer, mientras su cuerpo respondía a su toque.

Justo cuando estaba a punto de tirarla al suelo, oyó un gemido bajo.

Está despierto —dijo Regina, tomándola a la mano—. Vamos.

Whale y Neal estaban ambos despiertos y tirando de las correas que los sostenían.

¡Suéltame! —exigió Whale.

A su debido tiempo —dijo Regina.

¿Qué vas a hacer? —preguntó Neal, con la voz desigual por el miedo.

Voy a realizar un pequeño experimento propio —dijo Regina—. Ahora, ¿quién quiere ser el primero?