Y con esto, llegamos al final... gracias por recorrer conmigo este camino, gracias por sus comentarios, espero lo hayan disfrutado tanto como yo...
Un abrazo!
Una vez más, ni los personajes ni las situaciones son mías, todo es producto de la mente de alguien más.
Esta historia es una adaptación de la novela fantástica "Deeper than the night" de Amanda Ashley
Capítulo 32
Emma le estrechó la mano a Whale, asintió en dirección a Neal, y luego siguió a Regina fuera del laboratorio.
Cuando estuvieron en el coche, la risa que ella había estado conteniendo escapó en un borboteo. Emma rió hasta que le dolieron los costados y se le saltaron las lágrimas.
—Eso fue maravilloso —dijo, jadeando para tomar aire—. Si no lo hubiese visto con mis propios ojos, jamás lo habría creído.
Regina le sonrió mientras se alejaba del bordillo. Bajando el cristal de la ventanilla, inspiró profundamente. Por primera vez en meses, sintió que todo saldría bien después de todo.
—No estabas bromeando antes, cuando dijiste que podías hacerme olvidar, ¿verdad?
—No.
—Un truco muy útil.
Regina asintió. Le había dado a Whale y a Neal la sangre justa para crear un enlace mental entre ellos, y luego invadido sus pensamientos y borrado todo recuerdo de sí misma y de Emma de sus mentes. Eso la había dejado sintiéndose débil y al borde del agotamiento, pero había valido la pena.
Mientras ella descansaba en la oficina de Whale, Emma había revisado el laboratorio para asegurarse de que Killian había destruído la última muestra de sangre que Whale había tomado y cualquier otra cosa más conectada al trabajo de Whale, o a ellas dos.
Cuando Whale y su secuaz despertaron, no recordaban nada.
Emma miró en dirección a Regina.
—Ahora compartes un nexo mental con ellos, ¿no?
Regina asintió. Si fuese su deseo, sería capaz de comunicarse telepáticamente con Whale y Neal. Aunque dudaba que alguna vez sintiese la inclinación de hacer tal cosa.
—¿Van a ver aumentada la duración de su vida?
Regina se encogió de hombros.
—No hay duda de que disfrutarán de una salud notablemente buena. En cuanto a vidas más largas, sólo el tiempo lo dirá.
—¿Y qué pasa conmigo?
—A tí te di considerablemente más sangre de la que le di a cualquiera de ellos. Yo diría que hay bastantes posibilidades de que vivas una larga y saludable vida.
Emma miró al vacío, tratando de absorber lo que eso podría significar, preguntándose si viviría tanto como Regina, preguntándose cómo sería permanecer joven y sana durante otros cien años.
—Emma, ¿estás bien?
—Sí. Sólo me estaba preguntando cuál iba a ser nuestro próximo movimiento.
—Tenemos que encontrar un lugar donde pasar lo que queda de la noche. Mañana puedes llamar a tu abuela y a Gail y decirles que es seguro para ellas regresar a casa. Podemos recogerlas mañana por la noche, si quieres.
—A casa —dijo Emma, acariciando la palabra—. Puedo volver a mi apartamento —sonrió, con los ojos brillantes.
Regina asintió, preguntándose si Emma pretendía regresar a su antigua vida ahora que el peligro había pasado. No es que ella fuese a culparla por ello. Emma era una joven vibrante. Ahora que no había peligro, probablemente estaría lamentando su matrimonio con una mujer que vivía en las sombras, que no podía compartir con ella la luz del sol.
Apretó los dedos en torno al volante. Si Emma quería verse libre de ella, la dejaría marchar, incluso aunque sabía que hacerlo así la mataría.
Era casi el alba cuando encontraron un motel. Emma aguardó en el coche mientras Regina conseguía una habitación.
Una vez dentro, Emma se sentó sobre la cama, extrañándose ante el abrupto cambio de humor de Regina. Ella había estado exultante hacía un ratito; ahora se le veía malhumorada, como si acabase de perder a su mejor amiga.
—¿Estás bien? —le preguntó.
Regina asintió.
—Sólo cansada. Me voy a la cama.
—Yo estoy hambrienta —dijo Emma—. Creo que iré a ver si puedo encontrar algo de comer —le sonrió—. Imagino que no quieres nada.
—No.
—Ahora vuelvo.
Regina asintió, preguntándose si, en efecto, Emma volvería. Si no hubiese estado tan completamente agotada, habría sondeado sus pensamientos, pero carecía de la energía necesaria.
Emma le dio un beso en la mejilla, cogió las llaves del coche de la cómoda y dejó la habitación, pensando mientras lo hacía que tendrían que devolver el coche de Whale una vez recogiesen el de suyo de Eagle Flats.
Echada de espaldas sobre la cama, Regina contempló las cortinas. Pronto sería por la mañana, y ella estaría atrapada en esa habitación hasta que el sol se pusiese.
En su noche de bodas, había estado tan segura del amor de Emma, pero ahora las dudas de doscientos años la atormentaban. ¿Por qué querría Emma pasar su vida con ella? Era una extraterrestre. No podía quedarse en un mismo sitio por más de diez o quince años. Nunca sería capaz de llevar a su hijo a la playa o al zoo, o al parque, o hacer otras cien cosas que un humano podía hacer. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que Emma se cansase de la forma en que ella vivía, antes de que comenzase a desear nunca haberse casado con ella en absoluto?
Con un gemido bajo, se cubrió los ojos con el brazo. La vida no tendría significado sin Emma. Si ella la dejaba ahora, no tendría razón para seguir viviendo.
Emma, por favor, no me dejes...
Emma estaba de pie ante la caja registradora, pagando por su hamburguesa con todo y aros de cebolla y un batido de chocolate para llevar, cuando la voz de Regina resonó en su mente. Emma, por favor, no me dejes… La angustia en su voz fue como un cuchillo clavándose en su corazón.
Recogiendo su vuelto, se apresuró a llegar hasta el coche. Colocando su compra en el asiento del pasajero, condujo de regreso al motel tan rápido como se atrevía. La profundidad de la pena de Regina trajo lágrimas a sus ojos incluso mientras ella se preguntaba por qué pensaba que ella iba a dejarla.
Ya voy, Regina.
Envió las palabras a la mente de ella, maravillándose de ser capaz de hacerlo así. Repitió las mismas tres palabras una y otra vez hasta que llegó al motel. Dentro, Regina estaba estirada sobre la cama con un brazo sobre los ojos.
Dejando caer la bolsa de la hamburguesería y las llaves del coche sobre la cómoda, fue deprisa hasta la cama y se sentó junto a ella.
—¿Regina? Regina, ¿qué ocurre?
Ella sacudió la cabeza.
—Nada.
—¡Nada! ¡Oí tu voz en mi mente implorándome que no te dejase, y ahora me dices que no pasa nada! Háblame, Regina.
—No hay razón para que te quedes conmigo ahora —dijo ella, con la voz desprovista de emoción—. Puedes volver a casa y seguir con tu vida.
—¿De qué estás hablando?
—Tú dijiste que querías regresar a casa. No te detendré.
Ella la miró, frunciendo el ceño mientras intentaba encontrarle sentido a sus palabras.
—No sé de lo que estás hablando. Tú eres mi hogar.
—¿Lo soy?
—Regina, te amo. Eso lo crees, ¿no?
—Si tú lo dices…
—Lo digo. Por favor, dime qué ocurre. Me estás asustando.
—Yo sólo quiero que seas feliz, Emma.
—Soy feliz. Más feliz de lo que he sido en toda mi vida.
Regina no parecía convencida. Sintiéndose como si estuviese espiando, ella sondeó su mente, y ahí, donde Regina intentaba esconderlos profundamente, ella encontró los miedos que estaban acosándole.
—Regina, yo te amo tal como eres. Tienes que creerme —le cogió la mano y la presionó contra su vientre—. Voy a tener a tu hijo, Regina, y va a ser hermoso y saludable, y nosotras vamos a vivir felices para siempre, igual que Blancanieves.
—¡Emma! —sofocando un sollozo, la atrajo a sus brazos—. Perdóname por ser tan tonta.
—Te perdono. Yo simplemente quería decir que estaba feliz de poder volver a mi apartamento porque eso significa que podría recoger mis ropas y mis cosas. Tú eres mi hogar de ahora en adelante, Regina, tanto si estamos viviendo en Storybrooke o en lo alto de una montaña. Me crees, ¿no?
—Te creo, Emma. Nunca más volveré a dudar de ti.
—Me ocuparé de que no lo hagas.
—¿Quieres comerte tu hamburguesa ahora?
Lentamente, ella meneó la cabeza.
—Ya no tengo hambre de comida.
—¿Oh? —una sonrisa jugueteó en los labios de ella—. ¿Y de qué tienes hambre?
—¿Tú qué crees?
Regina le sonrió.
—Yo también —le tendió los brazos—. Ven aquí, señora Mills. Creo que puedo satisfacer tu apetito.
—Sé que puedes —dijo Emma, deslizándole los brazos en torno al cuello—. Pero considérate avisada, señora Mills, me entra hambre a menudo.
—Cuento con eso —dijo Regina, y supo que nunca dudaría de su amor por ella de nuevo.
Con un suspiro, envolvió a Emma en sus brazos y supo que, después de tanto tiempo, había encontrado un hogar.
