NOTA: Les recuerdo que la línea temporal de esta historia se sitúa poco después del nº 241 del manga. Lo que pase a partir de ahí ya solo Nakamura sensei lo sabe XD
A veces Yashiro miraba el reloj, daba un salto, sorprendido por lo tardío de la hora y caminaba dos o tres pasos antes de recordar que eso ya no era asunto suyo. Entonces la cabeza se le desplomaba sobre el pecho sin fuerzas, con los hombros vencidos y un suspiro resignado salía de su boca. Con pasos lentos volvía a sentarse en su butaca y el peso del silencio de la habitación caía sobre su espalda como una losa, aplastándole el alma. Ya no tenía a dónde ir. Ya no tenía que correr a ninguna reunión, ya no tenía que avisar a Ren, ya no tenía que temer llegar tarde a ningún sitio.
Había sido su elección, por supuesto, su decisión y la de nadie más. Pero a ratos, Yukihito no podía evitar sentirse como un traidor, como una mala persona. Como si le estuviera robando la chica a su mejor amigo, pero hey, ¿saben qué? No hay chica que robar, porque Kyoko-chan sigue libre como un pajarito. Por culpa de Ren y de nadie más.
Pero Yukihito había ido de frente, con el corazón en la mano y la sinceridad en los labios. Ya no tenía que seguir fingiendo, ni ante nadie ni ante sí mismo. Había perdido la cuenta de cuánto había tenido que esconder durante todo este tiempo. De cuántos sinsabores se había tenido que tragar y cuántos de esos grititos de alegría suyos no eran más que pura mortificación disfrazada…
Hasta hace una semana, él de veras había estado dispuesto a no dar nunca voz a su amor, ya que sinceramente creía que Ren y Kyoko-chan eran perfectos el uno para el otro, que dos seres tan iguales pero tan distintos solo podían ser felices juntos. Así que jamás consideró que fuera un sacrificio por su parte, pues él no estaba renunciando a nada porque, para empezar, nunca tuvo nada… Hasta que empezó a ver esos pequeños detalles en Ren. Y no le gustaron… Se limitaba a dejar a Kyoko-chan colgando del hilo de la incertidumbre sin avanzar, y sin dejarla ir y hacer su vida. Ni conmigo ni sin mí… Esa era la táctica de Ren.
Y cuando Ren regresó y nunca hubo regalo, algo se rompió dentro de él.
Lo cierto es que Yukihito ya estaba rozando sus propios límites. Tan acostumbrado como estaba a ignorar su corazón, aquellas dos semanas junto a ella como su bien dispuesto mánager temporal, siempre mirando el retrovisor, le habían recordado por qué se había enamorado de ella… Porque era fuerte, tenaz, trabajadora, llena de una alegría que se contagiaba a su alrededor, cariñosa y atenta con los que le importaban. Porque era excéntrica, rara y maravillosamente peculiar, capaz de hundirse en las tinieblas de la desesperación y resurgir de ellas con una sonrisa… Porque se sobreponía al infortunio más fortalecida que antes y más decidida que nunca a lograr sus metas en la vida…
Y porque era hermosa… Por dentro y por fuera, sin duda, pero sus ojos… Sus ojos eran…
Eran ojos dorados que acechaban sus sueños, a veces airados, a veces seductores, pero siempre cautivadores. Y él se lanzaba complacido al abismo de la miel de sus ojos, a la perdición de la cordura entre cuerpos entrelazados y suspiros…, hasta que se despertaba empapado en sudor, abrazado a la almohada y el corazón latiendo a mil por hora bombeando más sangre de la debida…
A su edad…
Si la adolescente era ella, y no él… Pero en fin… Años aparte, la amaba, sí. Y ya está.
Los días fueron pasando grises y sin alegría. La mañana del jueves le encontró mal sentado en su oficina, las piernas estiradas sobre el escritorio y mirando al techo sin nada que hacer, esperando a que Takarada-san decidiera quién sería su próximo encargo. Ya se había hecho el traspaso oficial al mánager provisional que le había asignado el presidente a Ren. Ya le había dado todas las recomendaciones habidas y por haber sobre cómo gestionar la intensa actividad profesional de Ren y cómo proyectar su carrera.
Y con el último consejo, el último lazo con Ren se había roto.
Había perdido a un amigo y había renunciado a su trabajo. Las horas vacías se cernían sobre él, largas e interminables, llenándole la cabeza del fantasma del remordimiento y de la incertidumbre. Ya ni siquiera veía a Kyoko-chan. Porque ¿con qué excusa iba a pasarse por Love Me ahora?
Idiota…
Hasta que dos golpecitos sonaron y una cabeza del color de un atardecer de otoño se asomó con timidez por la puerta.
—¿Yashiro-san?
Él casi se cae de la silla. Sus piernas se enredaron, cayeron de la mesa atropelladamente y por un momento el resto de su cuerpo estuvo a punto de seguirlas al suelo. Se puso en pie a la velocidad del rayo y cruzó la habitación para terminar de abrirle la puerta y acompañarla a tomar asiento.
Él no se sentó a su lado. Prefería poner un poco de distancia y un escritorio entre los dos. Puede que por fin hubiera aceptado los sentimientos que había estrangulado por tanto tiempo, pero aún no se sentía preparado para decírselos a ella. No todavía, al menos…
—Kyoko-chan… ¿A qué debo el placer de tu visita? —porque siempre era un placer verla, incluso enfundada en su maldición rosa.
Ella lucía un ligero arrebol en sus mejillas y las manos se removían inquietas en su regazo. Él contenía el aliento tan solo disfrutando de la delicia de tenerla ante sus ojos.
—Verá, Yashiro-san… Los rumores corren por LME… —dijo ella, la voz un poco vacilante—. Tsuruga-san se niega a decirme nada y yo… Yo…, bueno…, he pensado en hablar directamente con usted.
—¿A qué te refieres, Kyoko-chan? —preguntó él, tratando de disimular el nudo que se le había formado en la garganta. Por favor, no me preguntes eso…
—Sé que no es asunto mío, pero… —ella alzó los ojos, esos ojos dorados que se aparecían en sus sueños—. ¿Por qué ya no es el mánager de Tsuruga-san?
Ah, lo preguntó…
