Esa misma tarde, Yukihito es citado por el Presidente. Llega con tiempo de sobra y aguarda en la antesala fingiendo leer una revista de cine mientras se prepara mentalmente. Se siente un tanto vacío y extraño, como si los últimos cinco años de su vida hubieran quedado bloqueados tras una puerta que ya no puede abrir, distantes, inaccesibles…, como si los hubiera vivido otro y no él… Además, una parte de él, la parte donde no está Kyoko, también se siente como un recién licenciado a punto de tener su primera entrevista de trabajo, nervioso, expectante y lleno de la ilusión de esa primera vez, pero, conociendo a Takarada Lory, tal entrevista puede resultar en cualquier cosa. Cualquier cosa.
Desde tener que vestirse de Power Ranger verde pistacho o hacerse el seppuku delante de Ren...
Cualquier cosa.
Así que cuando por fin le hacen entrar, ya está mentalizado para casi todo… Y efectivamente, allí está sentado Takarada-san, fumando de un narguile, recostado en el sofá con actitud indolente, revestido de las vaporosas sedas de un sultán otomano, y flanqueado de dos odaliscas (bastante) ligeritas de ropa, mientras Sebastian se encargaba de refrescarles con un tremendo abanico de plumas de mástil largo.
Con una mano, Lory le indica que tome asiento. Deja que el silencio se estire, se prolongue, mientras observa las reacciones de Yukihito. Él mantiene la espalda recta, la mirada neutra, desprovista de emociones, y contiene como puede las ganas de colocarse las gafas y rascarse la nariz.
—Yashiro-kun —habla por fin Lory—, no estarás esperando que te asigne al servicio de Mogami-kun, ¿verdad?
—No, Presidente. No sería sensato…
—Ella no ha debutado —concede Lory, con un asentimiento de cabeza—. Y Ren te mataría…
Yukihito traga grueso antes de responder.
—Lo más probable, señor…
De nuevo el silencio… Lory aspira una larga bocanada del narguile y exhala el humo, que dibuja espirales en el aire.
—Te asignaré provisionalmente a Saito Ayame —Yukihito no pudo evitar sorprenderse. Hubiera esperado un talento en ascenso o quizás una vieja gloria. Pero Saito Ayame era una estrella, actriz y show woman, con una trayectoria estable y bien consolidada—. Su mánager está de baja por maternidad… Así que si puedes demostrarme que tu profesionalidad no se ha visto afectada por tu corazón, veré de buscarte algo más definitivo.
—Por supuesto, Presidente —se inclinó en un pequeño y respetuoso arco—. Le agradezco el voto de confianza.
—No seas tonto… —respondió Lory con un gesto displicente de la mano—. No puedo permitirme prescindir de un mánager como tú…
Yukihito siente el alivio extenderse por su pecho. Y dando la conversación por terminada, se pone de pie, una nueva reverencia, y se dirige a la puerta.
—Por cierto —le escucha decir a Lory. Se detiene, cierra los ojos encomendándose a los dioses y finalmente se da la vuelta. Iluso él si pensaba que iba a salvarse de la infinita curiosidad del presidente…—, ¿cómo va tu 'proyecto personal'? —le preguntó, tratando de aparentar indiferencia. Tratando… No es que lo consiguiera…
—Ella ya sabe de mis sentimientos —respondió Yukihito, con su voz más neutra.
Lory se atragantó con el humo del narguile, su cuerpo entero se convulsionó de la sorpresa y el turbante casi se le cae de la impresión. Sebastian le daba palmaditas en la espalda hasta que dejó de toser. Cuando por fin se recuperó del evidente impacto por la noticia, abrió mucho los ojos, pero luego los entrecerró. Yashiro creyó ver brillar en ellos algo que parecía ¿respeto?
—Bien hecho, muchacho. Al menos alguien de LME es valiente y honesto con sus sentimientos.
Saito Ayame ya rondaba los cuarenta. Mujer de opiniones fuertes y ácido humor (cosa por lo demás muy conveniente en su línea profesional, sin duda…), a Yashiro le resultaba una mezcla extraña de la cortesía japonesa y la irreverencia americana. Quizás por eso su late night de los sábados era uno de los más vistos.
—Es la tercera vez que pasamos por aquí, Yashiro-san —se quejó ella. El aludido no se dignó contestar, la mirada perdida como buscando a alguien—. Por la escalera central es más cerca, Yashiro-san —añadió—. ¿O será que tienes algún interés especial en venir por estos pasillos?
Ah, esta vez sí que consiguió una reacción. Yukihito se detuvo en seco.
—He oído los rumores, ¿sabes? —le dijo con cierto tono travieso, y un brillo de divertida malicia en los ojos.
—Saito-san, por favor… —dijo él, con seriedad y negándose a caer en su juego—. Le agradecería que no hablara de esas cosas en público…
—¿Bromeas? —y ella alzó los brazos al cielo, con ademán exagerado y una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Mi mánager es el hombre que le birló la chica al gran Tsuruga Ren!
Yukihito se encogió al escucharla. Gracias a los dioses, los pasillos de Love Me estaban desiertos. Sus labios se apretaron dibujando una línea de disgusto.
—Yo no he birlado nada a nadie —le respondió él.
—Da igual, Yashiro-san —replicó ella, agitando una mano en el aire, quitándole importancia a la respuesta de su nuevo mánager—. Eres un héroe… La población masculina de Japón tiene sus esperanzas puestas en ti.
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NOTA: La licencia por maternidad en Japón tiene una duración de 14 semanas (42 días antes de la fecha prevista del parto y 56 días después).
