Plic-plic.

Un mensaje.

Yukihito lo sabía. Veía cómo la mano buscaba presurosa el teléfono móvil en su bolso. Veía cómo a Kyoko-chan se le endulzaba el semblante cuando leía sus mensajes. De Ren.

Sabía perfectamente que Kyoko acusaba el vacío de Ren en su vida. Claro que los mensajes seguían, y las llamadas también. Pero los encuentros eran más dispersos, más esporádicos, porque ya no había un mánager generoso que favoreciera tales encuentros. ¡Qué lástima!

—Tsuruga-san dice que teng… —dice, y calla abruptamente, bajando la mirada y jugando nerviosa con sus manos en el regazo.

Y para colmo, Kyoko-chan se siente culpable.

—Kyoko-chan, puedes hablar de él… —ella alzó los dorados ojos, brillantes e inocentes—. Ren forma parte de nuestras vidas. No tienes que dejar de hablar de él cuando estés conmigo.

—Pero Yashiro san, después de lo que pasó entre ustedes, yo no… —ella sacudió la cabeza a un lado y a otro—. Sinceramente no puedo…

—Kyoko-chan —le interrumpe Yukihito, cruzando los brazos sobre el pecho y luego descruzándolos para colocarse las gafas (innecesariamente) con el dedo índice—, eso es solo entre él y yo. Y lo menos que quiero (que queremos, él y yo) es que eso te afecte —y con un suspiro añade—. Sé muy bien lo importante que es él en tu vida. A fin de cuentas, es tu estimado senpai, ¿verdad?

Senpai…

Kyoko se hundió en su asiento y sus hombros cayeron sin fuerzas. Sus manos se resbalaban más allá de su regazo.

—Sí, mi senpai… —dijo ella, con la voz a punto de quebrarse—. Mi senpai, efectivamente…

Ah, juego sucio, Yashiro. Eso no se hace… Si no, ¿cuál es la diferencia entre Ren y tú?

—Pero no solo eso, Kyoko-chan. Ren también es tu amigo.

—¿Amigo? —pregunta ella como un eco. Su voz más fuerte, con un pico chillón de nerviosa esperanza. A él le dolió. Le dolió hacerle mantener la esperanza.

—Claro que sí, ¿o crees que le permite a alguien más las cosas que te permite a ti? —y apretando los puños bajo la mesa, para que ella no se diera cuenta, añadió—. Tú eres la única.

Y entonces ella sonrió. Sonrió como siempre quiso que ella le sonriera. Llenándole el corazón de luz y el alma de alegría. La sonrisa que esperaba que algún día fuera por su causa…

Pero duele. Una vez más, duele mantener viva la llama de Ren en su corazón. Pero ella está bien, ella sonríe…

Y eso es lo único que importa…


Siempre que sus obligaciones laborales lo permitían (o Saito-san lo facilitaba…), Yukihito alcanzaba en coche (cortesía de LME) a Kyoko al Darumaya, como antes hiciera Ren. O como es probable que siguiera haciendo Ren… Y por la mente de ambos pasa el mismo recuerdo. Pero también pasa el recuerdo de aquellos días, de él mirándola por el espejo retrovisor, observando su expresión desnuda y la cruda tristeza de sus ojos.

Solo que ahora Kyoko se sienta a su lado, a su izquierda. Y Yukihito memoriza las sombras de su perfil bajo las luces de la ciudad.

¿Me dejarías mostrarte cómo un hombre trata a la mujer que le importa?

Yukihito supone que para Kyoko esta amistad que él le ha pedido no puede ser fácil de sobrellevar. Pero tampoco para él… Es como una relación a medias, insatisfactoria e imperfecta… Él hace lo que puede por hacerla sentirse valorada, estimada, amada incluso (aunque él no ha usado nunca esa palabra frente a ella), tratarla con la veneración y el respeto debidos, como si fuera la más valiosa joya, pero a la vez dejándola libre para seguir su propio camino sin estar encadenada a otro…

Pero da igual, porque esto nunca se trató de él. Sino de Kyoko-chan. Aunque mentiría si dijera que no se siente extrañamente liberado de esa presión en el pecho donde antes se ocultaba su amor por Kyoko-chan. Respira mejor, duerme mejor… Y sus sueños definitivamente son mejores…

—Pasaremos un momento por mi casa —dijo él tomando un desvío—. Hay algo que quiero darte…

—Yashiro-san, yo le esperaré en el coche —dijo ella.

—Subirás conmigo —decidió Yukihito—. No te pienso dejar sola aquí.

—Yashiro-san, en serio, no creo que sea correcto que yo… —replicó, sin terminar la frase y mordiéndose un poco el labio inferior.

—No seas mal pensada, Kyoko-chan, solo voy a recoger unas ofertas que quiero que leas —le dijo él con esa sonrisa traviesa que últimamente usaba con ella. Pero la sonrisa murió en sus labios y sus ojos perdieron el brillo que antes lucían—. Y además...

No lo dijo, pero ella lo supo: Y además, ya has estado antes en el apartamento de un hombre soltero.

—Está bien —concedió ella con un suspiro. Confiaba en Yashiro-san, ¿verdad? Pues venga…

Por alguna razón, no le sorprendió. El apartamento de Yashiro-san era justo como esperaba. Cómodo, con varias concesiones a la decoración y al buen gusto (viril, of course), pero eminentemente práctico. En suma, básicamente un sitio para vivir y sentirse a gusto, y no uno hecho por encargo por algún decorador de interiores.

Además, había fotos de su familia y de varios gatos gordinflones, títulos universitarios enmarcados, y una mantita de cuadros sobre el respaldo del sofá, haciendo juego con los cojines. Y una alfombra de colores alegres, que invitaba a hundir los pies desnudos en ella, de tan mullida como parecía. Y libros, muchos libros…

En resumen, precisamente lo opuesto al apartamento de Tsuruga-san…

Agradable, acogedor, justo como él. Cálido.


—¿De verdad tengo que hacer esto? —preguntó ella, y él asintió, con los ojos llenitos de estrellas.

—Repite conmigo: soy linda. Yo diría hermosa, pero vayamos paso a paso… —ella bufó, protestando por el piropo descarado. Pero él no le dio tregua—. Anda, dilo: soy linda.

Ella rodó los ojos, poniéndolos en blanco y exhaló un suspiro exasperado.

—Oh, vamos, Kyoko-chan… —le dijo él, reconviniéndola con su tono más serio.

—So-y-lin-da… —masculló entre dientes ella. Sin creérselo.

—Muy bien —aprobó él, con un asentimiento de cabeza—. Ahora dilo bien y con una sonrisa.

Ella apartó los ojos, y mirándose las manos, susurró:

—Soy linda...

—La sonrisa, Kyoko-chan —le protestó Yukihito—. No te olvides de la sonrisa.

Sus labios se estiraron, en una mueca forzada y espantosa, pero a Yashiro no le importó.

—Soy linda.

—Eso es —afirmó él con un vigoroso movimiento de cabeza—. Ahora créetelo.

Ella ladea la cabeza y su ceño se frunce en un mudo interrogante. Como si tan solo ahora empezara a considerar la veracidad de tal declaración. Justo ahora.

—¿Soy linda?

—Lo eres… —respondió él. Y en verdad que lo era. Los ojos brillantes, el rubor adorable, y una dulce sonrisa más propia de ángeles que de seres terrenales—. Ejem, ejem… —carraspeó él, para librarse de su embrujo—. Ahora bien, ¿qué me decías de Momiji?

—Ah, sí —dijo ella, saliendo de esa revelación personal para volver a temas más mundanos y menos perturbadores—. Los actores tenemos una reunión el viernes.

Así los vio Ren una tarde. En la cafetería de LME, Yashiro y Kyoko sentados en la misma mesa, hablando y tomando un té. Nada que no hubieran hecho antes… Algo inocente… Pero ve a Kyoko reír, y sonreírle a Yashiro como le sonreía a él.

Y el monstruo de ojos verdes quiere reclamar lo que es suyo.