Yukihito aguardaba entre bastidores a que llamaran a escena a su representada. Repasaba los compromisos para el día siguiente en su teléfono (las manos debidamente enguantadas), cuando este vibró en sus manos mostrando un número que no veía desde sus tiempos de mánager de Kyoko-chan.
—Vete a Love Me —Yukihito se encogió al escuchar el tono de urgencia de esa voz—. YA.
—¿Kotonami-san? —preguntó él, aún vacilante.
—Estoy en Nara —explicó ella, con cierta impaciencia—. Vete a Love Me —repitió, y la orden sonó como un latigazo.
—Pero Kotonami-san, ¿qué ocurre? —a él ya el miedo le atenazaba el pecho… ¿Por qué si no, Kotonami-san le llamaba precisamente a él?
—Es Kyoko —dijo ella, y fueron más sonidos rotos que el nombre de su amiga.
Saito-san no necesitó preguntarle nada. Solo tuvo que mirarlo, con el semblante pálido y el miedo en los ojos. Ella se llevó la mano al pecho y rezó una plegaria a los dioses. Por los dos.
Yukihito voló.
Si alguien le preguntara, no sabría decir cómo cruzó la ciudad. No sabría decir si pagó peajes o si se saltó algún semáforo. Lo primero que recuerda después de recibir la llamada, lo primero de lo que es plenamente consciente, son sus pies corriendo a Love Me, por los pasillos casi a oscuras de LME. En algún momento se cruzó con el vigilante nocturno, que encendió para él los pasillos que llevaban directamente a Love Me. Hasta el pobre hombre sabía más que él…
Sin resuello, ni siquiera pasa por su cabeza la idea de tocar a la puerta. Simplemente la abre y allí, en el vano de la puerta, con solo las luces del pasillo alumbrando la estancia, la busca. A Kyoko.
Al principio no la ve. Pero la oye. Gemidos quedos, chiquititos, que le rompen el alma, porque son los sollozos que sobrevienen con el cansancio, cuando el agotamiento ya no te deja llorar más…
Allí. Justo entre el sofá y la pared. Una bolita chiquitita que se abrazaba las rodillas, encogida y temblorosa. Kyoko…
Cuando logró desincrustarla del estrecho espacio, depositó a su preciosa carga sobre el sofá. Ella no parecía advertir que ya no estaba en el suelo ni que ya no estaba sola. Él se sentó a su lado, apoyó la pequeña cabeza en su pecho y comenzó el lento proceso de traerla de vuelta.
Él fue paciente…
Con susurros, con promesas, con cuentos sobre princesas y criaturas de fantasía, hasta con alguna palabrota… Pero él no paró, no se dio por vencido. Su espíritu no vaciló nunca y aun cuando calló (los sollozos de Kyoko ya solo eran suspiros hondos y rotos), su mano seguía dibujando lentos círculos de consuelo por su espalda, pero sobre todo, fue la voz amiga y el rítmico latir de su pecho bajo su oído, ese corazón paciente, los que iban sosegando su atribulada alma.
Yukihito no advirtió al vigilante de seguridad, que preocupado, se asomó a la puerta abierta. Allí los vio, a la muchacha temblando, pero en silencio, en brazos del hombre que había entrado como un vendaval para buscarla. Con una discreta tosecilla llamó su atención.
—¿Necesita algo la muchacha?
Él solo pudo negar con la cabeza. El señor le hizo un respetuoso arco que Yukihito correspondió y luego siguió su camino.
En algún momento, mucho más tarde, él pensó que ella dormía, y se permitió solo entonces un suspiro hondo, dejando salir al aire toda su frustración y su tristeza por verla sufrir así. Pero entonces Kyoko habló.
—Me ha mentido…
La voz ronca, sin fuerzas y desprovista de alma. Vacía.
—Me ha mentido, Yashiro-san —repitió ella—. Tsuruga-san me ha mentido —ella notó, algo ausente, como los brazos que la anclaban a este mundo se tensaban—. Todo este tiempo no ha hecho más que reírse de mí… —dijo, pero entonces la voz se le quebró—. Él… él e-es… Él me dijo… Él es Corn… Siempre fue Corn…
Yashiro contuvo el aliento.
—¿Tu príncipe? —le preguntó. Ella asintió lentamente contra su pecho. Pero luego él añadió—. Kyoko-chan, dudo mucho que Ren haya querido burlarse de ti.
—No lo entiendes, Yashiro-san. En Guam, Corn me dijo que me amaba y me besó. ¡Me besó!
—Sí, pero…
—¿Pero es que no lo ves, Yashiro-san? Me mintió a la cara —ella se separó de él, incorporándose—. ¡Se inventó un mundo de magia en mis narices! ¡Una maldición y un beso! —casi gritó con la voz llena de traicionada amargura—. Mentira tras mentira mientras decía que me amaba. Mi Corn era él…
Él desconocía los detalles, por supuesto, pero podía hacerse una idea…
—Y yo le hablaba de Tsuruga-san… —Kyoko se lleva las manos a las mejillas intentando sofocar su azoramiento—. ¡Qué vergüenza! ¿Cómo ha podido hacerme esto?
Él toma sus manos y la mira a los ojos, tratando de hablarle, pero ella simplemente no le escucha.
—Para Shotaro, una tonta, solo buena para sirvienta, y Tsuruga-san no hace más que reírse de mí… Estúpida, estúpida. Eso es lo que soy…
—No, Kyoko-chan… —le interrumpe Yukihito—. No eres estúpida. ¡No eres estúpida!
Pero ella ya no le escucha.
Mucho más tarde, cuando la dejó en el Darumaya, el paso de Kyoko es vacilante. Él rodea su cintura y la acompaña hasta la puerta. Ella ya no tiene fuerzas para protestar por lo íntimo del gesto, o quizás es porque realmente necesita su ayuda. Así que simplemente calla, y la acepta.
—Kyoko-chan, tienes que hablar con Ren —le dice él, justo antes de que ella entre en la oscuridad del restaurante.
—No —responde tan solo.
—Tienes que hablar con él. Tienes que hacerlo…
—No puedo. No quiero —y en su voz hay ese filo de orgullo herido de la Kyoko que odia con las entrañas.
—Debes hacerlo —insiste él—. Debes escuchar su versión de la historia. Si no, solo se harán daño el uno al otro. Y la herida se enconará y envenenará lo que hay entre ustedes.
Ella susurró un buenas noches y cerró la puerta y quedó él, a solas en el callejón...
Pero el fantasma de estarla lanzando directamente a los brazos de Ren no se apartó de su lado.
