Saito-san se fijó inmediatamente en las ojeras y los ojos enrojecidos.

—¿Cómo está la muchacha? —preguntó.

Él apretó los dientes y cuadró la mandíbula.

—¿Así de mal, eh? —aventuró ella, y luego añadió—. Un corazón roto, imagino…

—Es complicado… —respondió él, torciendo el gesto.

—¿Complicado? ¡Siempre es complicado! —Yukihito asintió sin decir nada, su mente aún atrapada en el doloroso desengaño de Kyoko—. ¿Y qué estás haciendo aquí? —preguntó su representada, con los brazos cruzados y el mentón apuntando hacia la puerta del plató. Él parpadeó un par de veces, no entendiendo para nada la pregunta—. A ver, sé que eres muy profesional y todo eso, pero ya te estás tardando…

—¿Saito-san? —preguntó, con el desconcierto pintado en el rostro.

—Ve con ella…

Yashiro no sabía si reír, protestar o llorar de puro agradecimiento.


La encontró a punto de irse. Según su agenda (la que él extraoficialmente 'consultaba') estaría rodando en exteriores, en los Jardines Imperiales. La vio despidiéndose ya de sus compañeros, con corteses reverencias y educadas gracias. Y una sonrisa deslumbrante…

Pero él no se dejó engañar.

Deslumbrante, sí. Deslumbrantemente falsa. Como la de Ren…

Dicha sonrisa vaciló cuando reparó en que Yashiro-san estaba ahí, aguardando por ella. Pero fue solo un segundo o dos… Se acercó, el mentón alzado en gesto desafiante, los hombros rectos y esa sonrisa de mentira aprendida del mejor. Y más maquillaje del habitual en ella, justo bajo los ojos…

Echaron a andar hacia el aparcamiento de los jardines, donde había dejado el coche. Era media mañana de un sábado y la gente paseaba, otros conversaban, sentados al pie de algún árbol, mientras veían a sus niños correr, llenando el aire de risas y gritos jubilosos. Pero no ellos. Caminaban en silencio, cada uno pensando en qué estaría pensando el otro.

Yukihito podía ver cómo se esforzaba Kyoko en mantener esa máscara, la forma en que su sonrisa se curvaba, en un ángulo falto de naturalidad, tan diferente, tan distinta a aquella que le hacía amarla…

—Yashiro-san… —dijo ella acercándose ya al coche—. Debo darle las gracias por asistirme anoche en mi momento de… —Kyoko exhaló un suspiro—. En mi momento de debilidad…

—No digas tonterías, Kyoko-chan… —respondió él sin mirarla, agitando una mano en el aire y descartando su agradecimiento—. Haría cualquier cosa por ti… Pero realmente —añadió—, hubiera preferido no tener que hacerlo nunca…

—¿Yashiro-san? —preguntó ella, no comprendiendo el sentido de su declaración.

—Porque eso significaría que lo de anoche nunca sucedió… —responde él, cuadrando la mandíbula, líneas duras que realzaban el perfil que veía Kyoko. Ella ahoga una exclamación y se lleva la mano al corazón. Nadie —nadie—, ni siquiera Corn, le había dicho nunca algo como eso. Solo después del daño, solo después del llanto, Corn le brindaba su consuelo. Y no hablemos de Shotaro… Y este hombre, que dice 'interesarle', es el primero que expresa su deseo de un nunca. Que lo de anoche nunca hubiera sucedido, que nunca la hubieran engañado, que nunca le hubieran partido el corazón en dos… Nunca, nunca

Ojalá anoche nunca hubiera sucedido…

Distraídamente, con la mente todavía ocupada en esta nueva revelación, Kyoko se ajusta el cinturón de seguridad. El hombre a su izquierda tiene la mano en el volante pero la vista fija en ella.

—Bien, ahora voy a hablar yo. Y quiero que me escuches con atención, Kyoko-chan —dice con la misma voz de maestro de escuela con que le exhorta a que practique su soy linda. Ella coloca las manos en el regazo y prepara su cortés sonrisa—. No hagas eso —y con un movimiento circular de la mano abarca todo su rostro—. Kyoko-chan, no quiero que ocultes cómo te sientes. Al menos a mi lado, no tienes que poner buena cara cuando te sientas mal. No tienes que ponerte esa horrible máscara —alza un dedo frente a su rostro y la protesta de Kyoko muere en sus labios—. No quiero mentiras corteses ni sonrisas falsas. No conmigo. Y máscaras ya he visto muchas a lo largo de mi vida, ¿verdad? Pues se acabó. Llora cuando quieras llorar, ríe cuando quieras reír. Yo estaré a tu lado, no importa qué.

Y ella no pudo más.

Se le inundaron los ojos en lágrimas, apretó la boca conteniendo un sollozo estrangulado, pero asintió. Dos veces. Lo haría.

Y mientras Kyoko sollozaba quedamente a su lado, dejando salir la pena del pecho, Yashiro fue casi feliz por al menos ahorrarle un poco esa farsa de 'estoy estupendamente' y 'no me pasa nada'.

Un pequeño gran paso.


Tic tac, tic tac, tic tac…

El tiempo parece burlarse de él.

Kyoko está con Ren… Kyoko está con Ren…

Sí, Kyoko estaba con Ren. Tres días después de la revelación que la dejó rota en mil pedazos, había logrado convencerla para hacer lo correcto: escuchar la versión de Ren de la historia. Así que ahora estaba él, con la mirada fija en su teléfono, viendo cómo los minutos pasaban uno detrás de otro.

Tic tac, tic tac, y él se estaba volviendo loco. Kyoko no le llamaba. Aunque tampoco tenía por qué hacerlo. No es que fuera una obligación ni nada… Pero la había enviado directamente a los brazos de Ren… Él y nadie más que él. Él la había persuadido y él la había empujado lejos de él… ¿Simplemente porque era lo correcto o porque era un estúpido?

¡Da igual! ¡Da igual! Lo que importa es ella. No lo olvides nunca…

Pero Kyoko no llama…

¿Cómo estará? ¿Será valiente? ¿Ren la habrá roto aún más? ¿Se habrá ganado su perdón? ¿Le habrá dicho que la ama? ¿Habré perdido la oportunidad que jamás tuve?

Pero entonces el timbre de la puerta sonó, estridente y escandaloso en el silencio de la espera, y él supo que era ella.

Abrió, y allí estaba, Kyoko-chan… Con la mirada desencajada y el alma rota.

Él solo abrió los brazos y ella, con paso inseguro, fue a su encuentro. Empezó a llorar, desmadejada y quebrada en pedazos, su llanto desgarrado vibrando contra su pecho.

Yukihito suspiró. Con una mano, que renuente se separó del pequeño cuerpo, cerró la puerta de su apartamento. Luego pasó el brazo bajo sus piernas y la acomodó en sus brazos, ligera, menuda y frágil, y la cargó hasta el sofá de su salita de estar. Se sentó, con ella aún en su regazo.

Kyoko lloraba, lloraba con el alma en cada gemido lastimero. Y él le pasaba la mano por la espalda, brindándole su presencia y su consuelo. Como hace tres noches…

Ya solo cuando el llanto cesó, y la sintió dormida entre sus brazos, dio gracias a los dioses por tener el guante de látex aún puesto. Con cuidado, para no despertarla, alcanzó su teléfono móvil de la mesita de café y marcó el número del Darumaya.

—Está conmigo… —susurró—. No, no creo que despierte… Sí, Okami-san, por supuesto que cuidaré de ella… Buenas noches.

Y luego, con la durmiente y extenuada Kyoko aferrada a su camisa, entre sus brazos (sí, entre sus brazos), en la silenciosa quietud de su apartamento, ese sentimiento de victoria, de triste y amarga victoria, creciendo dentro y queriendo salir por la garganta. Porque Kyoko había vuelto a él. Kyoko estaba entre sus brazos y no en los de Ren.

En los suyos…